Entrevistas

Eloy Tizón: Los libros, los autores y los cuentistas españoles detrás de “Velocidad de los jardines”.

Por George Simons

George Simons
Escrito por George Simons

Conversamos con el autor sobre su “carta de amor a la literatura” y el oficio de escribir, y a través de un juego nos regaló poesía. Además, viajamos en el tiempo a 1992, a la primera edición de Velocidad de los jardines, de la mano de la doctora Ángeles Encinar, responsable de la antología que la editorial Cátedra dedica al Cuento español actual (1992-2012).

El último libro de cuentos de Eloy Tizón, Técnicas de Iluminación (Páginas de Espuma, 2013), me dejó asombrado como pocas obras de autores vivos. Por lo general, la categoría de “autores favoritos”, como la de “autores clásicos”, remite a personas muertas; pero Eloy estaba vivo y continúa escribiendo. Mis amigos libreros me decían que Velocidad de los jardines era más alucinante aún, pero estaba descatalogado. Andaba a la caza de sus otras novelas y libros de cuentos, cuando una tarde de otoño me encontré con él en el centro de Madrid. Bajaba yo las escaleras de una librería y Eloy Tizón, el de carne y hueso, las subía. “¿Será él?”, me pregunté, recordando lo engañosas que son las contraportadas de los libros; esa era la única pista que tenía del Eloy Tizón real. Lo seguí. Lo observé desde las estanterías. Era flaco. Un poco más de metro ochenta de estatura. Usaba gafas rectangulares de marco delgado. Iba ensimismado. Vestía un saco y una tela larga a manera de bufanda. Tenía algunas canas. Eloy Tizón ojeaba la mesa de novedades. Disimuladamente me acerqué un poco más e hice lo mismo. (Él no sabía que lo observaba; de hecho, lo sabrá cuando lea estas líneas).

Me pareció una persona tímida, de risa fácil, alegre. Eloy tendría entonces unos cincuenta y uno o cincuenta y dos años. De mirada despierta, curioso. Se acomodó las lentes y regresó a buscar libros en las estanterías. Uno llamó su atención. Pasó unas páginas con la avidez de quien no tiene tiempo para leer todo lo que quiere. Mientras lo sostenía, se fijó en otro libro. Dejó aquel para mirar la contracara del nuevo hallazgo. Al cabo de un rato lo dejó en su sitio como si aún tuviera otros libros por leer en casa. Sin embargo, tomó otro (¿en qué medida lo que no hemos leído determina lo que leemos?). Levantó la mirada hacia las estanterías de libros que, desde su perspectiva, parecían infinitos. Suspiró. Saturación o alivio.

El librero de la planta lo saludó con familiaridad. Preguntó por un libro y le respondió que no había llegado aún. No pude escuchar con precisión de qué libro o de qué autor hablaban. Desde entonces me he preguntado, ¿qué autores y qué libros elegiría leer un especialista en asombros como Eloy Tizón?

Eloy Tizón nació como escritor en 1992, con veintiocho años de edad y un librazo: Velocidad de los jardines. No tardó en convertirse en un referente del cuento español. Después de veinticinco años de carrera literaria, tres libros de cuentos y tres novelas, la crítica internacional considera a Eloy Tizón como uno de los mejores cuentistas vivos.

George Simons: En tus obras predomina la atmósfera sobre los objetos concretos. Las voces en tus cuentos son subjetividades que a veces adquieren tonalidades fantásticas y pocas veces dialogan entre sí. En todos tus cuentos se percibe una ausencia casi total de argumento en el sentido clásico del término. Los significados de tus frases se columpian en diferentes acepciones de las palabras, sean literales o figuradas, según resuenen en la imagen que creas. Parece una poética de intangibles. ¿A qué crees que responde esta sensación que dejan tus narraciones y cómo logras ese efecto en el lector?

Eloy Tizón: Mi interés principal a la hora de narrar no está tanto en los hechos (que son la épica) como en la interpretación más o menos onírica de los hechos (que son la lírica). De ahí la importancia que para mí tienen las voces, los discursos subjetivos y el relato –o relatos, porque siempre hay varios– de la intimidad.

G. S.: Leí en una entrevista que donde te encuentras más cómodo como narrador es dentro de la conciencia individual del personaje, ¿por qué?

E. T.: En el interior del personaje, sí, y enfrentado a algo que lo supera y que monologa, o divaga, o delira. Uno de mis grandes placeres como escritor es sintonizar las voces de mis personajes. Escucharlos; dejarlos que se explayen con la mayor libertad posible, sin juzgarlos, y seguir las huellas de todo ese balbucear entrecortado, a ver hasta dónde me llevan. Hasta ahora, nunca me han defraudado. Disfruto mucho con su sonambulismo. Ese es el objetivo, creo. No hay otro.

