Entrevistas

“El siglo sabático”

"Mi tentativa era hacer una «novela-burbuja», en el sentido de que quería construir una realidad independiente, un poco en la estela de obras como El mago de Oz, Peter Pan o Alicia en el País de las Maravillas".

Antonio Ferrer nos recibe en su apartamento de Madrid, repleto de objetos inverosímiles: hay una cabeza de ciervo en mitad del salón y una lavadora colocada a modo de estantería en el pasillo, con varias decenas de libros escondidos dentro del tambor. Nada hace pensar que allí vive el autor de El siglo sabático, novela que ha recibido elogios en más de 20 países distintos y que ha sido editada en España por Nostrum. Autores como la canadiense Sara Bassett, el alemán Holger Müller, la francesa Stéphanie Argelene o el ruso Nikolai Kasinski no se cansan de repetir los parabienes de esta novela sorprendente, todo un fenómeno literario y editorial en otros países, con versión cómic incluida a cargo del dibujante Vic Roman. La versión inglesa verá la luz en la próxima primavera.

Rubén Sáez: Después de las buenas noticias sobre la recepción de El siglo sabático en el extranjero, mucha gente se pregunta si el éxito se debe a su curiosa actualidad. La novela trata una serie de temas que están en boca de todo el mundo, cuestiones sobre las que mucha gente está reflexionando a la vez. ¿Se trata de algo buscado o es simplemente una feliz casualidad?

A.F.: El paralelismo entre lo que ha venido sucediendo en los últimos años en la economía mundial y El siglo sabático es algo fácil de ver. Simplemente he empleado un estado de ánimo colectivo para agilizar la comunicación que nos ofrece un medio como la literatura. La prueba la tenemos en uno de los conceptos que utilizo en la novela: el bono de energía. Curiosamente, se trata de uno de los elementos más absurdos y menos justificados de la narración, pero uno de los que mejor funciona. En la realidad que describe el libro, todas las transacciones monetarias son psicológicas y se hacen mediante una unidad telepática que depende de la seguridad en uno mismo. Aunque se trata de un concepto, digamos, descabezado, es uno de los elementos que sustentan la narración y la trama con mayor facilidad, lo que quizá lo convierta en síntoma del actual estado de cosas. Los motores sociales, los motivos que nos hacen pelearnos por un puesto en el tan deseado Occidente, son entes abstractos y absurdos que nos conducen al desastre: primas de riesgo, índices bursátiles, dinero…

R.S.: El siglo sabático sigue la inevitable estela de los libros de ciencia ficción adulta, obras como 1984, Fahrenheit 451 o Un Mundo feliz. ¿Qué otros libros o autores han influido en usted a la hora de abordar la novela?

A.F.: Mi tentativa era hacer una «novela-burbuja», en el sentido de que quería construir una realidad independiente, un poco en la estela de obras como El mago de Oz, Peter Pan o Alicia en el País de las Maravillas. Son narraciones en las que el autor propone un punto cero, es decir, normas específicas o exclusivas para la realidad de cada página. A la hora de describir una sociedad dominada por la ambición y la frivolidad, me interesaba combinar el tono de cuento de la literatura adolescente y el efecto narcótico de lo fantástico e imaginario. Por supuesto, hay otras influencias más o menos evidentes, como El hombre que fue jueves. De Chesterton tomé el enfoque humorístico y el tratamiento de la conspiración entre los grupos de personas que conforman una sociedad cualquiera. También está Mendoza, claro, inevitable para alguien que escribe en español intentando desdramatizar el acto literario. El objetivo es hablar a la misma altura que el lector, dejarse de naftalinas y taxidermias. Otras influencias curiosas son lo que yo llamo «autoayuda empresarial», esos libros odiosos dominados por la idea absurda de que todo el mundo puede triunfar.

R.S.: Quizá una de las características más destacables de la novela es la agilidad de la lectura, el ritmo acelerado de la narración.

A. F.: Aunque resulte tópico decirlo he escrito la novela que me gustaría leer, y en eso sí que he sido exigente. El siglo sabático es una novela lúdica, de ahí que haya intentado imprimirle un ritmo rápido, para que se lea con un impulso ludopático.

R.S.: A ello contribuye su sentido del humor. Los personajes de El siglo sabático parecen estar continuamente riendo al borde de la tragedia. En algunos foros, se ha hablado de «humor apocalíptico». ¿Es un término de cosecha propia?

A.F.: No sé si es originalmente mío o surgió en alguna conversación. En todo caso, poco importa. Lo interesante es que define bien la tonalidad del libro. El humor apocalíptico es el lado cómico de una situación negativa que se lleva hasta el paroxismo. Es la risa del que no tiene nada que perder, algo, por cierto, con lo que empezamos a estar demasiado familiarizados. Sería como brindar mientras se hunde el Titanic o hacer un botellón en el bunker de Hitler. Intento explorar esa zona limítrofe que existe entre el humor y el desastre, algo que hacía con mucha sutileza Philip K. Dick. Digamos que Él cotidianeizaba el desastre; yo lo valleinclanizo.

R.S.: En la novela se aborda también un análisis del poder. De hecho, todo el que ostenta en ella el poder es, de alguna manera, un traficante…

A.F.: Siempre he pensado que las dinámicas sociales deberían ser descritas en términos de adicción: la ansiedad con la que todas las civilizaciones han ansiado el poder, la violencia, las guerras, nuestra archiconocida vocación de autodestrucción, el círculo vicioso de la ambición de la sociedad moderna… Era un tema que no había ocupado el lugar que merece dentro de la ficción narrativa. La definición de este estado de cosas la encontramos en la frase que se repite a sí mismo el personaje de Ben Sanderson en Leaving Las Vegas: «No sé si empecé a beber por qué mi mujer me dejó o mi mujer me dejó porque empecé beber». Es exactamente ahí donde estamos, en un discurso imbécil, circular y solipsista, un indicador de que ya es hora de abandonar el culto a la retórica y a la razón.

