Críticas

“El marinero de Gibraltar”, de Marguerite Duras.

Sara Barquinero reseña la reedición de este clásico publicado por Cabaret Voltaire.

El marinero de Gibraltar fue una de las primeras obras escritas por Marguerite Duras, en 1952, pero no había sido posible leerla en castellano hasta este año por cortesía de Cabaret Voltaire y la labor traductora de Lola Bermúdez Medina. En ella, el marinero de Gibraltar no es solo la figura que da nombre a la novela, sino que también funciona como su motor, como analogía del deseo que permite que los personajes tengan un motivo para avanzar entre sus páginas.

El texto de Duras se divide en dos partes, siendo la primera mucho más breve que la segunda. En esta se nos presenta al narrador: un hombre que se encuentra viajando por Italia con una prometida a la que no ama durante las vacaciones de un trabajo que detesta. Este personaje, ahogado en la falta de sentido de su propia existencia, encuentra en las palabras de un conductor casual un motivo para moverse: ir a visitar un pequeño pueblo costero para bañarse en el río, Rocca, en lugar de pasar tiempo con su prometida haciendo turismo por Florencia. Con este encuentro el protagonista comienza a reunir las fuerzas para abandonar la trayectoria fija y desapegada que llevaba hasta entonces, trabajando en el Registro de Nacimientos y Defunciones en una Francia de posguerra. Sin embargo, lo que le dará las fuerzas para renunciar tanto a su cómodo salario como a su prometida será, ya en Rocca, conocer a una mujer de la que ya le había hablado el conductor: una joven rica, Anna, que posee un yate, Gibraltar, y que dedica su vida a buscar por todos los puertos al “marinero de Gibraltar”, su amor adolescente perseguido por siempre por la policía por un crimen del que solo caben especulaciones.

Tras el encuentro con esa misteriosa mujer y la despedida de su vida anterior –su trabajo, su prometida, Francia–, se inicia la segunda parte. El protagonista y Anna abandonarán Rocca para iniciar una curiosa historia de amor basada en la búsqueda de un hombre del que apenas se sabe nada y que, de encontrarlo, daría fin a su propia relación. Pero él no es el único: ha habido muchos hombres que  acompañaron a Anna en su búsqueda del marinero de Gibraltar y que aún siguen llamándola cuando encuentran nuevas pistas o especulaciones de su paradero.

Más allá de que el texto anticipe algunos elementos de la narrativa que más tarde desarrollaría Duras –la relación entre amor y muerte, lo perdido, la mirada, la ausencia, la languidez, el exotismo, el viaje– esta novela de juventud ya pone sobre la mesa aquello por lo que Lacan le dedicaría en 1964 un homenaje: «Marguerite Duras resulta saber sin mí lo que yo enseño». Y es que en El marinero de Gibraltar el protagonista real es el deseo: el deseo de otra cosa, el deseo de moverse, el deseo de ser mejores y de tener un motivo más para levantarnos. De igual modo que el protagonista encontró en las palabras casuales de un conductor algo que dotó de sentido a su viaje por Italia –«Ven a Rocca. Si vienes, el sábado nos veremos allí. Haremos pesca submarina juntos», promesa incumplida– los personajes alrededor de la joven marinera se sirven de la figura misteriosa y mítica del marinero para encontrar un resorte que les permita estar a su lado ocasionalmente y con ello dotar de algo de color su existencia en una Italia de posguerra en la que cunde la desorientación y el desengaño. Es en ese deseo, afecto, amor, el lugar en el que la vida de ella discurre y que le impide permanecer quieta durante más tiempo del estrictamente necesario.

En su tercera novela, Duras ya plantea una primera formulación de ese deseo que permanecerá como invitado invisible en todos sus textos posteriores, lo que hará que Lol V. Stein se convierta en una voyeur, que el protagonista de El mal de muerte quiera “probar a amar” en una relación viciada o que los falsos amantes de Los ojos azules, el pelo negro se reúnan para recordar a un hombre de estas características. Un deseo que ya aquí aparece marcado por la imposibilidad y por la ausencia, que tal vez en su fracaso inherente encuentra su razón de ser: si los personajes encuentran lo que buscan, lo buscado mismo dejaría de tener sentido.

Es por esto que El marinero de Gibraltar –que el director Tony Richardson llevó al cine en el año 1966–, a pesar de ser una novela más convencional en cuanto a forma que los textos que Duras desarrollará más tarde, resulta tanto una lectura placentera y necesaria para sus seguidores como una buena puerta de entrada para aquellos que deseen acercarse a la prosa de una escritora enigmática y, justamente por esto, única.


El marinero de Gibraltar

El marinero de Gibraltar
Autor: Marguerite Duras
Editorial: Cabaret Voltaire
Páginas: 448
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Redacción de Ámbito Cultural

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