Entrevistas

“Enemigos de lo real” de Vicente Molina Foix

"Hice las primeras traducciones de Shakespeare en la mitad de mi vida: si he mejorado algo desde entonces, sin duda el mérito es suyo".

Enemigos de lo real

Con toda una vida dedicada a la creación literaria, Vicente Molina Foix (Elche, 1946) vuelve su mirada hacia la tradición y centra su escritura en un análisis de la obra de autores imprescindibles desde el siglo XVII hasta el XX. Enemigos de lo real (Galaxia Gutenberg, 2016) aglutina algunos de los textos escritos por Molina Foix en los últimos cuarenta años, excelente trabajo crítico en el que un estudio sobre la obra de Shakespeare es el astro rey en torno al cual gravitan autores como Sade, Woolf, Larra, Wilde, Turguéniev, Rilke y Ortega, entre otros.

Azahara Alonso: El título de tu nuevo libro, Enemigos de lo real, es un tanto provocativo. ¿A qué se debe?

Vicente Molina Foix: Para mí un título es fundamental, siempre digo que es el arranque de un libro y soy algo obseso con ese particular, aunque no a todos los escritores les interesa tanto. Enemigos de lo real me gustó cuando se me ocurrió. Está basado en un fragmento de algo que digo en el ensayo sobre La tempestad de Shakespeare pero, en realidad, para ser exactos, más que enemigos la palabra sería rivales, lo que pasa es que queda peor y yo que soy alicantino y, por tanto, muy aficionado a las cosas del sonido y de la luz de las palabras, me decanté por Enemigos de lo real. Somos enemigos o rivales de lo real, vivimos la realidad como ciudadanos y personas en un país, un tiempo y unas circunstancias. Yo no soy un príncipe en una torre de marfil y nunca lo he sido, creo, pero cuando escribo me gusta moverme en otra realidad. Es decir, aunque la realidad que inspire mi escritura sea la realidad histórica y social del país (en una novela como El abrecartas, por ejemplo) a mí me interesa moverme en un terreno en el que la realidad esté desrealizada. Está la palabra, su sonido y su música, el compás que los personajes y sus relaciones imponen, y todo esto puede surgir de la realidad más lacerante, pero en la literatura adquiere otro nivel de reforma a través de la palabra. En ese sentido, el escritor siempre está escribiendo -sea literatura fantástica o sea literatura realista extrema- una mímesis de la realidad y creando otra. Una de las incógnitas que yo le brindo al lector en este libro es que averigüe, compruebe y establezca los grados de enemistad o rivalidad que cada uno de estos autores ha ejercido.

A.A.: Enemigos de lo real es un conjunto de “Escritos sobre escritores” que has ido redactando durante cuarenta años. Es, digamos, el desarrollo de tu faceta de lector crítico. ¿En qué medida la lectura forma a un escritor?

V.M.F.: Es fundamental. Muchos lectores leen por puro placer, es algo que me parece legítimo, pero también hay lectores a los que les interesa especialmente la literatura porque quieren dedicarse a ella o para entender por qué les gusta un libro y no otro. Es entonces cuando hay que pasar a un estadio que yo llamo “lectura transitiva”, una lectura que no se quede en el puro efecto sonoro o emocional que una obra transmite, sino que quiera entender su propósito y construcción. A mí me interesa mucho, obviamente, porque soy escritor y porque siempre he sido un lector transitivo. Se me ocurren algunos ejemplos: me interesa hablar no únicamente del maravilloso mundo imaginario, irónico, europeo de Henry James, sino también de la construcción de la frase jamesiana. O me interesa en Shakespeare hablar de cómo el mayor dramaturgo y el más popular de todos los tiempos es al mismo tiempo alguien para quien la palabra poética es la base de la obra que está haciendo, de la narrativa, de su música. Los ensayos de este libro son ensayos sobre la máquina de la literatura.

A.A.: Ahora que menciones la “lectura por placer”, parece que a veces se diferencia de una más consciente y analítica, pero no debiera ser esta menos placentera. Cuanto más consciente se es, más se disfruta de un arte, ¿no crees?

V.M.F.: Yo también lo creo, el placer o la emoción que nos provoca la lectura de un verso de Rilke o un pensamiento literario o humano de Virginia Woolf se acrecienta sabiendo cuál es la raíz, la base, la mecánica de eso. Cuando estamos viendo un cuadro, el primer impacto es la belleza, la armonía, pero luego nos acercamos y vemos la pincelada y el detalle secundario que está introducido en el lienzo. Eso siempre amplía muchísimo.