R.S.: Hay otro tema latente en el libro: la estupidez como estado natural del hombre.

A.F.: Es cierto. He querido hablar de la estupidez humana, a la que considero uno de sus rasgos esenciales. En realidad, se podría decir que El siglo sabático es una tesis novelada sobre la estupidez.

R.S.: El protagonista de la novela es Guzmán, un hombre que se cree un genio y que acaba reconociendo su propia estupidez. Sin embargo, a medida que la lectura avanza, será el personaje femenino, Patsy, quien sostenga el libro.

A.S: Guzmán es un personaje que busca la notoriedad y que, sin embargo, acaba en el ridículo más espantoso. Patsy, por su parte, es alguien que quiere vivir discretamente, en la sombra, pero acabará teniendo la clave de todo. Me interesaba este juego de espejos, la dicotomía entre los binomios clásicos de mentira y éxito frente a ridículo y verdad. Lo interesante es que todos estamos socialmente programados para desear el éxito: como Guzmán, tenemos sed de gloria. Mi propósito, sobre todo en la segunda parte del libro, ha sido dejar al lector en ridículo arrojándole a la cara su deseo de éxito, aunque procurando que no deje de reírse.

R.S.: El siglo sabático es también una novela de ausencias. Por ejemplo, apenas encontramos en ella referencias al sexo o la familia. Sus personajes no tienen raíces, se mueven permanentemente de un sitio a otro, como si en el mundo de la novela no hubiese cabida para el concepto de hogar, de casa o refugio. También es sorprendente la falta casi total de tecnología, más aún tratándose de una novela de ciencia ficción.

A.F.: Ha dado en el clavo. Las ausencias son deliberadas y definen por omisión el argumento moral de la novela. La razón es simple: es difícil que los argumentos morales convenzan a nadie. Como ya he dicho, El siglo sabático es una novela lúdica y yo no quería interrumpir las carcajadas bajo ningún concepto, por lo que tratar los temas importantes mediante el silencio se convirtió en el mejor camino para conseguir mis objetivos. Si se fija, el libro está plagado de personajes que se apresuran en ir a ninguna parte y yo quería que el lector se sintiera como ellos: absolutamente despreocupado. La gran pregunta que esconde la novela debía surgir de manera natural, justo después del desenfreno. Al mismo tiempo, la tecnología está presente, pero no es en modo alguno el motor de la acción. Esa presencia casi anecdótica es también deliberada y responde a una convicción: la de que la tecnología no deja de ser bisutería de mal gusto adherida al cerebro del hombre moderno.

R.S.: ¿Y la infancia? ¿Qué lugar ocupa la infancia en El siglo sabático?
A.F.: Ninguno. La novela habla de la adolescencia; o mejor, refleja un mundo adolescente. Cuando la escribí no quería saber nada de la infancia, a pesar de toda la mitificación que la rodea. Me parece mucho más interesante la adolescencia por su lado convulso, por la trampa autoinducida de pensar que uno es siempre quien decide ser. La novela describe un estado de cosas donde uno cree tener capacidad de decisión porque no puede ver los hilos de la vida, mientras ella tira de nosotros con la fuerza de un imán.

R.S.: La novela está contada en tercera persona, a excepción de ese tramo final que algunos críticos han considerado un signo autobiográfico de desencanto sentimental o desengaño amoroso crónico ¿En qué medida has plasmado conflictos personales en el libro?
A.F.: No soy un escritor autobiográfico o sentimental. Si algo así aparece, es algo involuntario, pues he intentado que no se filtrara en el texto nada de mí mismo. En ese sentido, soy un escritor analítico, nada misterioso. ¿Que hay algo personal? Seguramente, pero no ha sido mi propósito. En mi escritura hay una voluntad total de autonegación.

R.S.: Nos gustaría acabar la entrevista con una pregunta concreta sobre uno de los elementos más enigmáticos que planean sobre la narración y que, de alguna forma, la configuran. Nos referimos, claro, al famoso Nihlik. Hay momentos de la novela en los que parece referirse a una persona, en otros parece ser un lugar, y es quizá también una doctrina, un dios, una sustancia…

A.F.: Como no soy un escritor misterioso te diré el origen de la palabra (risas). La idea surgió de la mezcla de la palabra «nihil», que significa nada en latín, y «Ubik», término inventado por Philip K. Dick y que hace referencia a un producto omnipresente que sirve para cualquier tarea doméstica, una especie de limpiador universal. Me atraía esa fusión en una sola palabra de lo rotundo, académico y venerado con lo comercial, publicitario y manoseado. En cuanto a la verdadera naturaleza de Nihlik, solo puedo decirte que el final de la novela nos da la clave para que lo averigüemos. A este respecto, me gustaría subrayar el papel del lector en el entramado de la novela. Escribo para un lector activo, algo, por otra parte, nada revolucionario.


Antonio Ferrer

Madrid (1976) A los 21 años publicó diversos poemas en la revista Entonces y relatos en los fanzines Moriremos y A medias. Vive en Francia y Bélgica. De vuelta a España trabajó para empresas de seguros, líneas aéreas, videoclubes y librerías. "El siglo sabático" es su primera novela publicada.

Sobre el autor

Rubén Sáez

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