Críticas

Chica de campo, de Edna O’Brien

Leticia Garcia
Escrito por Leticia Garcia

Dice Virginia Wolf que empecemos por la biografía: “¿Habrá algo más ameno? Como todo el mundo sabe, la fascinación que entraña la lectura de las biografías es irresistible”. Y es que la lectura de memorias a menudo llega a ejercer un mayor poder magnético que ciertas ficciones, sobre todo en aquellos que buscan las hondas emociones a las que aboca la confesión íntima del relato de la propia vida. Para mayor regocijo, Chica de Campo, las esmeradas y resolutivas memorias de Edna O’Brien que publica Errata Naturae, arrancan bajo la alargada sombra de un juramento que la autora no ha podido cumplir: “Por muy piano roto que fuera, me sentí más viva que nunca cuando el aroma del pan se apoderó del ambiente. Era un olor antiguo, fuente de muchos recuerdos, y así fue como aquel día de agosto de mi septuagésimo octavo año de vida me senté para empezar a escribir las memorias que me había jurado no escribir jamás”.

Esas son justamente estas recién editadas, y lo largo de su lectura queda patente que las memorias de Edna son las de una mujer cuyos actos principales estuvieron marcados por su deseo de ser escritora: “pasaría en la farmacia los siguientes cuatro años, formándome para una profesión que yo no había elegido, pero convencida de que conocería a poetas y de que algún día sería admitida en el mundo de las letras”. Más tarde, cuando consiguiera publicar sus novelas, las diversas reacciones que provocaría se convertirían en la columna vertebral de gran parte de aquello que relata, entre ellas las de su marido: “Lo había leído. Si, tenía que reconocer que, pese a todo, lo había conseguido, y a continuación pronunció las palabras que fueron el golpe de gracia para nuestro ya deteriorado matrimonio: Sabes escribir, nunca te lo perdonaré”; su familia: “El día de la publicación no tuvo nada de especial; las reseñas irían apareciendo por rachas, elogios chafados por los ecos que llegaban de Irlanda. En sus cartas mi madre hacía referencia al impacto, el daño y el asco de los vecinos. Yo le había mandado un ejemplar […] un día cuando ya había muerto, lo encontraría dentro de una funda de almohada, con palabras ofensivas pintarrajeadas en tinta negra. Me advirtió que muchos me retirarían el saludo”; la iglesia católica de Irlanda y su nación: “Una editorial del Irish Times rindió homenaje al valor del padre Conolly y expresó la esperanza de que aquella reunión marcara un cambio de tendencia. La prohibición y condena de los escritores irlandeses, continuaba el texto, había marcado los más vergonzosos aspectos de los cuarenta años de independencia”. A pesar de la dureza de estas reacciones, y al leer todo lo que Edna tiene que decir, da la impresión que para ella es tan grande la recompensa que siente tras haber escrito sus novelas que, cuando algo malo le acontece, no es tan malo si al fin y al cabo ha servido para inspirarla: “En aquel momento me vino la idea para mi próxima novela. Ahí reside el misterio de la escritura: surge de las aficiones, de los momentos de vacío, de un corazón abierto en canal. Oí la voz declamatoria de Baba y sus desmedidas palabras al divagar sobre sus vidas y sus matrimonios fracasados: lo que las mujeres necesitamos no es el derecho al voto, sino a ir armadas”.

