Entrevistas

Entrevista a Jorge Díaz “La justicia de los errantes”

Jorge Díaz

He quedado con Jorge Díaz en Hotel Kafka para una entrevista sobre su último y segundo libro La justicia de los errantes, una novela que, con pulso de western, recoge la amistad de Durruti y Ascaso durante una etapa sombría de la historia: el periplo que ambos pasaron en Sudamérica mientras atracaban bancos en vistas a conseguir dinero para los anarquistas españoles. Si a Durruti lo señalaban en su época como un gigante, alguien que si entraba en un bar todos se giraban para verle, ver aparecer a Jorge Díaz por la puerta de Hotel Kafka es una imagen similar: un hombre de un metro noventa, fuerte, de caja torácica esplendida y paso seguro, que tiene una mano ancha de operario industrial que no duda en ofrecer con seguridad. Hace calor y he comprado cervezas grandes de las de medio litro. Considero que alguien de estas dimensiones bien se merece una bebida de tan magnífica proporción.

Guillermo Aguirre: Te he oído que la idea de escribir sobre Los Solidarios surgió de otro texto o de otra novela que leíste con anterioridad. ¿Podrías decirme cual era?

Jorge Díaz: Sí, de una novela de Rosa Montero que se llamaba La Hija del Caníbal. En ella aparecía un detalle en boca de un personaje que venía a decir: “Yo estuve con Durruti en Sudamérica cuando atracaba bancos”. Me quedé con aquella información pero pensé que era mentira o inventada hasta que un día lagoogleé. Esto ocurrió hace doce o catorce años y después me he ido encontrando con diversas noticias a lo largo del tiempo, esa clase de cosas que hacen que una historia no se olvide. Después de la novela anterior pensé que tenía que escribir algo sobre un tema más español y lo primero que me vino a la cabeza fueron Durruti y Ascaso. Existe cierta predestinación porque todo lo que había leído sobre el tema, consciente o inconscientemente, lo había ido guardando.

G.A: Así que eres de esos autores que guardan recortes de prensa…

J.D: Sí, pero casi todo lo que guardo lo pierdo, así que cuando hago limpieza me encuentro generalmente con ideas perdidas.

G.A: Pero aparte de esas ideas perdidas y desperdigadas, en profundidad, desconocías esa historia puntual. ¿No?

J.D: No del todo porque como me había comenzado a interesar ya había leído sobre el tema. Por ejemplo recuerdo una novelita breve de Pedro de Paz llamada El Hombre que mató a Durruti. Luego Pedro de Paz y yo nos hicimos amigos y hemos hablado mucho sobre Durruti aunque conforme encontraba información descubrí que no era un buen personaje central para una novela: resultaba muy poco flexible. Un tipo que en sí nunca dudaba y que tenía demasiado claro lo que quería. Por eso necesitaba a su lado a Ascaso. Poco a poco fui perdiendo interés por Durruti y generándolo por Ascaso, al contrario de lo que ocurre con la historia que parece haber olvidado a Ascaso: yo pretendo igualarles.

G.A: Te he escuchado decir que “son las historias las que le eligen a uno” y sin embargo es uno el que debe decidir en qué momento deben ser escritas ¿Cual es el momento en el que La Justicia de los Errantes se dispara?

J.D: Yo creo que es un momento más vital que relacionado con lo consciente. Mucha gente me pregunta, por ejemplo, de qué va la próxima y yo voy diciendo “va de esto” pero sé que no va de eso. Durante mucho tiempo pienso que una obra va de una cosa pero en el momento en el que me pongo a escribir me doy cuenta de que no. En el mundo del guión de la televisión estás un mes o dos con una idea y la acabas pero en el mundo de la novela puede que estés un año y medio o dos años con una idea con lo que más vale que la idea te apasione o serás muy infeliz.

G.A: ¿Y te ha tocado abandonar alguna novela por esto que cuentas?

J.D: He abandonado novelas en proceso de documentación, por ejemplo ahora acabo de abandonar una.

G.A: ¿Cual?

J.D: Pues quería escribir algo sobre la transición porque sobre la transición se ha hablado mucho desde el punto de vista de los demócratas pero poco desde el punto de vista de los que se creían el régimen. Y no me refiero a los fascistas, si no a quienes habían creído en algo durante cuarenta años y veían que aquellos en lo que creían los abandonaba y se volvían demócratas. Lo que ocurre es que en el trayecto me encontraba con Fuerza Nueva y cosas así y dejó de interesarme. Eso sí, con la documentación soy como las madres con las croquetas: todo lo aprovecho. Así que he comenzado a escribir algo sobre un detective en esta época de la transición. Me dije: “voy a hacer croquetas con esto”.

