Entrevistas

Entrevistamos a Carlos Frontera.

Manuel Álvarez
Escrito por Manuel Álvarez

Cada año, Páginas de Espuma –editorial de cabecera para los cuentistas en lengua hispana– publica el libro de un escritor novel. Este año ese escritor es Carlos Frontera (Sevilla, 1973), quien, con una madurez narrativa inusitada para un debut literario, nos trae Andar sin ruido, un libro sobre silencios que se oyen. Es también un libro agrio, por momentos surreal e hilarante, que sacude al lector como si todos los chinos saltaran a la vez. En sus cuentos los ceniceros flotan y las personas se rompen en pedazos o se despellejan, se camina de puntillas, todo sucede en silencio pero todo hace ruido, demasiado ruido.
Hablamos con Carlos Frontera sobre esto y mucho más.

Llevas años escribiendo pero hasta ahora has querido publicar. ¿Qué te llevó a cambiar de parecer? ¿Por qué ahora sí y antes no?

Básicamente el empuje acumulado de dos ex parejas y luego el de Hipólito Navarro. Llevo escribiendo un montón de años, pero no sé si no tenía interés o tenía cierto miedito a publicar. Escribía, trabajaba los cuentos, pero nunca se los enseñaba a nadie, nada más que a las pobres sufridoras de mis dos parejas que he tenido, y ellas me animaban muchísimo: «Tienes que publicar», y yo: «Que yo no quiero publicar». Hasta que la última pareja me regaló la inscripción en un taller de literatura y me dijo: «Aquí tienes tus cuentos, vas a ir a un taller que es avanzado para corregir textos». Y ya que me había pagado eso, dije: «No le voy a hacer a la muchacha el feo de no asistir». Y en ese año de taller le di un adelanto bárbaro a la corrección de los cuentos. Ahí sí que tenía ya el impulso de corregir. Luego, en Sevilla conocí a Poli Navarro, que por una cosa y otra leyó algunos textos míos y me dijo: «Estos cuentos tienes que publicarlos». Y ya me lancé, pues venga, a publicarlos, y envié el manuscrito a editoriales.

¿Siempre escribiste cuentos?

De joven escribí poesía y es peligroso porque es una basura auténtica. E incluso le dediqué algún poema a una chica que a lo mejor conserva algunos de esos textos y me puede hundir la carrera que no tengo. Pero donde me siento más cómodo, desde luego, es en el cuento, tanto como lector como a la hora de escribir. Es la distancia que concuerda más con mi ser, con mi naturaleza. Estoy trabajando en las correcciones de una novela corta que tengo bastante avanzada; voy tranquilo, pero la estoy corrigiendo con planes de intentar publicarla.

El libro tiene diecisiete cuentos en los que se nota una gran ductilidad para variar las formas dentro del género. De hecho, después de un cuento con elementos fantásticos como es Transparente y no, viene una ironía muy realista sobre los universos masculinos y femeninos en Ha muerto Michael Jackson. Más adelante está el cuentómic, que es toda una originalidad. En fin, ¿cómo definiste la estructura del libro? ¿Los cuentos obedecen a un orden?

Sí, ahí la verdad es que me ayudó muchísimo Juan [Casamayor], el editor. Yo tenía una idea primera de orden de los cuentos alternando unos más duros con otros más humorísticos; incluso por extensión: que no fuesen los más largos muy pegados y de repente los más cortos. Pero el que dio con la filosofía del libro, creo yo, fue Juan: empezar con un cuento de ruptura y acabar con el más alegre, el más optimista, y entre uno y otro se van sucediendo historias bastante jodidillas. Lo que sí pretendía es que no hubiese muchos cuentos seguidos con el mismo tinte, que si hay uno surrealista, le siguiese otro más humorístico.

El narrador de Conquistar mas cotas en un momento dice que «Uno tiende a decodificar a los demás en función de sus propios códigos, de su gramática». ¿Cómo decodificarías tu código de escritura?

Mi código de escritura es muy loco. Nunca me pongo a escribir si tengo el cuento en la cabeza pensado de principio a fin. Lo hice hace años, pero me parecía que las cosas que escribía eran muy artificiales, no las sentía propias, era como si estuviese leyendo algo de otra persona. Hasta que cambié el método de escritura. Lo que hago es partir de una imagen que me surge y si esa imagen se queda en la cabeza durante dos o tres semanas es que tiene potencia suficiente como para hacer algo con ella. Me pongo a escribir a partir de esa imagen sin saber nada más. Una suerte de escritura automática. También ocurre con alguna frase, de vez en cuando me llega una que me resulta llamativa y hago lo mismo.

