Críticas

En busca del tiempo perdido.

Reseñamos "Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida", tercera entrega de los diarios de Ricardo Piglia.

Manuel Álvarez
Escrito por Manuel Álvarez

«Todas las cosas que nos han sucedido son de una riqueza inagotable: todo retorno a ella las aumenta y las ensancha, las dota de relaciones y las profundiza», escribe Cesare Pavese en El oficio de vivir. Resulta difícil no asociar la frase a los cuadernos de Ricardo Piglia, quien leía los diarios de sus maestros, desde el poeta italiano a Kafka, como guías de viaje. Piglia decía que la unidad –y la experiencia– es siempre retrospectiva, una revelación tardía. Repensar el pasado da un significado al tiempo.

Con Un día en la vida (Anagrama, 2017) se cierran Los diarios de Emilio Renzi, y junto con los otros dos tomos (Años de formación y Los años felices) el escritor da unidad a una obra maestra. Los tres tomos concebidos como un todo no solo constituyen un documento histórico o el testimonio de una época, sino que forman una novela inmensa. Para él, transcribir sus diarios sería como escribir su propia versión de En busca del tiempo perdido, usar el género y su verdad (el material vivido) para escribir un clásico. Misión cumplida.

Este último tomo se divide en tres partes. Una primera titulada Los años de la peste, que hace alusión al período que va de 1976 a 1982, los años de la última dictadura argentina. Esta primera parte es la única del tomo en la que los diarios aparecen fechados. Es el período en el que Renzi (su famoso álter ego) vive como testigo de la historia, sufriendo sus efectos pero escribiendo. «La narración alivia la pesadilla de la historia», dirá. La segunda parte se titula como el libro y es un relato precioso que confunde los años con los días, un día entero en la vida de Renzi que encierra en sus horas varios tiempos. La tercera y última parte se titula Días sin fecha y vuelve al registro diario de la primera parte pero con entradas sin fechar, con saltos de tiempo hasta llegar a la enfermedad que lo consume y le impide seguir escribiendo.

Un día en la vida se centra en un período de trabajo prolífico: abarca las novelas centrales (Respiración artificial, La ciudad ausente, Plata quemada), la creación de la revista Punto de Vista, los ensayos y artículos literarios que preparaba con cuidado especial y la estadía en Princeton (de donde surgirían Blanco Nocturno y El camino de Ida).

Al publicar sus diarios, Piglia funciona como un editor, como Arocena en Respiración artificial, el censor que lee de más, que interpreta en exceso. Tenemos que ver entonces al narrador como un editor, alguien que transcribe, que pasa a limpio, que corta y pega. Esto es importante para entender lo que muestra y lo que no, lo que dice y lo que omite. En este sentido, lo ausente (viajes, personas, premios o controversias) se hace presente, lo que no se dice pero se sabe. Hay una descripción elíptica, el silencio funciona como enigma a ser interpretado por el lector.

Por otro lado, lo que aparece en su diario es la vida misma (la parte que él decide que aparezca) con sus caóticas series de repeticiones discontinuas (de los bares, las lecturas, la política, el dinero, la frustración, los amores, etcétera). Estas series no siguen un orden predeterminado; sin embargo, hay una continuidad en la repetición. Vuelve siempre sobre lo mismo, sus obsesiones, pero en otro registro.

«Estoy convencido que si no hubiera escrito los diarios jamás habría escrito otra cosa», le dice Piglia a Di Tella en 327 cuadernos, el documental hermoso que este último hace sobre el proceso de escritura de los diarios del argentino. Esa frase cobra sentido cuando se leen los diarios, sus anotaciones dotan de relaciones a su obra, la profundizan, parafraseando a Pavese. Es como si Piglia hubiera preparado toda su obra para que sea justificada con la publicación de los diarios. En ellos está la base de todo lo que escribió. En su última publicación gravitacional tenemos una comprensión completa del resto de su obra, en sus diarios se ve el germen y la composición de sus libros. Lo increíble es que esto solo puede hacerlo alguien que mientras vivía ya andaba tendiendo hilos constructivos sobre su experiencia, ya desarrollaba una incubación creadora del material vivido. Ese era Piglia, un extraterrestre de las letras.

«El diario que escribo es un laboratorio de literatura potencial», escribe. Basta leerlos para dar fe: con los diarios, Piglia hace un laboratorio de su propia vida, hace ver la literatura en la vida y no al revés. Le interesaba la construcción literaria de la vida de un artista y a eso es a lo que se dedica en sus cuadernos: nos muestra cómo se construye como escritor, la mano hecha a base de experimentos, ahí aparece el tono y el estilo que lo acompañarán siempre. De esas reflexiones de los modos de hacer y leer literatura, de aquellas citas, experiencias o ficciones breves, surge ese estilo característico que decide la forma en que sus historias se mueven y fluyen.

«De un modo, leer e interpretar a Piglia es plagiar a Piglia como lector», escribe con lucidez Jorge Carrión. Y da en el clavo. Así como hay escritores que crean un modo o una fórmula de escritura, hay otros –pocos, como Piglia– que crean un modo de lectura. Leer a Piglia es, de alguna forma, aprender a leer de nuevo, a su manera. Esta apropiación de Piglia como lector de la que habla Carrión es la enseñanza que nos deja el maestro, que repetía que en el lenguaje no hay propiedad privada. A fin de cuentas, los lectores somos como los alumnos de sus grupos de lectura y él nos enseña a leer, digamos así.

«Cuando decimos que no podemos dejar de leer una novela es porque queremos seguir escuchando la voz que narra», escribe Piglia hacia el final de los diarios, y es algo que sentimos como lectores, no lo queremos dejar, queremos seguir escuchando esa voz, que el eco de sus palabras no se acabe nunca. Podemos sospechar que así será, que su voz se va a seguir escuchando. Calvino dijo que un clásico es un libro que nunca deja de contar lo que tiene que contar. Esa es la sensación que nos dejan Los diarios de Emilio Renzi en su conjunto. Pareciera que nunca nos dejarán de hablar, que nunca terminan.


Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida.

Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida.
Autor: Ricardo Piglia
Editorial: Anagrama
Páginas: 296
Comprar

 

Sobre el autor

Manuel Álvarez

Manuel Álvarez

Manuel Álvarez (Buenos Aires, 1986) ya de pequeño heredó de su padre el fanatismo por los libros. Podría decirse que la escritura en él es una consecuencia lógica de la lectura. De chico un profesor le dijo que leer es oír escribir y él, que siempre quiso que lo escuchen, se puso a escribir.

Escribe tu comentario