Críticas

“El Atlas”, de William T. Vollman.

«El centro está donde estamos nosotros: de ahí que al viajar sólo cambiemos nuestras periferias.» Así, William T. Vollman (Los Ángeles, 1959) desactiva la máxima de William S. Burroughs que dice que «lo importante es viajar, no vivir», poniendo al protagonista de estos relatos a circular por la parte oscura del globo. Protagonista que es el cuerpo y la brillante mente del propio autor, de gira por un mapa inabarcable. El imaginario planisferio por el que se deslizan los personajes y que recorre todo el libro parece ser consciente, como los paisajes y los objetos que lo habitan, de estar sucediendo en un tiempo y espacio concretos.

Exuberante, expansiva y original, esta red de relatos conecta latitudes aparentemente opuestas: Canadá, Bosnia, Japón o Camboya. Así, en el atlas se mezclan la naturaleza y el aire viciado del crack: las paredes de las habitaciones de Tailandia son adictas al crack, las cucarachas son adictas al crack; y «La mejor manera de cazar una cucaracha», dice una de las chicas del Tenderloin, «es dejar una china encima de la mesilla de noche». El contraste entre las prostitutas de Tailandia o los moteles de San Francisco con la límpida estepa canadiense es el mismo que parece separar los momentos de realidad total con las escenas más oníricas (Pedro rememorando el Gólgota en el Parque Nacional Joshua Tree, California). No hay un gramo de frivolidad en la descripción de víctimas y francotiradores en las historias de Sarajevo, en los amasijos de carne con los que el autor construye su prosa, en ocasiones periodística y en ocasiones autobiográfica, eliminando la frontera como elimina las divisiones geográficas del mapa. Hay muchísima verdad y, como el Frenhofer de Balzac explicando a Poussin que la técnica del dibujo no se compone de líneas «porque en la vida real no hay líneas», así Vollman describe las cosas: sin líneas, con masas oscilantes de luz y colores extrañamente vivos.

La relación de Vollman con el mundo que le rodea es íntima y profunda. Es la de un carnicero con sus cuchillos. Y con una precisión a veces fotográfica, y por momentos expresionista, construye la atmósfera, presentando a unos cuantos personajes y haciéndonos creer en situaciones aparentemente inverosímiles en un par de páginas. Con una visión pangeica y heterodoxa de las mujeres y los hombres que habitan este mundo consigue reducir el globo, con todos sus matices, a las dimensiones espaciales que tiene un libro de quinientas páginas.

En la liga de grandes jugadores del fútbol americano como Glass, Gaddis o Barth, la literatura tiene continuidad en nombres como William T. Vollman. Y en la estela de los escritores aventureros, este tiene cuatro kilos más de humanidad que Hemingway, del que dice, aprendió unos cuantos trucos.


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Sobre el autor

Miguel Rodríguez Minguito

Miguel Rodríguez Minguito

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