El libro está repleto de imágenes que tienen objetos o animales que funcionan como conductores de narración, que parecen querer decirnos algo más. ¿Buscas que esas imágenes funcionen como metáforas de situación?

Lo más preocupante para mí es que sí funciona como metáfora de situación, pero yo no sé todavía de qué. Como escribo de esta forma un poco alocada, creo que sale una parte del subconsciente que ni yo sé muy bien qué es lo que estoy sacando. Pero sí es cierto que algunas personas cercanas que han leído algunos cuentos me han dicho: «Esto está haciendo alusión a algo». Y lo más preocupante, como decía, es que lo identifico una vez que me lo cuentan.

En una entrevista, Cortázar decía que con Casa Tomada le pasó algo parecido. La gente veía en su cuento una alegoría al peronismo, pero él tenía una interpretación diferente, el cuento le surgió de una pesadilla. Sin embargo, una vez que se lo dijeron, él pensó: «Es perfectamente posible».

Puedo decir lo mismo, me voy a apropiar de esas palabras de Cortázar.

En esa misma entrevista, decía que para él la fantasía y la realidad se entrecruzaban cotidianamente: Al leer tus cuentos me dio una sensación similar, lo fantástico fundiéndose con lo real. ¿Cómo crees funciona la fantasía en tu escritura?

No diferencio, porque muchas cosas de las que me dicen aquí que son fantasía yo las he visto. Las he visto claramente. En mi cabeza han permanecido algunas semanas antes de que me pusiese a escribir sobre ellas. Han permanecido allí. «No son reales.» «¿Cómo qué no?» Las he tenido encima de mi cabeza un montón de tiempo. Existen. Entonces para mí no hay diferencia ninguna. Lo que intento en esos casos es no poner muros ni diferenciar, «Esto es fantástico, esto es no sé que». Para mí es una cosa totalmente tangible y real porque trabajo con eso sin pensar en que sea de un género determinado o deje de serlo.

Uno de los temas que cruza todo el libro es el de las distintas caras del silencio, que no es solo andar sin ruido, sino también el ruido que hace que no se oiga nada. ¿Qué nos querés decir con el silencio?

Siempre me ha llamado la atención que se identifique el peligro o la sensación de amenaza inminente con los ruidos fuertes, los portazos, algo que se cae y se rompe y emite un ruido tremendo. Pero en mi caso (no sé si a otras personas les ocurre) los silencios me resultan bastante más amenazadores en según qué situaciones. Que no se escuche nada en una casa en la que debería estar sucediendo algo creo que es mucho más angustioso que un portazo repentino, una ventana que cierra. Y esos silencios en los que, yo qué sé, tu madre debería estar cocinando y cantando y no estás oyes nada. Hombre, algo está pasando. Me resulta atractivo y quería explotarlo.

Otro tema muy recurrente es la pérdida del amor: el desamor y lo que le sigue. Hay una mirada algo agria. ¿Crees que las relaciones caen por su propio peso?

En mi experiencia personal desgraciadamente sí. Me da mucho coraje que suceda. Como un cuento dice: «Es de locos dejar de quererse». Pues me pasa lo mismo. Caen por su propio peso, pero es de locos que suceda. Porque es como: «Coño, pero si estábamos tan a gusto por qué dejarlo acá».

El libro nos muestra muchas familias de puertas adentro. La cita que abre el libro es una frase de tu madre: «Nunca pasa nada hasta que pasa», un poco como premonición. Y en los cuentos en los que aparecen, las madres son personajes fuertes e intuitivos. ¿Qué significa para vos la madre como figura?

En mi caso, y en los de muchos de mi generación, ocurre que nos hemos criado siempre con la presencia permanente de la madre. Los padres eran intermitentes, estaban trabajando todo el día, llegaban tarde por la noche, cenaban y se iban pronto a la cama, el contacto que teníamos con ellos era muy esporádico. Sin embargo, cuando pienso en la definición de familia, qué es familia, familia es una madre, que es la que está ahí permanentemente. Por eso si voy a tratar el tema de familia tiene que estar la madre.

En tu prosa se mezclan los juegos de palabras, las repeticiones, la oralidad fresca, el tono hilarante… Es interesante el uso que haces del lenguaje y cómo lo aplicas a historias en algunos casos tremendas, muy oscuras. Sin embargo, la manera en la que están contadas hace que el lector las disfrute. ¿Sos de currarte mucho el lenguaje para cada cuento?

