Entrevistas

Entrevistamos a Sergio del Molino por su nuevo libro, “La mirada de los peces”.

Qué habría sido, nos preguntamos, de la actualidad literaria en castellano sin Sergio del Molino (Madrid, 1979). Sin duda, un lugar mucho más árido, pues sus libros han contribuido a colorear desde diferentes géneros y aproximaciones, siempre marcadamente personales y renovadoras, la propuesta de nuestra literatura actual. En ella, el periodista madrileño afincado en Zaragoza tiene ya un puesto de honor. Con su libro La hora violeta (Mondadori, 2013) llegó a una completa conexión con el público pero también a lo más alto de la crítica, recibiendo ese mismo año el Premio “El Ojo Crítico” de Narrativa de RNE y el XXXV Premio Tigre Juan (ex aequo con Marta Sanz). En 2016 y de la mano de la editorial Turner, Del Molino publicó un ensayo que revolucionó el panorama del género; su título es La España vacía y fue elegido Libro del Año en los Premios Cálamo en reconocimiento al rigor y la calidad de ese “viaje histórico, biográfico y sentimental por un país deshabitado dentro de España”. Su último libro vuelve a la novela: La mirada de los peces.

 

Uno de los elementos fundamentales de La mirada de los peces es la culpa. Has llegado a declarar que “No meditamos con honestidad sobre lo que somos”. ¿Es la literatura ese ejercicio de honestidad?

En mi caso, sí, lo que no ha de confundirse con sinceridad o fidelidad a una realidad exterior al texto. Entiendo honestidad, en primer lugar, como un respeto por el pacto de lectura establecido con el lector, que puede ser implícito, pero siempre claro. No se puede romper o alterar a conveniencia. En un sentido menos estético y más moral, la honestidad tiene que ver con el sentido confesional de mi literatura: una vez se abre la espita de la meditación, no caben límites. Hay que estar preparado para encontrar cosas feas, y hay que estar preparado para contarlas.

En relación con esto, es destacable el tratamiento de la primera persona en la narración de la novela, un narrador que es al mismo tiempo el autor. ¿Cómo ha sido trabajar la historia literariamente desde esa perspectiva tan sumamente personal?

Llevo ya unos libros trabajando esa primera persona y he superado las dificultades iniciales, que por un lado eran de escrúpulos y pudor, y por otro, de índole técnica: hasta dónde quería llevar la confusión de las figuras de autor y narrador. Me siento cómodo porque he encontrado en esta estrategia mi forma de decir, no me sueno a ya leído, y a la vez me permite conectar de una forma extraña e intensa con el lector, algo que me interesa mucho, porque uno de los objetivos de mi literatura es restituir una conexión emocional entre autor y lector que las sucesivas deconstrucciones y muertes de la novela habían dinamitado, generando una literatura excesivamente autoconsciente de su condición textual. Aspiro a que el lector olvide de vez en cuando que se enfrenta a un texto y piense que está conversando o asistiendo a una suerte de representación oral. Mis elecciones ortotipográficas (la ausencia de diálogos con guión, por ejemplo) van encaminadas en ese sentido también.

En La mirada de los peces hay una constante, la de que a los cuarenta años uno piensa que desearía haber sabido ciertas cosas a los veinte. En el ámbito de la literatura, ¿qué sabes ahora que desearías haber sabido a los veinte?

Me habría gustado saber menos cosas a los veinte. Creo que era un listillo impertinente que no se dejaba sorprender por la vida. A mis veinte era un anciano descreído, he ido rejuveneciendo con los años, soy mucho más joven e ingenuo ahora.

En una ocasión has dicho que “El aprendiz de escritor es alguien pendiente del cielo, como si de las lluvias o los vendavales dependiesen los resultados de su trabajo”. ¿Qué trasuntos de fenómenos meteorológicos se mantienen en la escritura de un autor ya más que reconocido?

El paseo. Tengo una tendencia terrible a poner a pasear a mis personajes y a dejar que la acción se desarrolle según sus pasos. Es un recurso torpe y facilón que aún no he logrado quitarme.

El protagonista de La mirada de los peces es Antonio Aramayona, que fue uno de tus profesores durante la adolescencia y cuya imagen pública llegó a opacar al personaje real. ¿Cómo ha sido trabajar sobre Aramayona como personaje teniendo en cuenta el fuerte vínculo emocional que os unía?

Si elegí escribir este libro en cuadernos, aunque yo trabajo siempre con ordenador, fue precisamente para mantener fuerte ese vínculo y que la escritura se pareciese a la de un diario, pegada a los hechos narrados y con pocas correcciones. Creo que fue una estrategia defensiva, una forma de domesticar ese vínculo y poder trabajarlo literariamente. En cualquier caso, yo estoy acostumbrado a trabajar con materiales de altísima tensión emocional. No sé escribir sobre cosas ajenas a mí: el hecho de que me importen y me afecten es precisamente el motor de mi escritura.

Antonio Aramayona fue uno de esos profesores que marcan. En la novela relatas varios momentos de su enseñanza y comentas que una de las claves de su buen hacer fue “tratar a los jóvenes sin condescendencia, con familiaridad adulta”. ¿Ocurre lo mismo con la buena literatura y el trato al lector?

Sin ninguna duda. No hay nada que deteste más como lector que sienta que el autor me está soltando un sermón o un mitin, que me intenta convencer de algo. Es cierto que la literatura consiste en ver el mundo a través de los ojos del otro: el autor, quieras o no, te impone su visión de las cosas y te obliga a contemplarlas desde su punto de vista, pero para hacer eso no necesita “convencerte”, lo hace con sus recursos narrativos y desde el respeto a tu inteligencia, sabiendo de antemano que el lector es otro que no ve ni siente el mundo del mismo modo. Odio la literatura de tesis y panfletaria.

Tu anterior y muy celebrado libro es La España vacía. ¿Cómo conjugas la escritura de géneros en principio tan dispares como el ensayo y la novela?

No los siento tan dispares. Sigo haciendo mucho periodismo y tampoco lo siento como una escritura muy distinta de la estrictamente literaria. Procuro que todo tenga una coherencia y un sello. En ese sentido, La España vacía es un libro también muy personal que aborda problemas españoles desde un subjetivismo radical, propio del cronista que creo que soy. En todo caso, todos los autores que admiro tienen flexibilidad y variedad de registros, no son buenos sólo en un género o estilo. Procuro parecerme a ellos. Sobre todo, para no aburrirme.


Sergio del Molino

Sergio del Molino Molina es un escritor y periodista español conocido fundamentalmente por la novela "La hora violeta" y el ensayo "La España vacía".

La mirada de los peces

La mirada de los peces
Autor: Sergio del Molino
Editorial: Literatura Random House
Páginas: 224
Comprar

 

Valora la calidad de este artículo

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (Ninguna valoración todavía)
Loading...

Sobre el autor

Redacción de Ámbito Cultural

Redacción de Ámbito Cultural

Escribe tu comentario

Send this to a friend