Entrevistas

Entrevistamos a Edmundo Paz-Soldán

George Simons
Escrito por George Simons

Edmundo Paz-Soldán es de los escritores que cree que conversando se entiende la gente. Por eso el lenguaje de la violencia es fascinante para él. Sus tres novelas anteriores a Los días de la peste (2017) componen una trilogía de la violencia: primero, la violencia en los colegios en Los vivos y los muertos (2009), la segunda trata sobre la violencia en la frontera, Norte (2011). Iris (2013) iba a ser la novela de la violencia imperial, la cara del imperialismo norteamericano en el siglo XXI, pero decidió ambientarla en el futuro.

¿Por qué? Un día, Andrew Brown, profesor de la Universidad de Washington en Saint Louis, visitaba Ithaca –donde vive y enseña Paz Soldán, en la Universidad de Cornell—y lo notó contrariado. ¿Qué pasa, Edmundo? No consigo tomar distancia del bombardeo constante de noticias sobre la guerra. Me ofusca, Andrew, es todo el día lo mismo y lo mismo. Edmundo se refería a la Ocupación de Afganistán. Iris comenzó como una novela realista. Se originó con una crónica de la revista Rolling Stone que narraba el caso de soldados estadounidenses que habían ajusticiado clandestinamente afganos inocentes haciéndolos pasar por radicales. Había tanta información y el bombardeo mediático en EE.UU. era muy fuerte. ¿Por qué no la haces en Marte?, sugirió Brown, fanático de la ciencia ficción. Hombre, Andrew, le responde Edmundo, Bradbury colonizó Marte hace años.

La trilogía de la violencia de Edmundo Paz-Soldán estaba inspirada principalmente en EE.UU. Ese tipo de violencia de armas de fuego en los colegios y tiroteos al azar en las calles le era más familiar que la violencia latinoamericana, los atracos al paso, la violencia de barrio, drogas al menudeo y ese principio de inseguridad burocrático, tan latino, según el cual hecha la ley, hecha la trampa. Además, Edmundo no se sentía bien con el español boliviano que empleaba y la realidad de su país le era ajena después de más de veinte años viviendo y trabajando en una de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos.

La sugerencia de Andrew Brown fue tan disparatada que caló hondo. Resumiendo una larga y retorcida historia sobre los orígenes de Iris, poco a poco, utilizando la ciencia ficción para distanciarse de esa ilusión miope que las noticias presentan como actualidad y, por otro lado, a su vez, utilizándola para reconectar con su infancia lectora anclada en relatos de ciencia ficción, surge el espacio narrativo de Iris en 2011.

En Los días de la peste, en cambio, el personaje principal es la Casona, una cárcel latinoamericana actual que cobra vida en una estrategia coral ambiciosa: casi cuarenta voces y en otra clave: la opuesta, la realista.

Después de leer su última novela, conversé con él de manera caótica y desordenada entre Nueva York, La Paz, Lima y Toulouse. Sin darnos cuenta estuvimos acechando los orígenes de Los días de la Peste.

 

Perfil del jugador

José Edmundo Paz-Soldán Ávila nació en Cochabamba, Bolivia, en 1967. Pero sus orígenes habría que aterrizarlos en el siglo XVIII, en la tierra del Nobel peruano, en Arequipa. Allí hubo cuatro hermanos Paz Soldán, geógrafos, políglotas, juristas, todos librepensadores, y uno de ellos se interesó por reformas carcelarias. Uno de ellos llegó a Cochabamba con motivo de la creación de la universidad de la región y así se inició la rama Paz-Soldán en Bolivia.

Edmundo se formó como lector de Borges, de Agatha Christie, de Conan Doyle en la biblioteca paterna. En el colegio plagiaba sus tramas como el Pierre Menard de Borges que copiaba El Quijote, y así Paz-Soldán se inició subrepticiamente en la escritura de ficción. En Buenos Aires, en los ochenta, estudiaba Relaciones Internacionales. Escribió sus primeras novelas a mano y e máquina de escribir. Se fue becado como futbolista a la Universidad de Alabama en Huntsville a estudiar Ciencias Políticas. Estudió Literatura en la Universidad de Berkeley. De la costa oeste se mudó a la costa este, a Nueva York donde trabaja como profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell.