En algún cuento me ha surgido de forma natural, pero por lo general soy de currármelo mucho. Intento usar las expresiones que están más asociadas a la oralidad, es cierto que muchas de ellas las usamos demasiado y casi dejan de tener significado, las frases hechas y eso. Pero creo que también tienen un potencial muy grande que no se suele aprovechar en literatura, y es que vienen cargadas de emotividad. Por ejemplo, búcaro es un botijo, pero es una palabra que no se emplea prácticamente nunca y menos en libros; pero escuchas esa palabra en Andalucía y enseguida la relacionas con un recuerdo de la infancia, algo agradable, te despierta algún sentimiento, no es una simple palabra que te nombra un objeto, sino que tiene una carga de emotividad bastante grande. A mí me interesa mucho insertar en determinados tipos de textos ese tipo de expresiones más propias de la oralidad, porque creo que pueden tener una carga emotiva que hay que aprovechar. Lo peligroso es emplear ese recurso demasiado, pero bien dosificado y mezclado con escritura más literaria puede darle bastante potencia al texto.

La mayoría de los cuentos suceden dentro de una casa, excepto en el relato Si los chinos saltaran a la vez. ¿Qué buscas ubicando a los personajes ahí?

Creo que nunca somos más auténticos que dentro de nuestra propia vivienda, nunca somos ni tan bondadosos ni tan cabrones ni tan amorosos ni tan crueles como somos dentro de la casa. Y conforme nos vamos alejando de la casa nos vamos poniendo capas, vamos disimulando un poco esa crueldad extrema, incluso a veces somos ñoños, pero afuera de la casa queremos disimularlo. Me interesa mucho situar a todos los personajes ahí porque los vemos tal como son, sin todas esas capas de maquillaje, lo que nos vamos poniendo afuera.

¿Hay algo de eso también con la piel?

Tiene que ver un poco, sí. Nos van poniendo cosas encima una vez salimos de casa: los maquillajes, las pieles. Pero en casa no, en casa somos carne viva.

En Transparente y no el narrador dice: «Cualquier cosa puede esperarse de un cenicero que no cae». Creo que se puede aplicar a los narradores de tus cuentos: son indescifrables, al lector le da la sensación de que cualquier cosa puede pasar. ¿Cómo elegís los puntos de vista del narrador para cada relato?

La primera persona me resulta bastante poderosa porque se ve el carácter. Mediante la forma en que se exprese ya sabes mucho del personaje. Me interesa trabajar mucho eso. De hecho, me costó mucho trabajo escribir Andar sin ruido, que da título al libro, porque es una niña pequeña. A medida que lo iba corrigiendo, me decía: esto no lo puede contar una niña. Y había frases que me gustaban, pero tenía que quitarlas porque no podían ser de una niña. Es currárselo.

¿Quiénes son tus referentes dentro del género? ¿Nos recomiendas algún autor actual?

Hubo dos referentes cuando empecé a leer literatura, porque yo he sido lector de cómic y llegué a la literatura un poco tarde. El primer autor que me voló la cabeza fue Cortázar, oscuro y sencillo, y me identificaba bastante ese uso del surrealismo, un poco de humor, juegos de palabras, juegos de formas. Después fue Hipólito G. Navarro, a quien también he sentido muy cercano. Escriben diferente, pero tienen en común esos juegos con el lenguaje, con las estructuras narrativas. Luego toda literatura del boom latinoamericano. Recientemente he leído La condición animal, de Valeria Correa Fiz, que me dejó deslumbrado. También un libro escrito hace tiempo que me ha gustado una barbaridad, Pájaros de América, de Lorrie Moore. También los de Eloy Tizón, Técnicas de Iluminación y Velocidad de los jardines.

¿Qué será lo próximo de Carlos Frontera?

Próximamente, la presentación de Andar sin ruido esta tarde (risas). Cuando decidí armar un libro vi todo lo que tenía acumulado, seleccioné lo que yo creía que podía ser bueno y me salieron como tres proyectos diferentes. Este en principio es el que más me apetecía o al que más fuerza le vi. Pero tengo un par de ellos más. Hay uno en el que estoy trabajando y que está bastante avanzado, creo que en un año lo puedo tener listo.

Tenemos para rato entonces.

Tenemos para rato si es que no decido esperar otros cuarenta años y publico con ochenta.

 

(Fotografía de Isabel Wagemann.)


Carlos Frontera

Carlos Frontera nació en 1973 y vive en Sevilla. "Andar sin ruido" es su primer libro de cuentos.

Andar sin ruido

Andar sin ruido
Autor: Carlos Frontera
Editorial: Páginas de Espuma
Páginas: 160
Comprar

 

Sobre el autor

Manuel Álvarez

Manuel Álvarez

Manuel Álvarez (Buenos Aires, 1986) ya de pequeño heredó de su padre el fanatismo por los libros. Podría decirse que la escritura en él es una consecuencia lógica de la lectura. De chico un profesor le dijo que leer es oír escribir y él, que siempre quiso que lo escuchen, se puso a escribir.

Escribe tu comentario