Entrevistas

Entrevistamos a David Trías, Director Literario de Plaza & Janés

David Trías no sólo es editor en Plaza & Janés, también es el hijo del filósofo Eugenio Trías y ante todo es también un lector apasionado. Aquí nos lo cuenta.

Ámbito Cultural

Ámbito Cultural: Eres hijo del filósofo y escritor Eugenio Trías así que entendemos que creciste rodeado de libros. Háblanos sobre algunos libros que andaban por casa en tu infancia.

David Trías: Mis padres se separaron pronto, pero tanto en casa de mi padre, como es natural, como en la de mi madre, catedrática de francés, nunca faltaron libros. Si acaso, lo que faltaba era espacio para albergar tantos volúmenes. En la de mi padre descubrías libros en la cocina, en el cambiador, en los armarios de la ropa… Proliferaban volúmenes de filosofía, como es lógico, pero era tal su avidez de lector y su erudición que podías encontrar desde libros de Nostradamus como de José Angel Valente, desde clásicos de la literatura -siempre subrayados y anotados hasta libros de Historia, de Música, de Religión, de Cine… Si me quedara con un libro, quizás sería El castillo de Kafka, una historia que le inspiró especialmente para desarrollar su teoría del límite. En casa de mi madre, en Ibiza, predominaba, por su exquisita sensibilidad, la poesía -tenía y tiene una notable colección- y de narrativa. Si me quedo con algún libro elegiría uno ilustrado. Roma, peligro para caminantes, de Rafeel Alberti o los de Jose Agustín Goytisolo y de tantos poetas que descubrí en su biblioteca. También en Ibiza tenía una tía maravillosa, cuya biblioteca era espectacular y a la que ayudaba, cada dos por tres, a ordenarla. Me encantan las bibliotecas de las casas, no me puede interesar una persona cuya biblioteca no me transmita nada.

A.C: ¿En qué momento te enganchaste a la lectura?

D.T: Siempre he sido tardío en las cosas importantes de la vida. Lento y tardío. Excepto en amores (platónicos), la precocidad nunca fue mi característica personal. Así que no llegué a disfrutar intensamente de la literatura hasta los quince o dieciséis años. Y fue en verano, en Ibiza, con demasiado calor, mucha modorra y pocas ganas de ir a la playa. En ese verano leí a García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar. Y un cuento que me marcó para desespero de mi madre: Bartleby el escribiente, de Melville. Su “Preferiría no hacerlo…” fue el auténtico leit motiv durante aquellos meses.

A.C: Estudiaste Historia del Arte… ¿Cómo y por qué te convertiste en editor?

D.T: Pese a que mi padre conocía a algunos editores (tampoco a demasiados, la verdad) entré en el sector como se entra en los sitios y se conoce a la gente importante de tu vida: por casualidad y por una mano amiga. Ana Cuatrecasas, por entonces directora de comunicación de Plaza & Janés, buscaba a alguien para trabajar en el inexistente departamento de prensa de Madrid. Sin saber nada de nada del sector, con mis lecturas a cuestas, toda mi torpeza y mis ganas de conocer escritores y trabajar con algo que me apasionaba, conseguí a los 26 años convencerles de que no siempre la experiencia es tu mejor aval, sino tu ilusión, tus ganas de aprender y tu manera de mirar las cosas. Un jefe me lo dijo nada más aterrizar: “Esto es como una droga. O te engancha o no”. Otro me dijo que en vez de cobrar debería haber pagado, algo con lo que discrepo. Empecé a colaborar con editores como Enrique Murillo o Carlos Pujol Jr. Luego trabajé con un auténtico referente del mundo editorial como Rafael Borràs, toda una experiencia. Quienes me dieron la alternativa como editor fueron Carmen Fernández de Blas y Juan Pascual. Y aprendí de Angel Lucía, de Constantino Bértolo… He sido muy afortunado de tener tan buenos maestros. Y sigo aprendiendo de Nuria Tey y Deborah Blackman, con quien comparto la dura tarea de llevar a cabo una programación para Plaza & Janés variada, interesante y estimulante. Pero, sobretodo, aprendo día a día de todo mi equipo, todos ellos treintañeros listos, cultos, guapos, simpáticos, magníficos colegas y muy letraheridos.