G. S.: ¿Cómo te decides por escribir?

E. T.: En realidad, que me dedique a escribir es bastante casual. No creas que tomé ninguna decisión drástica ni tuve una de esas revelaciones de tipo místico acerca de mi vocación. Aunque pueda parecer lo contrario, todo ha sido bastante impremeditado y gradual. Leía mucho (desde niño lo he hecho), garabateaba un poco. Nadie, ni mi familia, sabía que yo escribía, lo hacía de forma completamente secreta y clandestina, y esa doble vida duró varios años. Como otros acuden a la consulta del psicoanalista, yo acudía a la escritura. En busca de desahogo y consuelo, y para hallar algo de luz. Así ha sido hasta hoy.

G. S.: ¿Cómo se dio la posibilidad de publicar con veintiocho años Velocidad de los jardines?

E. T.: Conté con un lector de excepción: Rafael Conte, cuyo nombre quizá hoy será desconocido para muchos, pero que durante décadas fue el crítico español más influyente. Teníamos amigos comunes. Él, sabiendo que yo escribía, se ofreció con total generosidad a leer mi manuscrito. Recuerdo con gratitud y emoción la tarde en que me recibió en su casa, frente al parque del Retiro. Le dio su visto bueno a mi libro, que era Velocidad de los jardines. Para aquel novato que era yo, fue casi como ser armado caballero. El paso siguiente fue enviarlo a Anagrama, con el respaldo de Conte, esperar la respuesta dos o tres meses, recibir la aceptación de Herralde y, a partir de ahí, todo lo demás fue rodado.

 


«El camarero levanta la tapa de la sopa como si se levantase la tapa de los sesos. Dice mi madre: Allí ya veréis, tendremos diez o doce cuartos para todos, espejos empañados, solfeo, y un jardinero que imagino aburrido cambiando de orientación los rosales. Esgrima. Tendremos (no tosas, Anatalia) esos afilados lacayos que patinan sobre el mármol y un pequeño estanque de agua contaminada que provocara cólicos y tisanas, qué os parece».

Los viajes de Anatalia, en Velocidad de los Jardines (Anagrama, 1992).


 

Los jardines deslizándose a través del cristal

Veinticinco años después de la edición de Anagrama, la editorial Páginas de Espuma, especializada en relato breve (que desde hace más de quince años vive literal y exclusivamente del cuento), reedita Velocidad de los jardines en dos ediciones: la edición común del sello y otra para coleccionistas, que es una edición limitada, de una tirada numerada de 999 ejemplares, de tapa dura, con un extenso prólogo de Eloy Tizón y fotos del manuscrito realizadas por Lisbeth Salas. Incluso harán una exhibición conmemorando el aniversario y giras de presentación por algunas librerías de España.

Pero veinticinco años atrás, en 1992, cuando salió Velocidad de los jardines, ¿qué sucedía en el panorama literario español?

Consultamos a la doctora Ángeles Encinar, especialista en narrativa española contemporánea y profesora de la Universidad de Saint Louis. A finales de los años ochenta y principios de los noventa se produce una revitalización del cuento en España. La especialista nos ilumina con una cascada de datos precisos: en 1989 aparecen treinta y tres títulos de cuentos en el mercado editorial español gracias a Alfaguara, Anagrama, Destino y Tusquets, entre otras que, además, dan salida a importantes colecciones de relatos. Asimismo, en 1988 nace Lucanor, revista dedicada exclusivamente al cuento, o números monográficos de revistas y varias antologías importantes, entre ellas, a finales de 1993, Últimos narradores, Cuento español contemporáneo y Son cuentos.

Además, Ángeles Encinar ofrece un dato fundamental para entender la literatura española de los noventa: “La convivencia de autores de diferentes edades y procedencias. A los maestros –Juan Eduardo Zúñiga, José María Merino, Luis Mateo Díez, Cristina Fernández Cubas y Soledad Puértolas, por mencionar solo unos nombres– se unen los jóvenes, nacidos en los sesenta y setenta: Hipólito G. Navarro, Ignacio Martínez de Pisón, Mercedes Abad y Almudena Grandes, por ejemplo”. La especialista enumera aquí a los compañeros generacionales de Eloy Tizón que, de una u otra manera, encontraron lectores, críticos y aliados editoriales en escritores más experimentados.

Preguntamos a Eloy Tizón qué escritores españoles leía entonces y con cuáles tuvo trato directo. Nos respondió: “En la época de Velocidad de los jardines yo era un recién llegado. Conocía a escasísimos escritores, pese a lo cual me sentí generosamente acogido por Carmen Martín Gaite, Juan Eduardo Zúñiga y Manuel Longares”.