A.A.: Este volumen recoge una selección de escritos literarios que cubren cuarenta años de actividad, ¿cómo y por qué se han convertido en libro ahora?

V.M.F.: Precisamente porque había muchos. Este es un libro de madurez que solamente puede existir porque yo ya tengo unos años y disponía de unos archivos, unas carpetas llenas de textos. El motivo fundamental, la chispa que prendió para que el libro esté aquí entre nosotros fueron los textos shakesperianos que forman una patre muy notable del libro, unas cien páginas. Fue un encargo de Alianza editorial que yo iba escribiendo, y cuando llevaba seis o siete escritos pensé que eso tendría que salir. Al principio la idea era hacer un libro breve sobre Shakespeare, porque creo que no existe en la literatura castellana el caso de un escritor que escriba cien páginas sobre el teatro y sobre la escritura shakespeariana, pero luego pensé que quizá esa fuera la columna vertebral y le podían seguir otros. Había textos que no recordaba y otros que no recordaba bien. En el libro se le da bastante importancia a la literatura dramática, teatral, que es una cosa que a mí me gusta mucho y que al editor también le interesó. Hay novela, hay ensayo y poesía, pero la literatura teatral está motivada fundamentalmente con Shakespeare.

A.A.: En relación con la importancia del teatro en Enemigos de lo real, hay un texto dedicado al vínculo de Ortega con el teatro y cómo lo utilizó como base para generar una reflexión de segundo orden sobre la literatura y la representación. En ese capítulo indagas en cuestiones de estética y pensamiento. ¿De qué manera influye ese conocimiento en un escritor a la hora de seguir produciendo material literario? ¿Qué aporta en la práctica?

V.M.F.: Uno trata de dejar la teoría en casa cuando sale a escribir a esa especie de campo sin roturar que es la escritura, sobre todo para mí, que escribo siempre sin saber adónde voy. Ahora, por ejemplo, estoy en una nueva novela que había interrumpido cuando escribí El invitado amargo; la había dejado interrumpida con cuarenta o cincuenta páginas escritas y ahora he descartado algunas cosas y me he lanzado a otras. Prefiero trabajar así, a la aventura, pero al mismo tiempo la idea de las cosas está ahí. Poniéndome un poco pedante y citando al maestro, la filosofía de la composición de un libro es fundamental, pero eso no tiene por qué verse, no tiene por qué traslucirse. Es como el esfuerzo del pintor a la hora de hacer un cuadro o el del cineasta al hacer una película: no tenemos por qué saber las tomas que se necesitaron para que una escena sea memorable, lo que nos interesa es el resultado final. En todo caso, a mí me interesa el arte pensado, y cuando hablo de mi escritura utilizo mucho el pensamiento literario. Tiene que haber un pensamiento y, por mucho que las cosas corran al albur, como es mi caso cuando escribo, el pensamiento debe estar detrás: el pensamiento de cuál es el libro en el que estoy (porque cada libro es distinto, a mí no me gusta nada repetirme, me aburro). Ha de haber un pensamiento y lo tengo en todo momento dentro de mí: lo que escribo son entonces respuestas, réplicas o negaciones con él.

A.A.: ¿Cómo ha sido el reencuentro con textos de los más antiguos? ¿Los has retocado mucho?

V.M.F.: No, he retocado poco. En algún caso he quitado algo que era circunstancial. Por ejemplo, hay un artículo sobre los libros de un escritor cubano que yo reivindico mucho, Calvert Casey, muy leído por otros escritores pero aún no por el gran público. De este artículo que se publicó en Quimera y que es uno de los más antiguos de Enemigos de lo real, quité una parte que era de evocación personal (de mi trato con él cuando yo era muy joven) porque lo había escrito a su muerte, y dejé solamente el análisis de su obra, que es muy corta y muy apasionante. En general he quitado poco, lo que sí he hecho es no incluir alguno de los primeros, tras algunas dudas. Había uno largo sobre Gérard de Nerval que estaba bien pero tenía demasiado espíritu de la época, una especie de jerga narratológica que me pareció que no venía al caso. A lo mejor eso luego lo recupero en otro contexto. Los textos elegidos, a pesar de sus diferencias, tienen una cierta cohesión entre sí. Me ha gustado también, en una minoría de casos de textos procedentes de un periódico o un suplemento, restituirlos y ampliarlos, porque estaban recortados. Eso se nota sobre todo en los que son sobre correspondencias literarias.