A.C: ¿También escribes?

D.T: He escrito muchos relatos en mi juventud, un género que me entusiasma y que me apena tremendamente no poder editar más que en digital (los editamos en PRH Flash). Un verano, abandonado por una novia, empecé a escribir una novela que no pasó de la página cien: ni la terminé, ni mi novia regresó. Escribí bastantes poemas que afortunadamente no conservo. Eso sí, he escrito muchos diarios, el diario es uno de mis género predilectos, soy un entusiasta de Pessoa, Pavese o Rybeiro. Uno de ellos, fruto de mi experiencia de kiosquero en Londres, lo titulé El faro de Hampstead, ese sí lo conservo. Y he escrito muchas, muchísimas contraportadas, solapas, informes de lectura y textos de todo tipo. Escribir es como hacer ejercicio, si no lo prácticas pierdes forma. Y yo creo que siempre estaré en forma, aunque dudo mucho que algún día corra una maratón… No tengo ningún interés en publicar ni en que me lea nadie. Respeto y admiro mucho el talento de quien escribe bien, pero soy muy pudoroso con mis cosas. A lo sumo, quizás, pueda aspirar a formar parte de la cofradía de los Bartlebys, algo que no me importaría en absoluto. Retirarme en Ibiza y ejercer de Bartleby no me parece mal plan.

A.C: ¿Cuál es el momento más excitante para un editor?

D.T: Sin duda alguna descubrir a un autor. O que una idea tuya se convierta en algo más que en un libro: un pequeño acontecimiento. Estos días, por ejemplo, debido a la muerte de Suárez, he podido comprobar la trascendencia social del libro de Fernando Onega. Eso es emocionante, ver que un libro cala en la gente. O también cuando edité La bola de cristal. O este año con el fenómeno de Yo fui a EGB: son éxitos no solo comerciales, sino que apelan a unas emociones que tu, desde que creíste en ese proyecto, confiabas y deseabas que fueran a transmitirse.

A.C: ¿Qué autores te gustaría haber descubierto o editado?

D.T: Me hubiera encantado descubrir a María Dueñas o Carlos Ruiz Zafón. ¡Y a mis jefes también! Me encantaría editar a David Trueba, a Ignacio Martinez de Pisón o a Sergi Pàmies.

A.C: ¿Cómo es la relación entre tu faceta de lector y la faceta de editor?

D.T: Lo peor de ser editor es el poco tiempo que te queda para leer por placer. Y con el auge de la tecnología y las redes sociales se va mermando más aún el tiempo libre. Pese a ello no concibo mi vida sin visitar las librerías, ojear los libros, comprarlos y leerlos. Mi mesilla de noche puede dar fe: la montaña apilada crece y crece. Tengo el hábito de leer por las noches, pero cuando más disfruto es en fin de semana, por las mañanas, con la cabeza despejada y sin estar pendiente de otras cosas, del “ruido del mundo”, tal como titula Ignacio García-Valiño su última novela.

A.C: Dentro la literatura comercial española, ¿qué autores salvarías sin reservas?

D.T: Me cansa un poco esta eterna dicotomía entre autores comerciales versus autores literarios. Todavía, y más en este país, este asunto no está resuelto. Por eso los editores nos vemos obligados a etiquetas tan cursis como “Quality Fiction” o cosas parecidas… ¿Almudena Grandes es literaria? ¿Rosa Montero? ¿Lorenzo Silva? En todo caso, salvaría sin reservas y por respeto a una trayectoria muy trabajada durante años al gran maestro de la literatura comercial española: Arturo Pérez Reverte. Su novela La reina del sur es un prodigio de ritmo, de oído, de un narrador en estado puro.

