Entrevistas

“Caribou Island”

Las revelaciones del inconsciente

David Vann
Escrito por Maria José Codes

David Vann se muestra muy contento de estar en España. Le encanta el clima y la gente. Ha venido con su mujer, Nancy Flores, que aprovecha a ver museos mientras él cumple con todos los compromisos que Mondadori ha organizado: hoy, entrevista a primera hora en la radio y después desayuno antes de continuar con nosotros, de Ámbito cultural, en uno de los vestíbulos del Hotel de las Letras, en plena Gran Vía de Madrid. Después, nada menos que cinco entrevistas más antes de que termine la mañana, lo que en mi opinión es un programa muy apretado, de modo que esa es mi primera pregunta en cuanto nos sentamos solos, frente a frente, cómo lleva todo este circo de la promoción de Caribou Island.

“Realmente me estoy divirtiendo”, dice con una sonrisa que no deja la menor duda al respecto. Cuesta trabajo creer que este hombre entusiasta y sonriente de mirada líquida, arrastre un legado de cinco suicidios en la familia. Todo en él transmite honestidad, optimismo y entrega, sobre todo entrega. Su deseo de colaborar, de hablar de su vida y de la novela es inesperado y casi abrumador. Habla sin parar, sin dejar de mirar a los ojos y, casi siempre, sonríe generoso.

“Esto ya es mucho más de lo que nunca hubiera esperado: haber sido traducido a dieciséis idiomas, asistir a tantos Festivales internacionales que no sabía que existieran (a diez el año pasado y quince éste). Ha sido genial conocer a otros muchos escritores y gente de diferentes países. No puedo quejarme, mi próxima novela saldrá en inglés en mayo, he estado viajando, escribiendo, ha sido estupendo. Si esto no me vuelve a ocurrir, no importa, es mejor de lo que hubiese esperado. Pero asumo, como todo va y viene, que puede que en dos años desaparezca. No tengo ninguna expectativa concreta. ¿Sabes? Es tan extraño todo esto… Puede ocurrir cualquier cosa, o incluso nada, lo que es bastante normal para los escritores”.

David Vann sabe bien lo que es esperar y que nada ocurra. Su primer libro, Legend of a suicide, en el que se inserta Sukkwan Island, una novela corta publicada separadamente en Francia y en España, tardó 12 años en editarse. Cansado de que los agentes rechazasen el manuscrito, lo presentó a un concurso que conllevaba la publicación por la Universidad de Massachusetts. El libro solo recibió tres críticas, pero una de ellas fue decisiva.

“Una sola página del New York Times Review, cambió mi vida por completo”.

Entramos en materia cuando le pregunto si ha cerrado con esta novela, Caribou Island, el ciclo de exploración de ciertos personajes que reaparecen en sus obras con el paisaje de Alaska de fondo, por ejemplo, Jim y Rhoda, una de las parejas protagonistas.

“El fondo de la ficción en mis libros, son hechos reales. Pero no hay nada planeado. Desarrollo los personajes y describo las acciones y el paisaje. Supongo que al principio intentaba que los personajes no fuesen los mismos, no había intenciones previas, pero, a medida que escribes, te das cuenta de lo inconsciente de la escritura.

En el caso de Jim y Rhoda, quería mantener esos nombres porque la historia de fondo atañe a estos personajes, que son parte de mi vida real: Jim es el nombre real de mi padre y Rhoda es el nombre de ficción de mi madrastra. En Sukkwan Island ya usaba con ellos ciertos episodios tomados de la realidad, así que quería usar estos mismos nombres en Caribou Island para ser honesto y que quedase claro que estos personajes procedían de ahí. Pero al final ocurrió que se convirtieron en otros personajes. Este verano cuando estaba en Francia hablando sobre ello, me di cuenta, por ejemplo, de que el personaje de Rhoda no era mi madrastra, en absoluto, sino más bien mi hermana, que es una persona generosa y buena. Así que la había llamado de un modo equivocado, en realidad. Jim, era en principio un personaje diferente al Jim de Sukkwan Island. Tiene la misma edad, pero no tiene un hijo ni es un suicida, y lleva una vida diferente. Mi padre rompió dos matrimonios por sus infidelidades y en Caribou Island, quise explorar esta parte de su vida y la razón de que no pudiese ser fiel para conservar su matrimonio. Hace poco descubrí también que, inconscientemente, había inventado, a través de este personaje, una especie de infierno para mi padre ya que es manipulado constantemente por Monique. Entonces es curioso que, aunque esta novela no va sobre mi padre, hay por mi parte una especie de venganza hacia él, un castigo. Sin embargo, nada estaba planeado”.