A.A.: ¿Hay algún texto del que hayas prescindido porque ya no mantenías esa admiración literaria?

V.M.F.: No, eso no ha ocurrido. Creo que había elegido bien, o lo habían hecho por mí, en el caso de los encargos. Nunca tuve que hacer una cosa de circunstancia que ahora me avergonzara, afortunadamente.

A.A.: Sin embargo, comentas también que no es un reflejo completo de tu canon literario porque no has incluido escritos sobre Ovidio, Leopardi, Flaubert, Dickinson, Rulfo, Proust o Bernhard, ¿por qué?

V.M.F.: Faltan porque no ha habido ocasión. Acerca de Bernhard estuve dudando hasta el final, porque uno de los textos causantes del libro es uno que escribí sobre su teatro. Era un texto en el que defendía la teatralidad del mundo literario de Bernhard, pero era breve porque era para una revista que se llamaba El público, que ya no existe. Por otra parte, tenía las notas muy copiosas y no redactadas en forma de texto, de una conferencia que di en el Reina Sofía sobre su novela Trastorno. Pero no vi la manera, tenía que ponerme a escribir y articular los dos elementos y no lo vi claro. Tampoco está Baudelaire, que quizá es el escritor que más ha influido en mí. Como digo, ha dependido de las circunstancias que son la base del libro.

A.A.: Escribes aquí sobre decenas de escritores pertenecientes a un arco temporal que va desde el siglo XVI hasta el XX, ¿con qué tres te quedarías?

V.M.F.: Para hablar de géneros distintos yo diría que está Shakespeare como santo patrón, Virginia Woolf y Vicente Aleixandre. Virginia Woolf es una de las grandes pensadoras de la literatura. Ahora estoy terminando una de esas empresas que uno se impone cuando tiene tiempo para hacerlo, que es leer las 4000 páginas de sus ensayos completos en inglés. Estoy en el sexto volumen, me queda poco, lo cual es una lástima porque es un placer leer a esa cabeza. Y digo también Vicente Aleixandre porque, aunque hay otros poetas, yo tuve una relación con él y para mí fue fundamental desde que le conocí a los 17 años. Fue un maestro, un amigo, un admiradísimo poeta y además está ahora un poco en ese limbo al que a los escritores lleva la muerte y el olvido de los vivos, que somos unos ingratos. Yo no le olvido.

A.A.: En esa jerarquía que proponías adivinar, diríamos que Virginia Woolf es una de las más enemigas de lo real, ¿no?

V.M.F.: Absolutamente. Ella recompone, fragmentiza, prismatiza la realidad. A la realidad hay que zarandearla, tal cual es no tiene sentido en la literatura, aunque estés hablando del problema social en la cuenca minera del Ruhr… El prisma literario y la calidad de esa figura es la que dará el resultado final de gran talento, cuando se tiene.

A.A.: Enemigos de lo real es “un altar a los muertos” y no has querido añadir nada sobre la obra de algún escritor vivo. En todo caso, añades que no se trata de una cuestión de calidad. ¿Por qué este criterio, entonces?

V.M.F.: El libro iba a ser más corto. Cuando hablé con Joan Tarrida (el editor) se interesó por él desde el principio y me animó mucho, lo cual siempre está muy bien en la relación editor-autor. Yo le dije que tendría unas 400 páginas, era el cálculo que había hecho. En el trabajo con mis archivos y mis carpetas desordenadas pero vivas decubrí otros textos como el de Panero, que había leído con él en la presentación de uno de sus libros y más tarde tuve que buscar en la Biblioteca Nacional. Cuando empecé a recopilar, iban surgiendo otros que no recordaba, así que el libro crecía y, en realidad, de autores vivos había menos porque generalmente estas cosas yo las he hecho en ocasiones concretas: homenajes, centenarios, conferencias… Había un texto sobre un novelista que me gusta mucho, Ian McEwan, pero era el único vivo. Entonces me pareció que tenía más sentido hablar sobre los clásicos, aunque sean clásicos modernos. Se trata de una cuestión de economía también, aunque al final el libro ha quedado con 540 páginas… Agradezco mucho que el editor no se haya arredrado, porque aún en pruebas metí el texto sobre Ortega, que a mí me parecía que era muy importante porque era el texto de un filósofo y grandísimo escritor haciendo un análisis de filosofía de la composición que se puede extrapolar a la literatura, aunque él lo basa fundamentalmente en las artes representativas. Y luego uno más, el último que escribí y el primero que aparece en el libro, el de Montaigne. Y bueno, ahí se quedó, yo creo que con estos muertos ya estamos cumplidos.