A.C: Has tenido la suerte de publicar a José Luis Sampedro, ¿cómo fue editar La sala de espera, su libro póstumo?

D.T: Fue un regalo. Un regalo otorgado por una persona generosa, cariñosa, que siempre quiso satisfacer a las personas que quería y que no dejaba de tener presente a sus editores. El trabajo de edición del libro junto a Olga Lucas, su viuda, ha sido creativo y emocionante: una manera de tenerle vivo y cada vez más presente.

A.C: ¿Qué estado de salud tiene la literatura en español frente a otras lenguas?

D.T: Hemos vivido una cierta euforia en la última década con un interés creciente por nuestra literatura: las novelas de Julia Navarro han sido publicadas en más de 25 países, por ejemplo. Y autores como Vila-Matas o Giménez Bartlett interesan más en otros países que aquí. Pero si nosotros mismos no atendemos, cuidamos y protegemos nuestra cultura, será imposible mantener el interés internacional por ella. Por eso, tenemos que seguir apostando por creadores españoles y evitar que los lectores le den la espalda.

A.C: ¿Alguna joven promesa?

D.T: En nuestro catálogo apuesto mucho por Carla Montero (supongo que tener cuarenta años es ser joven ¿no?) de quien publicamos ahora La piel dorada. Pero no estoy muy al día de los más jóvenes, si acaso sigo con interés a Patricio Pron, que tiene un gran talento y que creo puede destacar por encima de los demás. Leí mucho a mis contemporáneos y me siento próximo a la generación de Ray Loriga, Juan Bonilla, Nuria Barrios, Marcos Giralt, Benjamin Prado, los Casariego o Nuria Barrios. A todos ellos los leí y los leo con cariño e interés.

A.C: ¿Qué cambios se han producido en el gusto de los lectores desde que eres editor -si es que se han producido-?

A.B: Vila-Matas hablaba el otro día del triunfo de la trama frente al estilo, de que los lectores de hoy sólo buscan novelas “narradas”, no “escritas”. Algo de eso hay, aunque tampoco es nada nuevo. Pero este sector está muy vivo y las propuestas son diversas y abarcan todo tipo de género. Sin embargo, tenemos muchas veces la sensación que lo que proliferan son las editoriales, no los lectores.

A.C: ¿Están los editores vocacionales en vías de extinción?

D.T: Sinceramente pienso que no. Hay editores vocacionales que luchan a diario por mantener sus editoriales independientes, y conozco a muchos editoriales vocacionales que trabajan en grandes grupos y que tratan de imponer su criterio y su entusiasmo, entendiendo siempre el catálogo que se defiende, claro está. Yo no concibo a un editor que trabaje sin pasión ni por el amor que siente con los libros que edite, sea del género que sea. Aunque, inevitablemente estamos todos inmersos en un vértigo colectivo lleno de amenazas que nos están obligando a replantearnos nuestra razón de ser y nuestra manera de trabajar. Si Picasso decía que la calidad de un pintor dependía de la cantidad de futuro que llevaba consigo, esto lo podríamos extrapolar a nuestro sector, cuyo presente incierto ofrece unas expectativas, especialmente en España, complicadas. Pero aún así no dejarán de haber escritores ni lectores, por lo tanto nuestra mediación, nuestro criterio, tendrá que estar ahí, pues no confío en la autoedición.

A.C: Entre tus descubrimientos editoriales se encuentra, por ejemplo, la autora Julia Navarro ¿nos puedes contar alguna anécdota?