Su perfil profesional, escritor de ficción y académico de élite, le valió la beca Guggenheim en el 2008. Hoy tiene cincuenta años, pero no se confundan, el tío chacotea entre sus amigos por el Facebook como un chiquillo. Tiene el espíritu joven, sus gustos musicales son eclécticos, mezclan a The Brian Jonestown Massacre y Él mató a un policía motorizado con  José Luis Perales y  Emmanuel.

Por otro lado, su capacidad de trabajo es asombrosa. Para cuando terminé de reseñar su última antología de cuentos publicada y presentada en Lima, Tiburón, había sacado ya su última novela en Madrid, Los días de la Peste. Cuando quise volver a conversar con él estaba en Toulouse, participando en un festival literario enfocado este año en la literatura latinoamericana. Luego estará en Madrid presentando su última novela. Al mismo tiempo, Gallimard anunció que Los días de la peste saldrá también en francés.

— ¿Cómo compaginas, Edmundo, tus proyectos literarios con un trabajo académico tan exigente?

—En base a mis lecturas diseño mis cursos doctorales. También enseño troncales, literatura del XIX en adelante. Pero ahora me dejan (la Universidad de Cornell) más margen de acción en mis cursos. Mi producción los últimos diez años la dedico sobre todo a la ficción. Aunque en el 2008 coedité Bolaño salvaje con Gustavo Faverón, un libro de no ficción, y luego trabajé a un par de autores bolivianos clásicos, Hilda Mundy y Jaime Saenz —me dice rascándose el mentón haciendo memoria—. Ahora que me preguntas por la violencia y el origen de esta novela, creo que su fermento está en un curso doctoral que di en el 2011 sobre narrativas apocalípticas.

— ¿Narrativas apocalípticas?

—Sí. Leímos por ejemplo 2666, de Roberto Bolaño, y Plop, de Rafael Pinedo. Creo que ahí está el disparador inicial para animarme a escribir esta novela.

Edmundo raras veces habla de la academia, de sus cursos y de problemáticas abstractas de gabinete, que si McOndo esto o si el realismo fantástico de García Márquez es válido para aquello. No. Y, si lo hace, utiliza un lenguaje cercano y sencillo, sin rollos. Edmundo es un tipo flemático. Pero háblale de obras puntuales, de La Guerra del Fin del Mundo de MVLL o de Clarice Lispector y hasta parece más joven.

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“Los charcos de la lluvia de la madrugada brillaban entre los palos borrachos como monedas de un tesoro. El Juez ingresó al edificio por una puerta trasera para evitar a los manifestantes”. 190 pg.

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Los días de la peste supone un paso de la ciencia ficción extraterrestre al realismo más crudo, al subgénero carcelario. Algo en la tradición latinoamericana le permite saltar de un registro a otro con facilidad. En el mercado anglosajón y en el europeo los escritores son productos bien definidos,  a veces demasiados encasillados. Además, existen prejuicios frente a los géneros de ciencia ficción, el detectivesco o la literatura juvenil, como si fueran géneros menores y muy rígidos en su delimitación. De ahí que la autora de Harry Potter, J. K. Rowling, optó por un pseudónimo, Robert Galbraith, para firmar su incursión en la policial con Career of Evil. Esto no sucede con los escritores latinoamericanos.

—Acá, —explica Paz-Soldán— los géneros parecen una corriente literaria que recorre subrepticiamente la producción latinoamericana, porque no han sido explicitados. Eso ha permitido más margen de experimentación. Pedro Páramo de Juan Rulfo es una novela sobre las secuelas de la revolución mexicana y también nuestra mejor historia de fantasmas; o la gran novela latinoamericana de horror, por ejemplo, es El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso.

El realismo de Paz-Soldán tampoco es un realismo tradicional. El proceso creativo de Edmundo parece ser el de un detective lector que va juntando las piezas de su relato, como si el espacio narrativo fuera un juego de mesa en el que mezcla figuras ancestrales del autoritarismo latinoamericano y colonial que perviven en el presente. Por otro lado, para crear a sus personajes realiza una especie de juego de roles mediante el cual sintoniza la mente y capta sus voces, su lenguaje, su psicología y sus historias como por una esquizofrenia auto-inducida que engancha al lector fácilmente.