G. S.: ¿Qué recibiste de ellos?

E. T.: De ellos tres recibí un primer magisterio no solo literario sino sobre todo de elegancia social y humana, que deshacía los tópicos sobre la competitividad generacional entre escritores. Pese a ser un novato, cada uno por su lado me trataron como a un igual, se interesaron por mí, tuvieron palabras de aliento hacia mis escritos. Gaite, Zúñiga y Longares. Haceos un favor: leedlos.

G. S.: Además de los escritores españoles, ¿cuáles fueron tus lecturas principales en aquel momento?

E. T.: A comienzos de los noventa quedé hechizado con El bosque de la noche, de Djuna Barnes, y con La hora de la estrella, de Clarice Lispector. Las dos son autoras que oscilan entre la narración y el epigrama. Esto significa que sus libros están pilotados por la tensión verbal y sembrados de líneas altamente subrayables.

 


«Trituras el hígado de un pato y obtienes paté; golpeas el músculo cardíaco de un hombre y obtienes un filósofo»

Como buen conocedor del arte de la cita, Eloy Tizón recuerda este fragmento de Djuna Barnes, de El bosque de la noche.


 

G. S.: Para la nueva edición de Velocidad de los jardines me cuentas que te sumergirte en tus antiguas libretas de notas, en los manuscritos de hace veinticinco años. A manera de balance, ¿qué has visto hoy en Velocidad de los jardines que no viste entonces?

E. T.: Las relaciones con uno mismo… bueno, ya se sabe, están llenas de altibajos. Las casas del pasado que uno visita siempre son más amplias, acogedoras y soleadas en el recuerdo. Con todo, no me puedo quejar. El tiempo me ha tratado bien. Al leerlo ahora, veinticinco años después, he sentido emociones encontradas. Por una parte, me ha admirado todo el derroche de deseo, intensidad y lucha solitaria contra los obstáculos por parte de un joven intoxicado de literatura, convencido de ser escritor por encima de todo, aunque nadie más que él lo creyese. Por otro, como es normal, también me he tropezado con inseguridades, balbuceos expresivos y excesos propios de un autor principiante que está buscándose y todavía no domina bien su instrumento (por suerte, sigo sin dominarlo o estaría ya retirado). Ni idealizo este libro ni tampoco reniego de él; estoy en una posición intermedia. «Ésta es mi carta al Mundo / que nunca Me escribió», reza un verso memorable de la poeta Emily Dickinson. En cierto sentido, Velocidad de los jardines es mi carta de amor a la literatura.

 


«En la hora de la muerte uno se vuelve como una brillante estrella de cine».

Eloy Tizón recuerda esta cita de Clarice Lispector, perteneciente a La hora de la estrella.


 

Pregunté a la Dra. Ángeles Encinar en qué tradición de la literatura universal situaría la narrativa de Eloy Tizón. Me remitió a la antología de Cuento español actual (1992-2012). Como parte de una lúcida crítica preliminar a los autores antologados, la Dra. Encinar formuló dos preguntas a cada uno de ellos: ¿qué tendencias literarias habían influido en el cuento actual? y ¿qué escritores habían influido en su propia producción literaria? Eloy Tizón menciona en su respuesta algunos autores fundamentales del siglo XX y comienzos del XXI: Chéjov, James, Beckett, Cheever, Borges, Cortázar, Fogwill, Lispector, Blandiana, Moore, Basara, Zúñiga o Magrinyà. “Él ha sabido leerlos y encontrar su estilo. Eloy Tizón tiene una habitación propia en el cuento español actual”, explica la académica de la Universidad de Saint Louis.

 


«La felicidad, en cambio, da miedo. Es demasiado –cómo decir– inapelable. Uno está indefenso ante la felicidad, ante la inminencia de su desplome con su descomunal peso feliz, bajo el que queda felizmente aplastado, agitando sus extremidades. Uno se siente más cómodo y protegido en las afueras de la felicidad –igual que en las afueras de las ciudades o en las afueras de la gente–, sin tanta presión encima, con más espacio libre para moverse y, llegado el caso bailar. Son esos momentos previos en que la felicidad gravita alrededor de uno en forma de promesa. Una moderada desgracia, una calamidad llevadera, el intervalo entre dos alferecías. La felicidad sobreviene y es una crisis, una catástrofe, un rayo que calcina un árbol, una enfermedad fulminante para la cual no hay antídoto. La felicidad es un lugar solitario. La felicidad y los rayos, mejor cuanto más tarde. Cree uno».

Fotosíntesis, en Técnicas de Iluminación. (Páginas de Espuma, 2013).