D.T: A Julia Navarro la conocía como periodista política. Cuando me trajo su primera novela, sin numerar, no compaginada y con un baile de tipografías variadísimo -su fuerte no es la informática- pensaba que se trataba de “otra novela más de un periodista”. Sin embargo ya el título me llamó la atención…Y me la leí en el metro en una semana, con miedo de mezclar las páginas. Julia siempre cuenta que nunca había estado tan impaciente ante una llamada. ¡Ni que le hubiese llamado Robert Redford! Conste que lo cuenta ella, yo no.

A.C: ¿Cómo es la relación entre el editor y el autor?

D.T: La nuestra es lo que se dice una “relación”, con lo que todo conlleva. Menos sexo y amor (al menos en mi caso), hablamos de emociones, de sueños, de dinero, de retos, de criterios, de futuro, de compartir la aventura común que supone editar un libro. El editor es muchas veces el primer lector, el primer juez, el cómplice, el árbitro. El editor debe aparentar seguridad ante el autor y ante el mundo “exterior”, cuando muchas veces tiene tantas dudas como el que más. Se la juega también apostando, si fallas dos veces a veces no tienes una tercera oportunidad.

A.C: ¿También lees libros de la “competencia”?

D.T: Menos de lo que quisiera. Siempre me quedan libros por leer, pero trato de estar muy informado, leyendo, ojeando, escuchando las opiniones de gente cuyo criterio aprecio. Pero sí, leo libros de la competencia. No puedes ser editor de Plaza & Janes y editar ficción española si no has leído a María Dueñas o a Matilde Asensi. Y no puedes editar libros de no ficción sin estar al día de las tendencias, de los programas de televisión, de los artículos que salen publicados en prensa o en los principales blogs. Y yo edito tanto ficción como no ficción, lo que me permite una visión muy panorámica del sector, aunque las duplicidades no son fáciles y tratamos de gestionarlas sin demasiada esquizofrenia.

A.C: ¿Tienes alguna lectura predilecta de esas que uno se avergüenza?

D.T: Muchas veces leo poesía, pero no se lo digo a nadie… ¡Jaja! Y leo el Marca en Agosto cuando estoy en la playa para estar al día del mercado de fichajes.

A.C: De niño jugabas a fútbol… Libros y deporte son dos cosas que en el imaginario común cuadran mal, ¿por qué crees que ocurre -si es que crees que ocurre-?

D.T: Jugaba al fútbol, aunque siempre me quedé en “eterna promesa”. Me asustaba saltar a un campo grande de fútbol donde los padres vociferaban e insultaban, por lo que mi experiencia como federado, con trece años, fue efímera. Nunca me ha gustado que me insulten. Yo era más jugador de patio de colegio, ahí sí que logré algún triunfo que mi memoria se ha encargado de magnificar… En cuanto a la mala imagen que antaño tenía el intelectual aficionado al fútbol, hoy parece todo lo contrario: como decía un amigo editor: “Si eres escritor y no te llaman de la página de deportes para escribir un artículo sobre el derby es que no eres nadie”. Dos lugares comunes de nuestro sector son que los títulos sobre fútbol y sobre cine no interesan. Es algo que me fastidia pues son dos de mis grandes aficiones. Publicamos ahora un libro sobre los Mundiales de mi querido Chencho Arias, a quien le edité -yo, irrefrenable culé- Los tres mitos del Real Madrid. Y le he editado dos libros maravillosos al crítico de cine Diego Galán, no con poco éxito. Así que reivindico desde aquí los libros de fútbol y sobre fútbol, y ya de paso no quiero dejar de mencionar que la novelaSaber perder -cuyo trasfondo es el mundo del fútbol, pero es mucho más que eso- es, desde mi punto de vista, una de las mejores novelas españolas de los últimos años.


David Trías

David Trías (1969) nació en Barcelona, creció en Ibiza y desde 1986 vive en Madrid. Estudió Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid. Trabaja en el sector editorial desde 1996. Actualmente es Director Literario de Plaza Janés (RHMondadori), responsable de la línea de ficción y no ficción de autores españoles.

Sobre el autor

Redacción de Ámbito Cultural

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