Edna es una mujer nacida en la Irlanda católica de 1930, un hecho que imprime un sello indeleble en su infancia, en sus vivencias y en cada uno de sus romances, de los que su primer amor (el que siente por una monja de su internado), es el más hermoso que relata en todas sus memorias: “desde mi cubículo, donde había ido a esconderme, oí los aplausos, y más tarde una lego me llevó una tartaleta […], imaginé que era de parte de mi monja, su manera de indicarme que había vivido la vergüenza conmigo”. Así, a medida que avanza la lectura de Chica de Campo, una va descubriendo que Edna es inseparable de la historia e identidad de su patria. Conocer a Edna supone desentrañar el espíritu irlandés, sus más fuertes y primeras influencias que son las grandes figuras de la literatura Irlandesa: “Fui por primera vez al Abbey Theatre […], y en el vestíbulo me quedé paralizada, aturdida ante la idea de que Yeats, Lady Gregory y Synge habían estado en ese mismo lugar”; de la casa familiar en Drewsboro: “La madre naturaleza,[…], estaba suprema : zarzas, acedera, hiedra, ortigas y hasta unos fresnos pequeñitos y desaliñados con retoños que se abrían paso en las grietas del cemento y los marcos podridos de las ventanas. La casa seguía deshabitada”; del miedo y el caos que desató el conflicto entre los Unionistas y el IRA y, sobre el que Edna escribió la novela que todavía no ha sido publicada al español House of splendid isolation: “Vi las caras de madres y esposas exhaustas, estoicas, cargadas con bultos, caradas de niños, caras que, vistas en Dublín […] sería imposible de identificar como católicas o protestantes. E inesperadamente sentí la dentellada de la amargura”; del poder de la iglesia católica en su nación: “A tal punto llegaba su empatía con el Vaticano que Irlanda, con todo lo pobre que era, pagaba para que las lámparas de aceite de San Pedro estuvieran siempre encendidas”; y de cómo el paisaje influye en su carácter y por tanto en su escritura: “La escritura se nutre de lugares, y yo no estaba a la altura de aquel mundo escarpado de granito y taludes. Era más proclive a espacios más amables y frondosos, acequias rebosantes de flores silvestres, mala hierba y convolvuláceas, riachuelos por donde se deslizaban trucas pardas moteadas. No terminaba de verme en Donegal; su verbosidad era demasiado nudosa para mi”.

Aunque Eda O’Brien no se declare feminista, queda patente que fue perseguida por la sociedad de la época, debido al carácter liberal de sus personajes femeninos. Es una mujer independiente que ha trabajado en muy diversos proyectos artísticos y literarios y que ha vivido nómada entre Londres y Nueva York. Cuando reflexiona sobre estas dos ciudades, las memorias de Edna parecen convertirse en un brillante libro de viajes. A Nueva York la representa como una ciudad bohemia y literaria: “Sí, había otros Nueva York […]. Estaba el Nueva York de Isaac Bashevis Singer, inmigrantes que quedaban en bares de otra época, sin un groschen, pero con abundantes recuerdos de rabinos y casamenteras, impregnando la vida con improbables relatos de amor y riquezas. Estaban los bohemios del Greenwich Village de Anatole Broyard, y los yonquis y los matones y las putas y los travestis de Hubert Selby”. Esta caracterización se opone a la que realiza de Londres, que parece ser un lugar hogareño, plagado de sueños de andar por casa: “de pronto me vi como flamante dueña de dos lámparas que él, personalmente, se encargaría de enviarme a Londres. La segunda lámpara era verde, de una verde gruta, y las imaginé encima de alguna mesa o escritorio de mi casa, una noche de invierno, la luz gris londinense y aquellas lámparas cautivadoras con vetas de colores”.

Hacia la mitad del libro, y fruto de su estancia en estas dos ciudades, expone una interminable lista de personajes famosos que se pasearon por sus fiestas y con los que tuvo encuentros más o menos fructíferos. En este fragmento, la lectura pierde algo de fuelle al casi convertirse en un listado de nombres rimbombantes. Pero si lo pierde es solo porque Edna O’Brien no se da cuenta de que se basta a sí misma para llenar todas las páginas de Chica de Campo. Una se pregunta por qué Eda nos obliga a sentirnos como ante un expositor de trofeos, pues no necesitamos el apoyo de artistas como Harold Pinter, Jude Law, Marilyn Monroe, Frank Sinatra, Arthur Miller, Robert Downey, Philip Roth, Marguerite Duras o Günter Grass para justificar su ya importante lugar en la literatura. En realidad, nos basta con su Drewsboro de la infancia y sus lágrimas por las chicas felizmente casadas, que tuvieron que descubrir que el matrimonio no era aquel paraíso por el que creyeron firmar, bastan sus emociones cansadas, que le llevaron a plantearse el suicidio, y esa casa inhabitable de Donegal en la que vivió muy asustada y al borde de la tormenta y el mar.

Edna nos basta, porque es Irlanda y tan salvaje como Irlanda. Mujer en estado puro.

 

 

 


Chica de campo

Chica de campo
Autor: Edna O´Brien
Editorial: Errata Naturae
Páginas: 424
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Sobre el autor

Leticia Garcia

Leticia Garcia

Leticia García (Madrid, 1987) se licenció en Ciencias Físicas pero su curiosidad aún no se siente satisfecha y quizá por eso perdura su amor por la literatura.

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