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El bosque animado

Marta Rivera de la Cruz

martes, 26 de enero de 2010 - 00:00
El bosque animado

Marta Rivera de la Cruz

(Lugo, 1970); En 2006 fue finalista del Premio Planeta con la novela "En tiempo de prodigios". Con su primera obra, "Que veinte años no es nada", ganó el Premio Ateneo Joven de Sevilla. Su última novela es "La importancia de las cosas".

 

Leí por primera vez "El bosque animado" cuando tenía doce años y por consejo - encargo de una de esas profesoras que se empeñan en enseñar a leer a sus alumnos. Me entusiasmó la historia, que asimilé, creo recordar, como una suerte de cuento de hadas con ingredientes adultos. Cuando volví a leerlo, encontré - como suele pasar - otro libro distinto. Si en la primera lectura me había quedado con la magia, luego me quedé con el humor extraordinario de Fernández Flórez, maestro de maestros, gallego de sangre y de pluma, capaz de inventarse algo tan poético como un árbol con frutos de cristal como símbolo invencible de la dudosa llegada del progreso.

Luego, en los años ochenta, estrenaron la película de José Luis Cuerda, con el impagable Alfredo Landa convertido en el tierno bandido Fendetestas que paseaba su mala suerte por la Fraga de Cecebre gritando su desesperanzado "¡Alto, me caso en Soria!", íntimamente convencido de su fracaso como salteador de caminos. En el filme encontré el mismo libro que había leído siendo adulta, el mismo humor de Fernández Flórez, la misma poesía elegante e irónica, fiel espejo de la mejor retranca gallega. Recuerdo al inolvidable Fernando Rey en su aristocrática pose de rico de nacimiento, y a la sensual Alejandra Grepi lavándose para ir a la verbena mientras su iluso pretendiente inválido engrasa su pierna ortopédica con aceite que le presta una pupeira para que no suene cuando la saque a bailar. La película de Cuerda es íntegra y hermosa, y respeta tanto el espíritu del libro que estoy segura de que don Wenceslao hubiese aprobado hasta la última coma del guión, hasta el último gesto de los actores, hasta la última instrucción del realizador.

Hace cosa de cinco años vi en DVD la versión en dibujos de "El bosque animado", firmado por la factoría gallega Dygra. Es cierto que el topo Furacrollos se había convertido en Furi, y que algunos de los nombres de los personajes habían sido levemente retocados para ser, supongo, más comerciales. Pero, tras ver la película, tuve la intensa impresión de que la cinta me había devuelto al bosque de mis primeras lecturas, al escenario de la infancia, al espacio mágico referencial. Me devolvió al olor de la fraga, a los animales extrañados ante la llegada del poste de teléfonos, a la indignación ante la llegada del futuro que sólo se puede experimentar cuando uno es un niño y se enfada si alguien planta en medio del campo un poste espantoso que cree que sólo sirve para afear el paisaje idílico de los castaños y los robles.

Si "El bosque animado" de Cuerda era la historia rescatada de mi imaginario adulto, la fraga de Cecebre que retrataban los magos de Dygra es la que yo había imaginado una vez, en un tiempo distinto, cuando tenía doce años, y toda la vida y todos los libros por delante.


Me devolvió al olor de la fraga, a los animales extrañados ante la llegada del poste de teléfonos.


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