Entrevistas

Entrevistamos a Manuel Cruz

"Ser sin tiempo" es su nuevo libro, un análisis sobre nuestro modo de relacionarnos actualmente con el tiempo.

¿Qué le ocurre a una sociedad cuyos individuos dicen –o piensan– varias veces al día “No tengo tiempo”? Manuel Cruz (Barcelona, 1951) afina el foco en Ser sin tiempo. En este riguroso y estimulante ensayo, el filósofo pone al servicio del análisis tanto la historia del pensamiento como una capacidad crítica y observadora ejercitada como pocas en nuestro país. Gracias a la lectura de Ser sin tiempo comprendemos algunas de las razones que subyacen al modo que tenemos de experimentar la temporalidad: como un obstáculo que se interpone a nuestros deseos de plenitud instantánea y objetivos a corto plazo.
Hablamos –mejor sin prisa– con Manuel Cruz acerca de todas estas cuestiones que plantea en el libro de heideggeriano título:

A. A.: Ser sin tiempo es un ensayo sobre la temporalidad vivida en la era contemporánea, en el mundo actual. ¿Es el tema de nuestro tiempo?
M. C.: En cierto sentido sí, desde luego. No cabe duda de que la vivencia del tiempo ha variado de manera sustancial en los últimos años, especialmente como resultado de la irrupción en todos los ámbitos de nuestra existencia de las nuevas tecnologías. Por poner un ejemplo de apariencia trivial, pero que tal vez resulte significativo, no deja de ser curioso el adjetivo que utilizamos en nuestras comunicaciones a través del chat o del correo electrónico: hablamos de tiempo real cuando, en realidad, es el no-tiempo, esto es, la pura instantaneidad. A tal punto hemos interiorizado esta expectativa de eliminación del tiempo que hemos terminado por identificar tiempo en este ámbito con tiempo perdido, de tal manera que cuando nuestro interlocutor en el chat se demora unos pocos segundos en respondernos empezamos a preguntarle “¿Estás ahí?”.

A. A.: Abres el libro con una cita de Shakespeare: “El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad”. ¿Cómo es el tiempo para los que lo piensan?

M. C.: Vale la pena destacar esta idea de la pluralidad de los tiempos, precisamente porque nuestra época tiende a dar por descontado algo de lo que ya nos había avisado el filósofo alemán Martin Heidegger, y es que el único tiempo que hoy importa es el tiempo de los relojes, que se identifica con tiempo objetivo, cuando en realidad lo propio sería hablar de tiempos en plural. Desde esta perspectiva, es perfectamente correcta la expresión del lenguaje ordinario “Cada cosa tiene su tiempo”. El de los que piensan es un tiempo a la vez más intenso y más pausado, cuya cadencia en ningún modo le puede venir del exterior del pensar mismo: uno no puede ponerse a pensar más deprisa a voluntad (porque, por ejemplo, dentro de un rato ha de ocuparse en otra tarea). Son el lenguaje en cuanto tal y la razón los que marcan la temporalidad propia del pensar.

A. A.: En toda la primera parte del libro, Pensar (en general). ¿En qué se reconoce a un filósofo? llevas a cabo una introducción para, de algún modo, justificar el porqué de esa reflexión pormenorizada. ¿Hay que disculparse hoy día por pensar (en general)?
M. C.: Disculparse en modo alguno, pero explicar el porqué de su importancia tal vez sí. Porque no es esta una época en la que se valore precisamente la tarea reflexiva y crítica que propende a realizar el filósofo. Intentar poner al día esta explicación es probable que convenga, sobre todo porque hay una tendencia a considerar que lo que ahora hay tiene poco que ver con lo que hubo y, por tanto, lo que entonces era necesario es altamente probable que en nuestros días haya quedado obsoleto. Cuestionar semejante lógica es importante para no dejarse arrastrar por tópicos con escasísimo fundamento.

A. A.: En tu análisis, pones de manifiesto la relación actual que hay entre el sentido de la vida y el cumplimiento/alcance de ciertos objetivos a corto y medio plazo. Hemos olvidado el proyecto. ¿Qué papel juega el deseo en todo esto?
M. C.: El deseo es una fuerza constituyente del ser humano, en cierto sentido el combustible de todo su obrar. Sin deseo seríamos como Bartleby, el protagonista del célebre cuento de Heman Melville (Bartleby, el escribiente), que, como es sabido, a cualquier cosa que se le propusiera llevar a cabo respondía “Preferiría no hacerlo”. Pero, en todo caso, para interpretar adecuadamente el papel que representa el deseo, convendría también no identificarlo con nada parecido a una fuerza ciega de la naturaleza, como si en el interior de cada uno de nosotros se desarrollara una tormentosa batalla entre razón y pasiones, o cosa parecida. Nuestros deseos (o nuestras necesidades, por cierto) son sociales, históricas, culturales. Por tanto, en un determinado e inevitable sentido, inducidos.

