Entrevistas

“El tiempo de los espantapájaros”

Tengo las referencias muy claras a la hora de elegir el tono del cuento y suelen ser varias".

cesar gonzalez

He quedado con César González Álvaro en la terraza de mi casa, bajo un sol impío y a una hora en la que las tripas resuenan pidiendo alimento. Podría decir que es la primera vez que César está en esta terraza, sentado con una cerveza en las sillas de metal lacado y con una camiseta sin mangas, pero estaría mintiendo. César y yo nos conocemos desde hace ya más de diez años, en honor a lo cierto, y hemos estado en esta terraza antes, como antes hemos estado tomando cañas, hablando de literatura e incluso escribiendo juntos. Hoy sin embargo estamos aquí porque César González Álvaro acaba de ganar el último Premio Tiflos de Cuento con su volumen El tiempo de los espantapájaros, y se hace pertinente revisar un poco el libro. Un conjunto de cuatro relatos que recorren el espacio que va desde lo social hasta la psique de aquello que conforma lo social, es decir, sus actores: desde el hombre que recibe una extraña visita una noche cerrada y descubre que su vida no se sostiene sobre los previsibles pilares que él pensaba hasta un empleado de banco que llega a un pueblo abandonado en búsqueda de sí mismo y encuentra al otro, pasando por la cena en pareja y celebración política de dos asesores de un partido político o la imposibilidad de un detective privado por hacer honor a su profesión y a su lugar en el mundo. Coloristas, ácidos y sagaces, así son los relatos que conforman El tiempo de los espantapájaros.

Guillermo Aguirre: El tiempo de los espantapájaros contiene dos relatos que tienen un volumen de páginas más largo y dos que resultan más cortos. Para empezar me interesan un poco los más largos porque se salen de la tradición que se da ahora mismo en torno a los cuentos, que suelen trabajar en terrenos más breves y no en un volumen de páginas intermedio. Háblame de eso.

Cesar González: Bueno… Esto viene, yo lo voy a contar tal cual, del proceso de escribir tú y yo una novela larga. Un proceso en el cual descubro que me parece más divertido trabajar con el diálogo, darle más pausa al texto y permitir que los personajes se desarrollen dentro de escenas más largas y pormenorizadas. Los últimos cuentos son más flash, más imágenes concretas y se trabajan en menos espacio, pero también tienen algo más de tiempo y son anteriores a esta dinámica.

G.A.: Son menos escenificados, digamos…

C.G.: Sí, el diálogo además te permite muchas variantes y define un montón a los personajes, tanto a través de lo que dicen como de sus acciones dentro del diálogo. Antes escribía relatos bastante cortos y me intentaba ceñir un poco a esa moda del relato, que tiende en torno a las ocho, quince páginas… Incluso muchos de los premios que existen se limitan a esa extensión. Y tras escribir esa novela de la que hablaba preferí detenerme un poco más y trabajar con escenas más largas.

G.A.: El primer relato, Bosque de eucaliptos, es en esencia más psicológico que el segundo, que es de orden más político o social… ¿Existe aquí una intención de llevarnos de lo privado (esa psicología del personaje) a lo público (la psicología de lo social)?

C.G.: Sí, posiblemente… El libro en el que estoy trabajando ahora será un conjunto de relatos más críticos, más en la línea del segundo cuento que lleva por título Platos de ducha, pero en este libro no quería que todos los relatos fueran en esa dirección. Además en el caso de Bosque de eucaliptos quería realizar una historia de intriga clásica y jugar así con los distintos elementos del género: el cuchillo sobre el que pone el foco el narrador y parece se va a usar en cualquier momento, las miradas ocultas desde las ventanas, etc.

G.A.: La incursión del elemento hostil, la aparición del secreto…

C.G.: Exactamente. El cuento también juega con la irrupción del elemento extraño, de esa mujer que aparece, una noche cualquiera, sentada en el sillón de la casa de Lucas y Amanda, que son los personajes protagonistas. Y es ese elemento extraño y hostil, como dices, el que lo va a revolver todo y el que lleva a los personajes a descubrirnos sus secretos más oscuros. La reacción de cada personaje frente a estos secretos era lo que más me interesaba tratar y, en concreto, la de Lucas: de pronto el miedo que siente y su reacción paranoica o no, justificada o no tanto, según lo quiera interpretar cada uno, puesto que esto era una clave fundamental del relato: dejar caminos abiertos a los lectores, que fueran partícipes del proceso de creación y pudieran interpretar el cuento de una u otra forma.

