Entrevistas

Entrevistamos a María Fernanda Ampuero.

Ana Belén Martínez

«La vida está hecha de miniviolencias que son la gran violencia», afirma la escritora María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976) al hablar sobre Pelea de gallos (Páginas de Espuma, 2018), su primer libro de cuentos. A lo largo de los trece relatos de ficción que lo conforman, conocemos la cara oculta y menos amable del hogar. La autora nos abre esa puerta tan íntima, nos introduce entre sus paredes y sacude su alfombra para destapar los abusos en las familias, la violencia que afecta a las mujeres y cuestionar al padre. Los cuartos se llenan de un polvo salvaje e infecto que nos remueve por dentro.

Un/a escritor/a suele escribir sobre temas que le obsesionan. ¿Por qué estas historias sobre el daño?

El daño me obsesiona desde pequeña. Me obsesiona el momento en el que dejamos de ser los que íbamos a ser. A veces quisiera abrazarme a mi yo de niña en los momentos en los que necesitaba un abrazo o una explicación. Me gustaría poder decirle muchas cosas y quererla. Fui una niña exageradamente ingeniosa y graciosa para que mis padres me dieran su atención. Contaba las cosas muy bien y rápido para que siguieran escuchándome y de ese modo sentirme importante. Igual eso me convirtió en narradora. Por otro lado, en el mundo adulto observo una cantidad de juguetes rotos que van intentando vivir de la mejor forma que pueden pero tan heridos, mutilados, con tantos conflictos a la hora de relacionarse con el otro y la dificultad de amar de verdad. Luego sus hijos heredan todas las cuchillas que ellos no han sabido sanar.

Vitalmente me parece un tema fundamental sobre el que pensar y literariamente me parece que ese conflicto que está bajo la cama, tras las cortinas, tras los armarios, está silenciado. Me interesaba abrir las compuertas de lo que no contamos, de las cosas que están entre líneas.

Con respecto al lenguaje, renuncias por completo a endulzar las palabras para contar la fealdad, la monstruosidad que habita entre nosotros.

Una situación atroz no se puede contar con palabras hermosas. No es mi deseo ni es mi camino. El eufemismo es una complicidad y usar eufemismos es hacer que las cosas no sean tan graves. No puedo permitir que las formas de contar ciertos temas se vuelvan lugares comunes como son algunos como el maltrato a la mujer o el abuso de menores. No me interesaba pasar de puntillas. Sé que mi literatura puede ser difícil e incluso desagradable para algunas personas y lo respeto. Pero cuando empiezas a hablar sobre daño, violaciones, toqueteos en los medios de transporte, de si los médicos se aprovechan de tu vulnerabilidad… empiezan a salir historias por todos lados, miles y miles de historias. Me parece que una manera de honrar a sus víctimas es decir la verdad lo más fielmente posible.

En Crías, uno de los personajes dice «Nos buscan donde ya no estamos, los buscamos donde ya no están y ahí empieza la tragedia». ¿La tragedia es la pérdida de la inocencia y de aquello que no volveremos a ser?

Sí, en este caso en concreto hablo de algo muy doloroso: de cuando te vas de tu país,  vuelves y no vuelves en realidad. Ese cuento empieza diciendo «El regreso es imposible». La terrible sensación de que tus seres queridos se conviertan en extraños y de que tú también te conviertes en extraño para tus seres queridos. Las personas se mueven todo el tiempo, los que nos movimos literalmente creemos que allí se echó un manto de inmovilidad y que el tiempo se detuvo. Sin embargo, la gente tuvo que arreglar el tablero sin tu casilla. A veces, lo triste es que hay una nostalgia de los que vivimos fuera de nuestra tierra que es imposible de reparar porque ese lugar ya no existe ni esas personas existen en verdad.

Me gustaba la idea de que dos parias, dos islas en el mundo, dos frikis se enamoraran. Crías es un cuento muy raro, tiene elementos crueles y desagradables. Aun así es mi cuento de amor en este libro y de lo que significa el amor en verdad: sentir que por fin llegas a casa. El amor es esa persona que inmediatamente arma un hogar a tu alrededor.

La mayor parte de las voces que narran las historias son femeninas. ¿Fueron surgiendo así mientras escribías o lo pretendiste desde el principio?