A.A.: Analizas no solo teatro y narrativa sino también poesía y ensayo, géneros todos en los que tú has practicado. ¿Qué opinas del tratamiento que hoy se está haciendo de ellos, con fronteras mucho más difusas que antes?

V.M.F.: Yo siempre he sido ecléctico. Lo llevo estupendamente, aunque no es fácil en España, donde hay una penalización, pero eso es un tema que quedará para otra ocasión. Alguien que es lábil y que va de la poesía a la novela y de la novela al teatro y del teatro al ensayo, y más aún en mi caso, que me he ido hasta el cine… no disfruta de un plus como lo haría en Francia o en Estados Unidos. A mis amigos en situaciones parecidas, que no son muchos, les ha ocurrido lo mismo. Entonces yo, como es lo que me gusta, no voy a cambiar por una penalización que me llega desde el exterior. Para mí ese eclecticismo no ha sido una cosa premeditada, no es un programa de vida artística del tipo “Voy a ser poeta”. No, no es eso. Me dejo guiar por mis instintos, por mis deseos y sobre todo por mis aficiones. A veces me olvido de que soy escritor. Cuando, por ejemplo, estoy en casa, pienso “Ahora podría trabajar dos horas” y, de repente, al cabo de diez minutos estoy leyendo. Es una cosa muy sabida y poco novedosa el recordar que todos somos lectores antes que otra cosa. Empezamos como lectores y seguimos como lectores. Hay escritores, por ejemplo Pasolini (otro que quise que estuviera en el libro, por cierto), que decía que a partir de los cuarenta años ya no leyó, ya lo había leído todo antes: “Hasta los cuarenta leí, pero luego me dediqué a hacer”. Además tuvo una carrera cinematográfica muy extensa y el cine lleva mucho tiempo. En mi caso no, mi escritura refleja mis aficiones: empecé a leer y escribir teatro cuando tenía trece años. Nunca me ha abandonado: sigo yendo al teatro, sigo leyendo teatro y he escrito teatro. El cine es otra de las fuentes nutritivas de lo que soy. He comparecido ante todo como poeta, primero, y luego como novelista. Esas cosas en mí conviven porque están en el día a día. Leo tanta novela como veo películas. Lo único en lo que no participo de esta pluralidad general es en las series de televisión, porque no me da tiempo a verlas; nunca he visto ninguna. Voy casi todos los días al cine, voy al teatro, salgo a pasear, hago mi vida social (muy reducida) y luego, sobre todo, leo en casa. No es una especie de deliberado programa de vida artística sino que es una cosa que fluye naturalmente y que tiene mucho que ver con aquello que a mí me satisface pasivamente, en la recepción, algo que yo luego proyecto sobre la actuación.

A.A.: Y cada género te ayuda a expresar diferentes cosas adecuadamente.

V.M.F.: Sí, claro, porque una película no tiene nada que ver con una novela.

A.A.: Hay un tópico sobre la empatía literaria que genera la traducción de un libro. Casi todas las traducciones que has utilizado para escribir estos textos son tuyas. ¿Es cierto el tópico? ¿Cómo ha influido ese trabajo de traducción en el análisis posterior que has hecho de las obras?

