Críticas

“Mil mamíferos ciegos”, de Isabel González.

Dos Bigotes presenta una potente fábula que convierte cualquier palabra cotidiana en un extravagante vehículo del sufrimiento, la soledad, el amor o la desesperación.

Carlos Barea
Escrito por Carlos Barea

Dicen que Isabel González (Zaragoza, 1972) es una escritora autodidacta. Quizá por eso ha sido capaz de crear en su primera novela un estilo propio, mezcla de una prosa poética y un extraordinario don para la recomposición de significados. Debutó con un libro de relatos y ha coqueteado con la escritura colectiva, pero es en Mil mamíferos ciegos” donde consigue convertir lo familiar en extraño gracias a la creación de un universo propio instalado entre los huecos de lo cotidiano.

Yago es el primer protagonista en aparecer en la novela. Vive aislado en un bosque, cerca de un pueblo sin nombre donde pasa los días tallando un tronco y enviando cartas a una persona de la que huye pero a la que, al mismo tiempo, también busca incansablemente. Por otro lado, en la ciudad, Santi y Eva son una pareja que lucha contra sus propios demonios: ella lo hace contra la soledad que le supone el fetichismo de su novio y él se enfrenta al pánico de no poder imaginarse la vida sin ella. Los tres conforman un destino común que se extiende desde la profundidad del bosque al epicentro de la ciudad.

Yago escribe en una de sus primeras cartas: «Intenta abrazar hormigas. No se puede y qué más da. Es raro, ¿sabes? Es raro esperarte sabiendo que estás por todas partes». Puede que esta sea la mejor forma de sintetizar, dentro del potente ejercicio de reinterpretación que supone la novela, la esencia de Mil mamíferos ciegos. No solo porque es una muestra formidable del poder creador –y poético– de la autora sino porque también, al mismo tiempo, se convierte en el paradigma a nivel narrativo de lo único que son capaces de hacer los tres protagonistas a lo largo de la historia.

Por eso la decisión de estructurar la novela en capítulos que se dividen entre la ciudad y el bosque es un completo acierto. Refuerza la idea que resuena a lo largo de todas y cada una de las páginas: la existencia de una soledad interior que habita tanto en el bullicio de la vida moderna como en el hueco de los troncos de los árboles. Además, el marcado carácter onírico de algunos capítulos –un señor pegado a la espalda, la escalada entre montañas de basura de un vertedero– también apoya la idea de este aislamiento interior que domina a los personajes y que no logran calmar por muchos sujetos –también solitarios– que encuentren por el camino.

En definitiva, Mil mamíferos ciegos es una novela que se construye gracias a la confrontación de los opuestos y habita justo en el centro del enfrentamiento: el del bosque con la ciudad, el del amor con el aislamiento y el de la palabra con su significado. Por eso, este débil equilibrio da como resultado una historia en la que la fragilidad es moneda de cambio de sus personajes y el lenguaje, un instrumento que empuja al lector a abrazar hormigas, contar cucarachas o ver rabos de demonios en los tallos de las flores.


Mil mamíferos ciegos

Mil mamíferos ciegos
Autor: Isabel González
Editorial: Dos Bigotes
Páginas: 140
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Sobre el autor

Carlos Barea

Carlos Barea

Carlos Barea (Granada, 1987) ha estudiado Audiovisuales y ha trabajado en diferentes televisiones como técnico y ayudante de dirección. Cuando se cansó de utilizar imágenes en movimiento estudió Publicidad y Relaciones Públicas dedicándose al campo de los estudios de mercado y las relaciones con los medios. Cuando se aburrió de persuadir mentes estudió un máster de Escritura Creativa y colaboró en diferentes medios digitales hablando sobre temas LGTBI, literatura y cine. A día de hoy su objetivo principal es aprender a manipular las palabras para conquistar el Mundo.

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