Llevo muy a rajatabla lo de escribe sobre lo que conoces. En ciertos aspectos soy una escritora cómoda. Admiro mucho a la gente que hace cosas rocambolescas, cambia la estructura, juega contigo, hace geometría casi con los párrafos y cambia de sexo. En mi caso no me gusta ni me sale si no es divertido, no me lo tomo como un trabajo puesto que no es mi trabajo. Tiene que ser natural, aunque tengo tres cuentos contados por un chico. Uno de ellos está en el libro, Persianas. No hay demasiadas voces masculinas porque implica un esfuerzo que no lo hace espontáneo.

La figura del padre en este libro no sale del todo bien parada. Te he escuchado decir que si tu padre estuviera vivo este libro no existiría…

No, para nada. De hecho tengo una columna en una revista de Ecuador y en la última que escribí cuento que presenté un libro a mi padre muerto y que en realidad está dedicado a él. El libro no tiene dedicatoria, lo cual para mí es bastante extraño. Fue raro y doloroso no ponerle una dedicatoria pero creo que la dedicatoria hubiese sido «A mi papá, que se murió para que yo pudiera escribir este libro», suena chistoso pero es horrible. No quería que la gente pensara que le estoy agradeciendo que se muriera. Tengo dos libros anteriores, uno está dedicado a mi madre y el otro a mi expareja y, claro, faltaba él. Además, fue mi padre el que me metió en esto de la literatura porque aunque los libros eran decorativos en mi casa, él los compraba y los leía. Tal vez no se ponía con La montaña mágica, pero sí con libros de espionaje o de Agatha Christie. Si hay alguien de mi círculo más íntimo al que le debo el gusanillo de la lectura es a mi padre. Creo que mi papá, el que no es el chungo si no el que afloró a la superficie cuando se murió el chungo, estaría muy feliz y muy orgulloso, por eso creo que está dedicado a ese papá muerto. No al que estaba vivo y se murió, sino al que empezó a ser cuando se murió en mi cabeza.

¿Qué ingredientes tiene que tener un buen cuento para María Fernanda Ampuero?

Tiene que tener una aparente facilidad. No me gusta que me lo pongan muy complicado y que sea juego y juego y enigma y enigma. Me gusta que tenga una aparente simpleza que esconde devastación tras devastación, que oculta amores difíciles y todo aquello que significa ser humano: los celos, la envidia, la mezquindad, el miedo, el amor, la pasión. Por eso me gusta mucho Chéjov, porque no te presenta la pirotecnia. No abres el cuento y vas deslumbrándote. La pirotecnia va por dentro, calladita, explotando en el corazón de los personajes. No la ves pero sabes que en el corazón de los personajes hay una noche de fin de año. Están pasándole tantas cosas y hay un aparente día a día. Eso es la vida, ¿no? Gente que habla mientras se está derrumbando o transformando porque se está enamorando de alguien. Eso me encanta: lo de no pase nada y esté pasando todo.

Aunque se trata de un libro de ficción, ¿hay en él algún aspecto más autobiográfico o un personaje que sea real?

Sí hay, pero no son los que seguramente la gente cree y seguramente los que la gente no cree sí son (risas). Narcisa, la chica del cuento Monstruos, es real aunque la historia no es la misma. Sí hubo una chica que se llamaba Narcisa, que es tan importante en mi vida como mis padres o más. Ocupó un lugar de hermana mayor cómplice que me enfrentó cara a cara con la desigualdad social y eso tan horrible que se da en Latinoamérica de que hay gente clase A y gente de clase B.

En el relato de Coro se refleja ese clasismo…

En libro hay elementos, más allá de las violencias muy explícitas, que las hay, que van sembrando una violencia oculta desde el aspecto de la diferencia social, del clasismo, del racismo, que son monstruosas y, además, son una herramienta de tensión literaria muy fuerte. En Coro aparentemente no pasa nada y sin embargo está ese tan ruin trato a la trabajadora del servicio. La vida está hecha de estas miniviolencias que son la gran violencia. Aquello de que uno es superior a otro: el padre al hijo, el negro al blanco, el hombre a la mujer, el nacional al inmigrante… Todo eso es un caldo de cultivo para horrores que me gustaba revisar.

