Críticas

“El maestro del juicio final”, de Leo Perutz.

George Simons
Escrito por George Simons

Canonizado por J.L Borges y Bioy Casares como un clásico, El maestro del juicio final (1923) mezcla magistralmente el género fantástico con el detectivesco para desvelar una inquietante característica de la condición humana y de los orígenes del arte.

El Dr. Paul Gootenber, profesor de la universidad del estado de Nueva York SUNY-Stony Brook University y miembro del Consejo de Investigación de Ciencias Sociales en Brooklyn, N. Y. (Social Science Research Council, SSRC), ha documentado de manera exhaustiva cómo de 1860 a 1950 la cocaína pasó de ser un commodity médico a una droga ilegal. Durante noventa años fue un producto básico y de primera necesidad, usado en operaciones como analgésico, como insumo en dentífricos, en bebidas, en tonificantes espirituales. Entre otros usos, Freud, por ejemplo, trataba con ella a los soldados que se habían enganchado a la morfina, y ya se imaginarán el resultado.

En este capítulo oculto de fines del siglo XIX y comienzos del XX se suele olvidar que los países germanos fueron los primeros productores de cocaína del mundo. De hecho, fue un austríaco, Albert Niemann, quien en 1860 aísla uno de los setecientos alcaloides de la hoja de coca peruana y produce la cocaína. No tenía idea de los peligrosos efectos de la droga.

La contracara literaria de la incipiente farmacología moderna es George Trackl (1887-1914). Poeta austríaco, considerado continuador de la línea de Hölderlin, adalid del expresionismo alemán, químico-farmacólogo de profesión. Murió de una sobredosis de cocaína a los veintisiete años. Trabajaba en una farmacia, El ángel blanco, en Salzburgo. La referencia a la sustancia blanca es evidente. Buena parte de la aristocracia europea la consumía como rapé o en tónicos. Se dice que a R. L. Stevenson (1850-1894) se la recetaron y que la consumió durante esa semana en que escribió El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886). A finales del XIX no era algo normal, pero tampoco ilegal. Era un producto exótico, como el cacao o el café; y no era la única sustancia química con que comerciaban las farmacias europeas.

El narrador de El maestro del juicio final de Leo Perutz (1882-1957), el barón von Yorsh, se entiende mejor con estos datos. “Debo comprar bromo, gotas de morfina, veronal o cualquier narcótico, no importa qué”. En efecto, personas respetadas como el barón von Yosh, capitán de caballería del ejército, o el actor Eugene Bischoff, actor del Hoftheater de Viena, frecuentaban las farmacias de la ciudad. “En la farmacia El arcángel ya me conocen”, confiesa von Yorsh.

El maestro del juicio final (Libros del Asteroide, 2017) novela de Leo Perutz, está ambientada en el otoño de 1910 en la ciudad de Viena, en sus calles principescas, sus farmacias con resabio del alquimia, sus cafés y las elegantes reuniones privadas. Una de ellas era la que se organizaba en casa de Eugene Bischoff, en la que los colegas se reunían con sus violines y violas y se echaban un trío de Brahms o un cuarteto para cuerdas de Beethoven y recitaban Macbeth de Shakespeare o, sencillamente, mataban el tiempo. Los temas de moda eran el psicoanálisis, la irrupción del inconsciente en la vida cotidiana y la promesa de la farmacología moderna de corregir la subjetividad modificando químicamente el funcionamiento cerebral.

Leo Perutz recurre a descripciones de estados mentales nerviosos y percepciones alteradas. Así logra un narrador poco confiable y, sin embargo, el pacto con él, con el barón von Yosch, es inmediato. Cada una de las 175 páginas de Leo Perutz es inesperada, deslumbrante. La nota del editor, que no es el editor real, brinda mayor veracidad al personaje, así como una vuelta de tuerca a todo el relato, y bajo ninguna circunstancia debe ser leída antes de concluir los veintitrés capítulos que componen el libro.

Sucede que Eugene Bischoff, un reputado actor, se ha pegado un tiro en su biblioteca a puerta cerrada. Minutos antes, en el salón contiguo, contó a sus invitados, quienes escucharon el disparo, un asunto que lo tenía obsesionado, a saber, la muerte de un soldado que, habiendo dado con el verdadero motivo de su muerte, se suicidó también en una habitación a puerta cerrada. En los tres casos existen indicios de que no estaban solos, de que hablaban con alguien que los conminó a suicidarse. Es más ¿acaso fueron suicidios?, ¿están todas las muertes relacionadas o son las alucinaciones de von Yosh?

El barón von Yosh no solo debe dar con el asesino de Bischoff, sino probar además que él no ha sido el detonante de su suicidio. Para mal de von Yorsh, sus nervios lo traicionan, sufre de alucinaciones, paranoia y desvanecimientos, producto de una sensibilidad exacerbada por los fármacos.

El maestro del juicio final podría presentarse dentro de una detectivesca inglesa del whodunnit  (¿quién lo hizo?), pero va más allá. Esta obra de Perutz es en realidad una obra clásica. Trasciende su propio género porque es una maquinaria perfecta, un modelo a seguir, y supera su propio tiempo porque el mensaje que encierra, el enigma detrás de los asesinatos, esconde a su vez un mensaje inquietante sobre la condición humana y los orígenes del arte.

“En el cerebro, la fantasía está localizada en el mismo lugar que el miedo. ¡Eso es! Miedo y fantasía están ligados de manera indisoluble. A lo largo de la historia, los más grandes soñadores siempre han vivido poseídos por los peores miedos y los más espantosos terrores. ¡Piensen en el Hoffmann más fantasmagórico, piensen en Miguel Ángel, en el Brueghel pintor de infiernos, piensen en Poe…!”.

En el prólogo a la primera edición en español de El maestro del juicio final, Borges sostiene que el origen de la familia Perutz es español, específicamente toledano. En castellano, Perutz habría sido Pérez. Lo cierto es que su familia solo estuvo de paso por España. Cuando Perutz era pequeño, sus amiguetes del instituto le decían der Spaniole. Su vínculo con España queda claro en esta novela.

Nos cuenta el editor de Libros del Asteroide, Luis Solano, que “Perutz no es un autor del momento, sino un autor de todo momento. Este tipo de escritores no pasan de moda. Tenemos previsto un libro más de Perutz, aunque todavía no hemos decidido cuál será”. Quedamos atentos.


El maestro del juicio final

El maestro del juicio final
Autor: Leo Perutz
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 232
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Sobre el autor

George Simons

George Simons

George Simons (Lima, Perú, 1980). Lector obsesivo, aficionado al asombro, a la buena música y a las conversaciones de madrugada. Se formó en las humanidades, se licenció en Filosofía por la Universidad Pontificia Comillas y, en el ínterin, se enamoró de Madrid, de su gente, de Malasaña, del Museo del Prado y de otras maravillas. Trabaja como escritor, periodista científico y cultural. Colabora habitualmente con medios de comunicación de España y Latinoamérica.

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