G.A: He escuchado que el proceso de documentación te parece una de las partes más divertidas del oficio de escritor. En este caso se trató de un proceso más de capilla que de campo, efectuado en la Biblioteca Nacional. ¿Podrías hablarme de alguno de los documentos que más te llamaron la atención?

J.D: No buscaba documentos de difícil acceso porque lo que buscaba era una cosa que está muy poco documentada: el año y medio del periplo sudamericano de Durruti y Ascaso. También es verdad que yo me aproveché de esa falta de documentación. Me dije: “mantendré los datos que existen, el periplo y los días en los que robaron y que bancos robaron pero el día a día de ellos me lo quiero inventar”. Lo que me gustó mucho fue la autobiografía de Juan García Oliver. Él es el tercer gran anarquista pero que no tiene la suerte de morir en el momento adecuado.

G.A: Qué era ¿el ideólogo?

J.D: Sí, que además acaba de ministro de justicia en el gobierno de Largo Caballero, lo que es una contradicción. Eso fue algo que, en el fin de su vida, lo enfrentó con Durruti. El problema de Oliver es que en lugar de morir en la Guerra Civil y convertirse en un mito muere mucho después. En su biografía, llamada El Eco de los Pasos (los anarquistas la llaman “El ego de los pasos”), a partir de un momento dado, comienza a mentir sobre lo sucedido hasta el punto en el que señala que con el dinero robado en Sudamérica, Durruti y Ascaso intentaron comprar una gasolinera en Bruselas y apartarse de la lucha política. Es una biografía llena de rencillas personales que a mí me resultó apasionante. Algo así como “estos cabrones se han hecho famosos y a mí nadie me recuerda”. (Risas)

G.A: He escuchado toda clase de clasificaciones genéricas en torno a La justicia de los errantes. Road movie, Western, novela de época… También he visto que no parecen gustarte las casillas y que tú decías desear escribir una novela de aventuras. Probablemente sea todas esas cosas. Señalar su parecido con Dos hombres y un destino, después de la aparición de Paz y con una trama sudamericana de robo de bancos, resulta evidente. Pero no es esto lo que me interesa. Lo que me interesa es que, como en Los números del Elefante (tú anterior novela) se da una narración del exilio -sea el exilio por la causa que sea-. ¿Podemos hablar de una obsesión de autor? ¿De una inercia?

J.D: Probablemente sí pero es una cosa de la que sólo te das cuenta cuando ya has escrito las novelas. Cuando yo tenía 13 años mi padre me dijo que nos íbamos a vivir a Chile y vivimos en Chile, Argentina y en Brasil. No regresamos a España hasta que yo entré en la universidad. Supongo que ese viaje a Sudamérica es una constante en mi vida porque yo lo he vivido muy joven y en un periodo de formación.

G.A: Existe entonces una querencia por Sudamérica. ¿Crees que se va a dar en novelas posteriores?

J.D: Sí, imagino que sí. De hecho yo tengo otra novela escrita sobre Río. Cuando estuve en Río haciendo la documentación para Los números del elefante compraba el periódico e intentaba enterarme de lo que pasaba. Me iba encontrando con que las favelas que están junto a los barrios de clase media son las más deseadas por los narcos porque se vende mejor en ellas así que existe una guerra entre las favelas para apropiarse de las otras, como si se tratara de reinos feudales. Es una guerra que se da de noche y que sólo ves en los periódicos. Mientras me documentaba escribí sobre eso aunque me quedó una novela poco comercial.

G.A: Bueno, hay editoriales a las que dirigirse con trabajos poco comerciales…

J.D: Ya… Pero a mí me gustan las grandes (Risas)

G.A: La historia de Ascaso y Durruti: la elección del narrador de apoyarse en Ascaso ayuda no sólo en la identificación del lector si no también en la creación del mito de Durruti. Háblame de ello.

J.D: Yo no soy anarquista, que quede claro (Risas)

G.A: Yo tampoco creo que la novela sea política.

J.D: No soy anarquista pero sí es verdad que después de un año y pico leyendo cosas de anarquistas les tengo cierta simpatía, una simpatía lejana, una simpatía de observador, llámalo como quieras, pero han acabado por caerme bien.

G.A: Son unos ingenuos.

J.D: Sí y no. Yo creo que es una ideología de principio de siglo. Ahora todo el mundo me pregunta: “¿Durruti, hoy sería un indignado o qué sería?”. “¿Y yo qué sé?” Les digo, “lo mismo sí o lo mismo a día de hoy Durruti tendría un Máster”. Pero debo reconocer que al final del texto se me nota que me caen bien a pesar de no compartir el hecho de que sean unos salvajes. Quiero decir que no quería crear un mito pero probablemente no me quedaba otro recorrido a lo largo de la novela.

