Cuando el crimen es la solución
David Moreno
Madrid 15/11/2009¿Puede una víctima ser culpable de su propio asesinato? ¿Qué es más grave, provocar una muerte o enterrar a alguien en vida? Cuando las circunstancias son crueles, no existe más Justicia que la que uno toma por su propia mano.
Es un típico verano húmedo y pegajoso del Levante español cuando el juez de turno levanta el cadáver de Ramón Sendrá Terrades, asesinado de un disparo en la cabeza: "En el centro de la cama se distingue el cuerpo de un hombre de unos 45 años de edad, vestido con calzoncillos de color blanco, en posición decúbito lateral mirando a la izquierda, que presenta una herida redonda en la cabeza, a unos cuatro centímetros por encima de la nuca, con pérdida de líquido sanguíneo y masa encefálica".
Nuestra propia sangre reconstruye el crimen de este empresario de la construcción a partir de los testimonios de los asesinos, de su propia mujer y de los hijos mayores del matrimonio, conjurados todos para cometer el parricidio. De forma sucesiva, aunque manteniendo un orden cronológico, cada miembro de la familia va dando cuenta en primera persona de los antecedentes que les llevaron a producir tan macabro asesinato. El autor otorga una voz diferente a cada uno de los protagonistas quienes, a través de un lenguaje directo y sin concesiones, explican lo sucedido de acuerdo con su edad, características y relación con la víctima. El tormento que les hizo pasar a cada uno de ellos es, claro, la causa común, que se refleja en la determinación y unidad con la que actúan y resulta en el convencimiento de que el homicidio es la única solución posible.
Mariano Sánchez Soler (Alicante, 1954) es escritor, periodista y profesor universitario. Doctor por la propia Universidad de Alicante, ha compaginado sus labores docentes con el periodismo y con una intensa labor como novelista, poeta y ensayista. El autor de Carne fresca y La brújula de Ceilán, ofrece esta vez una visión muy particular de la novela negra. No serán las pesquisas de un detective privado o un inspector de policía las que nos lleven a la resolución del crimen, sino que son los propios asesinos quienes desenmascaran su crimen desde el primer momento con la esperanza de obtener la redención.
Una vez identificados los asesinos, la curiosidad del lector se centra en saber los porqués de lo sucedido. Nos introducimos entonces en un espiral de terror donde una familia asustada vive un autentico infierno en la tierra. La violencia de género, tanto física como psíquica, y un maltrato reiterado a toda la familia configuran un caldo de cultivo de consecuencias inevitables. Es esto, precisamente, que estas consecuencias parezcan inevitables, lo que en definitiva busca el autor: la redención de los reos, su transformación de culpables en víctimas. Durante la primera parte de la novela, la narración de los hechos nos mantienen alerta sobre la veracidad de los mismos. El lector ha de ser el juez que otorgará (o no) el perdón que implícitamente suplican los sucesivos narradores. Las versiones, en algunos casos contradictorias, y alguna que otra traición inesperada nos tendrán en vilo hasta el final del relato.
Ese empeño en demostrar la inocencia de los acusados parece hacer perder al autor la perspectiva de lo sucedido. La incultura y el analfabetismo, aliñado con una dosis de padecimiento psicótico, se juzgan suficientes para justificar los excesos de la víctima. La verosimilitud de la historia se resiente, pues parece que nos enfrentemos al propio diablo. Ramón Sendrá es sometido a un juicio sumarísimo en el que es declarado culpable desde el primer momento. El lector curioso se preguntará las razones de esa peculiar pelea con el mundo que parece mantener el asesino, tanto por su carácter enfermizo como sus constantes salidas de tono.
No es sino hacia el final del libro cuando el lector empatiza mejor con los protagonistas, cuando valores como el de familia, el perdón y la reconciliación se muestran en todo su esplendor. En una suerte de correspondencia con un interlocutor incierto, los condenados reflexionan sobre cada una de las decisiones que les han llevado a vivir entre rejas. Y sospechamos que, tal vez, esta cárcel en la que ahora se encuentran no sea más que un estadio necesario para poder disfrutar de una libertad plena.
“Nos introducimos en un espiral de terror donde una familia asustada vive un autentico infierno en la tierra”