G.A.: En este relato, además, parece que se crea una atmósfera, un mundo que está en posesión de las mujeres, en el que los hombres somos incapaces de enfrentar un hecho de manera directa, lo enfrentamos siempre creando un conflicto donde quizá no lo haya y, sin embargo, ellas son las que al final ponen orden en la situación. Un relato donde tenemos a tres mujeres y un sujeto masculino que superpotencia un conflicto que luego ellas ordenan… No sé si esto estaba en tu cabeza o surge como una idea mía posterior a la lectura.

C.G.: (Risas) Bueno, ¿ves? Cada uno tiene su interpretación. Yo desde luego no lo había pensando desde ahí, pero es verdad que Lucas puede sentirse así…

G.A.: ¿Pero no somos así también todos los hombres? (Risas)

C.G.: Hablemos de Lucas. Él se mete de lleno en el lío. Podría haber elegido otra opción, pero no lo hace. La situación le desborda y pelea como buenamente puede y también tiene unos intereses en todo lo que sucede. A la hora de narrar la epifanía de Lucas, buscaba hacerlo desde una clave ligeramente humorística. No digo que sea un cuento cómico, ni mucho menos, pero sí quería darle un toque de humor negro, no sé si esto se percibe…

G.A.: Sí, sí que encontramos humor tanto en el primero como en el segundo cuento. A ese respecto cuando has dicho que tu intención era aferrarte a la escritura de un relato de misterio clásico, desde mi punto de vista no es del todo real. Por ejemplo, la decisión del lugar y del espacio es colorista, en una isla, con un relato luminoso que ocurre de día pese al suspense y aunque haya cuchillos y muchas más cosas.

C.G.:
Bueno… Esto viene quizá de un relato de García Márquez, Espantos de agosto. Leí el cuento hace muchos años y, por alguna razón, apareció de pronto en mi cabeza nada más comenzar a escribir Bosque de eucaliptos. Así que decidí tirar desde ahí y trabajar muchas partes del cuento, como en Espantos de agosto, en ambientes luminosos, a plena luz del día, cuando parece que no puede pasar nada.

G.A.: En línea con ese humor que señalabas antes, existe en los dos primeros relatos algo que recuerda a un esperpento no nacional, más cercano a la caricatura británica, que recuerda un poco a aquellos relatos para adultos de Roald Dahl.

C.G.: Me conoces, ¿eh? Sí, a la hora de escribir este libro he tenido muy en cuenta a Roald Dahl y sus Relatos de lo inesperado. Me gusta mucho cómo trabaja los detalles, la intriga, la capacidad plástica de sus imágenes… Hay un cuento en ese libro que recomiendo especialmente: Cordero asado. Una maravilla.

G.A.: Porque… ¿cuándo escribes tienes muy claras tus referencias? ¿Sabes de dónde te llega el estilo de los textos? ¿Lo eliges para cada relato?

C.G.: Tengo las referencias muy claras a la hora de elegir el tono del cuento y suelen ser varias. Normalmente, realizo una escaleta de las escenas para ver cómo funcionará el relato a través de ellas y cómo se desarrollarán los personajes, y con todo ello busco el tono más adecuado para narrar la historia, aunque luego la trama a veces sorprenda y gire casi por su propia cuenta.

G.A.: En relación al segundo cuento, Platos de ducha, vemos que está divido en dos partes que funcionan un poco como dos alas de una mariposa que se pliegan sobre un centro de sentido. Existe una primera parte que es la cena entre dos asesores de un partido político y sus parejas. Y después salimos de ese entorno cerrado y nos dirigimos hacia aquello que se trataba en esa cena y que es un absurdo proyecto de propaganda electoral.

C.G.:
Sí, aquí nos encontramos con dos asesores que son totalmente ajenos a lo que pasa a su alrededor. Solo les preocupa en lo que rivalizan y en lo que se parece la casa de uno y otro y sus propias parejas, ese tipo de miserias… Esta primera parte del cuento, por tanto, es un poco el juego del doble. De mirarse frente al espejo. Luego, en la segunda parte, vemos a los personajes actuando en el exterior, pero como dentro de una burbuja: no entienden nada de lo que ocurre o todo lo entienden mal. Y, en cualquier caso, les da lo mismo porque no les afecta personalmente.

G.A.: Sí, de hecho ellos piensan que les ha salido bien la jugada…

C.G.:
Sí, ellos lo creen así cuando su ejercicio de populismo, de hacerse la foto y de conseguir unos cuantos votos ha sido un fracaso. Pero no lo perciben simplemente porque no quieren o no les interesa o, más bien, porque no han salido tan mal parados. Eso piensan.