G.A: Estaba pensando que aún no has salido del siglo XX a lo largo de tus obras narrativas.

J.D: Uno tiene que escribir sobre las cosas que tienen historia. Por ejemplo, si yo hago un guión sobre un niño que tiene apendicitis, va al hospital, le operan y se va a casa, no tengo historia. Pero si el chico va a al hospital, le diagnostican una apendicitis, le operan, se muere y después denuncian al médico entonces tengo historia. Creo que siempre hay que escribir sobre el anti-trabajo o la anti-sociedad. Hay que escribir sobre el mundo de las cosas que funcionan mal y el siglo XX tiene numerosos ejemplos.

G.A: La novela indudablemente comienza con una base histórica documentada y conforme avanza parece hacerse ficción hasta que los ingredientes de ficción insertos en la acción cierran maravillosamente el texto: la aparición de Paz, la secuencia final con la hija de Valenzuela… ¿Un desarrollo pensado, mapeado? ¿Un devenir lógico en el proceso de escritura? Cómo trabaja Jorge Diaz:

J.D: Soy guionista y entonces estoy acostumbrado a trabajar con escaleta y trabajando la trama o la multitrama, aunque cuando escribo una novela me siento con mucha libertad, digamos. Sé lo que debe pasar pero la forma en que ocurra me la tomo con cierta autonomía: estoy en Madrid y voy a Guadalajara. ¿Cómo? No lo sé, pero voy a acabar en Guadalajara. En el caso de “La Justicia” me lo tomé con la idea de que todos los personajes acabaran en Uruguay. Mi madre me decía: “Oye, ¿no estarás mandando a Uruguay a Rosa para que se encuentre con Valenzuela, no?” (Risas) (Rosa es la mujer de Valenzuela que escapa de su marido) Y yo le decía: “¡Pero mamá, por favor. Me temo que sí! ¿No se ve venir, acaso?”. En cualquier caso soy guionista de profesión y acostumbro a trabajar sobre la acción que, por otro lado, creo que es lo que le gente está acostumbrada a leer. Cuando yo escribo un guión pongo “interior salón de clase media” y existe un grupo de gente que se encarga de saber cómo es un salón de clase media en una época determinada. Yo no estoy acostumbrado a ello. De hecho creo que he escrito la mejor descripción de la historia: “Brasil era un país muy grande”. (Risas)

G.A: La aparición de Paz (la mujer entre los dos hombres) no alcanza a ejercer su habitual uso: el enfrentamiento de estos hombres. En contra del tópico parece salir expulsada o vencida por la amistad que los une a ellos dos. ¿Prima la amistad a la ideología en la novela (en los personajes, vamos) o es la ideología la que otorga aquí amistad?

J.D: Pues yo me lo he preguntado muchas veces: “pero ellos ¿por qué eran tan amigos?” Pero es evidente que eran dos tipos inseparables. Siempre se habla de Ascaso como el hombre que lo meditaba todo, lo pensaba todo, era desconfiado, y de Durruti como de aquel que lo conquistaba todo, era un gigante, alguien que entraba en un bar y todo el mundo se volvía. Yo me preguntaba por qué Durruti iba con Ascaso, que parecía un hombre gris y oscuro. Pero la amistad me la encontré ya hecha y sabía que no la podía deshacer porque siguieron siendo amigos hasta su muerte. De hecho después de que se acaba mi novela, desde el año 27 hasta que mueren, se dan diez años en los que ellos dos se casan con dos Belgas, van al exilio de la República, les mandan a Guinea Ecuatorial, acaban en Fuerteventura, han estado condenados a muerte en Francia y en huelga de hambre… Así que por motivos históricos yo podía jugar con esos diecisiete meses en los que no se sabe que pasó en Sudamérica pero después tenía que dejarlos juntos, tal y como la historia lo relata.

G.A: Valenzuela se perfila como un sádico imparable cuyo único talón de Aquiles es su hija (Rosita) y, sin embargo, lanza una de las preguntas más interesantes de la novela: “¿Te das cuenta de lo que dejan por dónde pasan?, ¿Alguna vez han mirado atrás y han considerado el daño que dejan?”. La historia, ¿sólo se puede escribir con violencia?