Hay otros personajes con muchos elementos de mi infancia y de mis hermanos. También la chica de Nam existe. No pasó nada de lo que cuento. Nada más que un día fui a casa de una amiga gringa a estudiar, quise ir lavabo y me dijo que no podía ir al baño de la habitación de sus padres. Supongo que ahí está la chispa de ser narradora: las puertas cerradas, las conversaciones que escuchaste a medias o las situaciones que no se explican. Hay bastante de mi vida en el libro pero nada tan radical. Son como guiños, tal vez, pero las historias no son reales, afortunadamente (risas).

A veces, una historia aparece de una manera ridícula o inesperada. ¿Recuerdas una situación, digamos insignificante, en la que se te ocurrió una idea importante para uno de los cuentos?

Más que insignificante creo que es importante. Cuando era niña, mi hermano empezó a coleccionar una serie de libros de terror que se llamaba Biblioteca Universal de Misterio y Terror. Esta colección fue muy importante para nosotros. Además, éramos unos fans de las películas de terror, como las niñas del relato Monstruos. En estos libros hay un cuento en el que Lázaro es una especie de zombi. Aunque piensas que se trata de un milagro, Lázaro estuvo cuatro días muerto: es un zombi, claramente (risas).

El asunto del cuento era cómo regresa Lázaro. Tras cuatro días de putrefacción y la visita al mundo de los muertos, como que muy guay no regresa (risas). Mi hermano y yo nos quedamos pensando «¡Lázaro es un zombi, qué increíble!». Éramos muy religiosos. La Biblia ha sido uno de los libros más leídos en mi vida. Es muy interesante y lo tiene todo, pues todos los libros están ahí dentro: el romance, lo fantástico, el terror, hasta la ciencia ficción, prácticamente, con el Apocalipsis (risas). Leímos este cuento de Lázaro y yo me quedé con eso toda mi vida. Entonces, cuando estaba escribiendo este libro se me ocurrió buscar más a Lázaro y sus referencias. Tenía dos hermanas, una obediente y la otra más frívola y mundana. Empecé a leer y vi que se hablaba poquito de estas mujeres. ¿Qué paso cuando este hombre salió y regresó a la casa? Esa era como la obsesión. Luto partió un poco de ahí.

¿Cuáles son tus autores predilectos en el género del cuento?

A Chéjov ya lo mencioné. Me gusta muchísimo Mariana Enríquez, una autora argentina  que es una genia. Le ha dado la vuelta al terror usando los elementos sociales y mezclando el terror clásico con una mirada muy actual sobre qué es la ciudad y sobre cómo nos relacionamos unos con otros. Me gusta también Andrea Jeftanovic. Su libro No aceptes caramelos de extraños es tremendo y muy duro.

También leí a Cortázar cuando era jovencita y empezaba la carrera. Cortázar es un autor para conocer en la juventud, es como un viejo amor, aunque no envejece muy bien. Paralelamente, me enamoré de Rulfo, que sí envejece contigo. Lees hoy Pedro Páramo y sientes mil veces ese mascar tierra y esa sensación de que no hay nadie más en el mundo. Además, me gustan mucho los escritores vanguardistas, como Felisberto Hernández y Macedonio Fernández. Si tuviera que decirte un clásico y un moderno, diría Juan Rulfo y Mariana Enríquez.

En cuanto al género, el terror es mi género favorito tanto en el cuento como en general. Hay que ser muy bueno para escribir terror. Otros géneros te permiten ser “una basura” porque tienes tres claves: se enamoran y hay un problema, se desenamoran y se vuelven a enamorar. En el género de terror por muy malo que seas tienes que saber algo del manejo de la tensión, los silencios, la música, la oscuridad y el elemento sorpresa. Creo que es el más difícil porque asustar a la gente es cada vez más complicado. Me he nutrido de ahí y es lo que más me gusta leer y escribir.

¿Tu próximo proyecto?

Estoy en proceso de hacer un libro que revisa la historia bíblica. Tengo un cuento que se va a publicar ahora, un homenaje a Frankenstein por sus doscientos años,  protagonizado unas chiquillas que son los jinetes del Apocalipsis.

¿El siguiente libro es también de cuentos?

Sí, escribo cuentos. El otro día me di cuenta hablando con un periodista que sería insoportable una novela. Podría escribirla pero la gente la abandonaría, ya que sería insoportable sostener este ambiente de gente lacerada, de gente que está viviendo un momento muy brutal. No, no veo posible la novela. Tendría que encontrar una manera en la que mi historia tuviera pequeños oasis de paz y no es una cosa que a día de hoy me interese buscar. Me interesa más agarrarte del estómago y decirte: mira ven a ver esto.