Su insistencia en esta falta de planificación me conduce a hablar del proceso creativo y de la enseñanza de la escritura, ya que él es profesor asociado en la Universidad de San Francisco. Normalmente, le digo, los profesores de escritura recomiendan precisamente lo contrario, planificar la obra, hacer fichas de los personajes, organizar la estructura… Su respuesta es tajante:

“Casi nada de lo que me dijeron ha sido cierto en mi caso. A mí me enseñaron que la escritura era sobre todo revisión, en un noventa por ciento. Es decir, que escribes un borrador y luego pasas años trabajando sobre él, haciendo grandes cambios, perfilando a los personajes, añadiendo o cortando capítulos, reescribiendo media novela… Para mí no fue así. Lo que he publicado está tal y como lo escribí en un mes y medio. Añadí muy pocas cosas, solo cierta información de fondo sobre el pasado de Irene, por indicación de Harper, ya que solo hablaba de su presente, pero fueron siete u ocho párrafos, nada más.

Para mí, la escritura es algo que nace del inconsciente y la ficción es el proceso de transformación de unos hechos reales de fondo. Pienso que si trabajas a partir del inconsciente surge algo más poderoso que si tienes las ideas planeadas. Si todo está bajo control y termina como esperabas, lo empequeñeces, lo limitas y no es interesante. Todo lo que se ha mantenido en sombras en mi inconsciente durante años, ha sido perturbado por esas historias que a veces me sorprenden o me asustan, o me noquean. Pero prefiero dejarme sorprender”.

En ese proceso de apertura al inconsciente, dice Vann, se sirve del paisaje de Alaska como si fuese un personaje más, en ese sentido se confiesa deudor de McCarthy, del que admira particularmente Meridiano de sangre, donde la descripción del paisaje fronterizo de México es parte fundamental de la novela:

“Para mí todo procede en gran parte del paisaje, que es como una página en blanco donde emerge el inconsciente. No es que tenga un significado en sí mismo, pero si tratas de describirlo desde dentro, lo que sale es el interior de cada personaje.

Este proceso es muy estimulante, hay momentos de grandes revelaciones y descubrimientos. Por eso cuando empiezo a escribir aún no sé sobre qué voy a hacerlo”.

He leído en alguna entrevista que Caribou Island era un proyecto antiguo, comenzado 14 años atrás, que al parecer abandonó porque no acababa de tener claro cómo abordar.

“Sí. Al principio había muchos personajes en la novela, pero no estaban cercanos a ninguno de los personajes actuales y no tenía sus puntos de vista. Había mucha distancia todavía. Se suponía que iba a ser una novela divertida. Estaba leyendo una novela de Tom Gray que me encantaba y me parecía muy diferente a lo que había leído hasta entonces y creo que intentaba hacer algo como él, pero no pude. Cuando volví a empezarla hace dos años, pensé que iba a ser únicamente la historia de Irene y que solo seguiría su punto de vista, por eso me sorprendió llegar al segundo capítulo y descubrir que iba a haber otros puntos de vista. Fue un proceso de descubrimiento inconsciente con el que quería seguir adelante. Necesitaba esos otros puntos de vista para tener una mayor perspectiva.

Lo que me fascina del inconsciente es que el libro, de hecho, tiene mucha estructura. Comienza en un punto a partir del que se deriva la trama en todos estos personajes, cuatro parejas, que se reflejan una a otra… Y hacia el final del libro todo se va cerrando de nuevo, lo accesorio queda atrás hasta centrarse en Gary, Irene y Rhoda… En esa forma de huso de la trama, todo lo que aparece al principio va encontrando sus ecos al final y va haciendo encajar una cosa con otra. Me asombra que el inconsciente sea capaz de hacer eso sin tener un plan previo, es decir que de algún modo todo en la mente puede estar bastante estructurado. Me sorprende el grado de orden que hay donde yo pensaba que solo existía el caos”.

Antes de que Caribou Island se publicase, David Vann hablaba de su novela como una ficción sobre un matrimonio fracasado, sin embargo, como en sus anteriores cuentos cortos o en Sukkwan Island, reaparece el tema del suicidio. La novela parte de un suceso real de fondo en la vida del autor, el suicidio y asesinato del marido de la madre de su madrastra. Por eso no es fácil definir el tema sobre el que quería indagar: ¿Era realmente el de las relaciones de pareja o se trata de nueva exploración sobre el suicidio? ¿Acaso esto último solo lo parece porque la muerte es demasiado visible?