J.D: A mí la violencia me gusta (dramáticamente, no en la vida real). Con ello quiero decir que mi malo me va a dar el nivel de mi bueno y que en función a los poderes que le de a mi malo esos serán también los poderes que le de a mi héroe, así que cuanto más malo hiciera a mi malo (por así decirlo) más obstáculos tendría que superar mi bueno. Con ello yo a Valenzuela le he tratado desde un punto de vista muy teórico, aunque después me he enamorado mucho del personaje: Valenzuela es capaz de hacerlo todo pero después tiene esa virtud con la hija y esa pregunta que dices tú es digamos la pregunta de un espectador neutral. Yo mismo voy mirando atrás y voy diciendo: esta gente se ha cargado en Cuba a toda la red que les dio apoyo; en México no consiguen hacer nada porque los mexicanos son más perros que ellos, esto es, en México tienen un partido revolucionario institucional que no les permite actuar. Llegan a Chile y tanto el conductor del taxi como los anarquistas que encuentran, caen. Quiero decir que, llevando esa línea de sucesos, llega un momento en el que te das cuenta de lo que está pasando y tienes que interrogarte sobre ello: “¿Cómo justifico yo a estos personajes?”.

G.A: Desde Paz o Rosa hasta Rosita o incluso la corista que flirtea con García Oliver en París, a lo largo de la novela, tus mujeres parecen ser las directamente afectadas por la obsesión ideológica (de unos u otros) y el embate violento de los hombres que las rodean. ¿Son ellas las grandes perdedoras en La justicia de los errantes? ¿Quién gana, quién pierde? ¿Lo son acaso (las grandes perdedoras) en la historia?

J.D: Supongo que sí pero no lo había pensado. Supongo que es algo que pasa siempre en la historia: los hombres que se pelean en la Guerra Civil y las mujeres afectadas en las casas… Yo no quiero quedar como machista, pero creo que en la novela todos son afectados.

G.A: A mí lejos de machista me parece que existe toda una apología o defensa en torno a la mujer que sufre la idiotez de los juegos masculinos.

J.D: Yo es que no quiero ponerme flamenco (Risas) pero claro, la gloria es esa tontería que buscan los hombres: me gusta mucho la frase de la madre de Durruti: “yo no sé sí mi hijo maneja dinero o qué, sólo sé que cada vez que llega a casa parece un pordiosero y lo tengo que vestir de arriba abajo”. Esa idea de los hombres haciendo tonterías y las mujeres vistiéndoles de arriba abajo es una idea que si lo pienso me gusta y que probablemente sí que esté en el interior de la novela.

G.A: Sé que te encontraste con algún familiar de Durruti en alguna librería y que te temblaron las piernas. Cuéntanos la anécdota, anda: ¿Hay que andarse con ojo cuando se habla de personajes reconocidos?

J.D: Eso fue en una librería en León. Fui a León a presentar la novela y todo el mundo me hablaba de un sobrino de Durruti que era muy combativo. Durante la comida me comentaban: “Esperemos que no venga el sobrino de Durruti y que no monte ningún escándalo o tal porque a veces llama a la prensa…”. Resultó que cuando ya estamos por la tarde en la librería lo ven venir por la calle y dicen: “Manuel Durruti. Ahí viene. A ver qué hace”. Entró en la librería, vino dónde mí y me dijo: “Yo soy el sobrino del asesino”. Y yo le digo: “Del asesino, de Durruti quieres decir”. Y dice: “Así nos tratan en León, como delincuentes”. Y digo: “Seguro que alguno os trata bien…”. Y me dice, “Oye, me ha encantado la novela. A ver si me la puedes dedicar”. Y eso hice.

Algo parecido le digo yo a Jorge Díaz para despedirnos. Algo parecido a que me la dedique, no a que soy el sobrino del asesino ni a que me traten mal en León. Jorge se palpa el bolsillo de la camisa y repentinamente recuerda que nunca lleva bolígrafo para estos asuntos: “Ni bolígrafo ni libreta. Y eso que me he hecho el firme propósito de llevarlos decenas de veces a lo largo de mi vida. Es como la agenda, nunca lo he conseguido, lo intento y sobre el 15 de enero me doy cuenta de que apunto las cosas después de que pasen, no antes”. Así que consigo un bolígrafo y Jorge me dedica La justicia de los errantes. Al igual que las dedicatorias (que no deben ser contadas) el resto de lo que aquel mediodía se habló no puede ser publicado aquí.


Jorge Díaz

(Alicante, 1962) es periodista y guionista de televisión.Es uno de los creadores y ha sido coordinador de guiones de "Hospital Central", la serie más longeva de la televisión española. Su primera novela lleva por título "Los números del elefante". "La justicia de los errantes" es su segunda novela.

La justicia de los errantes

La justicia de los errantes
Autor: Jorge Díaz
Editorial: Plaza & Janes
Páginas: 464
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Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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