V.M.F.: La traducción es una escuela literaria fantástica. Yo he traducido cosas pero no soy traductor profesional. Mi hermano sí lo es, ahora está con traducciones de Henry James que yo jamás me atrevería a hacer porque lo encuentro dificilísimo. Ya he tenido una gran dificultad en mi vida como traductor, que es Shakespeare, y creo que no me enfrentaría a una segunda. He traducido poesía, un poco por afición. Algunas traducciones aparecieron luego en revistas. Traduje unos poemas de Emily Dickinson, que es para mí la gran figura de todos los tiempos, si tuviera que elegir una poeta (antes mencioné a Aleixandre como mi poeta preferido de Enemigos de lo real, porque Dickinson no tiene en este libro su altar de los muertos, pero podría). He traducido también a Gerard Manley Hopkins, que es maravilloso, he traducido a Beckett, a Shakespeare también como poeta. Pero, en realidad, para mí la gran escuela de la traducción fue hacer tres shakespeares, porque tienes que meterte en la piel del autor. Tienes que tener una gran falta de complejo (lo que los griegos llaman lahybris, una confianza exagerada en uno mismo) y una gran altivez, porque si no eres altivo no llegas a Shakespeare. Tienes que hacerte mejor de lo que eres, sin duda, para que en ese esfuerzo puedas conseguir recuperar la altura de Shakespeare. Lo digo porque hay escritores que no opinan así, opinan que Shakespeare es intraducible. Yo creo que no hay nada intraducible, hay cosas traducibles mejor que otras, sí, pero Shakespeare no es intraducible. Ellos piensan que sí porque nunca se podría llegar a la genialidad, a la sonoridad, al sentido unido a la música de Shakespeare. Por tanto, hacen cosas de pura denotación shakespeariana. Esto, por ejemplo, lo hizo Valverde, que era un poeta muy cotizado y apreciado en su momento, y tradujo todo Shakespeare en prosa; para mi gusto una pérdida intolerable. O lo hizo Peter Brook, cuando montó las obras de Shakespeare en francés en su teatro de París y entonces, como no quiso traducir a Shakespeare porque decía que es intraducible, Jean-Claude Carrière le hizo una especie de guiones en los que se cuenta la obra. Como Peter Brook es un genio lo hizo muy bien. Pero eso son derrotas aceptadas desde el principio. Yo no quiero ser derrotado. A lo mejor me derrota Shakespeare al final, pero no quiero ir derrotado. Tienes que meterte en su escritura, entrar en la caja del verso, en la aliteración, en el sonido, en los mil detalles. A Shakespeare no lo admiramos porque fuera un gran fabulador y un inventor de tramas, que también, lo admiramos por cómo dice las cosas. Además, Shakespeare tiene una virtud que es la que yo más admiro en un escritor: nunca dice lo que esperas que vaya a decir, siempre utiliza aquello que está más lejos de lo que sería esperable. La guerra contra el cliché no la inventó Martin Amis, la mayor guerra contra el cliché que yo he visto en literatura es la de Shakespeare, porque siempre dice cosas que son a veces desconcertantes, nacidas de la ocurrencia del genio y que además luego se engranan perfectamente. Todo eso tienes que hacerlo y así, claro, la mejor escuela para un escritor es la traducción. A mí eso me llegó muy bien porque hice las primeras traducciones de Shakespeare aproximadamente en la mitad de mi vida: si yo he mejorado algo desde entonces, sin duda el mérito es de Shakespeare.

A.A.: ¿Te planteas analizar así, a posteriori, tu obra?

V.M.F.: Hay algún escritor que lo ha hecho pero no diré su nombre. Yo siempre pienso que el escritor sabe mucho de lo que hace. Pero por humildad o por vergüenza uno se resiste a hacer eso. He leído hace poco un libro que es una confesión de Somerset Vaughan, un escritor que está desacreditado porque fue de los antimodernos en su momento. El libro se llama The Summing Up [El resumen] y en el él habla de su propia obra. Creo que ahora somos más pudorosos. Y yo, personalmente, ni siquiera en unas memorias entraría en ello. Prefiero escribir sobre otros, me interesa más, con lo mío ya convivo.


Vicente Molina Foix

Vicente Molina Foix (Elche, 1946) cuenta con un gran número de publicaciones en distintos géneros: poesía, novela, ensayo... Ha sido galardonado con el Premio Barral, el Azorín, el Herralde y el Premio Nacional de Narrativa, entre otros. También ha sido director de cine.

Enemigos de lo real

Enemigos de lo real
Autor: Vicente Molina Foix
Editorial: GALAXIA GUTENBERG
Páginas: 560
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Sobre el autor

Azahara Alonso (Hotel Kafka)

Azahara Alonso (Hotel Kafka)

Nació en Oviedo, es licenciada en Filosofía y máster en Escritura Creativa. Autora del libro de aforismos Bajas presiones (Trea, 2016), trabaja como coordinadora de la escuela de literatura Hotel Kafka y de la web Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Escribe crítica literaria para distintos medios nacionales e imparte clases de escritura creativa y poesía.

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