G.A.: En todo ello quizás exista una línea de sentido, como si vinieras a decir que la moral solo es posible en el individualismo y que los asesores carecen de moral porque son la misma persona, porque están alienados.

C.G.:
Bueno, lo veo de distinta manera. Estos asesores se comportan de forma egoísta y altiva porque desde su burbuja están aislados del mundo y tampoco les interesa relacionarse con lo que les rodea. Operan únicamente en el reflejo de sí mismos, sus opiniones son prestadas… De hecho, lo primero que hacen al llegar al edificio del Partido es consultar la hoja de ruta. Tienen así una opinión preconcebida sobre un montón de cosas y actúan conforme a ella, porque quizá si pensaran esas cosas no se podrían comportar de determinada manera. Tan solo quizá.

G.A.: A la hora de contar una historia más crítica como la de Platos de duchasupongo que ayuda ese humor ácido, agrio, que funciona como elemento de distanciamiento. Un humor a plumilla que da una sensación de “Ojo, no es en sí misma la realidad, es algo que puede valernos para comprender la realidad”.

C.G.:
Creo que el distanciamiento viene por el tratamiento, un poco caricaturesco, de los asesores y sus parejas, de sus pensamientos, de sus poses y envidias. No sé si ayuda a la hora de narrar la historia, pero solo me salía así: con un poco de mala hostia.

G.A.: Para ti, cuando se tiende a diferenciar entre literaturas (algo que ya de por sí es un asunto escabroso) y se habla de eso que se llama la literatura social o comprometida… ¿En qué lugar la posicionas dentro del marco natural de las letras? Esto es: ¿Para qué sirve? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su función? ¿Es la misma que la del resto de literaturas? ¿Existe acaso alguna literatura que no sea comprometida aunque no lo parezca?

C.G.:
(Risas) En vaya lío me metes. Saldré de ésta citando tres autores que me parece que consiguen introducir en sus novelas la denuncia y la crítica social y política con mucha habilidad: Isaac Rosa, Belén Gopegui o Rafael Chirbes. Por otra parte, Cortázar o Rulfo, por ejemplo, ¿son literatura comprometida? ¿Y un autor que nos gusta mucho a ambos: John le Carré?

G.A.: Cierto, Le Carré siempre habla del hombre honorable al que todos joden. Un hombre que no puede sobrevivir más que dentro del sistema y si intenta hacerlo fuera es abandonado.Pero crees que la literatura comprometida está orientada, digamos, a aleccionar… ¿A ser un foco moral? ¿A revelar acaso?

C.G.:
Dentro de lo que consideramos literatura comprometida habrá, como en todo, buenas y malas novelas, cuentos, poesías… Un texto que alecciona no es, evidentemente, buena literatura. Es un panfleto.

G.A.: Encontramos también esa dirección de denuncia de la realidad en el relato que da título al volumen, El tiempo de los espantapájaros, y en el que también se trabaja con la idea del doble. Sin embargo, en este caso el cuento es más simbólico, más filosófico que Platos de ducha.

C.G.: El tiempo de los espantapájaros es el relato de un hombre, Álex, que una mañana decide coger un tren tras otro hasta llegar a un pueblo vacío, uno de esos pueblos que existen en este país, cuyas casas están tapiadas con tablones y con muros de hormigón. Es un hombre que, en un momento dado, decide que se tiene que mover. Y si bien Platos de duchase apoya en varios personajes y utiliza escenas y acciones caricaturescas, este cuento resulta más personal y también más triste.

G.A.: Con un elemento simbólico más abstracto y abierto que viene a dar sentido al relato: el espantapájaros.

C.G.: Álex asalta las casas del pueblo y, en una de ellas, descubre a un espantapájaros. Al principio sabe que es eso, un espantapájaros, pero luego comienza a mantener una relación de amistad y la línea con la realidad se vuelve más confusa según avanza el tiempo.

G.A.: ¿El espantapájaros es él? ¿Los espantapájaros somos todos?