Estoy muy metida en el mundo del cuento y le doy un enorme valor. No me parece que sea un preliminar de algo más grande que viene después. No siento que los grandes libros de cuentos que adoro sean algo que está bien pero que es el camino a la novela. Tengo la suerte de que en mi formación tuve grandes profesores que le daban mucha importancia a relato. El cuento tiene una cosa que es muy compleja. No es una novela en muy poquitas páginas. En el cuento tienes que crear el mismo universo o más grande que el de una novela de ochocientas páginas en cuatro. Eso es brutal. Rulfo, por ejemplo, fue capaz de crear todas esas emociones, todo ese planeta, a esos personajes, a todo ese pueblo, y trascender años y años de nuevos lectores. Lo que crea Rulfo en Pedro Páramo es comparable a Guerra y paz. No es la extensión sino el universo que creas. Me gustan los cuentos porque me gusta ir a los momentos clave de la vida de alguien. Al momento trascendental. Me gusta que el lector invente lo que vino antes y lo que vendrá después.

¿Algún libro al que vuelvas como si de una Biblia se tratase?

Cuentos. Una antología muy personal de cuentos que son importantes para mí. Sin duda ahí está Tres versiones de Judas. En este cuento Borges se inventa una sexta de seguidores de Judas para los que el supuesto traidor fue en realidad el verdadero crucificado. Toda la religión se constituyó alrededor de la figura de este chico como traidor. Si Dios amaba como creemos que nos ama y sabía lo que iba a pasar desde el principio de los tiempos, ¿por qué lo permitió? Porque necesitaba un Judas que destruyó por los siglos de los siglos. Creó al gran villano cuando ese chico no había hecho nada. Simplemente, en toda esta narrativa necesitaban a alguien que traicionara. ¿Por qué no otro de los doce? ¿Por qué este? Esa religión se basa en redimir a Judas. Nace la idea de reivindicar al villano como una víctima. Este es un cuento al que vuelvo y tengo presente. Marcó mi mirada de cómo se cuenta la historia y cómo no se cuenta.

¿Qué ha supuesto publicar tu primer libro de relatos con la editorial Páginas de Espuma?

Un delirio. Pensé que jamás iba a pasar, cuando vine aquí no me conocía nadie. Después del Premio Cosecha Eñe imaginé que tal vez más gente se empezaría a fijar en mí. Entonces una agente se comunicó conmigo. Yo necesitaba que alguien creyera en mí más que yo, y eso fue lo que pasó. No iba a tocar las puertas de nadie, me habría derretido en el suelo si recibía un no. Llevo muy mal los noes y los que se dirigen a tu literatura son devastadores. Ella habló con Juan Casamayor y le mandó el material. Cuando él me llamó, no había duda. Yo necesitaba a alguien como Casamayor, con esa brillantez, esa inteligencia superior que me explicara exactamente por qué él creía que estaba bien. En la primera reunión que tuvimos, se lo había leído como si fuera una tesis. Todos los símbolos, todas las metáforas, todo lo no dicho, todas las múltiples lecturas, el tema del feminismo, el tema de Latinoamérica… Juan había hecho una disección tan impresionante como si se tratara de un semiótico. Yo no pensaba que el libro pudiera tener tanta polisemia. Fue todo muy rápido y mágico. Juan tiene una editorial que te da inmediatamente una casa. Creo que es muy difícil que alguien pueda decir esto de una gran editorial.


María Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero nació en Guayaquil, Ecuador, en 1976 y estudió literatura. Colabora con numerosos medios internacionales y hasta la fecha ha publicado dos libros de crónicas, Lo que aprendí en la peluquería y Permiso de Residencia. En 2016 ganó el premio Cosecha Eñe de relato. Pelea de gallos es su primer libro de cuentos.

Pelea de gallos

Pelea de gallos
Autor: María Fernanda Ampuero
Editorial: Páginas de Espuma
Páginas: 120
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Sobre el autor

Ana Belén Martínez

Ana Belén Martínez

Ana Belén Martínez (Bullas, 1983) es periodista y documentalista. En 2017 finaliza el Máster de Escritura Creativa en Hotel Kafka. Compagina su trabajo de documentalista con su afición por la música, estudiando piano y con un proyecto de escritura.

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