“Para mí la novela habla de varios temas y todavía no he concluido sobre cuál de ellos trata en realidad. Probablemente trate del largo legado del suicidio, el que pasa la madre de Irene a Irene, y el que ella deja a Rhoda. Pienso que Rhoda es buena y fuerte y escapará al legado. Pero para Irene es tarde, porque lo ha negado durante 45 años, ha querido borrarlo de su mente, como si no hubiese pasado nada”.

Respecto a Rhoda, le indico que la circularidad de la novela no deja claro el hecho de que escape a tal legado.

“Pero creo que hay indicaciones en el sentido de que ella acabará bien. Hacia el final de la novela, ella ya ha empezado a pensar en romper su compromiso de matrimonio, duda sobre lo que está haciendo Jim, y se pregunta cada vez más cosas.

No creo que acabe sucumbiendo a esa desesperación de Irene, que no quiere volver a ser abandonada, no quiere volver a quedarse sola e indeseada tras el suicidio de su madre y el abandono de su padre. Pero Rhoda es razonable y más fuerte, aunque, claro, el libro termina y no lo dice.

También pienso que la novela trata sobre el momentum en que la vida cambia de un modo que no esperabas y te puedes convertir en alguien que no creías que fueses, lo que puede resultar muy desorientador. Irene soporta mucha presión: tiene esos dolores de cabeza, que yo mismo conozco porque los padecí durante un año, durante el cual no podía desprenderme de ese dolor. Así que Irene tampoco puede separar su sufrimiento de ese dolor físico. Por otra parte, ella ha tratado de borrar de su mente el suicidio de su madre y con ello ha borrado también toda su infancia, de modo que no puede encontrar ningún lazo fuerte que conecte quien era y quien es ahora. Luego están sus treinta años de matrimonio que se han convertido en nada, ella se ha retirado, los hijos son mayores y se han ido, y además tiene un marido que la ha aislado de sus amigos y de su familia, así que se encuentra terriblemente sola. Para mí el libro habla sobre ese momentum en el que llegas a esa situación. Ella solo fue a Alaska para pasar un verano y treinta años después su estancia se ha convertido en toda una vida. Es algo aterrador pensar que tu vida se puede convertir en algo diferente a lo que querías o imaginabas y finalmente se ha vuelto algo que no te vale, que no es aceptable. Cualquier persona, joven o vieja, que llega a esa situación, tiene un problema serio. Creo que sobre eso va la novela. O alrededor de eso, no sé… (sonríe)“.

Confiesa que no siempre dice lo mismo a este respecto y que según habla de ello en las entrevistas va cambiándolo y en cierto modo descubriéndolo. Por eso vuelve a la idea de la necesidad de no hacer revisiones de fondo a la novela y respetar la primera versión tal y como surgió del inconsciente.

“Si tú empiezas a revisar y a recortar en la novela ciertos patrones surgidos del inconsciente, que todavía no entiendes, se convierte en una novela llena de parches que luego ya no encaja, te conviertes en una especie de Frankenstein. Así que aunque la novela sea imperfecta sin esas revisiones, al menos todo encaja en ella, esta es la manera como salió y el lector puede leer lo mismo que yo quise expresar, sea lo que sea eso. Pero la verdad es que no estoy muy seguro de lo que trata la novela. A veces pienso, por ejemplo, que trata sobre Alaska y esa romántica idea de volver a la naturaleza. De hecho, el libro también va sobre eso, sobre el fracaso de ese sueño”.

En conexión con ese sueño, le pregunto sobre la idea de Gary de construir esa cabaña en la isla semi-virgen de Caribou, no muy lejana de su casa, a menos de una hora de camino, pero aislada cuando comienzan la nieve y los hielos. Es el sueño romántico de Gary de volver a la naturaleza, de ser un pionero, pero la construcción de la cabaña es claramente una metáfora del fracaso en su relación de la pareja y quizá también, me aventuro a conjeturar, de la imposibilidad de partir de cero, tanto para Gary e Irene, como para el hombre, el ser humano, demasiado lejos ya de la naturaleza, desde un punto de vista antropológico.