A. A.: La atomización del tiempo por objetivos supone también la atomización de la identidad del sujeto. ¿Qué consecuencias tiene (o tendrá en un futuro próximo)?
M. C.: Ya las ha empezado a tener en muchos ámbitos, como ha mostrado, por ejemplo, Richard Sennet en muchos de sus libros. Los individuos tienden a pensarse a sí mismos en términos cada vez más fragmentarios, lejos de la imagen unitaria, tan frecuente hasta hace no tanto (y que se expresaba en aquellos relatos autobiográficos en los que el protagonista gustaba de contarse a sí mismo como alguien que desde siempre había tenido claras sus metas, relatos que solían arrancar con la frase “Desde pequeño yo supe que…”, y a continuación lo que procediera). No hay columna vertebral de ningún tipo, ni laboral, ni afectiva, ni política, ni religiosa ni de ningún otro orden, que sostenga la identidad de la persona, que nos permita afirmar que, en sentido fuerte, estamos ante la misma persona sea cual sea la etapa de su vida que examinemos.

A. A.: El abandono de la creencia en una vida mejor tras la muerte, así como el miedo a los terrores futuros han hecho que entendamos de manera más cruda la plenitud. ¿Cómo esta percepción, en principio positiva, puede convertirse en algo que nos aliena?
M. C.: Lo cierto es que se ha puesto francamente cuesta arriba acordar un sentido de alienación en el que todos podamos coincidir, en la medida en que aquella parece una categoría inevitablemente subalterna de alguna noción de esencia o de esencialidad. En todo caso, ambas circunstancias (abandono y miedo) en cierto modo pueden interpretarse en clave de desplazamiento de los lugares que funcionaban a modo de elementos tutelares negativos de nuestra existencia. Por lo pronto, el abandono de la expectativa de otra vida hace que recaigan sobre esta todos nuestros anhelos. Lo que no hagamos aquí, se quedará sin hacer. Pero, al propio tiempo, para esa decisión, cada vez más compleja en la medida en que el número de experiencias supuestamente a nuestro alcance no deja de crecer, no disponemos de herramientas, esto es, de criterios. ¿Hemos de perseguir simplemente aquello que nos parezca más intenso? ¿La plenitud es algo más que la exasperación de la identidad? Preguntas que podrían encontrar su respuesta en los lugares en los que los individuos de hoy se obstinan en no buscar.

A. A.: Entendemos, por la lectura de Ser sin tiempo, que vivir rápido y acumular experiencias no es la solución. La que propones es la vita contemplativa. ¿En qué consiste?
M. C.: En recuperar una dimensión de la existencia humana tan constituyente como la vita activa. No se trata, quede claro, de rechazar este última, pretensión tan imposible como indeseable. Somos aquello que hacemos, claro está, solo que ese hacer no puede entenderse en el sentido chatamente instrumental con el que hoy tiende a interpretarse. Mirar el mundo, atender a él, esforzarse por entenderlo o constatar los puntos ciegos de sentido que contiene, son tareas rigurosamente imprescindibles. No solo para ser seres humanos más completos y ricos, sino también para desarrollar esas dimensiones activas, prácticas, en mejores condiciones. Se ha dicho, y es cierto, que no hay nada más práctico que una buena teoría, y ahora podríamos añadir que será mejor cuanto menos pendiente esté de constituirse en herramienta de empleo inmediato.

A. A.: Comentas que nos encontramos ante un auténtico giro copernicano en filosofía. ¿Cuál es?
M. C.: Hay que pensar de nuevo, desde otra perspectiva, el locus clásico de la “responsabilidad de la filosofía”, esto es, hay que proceder a un replanteamiento del papel del intelectual en la actualidad, en la medida en que la filosofía es interpelada hoy de un modo diferente al del pasado. Esta interpelación apunta hacia un problema de enfoque: una cosa es que lo real nos plantee desafíos inéditos y otra cosa son las categorías con las que los enfrentamos. El tradicional (y confortable) convencimiento de que, a pesar de que alrededor nuestro se puedan producir incesantes transformaciones de todo tipo, las herramientas teóricas con las que las analizamos permanecen idénticas a sí mismas casi desde siempre ya no resulta sostenible.

A. A.: Como autor y también director de la colección Pensamiento Herder, ¿cuál es el objetivo de ensayos como este en estos tiempos modernos?
M. C.: Contribuir a tomarle el pulso al presente.


Manuel Cruz

Manuel Cruz (Barcelona, 1951) es filósofo, político y catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Dirige la colección de Pensamiento Herder y ha publicado más de una veintena de ensayos entre los que destacan "Tolerancia o barbarie", "Menú degustación. La ocupación del filósofo" o "Escritos sobre la ciudad (y alrededores)".

Ser sin tiempo

Autor: Manuel Cruz
Serie: Pensamiento
Editorial: Herder
Páginas: 136

 

Sobre el autor

Azahara Alonso (Hotel Kafka)

Azahara Alonso (Hotel Kafka)

Nació en Oviedo, es licenciada en Filosofía y máster en Escritura Creativa. Autora del libro de aforismos Bajas presiones (Trea, 2016), trabaja como coordinadora de la escuela de literatura Hotel Kafka y de la web Ámbito Cultural de El Corte Inglés. Escribe crítica literaria para distintos medios nacionales e imparte clases de escritura creativa y poesía.

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