Guillermo Aguirre
miércoles, 06 de junio de 2012 - 00:00
(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela. "Electrónica para Clara" (2010) es su primera novela publicada. Ha trabajado para diversas editoriales
A Philip Roth le llevan haciendo verónicas y chicuelinas un par de décadas en los Premios Nobel por más que una ingente cantidad de voces se hayan indignado pidiéndo para él una y otra vez el probablemente merecido galardón. Vilipendiado por muchos de sus coetáneos y aplaudido por tantos otros, Philip no resulta un tipo fácil ni al ojo ni a la oreja. Sin duda alguna el autor torea con el Nobel como lo hace con él la Academia Sueca y a la pregunta de "Después de decenas de premios ¿qué más le puede pedir a la vida? ¿El Nobel quizás?", el álter ego de Zukerman evita el capote con sardónicas evasivas: "Lo único que me preocupa en este momento es que se acerca la hora de la cena."
La respuesta de Philip no deja de encerrar un prurito de ese orgullo despiadado al que los escritores acostumbran y que viene a igualar la institución sueca con una cena cualquiera en un Burger King, quizá cercano a su querida Newark. Pero también es necesario presuponer que Philip Roth sabe que si el Nobel le esquiva es porque jamás ha sido un escritor que pusiera su pluma a la orden de esa dirección ideal que tanto gusta a los suecos y que uno nunca sabe si de resultas es literariamente ideal, políticamente ideal o ideal de la muerte. Después de aquellas actas del Nobel de 1961 en las que a Durrell se le negaba el pasaporte por presentar un "dudoso gusto", debido a su "preocupación monomaniaca con complicaciones eróticas" no es de desdeñar que a Roth, cuando se pone en marcha el bingo, le ocurran cosas semejantes. Y no sólo pienso en Alexander Portnoy masturbándose con el hígado crudo que después servirá su madre a la hora de la cena.
Con Roth pasa lo que con algunos escritores de tanto recorrido: Desde "Columbus" hasta el "Lamento" tuve la sensación de estar ante un genio difícilmente superable por ningún otro plumífero de su generación salvo, quizá, por el primer Updike y Mailer, casi siempre Mailer. Cuando ella era buena no sólo es una de las novelas que más impacto me causaron sino que me sigue pareciendo uno de los mejores títulos que se han dado en el último medio siglo. Con El Pecho (aquella broma de discoteca) tuve la extraña sensación de que Roth había confundido teta con ombligo y comenzaba a girar sus ojos más hacia dentro que hacia afuera. Tuve la sensación de que el autor, harto de mirar el mundo que le rodeaba, había comenzado a medirlo con la propia talla de su chaqueta o su calzón. Operación Shylock no hizo más que cristalizar aquella idea cuando acudí desesperado al encuentro de Roth con su doble y con su ego al cuadrado a lo largo y ancho de una críptica y psicológica Israel, entramado sólo reconocible para la experta mente de algún psicoanalista judío. Me ganó de nuevo con su trilogía "Pastoral" en un pulso de varios días de duración entre el sí, el no, el quiero y el puedo. Luego me ha ido perdiendo y ganando a turnos y estocadas dependiendo de mis ganas, mi estado emocional, mi ánimo y mi paciencia. ¡A dónde vas, Phil! Recuerdo haber exclamado en más de una ocasión y, si uno abre alguno de mis libros suyos podrá ver anotaciones del tipo "jajajajaja" o "¡Déjate de jodas!".
Y es que Roth no es un escritor que piense demasiado en sus lectores ni en ese sentido ideal que probablemente interese al Premio Nobel. Esto es: Roth es un Escritor. Se alza con esa traza de chopo despeluchado en el centro de su generación y hace oídos sordos a unos y a otros e incluso al viento que lo peina. A su sombra quedan compañeros de oficio de la talla de E.L. Doctorow, Franzen o D.F Wallace y, a su altura, otros arbolones como Delillo, McCarthy, algún Pynchon y aquellos que ya cayeron pero cuyo recuerdo es difícil eliminar del paisaje: Bellow, Mailer y Malamud. Todo un bosque de secuoyas que comparten al menos dos características: buscaron con desesperación la Gran Novela Americana y escribieron de espaldas o de perfil a lo qué pensarán los demás, siendo los demás la Academia Sueca.
Esta mañana a Philip Roth le han soltado el más grande de los Grammys de la literatura, el más gordo de los BAFTA. Esta mañana le ha sido concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, un galardón que tiene ya un cartel en el que se encuentran nombres como Günter Grass, Amos Oz, Claudio Magris o Amin Maalouf. No se si Philip se alegra de formar parte de este elenco (nosotros sí nos alegramos por él) pero cruzo los dedos porque ese prurito, ese ego adquirido con el tiempo, llegado el momento de agradecer, no me compare el Príncipe de Asturias con la cena. Y que la cena no le llegue tarde que por todos es sabido que en Newark se cena antes. Buen provecho, Phil.
"Philip Roth se alza con esa traza de chopo despeluchado en el centro de su generación y hace oídos sordos a unos y a otros e incluso al viento que lo peina."