Los días de la peste es una novela coral dividida en tres partes, compuesta por cuarenta voces anudadas alrededor de la propagación de una peste. Se echa de menos, sin embargo, la resistencia antibiótica y los superbichos, las bacterias multirresistentes ahora que la Organización Mundial de la Salud declaró la resistencia antibiótica como la nueva crisis del siglo XXI. Esa entidad bestial superior, microscópica, desconocida, está presente en la novela como la peste y en el discurso del psicópata Rigo, que habla en una primera persona plural. Este ha sido encerrado luego de haber matado a Marilia y su genealogía poética la explicita Paz-Soldán en una nota al final del relato en la que lo emparenta con Tomas Transtörmer y la tradición japonesa del haiku. Pero encontramos una voz más, la voz del Loco de las Bolsas (para sintonizarlo Paz-Soldán se sirvió del libro de Diamela Eltit, El padre mío), que después de una paliza de la policía termina enajenado de por vida. En contraste, la voz de Rigo no es la de un loco más, algo quiere  decir sobre la divinidad y recuerda que los dioses antiguos se presentaban también bajo la apariencia de epidemias.

Rigo podría interpretarse como el siguiente estadio en el desarrollo de esa religiosidad de popular en la Casona, el siguiente cambio en la transformación del culto a Ma Estrella en el Dios del culto Mayor de la Transfiguración. Este peligro es anticipado por las autoridades del gobierno central y prohíben el culto de Ma Estrella en Los Confines, región ficticia donde existe la Casona. Los Confines entra en huelga y, como por una maldición de la Innombrable, aparece un virus, una epidemia que desata el infierno. Estos son los días que narra Edmundo Paz-Soldán.

La cárcel de Edmundo

Más que una penitenciaría moderna, la cárcel de Paz-Soldán es un barrio amurallado con diferentes niveles de patios, de lujo y libertades. Hay tiendas, restaurantes, prostitutas, prótesis dentales, mascotas. Los reos viven con su familia, sus hijos pueden ir a la escuela a diario afuera de la prisión. Los mismos reos pueden comprar días en el exterior.

— ¿Cómo comenzó la idea de la cárcel, Edmundo?

—Hace diez años pasé una navidad en un pueblecito llamado Delnorte, al norte de California. Tendrá unos ocho mil habitantes, pero primero llegó la cárcel. La vida del pueblo giraba de una u otra manera en torno a la ella. Inventé una historia sobre dos hermanos hijos de un gobernador de la cárcel, alucinaba cómo era su vida tan cerca de la penitenciaría. De ahí salió el relato breve Luk, que está en mi libro Las visiones. Y curiosamente —me dice sonriendo como si recordara a alguien cercano a él, una persona de carne y hueso— luego apareció Lya, la amiguita de estos dos niños de Luk.

Los niños desaparecieron, pero a Lya podemos encontrarla en Los días de la peste. Claro, ahora vende cocaína, es la hija de la empleada del administrador de la Casona, pero vive adentro con su tío, el Tiralíneas.

—Me di cuenta—continúa Paz-Soldán—de que más interesante era lo que sucedía adentro de la cárcel que afuera. Y comencé a imaginar mi propia cárcel.

Sin embargo, algo no funcionaba del todo. Edmundo Paz-Soldán iba unas setenta páginas con la novela ambientada como ciencia ficción. La Casona era entonces una cárcel norteamericana y ya en su novela anterior, Norte (2011), había varias escenas que transcurrían en una cárcel funcional. Edmundo sentía que se estaba repitiendo.

—Y cayó en mis manos una crónica de viajes, Marching Powder.

Marching Powder es una crónica escrita por Rusty Young. Cuenta la relación de amigos que establece con un convicto de San Pedro, un narcotraficante inglés de poca monta llamado Thomas McFadden. Rusty Young, quien viajando de mochilero por Sudamérica termina alojándose en San Pedro, conoce a McFadden y se hacen amigos.

Así es, querido lector, Young estaba haciendo turismo en San Pedro. De hecho, la cárcel de San Pedro, la real, está reseñada en la guía turística Lonely Planet. Sí, hubo un tiempo en que se podía visitar la prisión como turista y pasar temporadas allí sin necesidad de ningún crimen. No es broma; es más, unos meses atrás la BBC informó que Rusty y su colega Thomas McFadden celebrarían el aniversario de su aventura en un documental que recoge la historia de algunos turistas que visitaron San Pedro, y alguna que encontró el amor allí.