C.G: Bueno, no quisiera dar una solución o imponer mi lectura. Es un relato con diferentes interpretaciones. Lo que sí es cierto es que Álex decide crearse una nueva vida dejando a su familia atrás: se va a ese pueblo abandonado, ocupa una casa, abre el bar del pueblo para él solo y para el espantapájaros…

G.A.: Y, entonces, un día encuentra en la barra del bar un vaso con agua sobre el mostrador, un vaso que él no ha dejado allí y que implica que no está solo en el pueblo… De nuevo, irrumpe el elemento extraño, además del espantapájaros, la intriga…

C.G.: Sí, de nuevo sucede algo que descoloca al personaje y que le obliga a actuar, a evolucionar. Álex pensaba que no había nadie más en ese pueblo vacío y ahora tiene que enfrentar la certeza de que no es así. Y no sigamos desvelando el cuento, que no quería imponer mi opinión y al final lo suelto todo… (risas).

G.A.: Háblame entonces del cuento del detective, que aún no hemos dicho nada sobre él, quizá porque es el cuento que menos contenido está dentro del volumen…Se trata del relato de un fracaso y me recuerda un poco en ese aspecto a Tren Nocturno, con aquel crimen imposible de resolver…

C.G.: Pues no lo había pensado, pero me gusta mucho la comparación, cómo no, Tren Nocturno es una grandísima novela. Este cuento, Hasta la vista, carnal, es verdad que puede parecer un poco fuera del conjunto, a lo mejor por el ambiente en el que se desarrolla, no lo sé… Respecto al fracaso, el primer gran drama del detective es que no sabe cómo ser un detective. De hecho, no se atreve a llevar una pistola por si acaso se pega un tiro.

G.A.: Todos tus personajes tienen algo de fracaso, como si solo en el patetismo se pudieran conformar los personajes…

C.G.: Bueno, en el caso de El tiempo de los espantapájaros, por ejemplo, no es tanto un fracaso como un cambio. Puedes ver a Álex como un personaje perdido, que no sabe hacia donde va, y también como alguien que encuentra otra forma de llevar su vida. A resultas del patetismo, lo que sí puedo decir es que me resulta más fácil trabajar con personajes con los que puedo hacer juegos de crítica, ironía y tratarlos con cierto humor, a veces un poco negro. Ahora, por ejemplo, estoy trabajando en un relato sobre un saxofonista americano, Paul Stocker, y al tratarse de una persona real, a la que respeto mucho además, siento más dificultad al narrar la historia.

G.A.: Llevas bastante tiempo con eso. Te has entrevistado con él varias veces…

C.G.: Sí, en torno a tres o cuatro meses. Llevamos unas cuantas entrevistas ya. Se está haciendo un documental sobre él y he hablado con el director, Juan Flores. Y también con Juan Vinuesa, un excelente saxofonista que ha realizado un gran trabajo de investigación en torno a la figura de Paul Stocker y su trayectoria dentro del mundo del jazz. Lo que más me interesa de la figura de Paul, como personaje de un cuento, además de su calidad como músico de jazz, es que se trata de alguien que siempre ha hecho lo que ha querido, que siempre se ha mantenido, de alguna manera, fuera del sistema o, por lo menos, todo lo “fuera” que ha podido, tocando aquí y allá, viajando, una persona con una curiosidad innata que le ha llevado a tocar desde jazz de vanguardia, jazz sudafricano, hasta flamenco, fado ochorinhos.

G.A.: ¿Y este cuento sobre Paul Stocker iría en este volumen en el que estás trabajando? ¿Para cuándo lo leeremos?

C.G.: Pues no sé, igual dentro de unos cinco o seis meses tengo el libro para dárselo a leer a los amigos, para una primera lectura antes de hacer la última corrección. O sea que, ya sabes, dentro de cinco o seis meses cuento con tu lectura… (Risas).

La conversación continúa, por supuesto. No los cinco o seis meses que a César González le quedan aún para atornillar el que esperamos sea su segundo volumen de relatos, pero sí al menos hasta una hora avanzada de la tarde. Al inicio de la entrevista dije que, en esta ocasión, aunque la amistad y las cervezas fueran antiguas, era pertinente hablar un poco del libro que nos reunía en la terraza de mi casa, El tiempo de los espantapájaros. Ya lo hemos hecho, y todo lo que se dijo tras la entrevista, en esas siguientes horas en las que el sol se nos fue escapando del borde de los vasos, resultaría, en cambio, impertinente de contar.


César González Álvaro

César González Álvaro (Madrid, 1981) tiene un máster en Creación Literaria por la Escuela de Letras de Madrid. Ha trabajado como lector profesional y como redactor jefe en Ámbito Cultural o Culturamas. Ha logrado el primer premio en el Certamen de Jóvenes Talentos Ciudad de Majadahonda y en el II Certamen de Poesía y Narración José Cornelio.

Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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