“Yo suelo valerme de símbolos en la novela, como la cabaña. Los símbolos normalmente tienen más de un significado, como en esa Oda a los crisantemos, el famoso relato de Franzen. Están todos esos crisantemos, pero si los quitas, la historia permanece igual, los crisantemos son elementos añadidos realmente, no forman parte del tema central de la narración y tienen una función estática, para ser observados. Sin embargo poseen un significado distinto para cada uno de los personajes y de alguna manera se convierten en catalizadores de la lucha entre ellos.

Si tomamos el símbolo de la cabaña en la novela, para Gary es una manera de rehacerse a sí mismo como hombre y conectar con la naturaleza. Para Irene, es solo una excusa de Gary para abandonarla cuando el proyecto no salga adelante. Para Rhoda es la muestra de que la relación entre sus padres está fuera de control y está asustada porque no puede entrar allí, no puede intervenir para cambiar el curso de las cosas, porque están aislados. Es decir, que para cada personaje tiene un significado. Más obviamente, el sueño de Gary es el sueño de los trascendentalistas americanos y de los románticos británicos: de Wharton, Pound, Thoreau, Woodsworth, Blake, Coleridge… Un sueño naif, ya que en lugar de bondad e inocencia, que es lo que busca en la naturaleza, lo que encuentran es un espejo magnificado de su interior, lo que resulta aterrador”.

A propósito de los sueños y de las maneras de afrontar el fracaso de los personajes, se me ocurre comentarle que percibo una diferencia entre los personajes masculinos y femeninos de Caribou. Los hombres afrontan su fracaso con un nuevo proyecto, sea el que sea. En el caso de Gary, su cabaña y su vuelta a la naturaleza, en el caso de Jim, su nuevo plan de vida enfocado al placer de las relaciones sexuales. Ellas parecen más razonables pero menos ambiciosas, menos creativas. Su actitud es más conservadora…

David Vann sonríe y comienza a responder diciendo que le encantan este tipo de lecturas con otro punto de vista diferente porque son las que generan el debate. Confiesa no haber pensado en ese aspecto de los personajes femeninos de su novela, como menos creativos que los masculinos:

“Supongo que a ellos los veo como personajes que tienen ideas, sí, aunque ideas turbulentas, problemáticas, que siempre llevan al conflicto. Gary tiene esa idea de la cabaña, pero no le importa nada más. Construye una monstruosidad que no se parece en nada a la idea bonita que se había hecho. Jim tiene esa idea estúpida sobre el sentido futuro de su vida, que por cierto está basada en un profesor de Stanford que decía haber descubierto que el sentido de su vida era tener sexo con el mayor número de mujeres posible. Estas dos ideas me parecen ideas de la desesperación. Ninguno de los dos, ni Gary ni Jim, pueden encontrar ningún sentido a sus vidas y están como aterrados por no tener un proyecto al que dedicarse, así que salen con estas ideas que son de hecho muy limitadas, pero que a ellos les hacen sentirse mucho mejor.

Yo me he criado entre mujeres, mi padre y mi abuelo murieron, así que eran once mujeres solteras y solo un hombre, mi tío. Ellas nunca tuvieron ideas como por ejemplo la de mi padre, que se compró un barco e inició un negocio de pesca comercial, sin tener experiencia. Simplemente lo pensó y lo hizo, pero no funcionó. Ninguna de las mujeres de mi familia hizo nada parecido, a ellas les preocupaba más la gente a su alrededor, eran más fiables y más sólidas, en ese sentido, al menos esa fue mi experiencia. Pero al final, ellas acaban sintiendo la misma desesperanza en sus vidas que ellos. Mi madre, por ejemplo, sentía como si su vida se hubiera roto y mantuvo a los hombres fuera de ella a causa de la traición de mi padre. Había soñado con que las cosas fuesen de un modo y no fueron así en absoluto. Irene, supongo, tiene que luchar con la idea de que su vida no es lo que hubiese querido, que es una mentira. Al final, tanto ellas como ellos piensan lo mismo, pero lo expresan de un modo diferente”.

Le interrumpo antes de que siga reflexionando en voz alta, porque nunca desea cerrar del todo sus ideas, que parecen inagotables. Como ha tocado el tema de la infidelidad, al que es bastante sensible a causa de la experiencia de su padre, le expreso mi punto de vista, algo diferente al suyo, respecto a mi lectura de la manipulación de Monique hacia Jim, que él ve como un castigo. Encuentro que hay un tratamiento algo indulgente para el personaje de Jim, en el sentido de que le hace parecer como una pobre víctima. Jim cae en la espiral del sexo como en la adicción de una droga, lo que de algún modo, en mi opinión, supone atenuar su falta, disminuir su responsabilidad. Me pregunto si no habrá en ello un intento de comprensión hacia su padre.