 

De regreso al futuro, el horizonte de la narrativa breve y un juego 

Tizón es un cinéfilo empedernido. Admira a John Casavettes y a Wong KarWai. “En general, amo a la gente que corre riesgos”, explica Tizón,“que se la juega, que busca abrir nuevos caminos (…) que es capaz de apostar fuerte, caer y seguir adelante, pese a la dificultad de las circunstancias”.

El proceso creativo de Eloy es errático y, a juzgar por sus resultados, genial. “No tengo un plan trazado sobre mis próximos pasos, sino que prefiero improvisar día a día, a ver qué sale. Mi pareja me llama escritor a la deriva. Lo dice en broma, pero acierta”.

Actualmente, Eloy Tizón imparte talleres de escritura creativa en Madrid, en las escuelas Hotel Kafka y Relee. Dicta dos exclusivos talleres en los que él escoge un número reducido de alumnos y trabaja de cerca con ellos.

Los antiguos alumnos con los que contacté me dijeron que es un profesor muy cercano, que tiene mucho tacto para dar críticas y luces. El problema es el mismo de siempre: no se pueden leer todos los cuentos de todos los alumnos tantas veces como se quisiera.

En sus respuestas bien calibradas, y en su trato en general, se percibe una lucidez emocional peculiar, una economía del lenguaje precisa, empática; que sospecho algo tiene que ver con la hondura humana que alcanzan sus narraciones.

Además, Eloy escribe una columna mensual para El Cultural del periódico El Mundo.

 

G. S.: En alguna de ellas dijiste: “al cuento literario le han estallado las costuras”. ¿Hacia dónde crees que se dirige el cuento hoy en día?

E. T.: No pretendo ser dogmático, todo lo contrario: verbalizar algo que a mi modo de entender está en el oxígeno que respiramos y que merece ser tenido en cuenta y abrir un debate sereno sobre ello; cómo el cuento literario, desde hace algunos años, está experimentando una serie de rupturas y mutaciones bastante drásticas que afectan a algunos patrones considerados hasta no hace mucho sagrados e innegociables.

G. S.: ¿Como cuáles, en concreto?

E. T.: ¿Se necesita que haya un conflicto fuerte para narrar? Tampoco resulta imprescindible que en el seno del cuento se produzca como antes una mudanza psicológica en el protagonista o que los sucesos respondan a una lógica argumental de causalidad-efecto. Ya no hay cuentos “normales”, sino que los cuentos que aún merecen la pena tienden a ser “excesivos, desabrochados y con algo de febrícula”.

Los mandamientos son losas; hay que esquivarlos o nos aplastan. Escribir fuera de estas plantillas adormecedoras implica mucho más coraje, más riesgo y, desde luego, más rigor todavía.

*

Terminé de reescribir la entrevista, dejo de contar su relación con la música, sus épocas de artistas plástico (pues, además de letras, estudió en la Facultad de Bellas Artes de Madrid), el secreto de su nombre, las hermanas lectoras, en fin. Me asalta una última duda: tal vez la persona que entrevisté durante este tiempo no sea él; puede que el autor sea un personaje más en el repertorio del escritor. Tal vez nunca podamos conocer al verdadero Eloy Tizón, el que porta un DNI y probablemente deje sin tapar la pasta dentífrica.

Lo que más importa es cómo escribe, su inventiva. Se me ocurrió entonces que la mejor manera de conocerlo era proponerle un juego de palabras. Lo contacté una última vez: “¿Te parece si te digo una palabra, Eloy, y me respondes con una frase cualquiera?”. “Venga”, me dijo, como si fuera lo más normal del mundo:

Viaje: Largo rodeo para regresar a una casa diferente.
Mujer: Golpe de mar.
Música: Viento amaestrado.
Literatura: Gráfico de la enfermedad.
Familia: Cárcel de la que se escapa para seguir volviendo siempre.


Eloy Tizón

Eloy Tizón (Madrid, 1964) ha publicado tres novelas: "Labia", "La voz cantante" y "Seda salvaje"; y tres libros de relatos: "Velocidad de los jardines", "Parpadeos" y "Técnicas de iluminación".

Velocidad de los jardines

Velocidad de los jardines
Autor: Eloy Tizón
Editorial: Páginas de Espuma
Páginas: 168
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Sobre el autor

George Simons

George Simons

George Simons (Lima, Perú, 1980). Lector obsesivo, aficionado al asombro, a la buena música y a las conversaciones de madrugada. Se formó en las humanidades, se licenció en Filosofía por la Universidad Pontificia Comillas y, en el ínterin, se enamoró de Madrid, de su gente, de Malasaña, del Museo del Prado y de otras maravillas. Trabaja como escritor, periodista científico y cultural. Colabora habitualmente con medios de comunicación de España y Latinoamérica.

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