Tras leer la crónica de Young en San Pedro, Paz-Soldán desestimó las setenta páginas al interior de una prisión ambientada en el futuro. Se decidió por escribir algo en clave realista. Poco a poco comenzó a cobrar forma su cárcel como un espacio laberíntico y asfixiante que lo llevó a releer El obsceno pájaro de la noche, de Donoso, y La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, así como El diario del año de la peste, de Daniel Defoe, y La peste, de Albert Camus.

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“(La Jovera) insultó a los doctores, a los presos y a los animales de la Casona, a la Casona misma. Se acordó de esa frase con la que los presos la conminaban al orden, ¿qué va a decir la Casona? Como si la Casona fuera una persona.”

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—¿Has visitado la cárcel de San Pedro en la Paz, Edmundo?

—Nunca, solo por afuera —repara con una sonrisa indescifrable, parecida a la que esbozaba Borges o Ricardo Piglia cuando decían que la literatura era una manera de pensar la realidad—. Cuando fue fundada a fines del siglo XIX, la llamaban el Panóptico, el ojo que todo lo ve. Me gustaba cómo sonaba eso. Me ayudó a imaginarla, aunque en la versión final se impone más la imagen del laberinto, donde hay espacios a los que el ojo no puede llegar.

—Si la literatura es un acceso a la realidad, Edmundo, ¿de qué manera caracterizaste en Los días de la peste la peculiar incertidumbre y violencia que se vive en Latinoamérica?

—Está en la relación entre los personajes y la ley y el poder. Todos los personajes se mueven dentro de ese principio colonial: “Se acata pero no se cumple”. Esa estructura burocrática y administrativa y sus reglas están presentes en la cárcel siempre. Todos los personajes de la Casona siempre están pensando cómo burlarla ley, cómo transgredirla. Creo que ahí está la incertidumbre. Y la violencia es el instrumento de negociación para conseguir o no conseguir cosas, y no solo física. En todos los niveles de realidad de la Casona hay violencia, la corrupción está en todos los niveles. En la Casona todo se negocia, todo es maleable.

Alguien fuera de cámara llama su atención. Sospecho que es la escritora boliviana Liliana Colanzi porque a mediodía Edmundo almorzaría con sus suegros. Es feriado en Santa Cruz. Nos despedimos.

Bolivia cambió drásticamente con la entrada de Evo Morales, esa revolución andino-bolivariana removió estructuras seculares y la Bolivia en la que nació y creció Edmundo había dejado de existir cuando quiso escribir sobre ella. Me escribe que entonces se enfocó en la realidad norteamericana por un tiempo porque era allí donde había vivido las últimas tres décadas, se había formado profesionalmente, había criado a dos hijos, superado un matrimonio y había escrito cientos de páginas en esa otra realidad.

Iris y Las visiones supusieron una transición: allí estaba el imperio pero también, reimaginados, leyendas de las minas de Bolivia, el trauma de la violencia colonial. Ahora, Paz-Soldán regresa con un sabor más boliviano tal vez porque algo o alguien lo reanimó o porque la primera patria permanece siempre de manera difusa en el lenguaje, esa patria que se deja ver en Los días de la peste en la chompa, en el quivo, en el tonchi, en la wawa, en ese jajajearse que le sale muy fácil a Edmundo, en tanto que todos los recuerdos siempre terminan enturbiándose.


Edmundo Paz-Soldán

Edmundo Paz-Soldan - Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como «McOndo» gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido prestigiosos galardones.

Los días de la peste

Los días de la peste
Autor: Edmundo Paz-Soldán
Editorial: Malpaso
Páginas: 352
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Sobre el autor

George Simons

George Simons

George Simons (Lima, Perú, 1980). Lector obsesivo, aficionado al asombro, a la buena música y a las conversaciones de madrugada. Se formó en las humanidades, se licenció en Filosofía por la Universidad Pontificia Comillas y, en el ínterin, se enamoró de Madrid, de su gente, de Malasaña, del Museo del Prado y de otras maravillas. Trabaja como escritor, periodista científico y cultural. Colabora habitualmente con medios de comunicación de España y Latinoamérica.

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