“No me lo había planteado de ese modo, es la primera vez que alguien lo lee desde ese ángulo (sonríe). Supongo que tengo un conflicto con eso. Después de que mi padre rompiese sus dos matrimonios por ser infiel, yo sentía que si engañaba alguna vez a mi mujer cometería un crimen terrible. Llevamos juntos trece años y pienso que sería una mala persona si le hiciese eso, precisamente por la historia de mi padre. Pero no puedo decir que no lo haré nunca, no estoy a salvo, no puedo decir que haya una base fiable de bondad en mí, que siempre antepondré la vida del otro. Tampoco confío del todo en mi percepción de cómo veo el mundo, pero pienso que hay que creer en algunas cosas en la vida y soy muy obsesivo.

Toda la novela va sobre mi vida. Yo soy un poco cada uno de los personajes, soy Irene y su visión de Gary, no me gusta la impaciencia, pero también soy Gary, así que el libro es para mí tan confuso como mi propia vida. Se supone que la ficción debería proporcionar la ambivalencia.

Para mí, escribir una ficción es como imaginar o hacer un ensayo de cómo podrían ser las cosas en mi vida, un ensayo sobre lo que hay dentro de mí, lo que había en el interior de mis padres, de mi madrastra, de mis abuelos…es muy sugerente. Eso es lo que creo que está vivo en los libros, tanto para los escritores como para los lectores, el hecho de que no los puedes reducir a una sola línea para decir de qué tratan. En lugar de ello, te inducen a pensar… Aunque, si te digo la verdad, no me han hecho nunca estas preguntas (suelta una carcajada) y no encuentro en lo que digo nada que pueda defender con verdadera solidez”.

Por cambiar de tema le pregunto sobre las armas de fuego. Tras el suicidio de su padre, David Vann, con solo trece años, heredó todas las armas de su padre. ¿Cómo afronta eso un niño?

“¿Que cómo? No tuve opción”.

Vuelve a reírse a carcajadas, pero ahora percibo en esa risa un tono extraño, casi forzado, que no invita a compartir. Me limito a esbozar una tímida sonrisa y a esperar que se calme, pero responde sin dejar de reír:

“¿Te imaginas heredar una Magnum del 44 para matar osos con la que se acaba de suicidar tu padre?” Resulta difícil seguir sus palabras, ríe como si contase un chiste macabro, con un punto de dramatismo, ríe como un actor de drama griego o como il pagliaccio de Leoncavallo.” ¿Y un montón de armas más?” Por un momento su risa me suena un poco a llanto. La risa amaina.

“Fue una locura”.

En uno de los cuentos cortos de Legend of a suicide, el niño protagonista tiene que entrar por la ventana de su casa, porque se ha dejado las llaves en el colegio. Al hacerlo y sentirse como un intruso, analiza lo que va encontrando haciendo deducciones periciales sobre la mujer que vive allí (su madre), y la clase de niño que es su hijo (él mismo), cuyo armario está lleno de armas de fuego. La extrañeza fría con la que el niño describe las armas guardadas en su propio armario, aterradora para el lector, me hacen volver a mi pregunta sobre cómo afronta un niño la insólita herencia de esas armas de fuego.

“Sí, es un momento extraño cuando el chico entra en su propia habitación, es una de esas revelaciones de inconsciente. Ese desplazamiento de uno mismo que te da cierta perspectiva. Pero fue una época terrible para mí cuando no quería hablar con nadie del suicidio de mi padre. No hice ninguna terapia. Le decía a todo el mundo que mi padre había muerto de cáncer, porque me daba vergüenza decir la verdad. Las armas fueron una especie de sustituto para mí. Así que disparaba contra cosas. Durante tres años llevé una especie de doble vida. Iba al colegio, era un buen estudiante, hacía deporte… Pero por otra parte estaba aislado, desconectado de mis amigos, padecía insomnio… Mi vida estaba fuera de control y poco a poco iba cayendo en picado. Pienso que el tema de las armas en Estados Unidos es aterrador. He escrito un libro sobre un chico francotirador en una escuela, un libro de no ficción que saldrá el mes que viene, y fue espeluznante descubrir qué locos estamos mientras lo escribía”.

El libro, Last day on earth, trata sobre un caso real, el de Steve Kazmierczak que asesinó a cinco personas e hirió a dieciocho en la Universidad de Illinois antes de suicidarse. David Vann analiza la trayectoria de ese joven estudiante y establece un paralelismo con su propia vida.

“En él, trato de indagar en la razón por la que ese asesino en masa, cuyas circunstancias son similares a las mías, acaba tomando esa decisión a diferencia de mí.

En la política de Estados Unidos respecto a las armas hay muchas presiones y muchos defensores. Es una política conservadora, lamentable y alarmante. Hay una minoría de individuos, que no representa a toda la sociedad, que siente fervor hacia las armas, que se distancian psicológica y emocionalmente de la gente que sufre tortura, algunos usan símbolos de Hitler, cruces de hierro, como la marca West Coast Choppers, que exhiben estos símbolos en su ropa…

Hay muchas personas en América con riesgo de convertirse en asesinos en masa, muchos que tienen dentro el germen, que tienen experiencia con las armas y que son capaces de apretar el gatillo contra cualquiera en un momento determinado, hay millones entre los militares, en las prisiones, en las fuerzas policiales, en el mundo de la droga… Y además de eso está la cantidad de gente a la que le gusta contemplar la tortura…”

¿Es por esa razón por la que en Caribou Island el arma es el arco y las flechas?

“Sí, supongo que no quería que apareciesen armas de fuego. No me gustan las pistolas. En mi próximo libro no hay armas. Nadie mata a nadie. No hay suicidios. No hay padre (sonríe). Es sobre una madre y un hijo, en California, en medio de un paisaje primitivo y duro. Es una tragedia pero también es divertida”.

Espero que al menos continúe habiendo esos brillantísimos diálogos contenidos, muy en la tradición de Steinbeck o de Hemingway, le digo. Hay torturas refinadísimas entre los personajes de Caribou Island a través de sus diálogos.

“Hay mucho diálogo, sí. De hecho una barbaridad de páginas con diálogos (vuelve a reírse a carcajadas).

Sí, la verdad es que los diálogos son teatro, realmente. Hay esa manera de definir a los personajes y perfilarlos a través de la descripción del paisaje como comentábamos antes, y también está otra forma de mostrarlos a ellos y sus relaciones.
Mi última novela usa mucho este recurso del diálogo con el que he disfrutado realmente, los personajes tienen largas conversaciones desquiciadas. La novela está muy influida por la tragedia griega y el teatro contemporáneo”.

Eva, la responsable de comunicación, surge discreta, como de la nada, para avisarnos con enorme amabilidad de que es hora de la próxima entrevista. El tiempo se me ha pasado volando pero al mirar el reloj compruebo que ha sido una larga hora de conversación. Todavía mientras le ofrecemos nuestros ejemplares de Caribou Island para que nos los dedique, David Smith, que ha hecho las fotografías, le pregunta si ha vendido los derechos de sus novelas para hacer alguna película.

“Vendimos los derechos de Sukkwan Island a un conocido actor americano, pero no hay película, de momento. Es una pena porque después se interesó por ellos Jean-Pierre Jeunet, el director de Amélie, pero era demasiado tarde. Así que mis agentes no quieren tomar decisiones precipitadas con Caribou”.

Abre mi ejemplar de Caribou para firmarlo y me pregunta cómo se escribe mi nombre. Le digo que lo escriba como quiera, no es importante, pero él insiste, lo deletrea y quiere saber si lleva una tilde al final. A mí no me preocupa lo más mínimo que escriba o no la tilde en mi nombre, pero a él le importan esos y otros detalles, su aspecto es impecable y pulcro. Mi inconsciente malicia que es tan perfeccionista y meticuloso como lo sería un asesino en serie, pero David Vann nunca podría ser ya nada semejante, y es que a veces nuestro inconsciente solo exhibe un poco de humor negro inofensivo.


David Vann

Profesor en la universidad de San Francisco. Vann ha colaborado en publicaciones como "The Sunday Times" y "Esquire" en otras. Es autor de la serie de relatos "Legend of a Suicide", que incluye la novela "Sukkwan Island", que le situó en la primera línea de los escritores de su país. Su última obra publicada en España es "Caribou Island".

Caribou Island

Caribou Island
Autor: David Vann
Editorial: Mondadori España
Páginas: 288
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Sobre el autor

Maria José Codes

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