Entrevistas

Entrevistamos a Miguel Ángel Muñoz

El autor almeriense acaba de publicar Entre malvados (Páginas de espuma), diez cuentos que son como la realidad aumentada de la violencia que nos rodea.

Carmen Herrera
Escrito por Carmen Herrera

A Miguel Ángel Muñoz le interesa, como a Leonardo Sciascia, «poner al lector frente a los dilemas morales que nos plantean las situaciones de violencia». El autor almeriense vuelve al cuento con Entre malvados (Páginas de Espuma, 2016), género en el que ha conseguido asentarse como una las voces más interesantes de la actualidad. No obstante, su anterior libro, la novela La canción de Brenda Lee, consiguió hacerse con el Premio Sintagma y el Premio de los Libreros de Almería. Se trata de un gran conocedor del cuento en español, con los libros El síndrome Chéjov (2006) y Quédate donde estás (2009) a sus espaldas, aunque su curiosidad lo llevó a ampliar su punto de vista literario, entrevistando durante varios años a treinta y cinco escritores, lo que resultó en el libro La familia del aire, en el que quedan recogidos las preocupaciones y tendencias narrativas de algunos de los escritores más destacados del panorama literario en español.

Me reúno con Miguel Ángel en la cafetería La Central de Callao (Madrid), que en apenas cuatro años se ha convertido en uno de esos lugares de encuentro donde los amantes de las letras se relevan constantemente para hablar de libros. Lo acompaña Juan Casamayor, el emblemático editor de Páginas de Espuma, que hace diez años supo ver en él la voz sólida y camaleónica con la que ha conquistado a los lectores de sus seis libros. Después de unas pocas palabras, Juan tiene que volver a la editorial para aprovechar el tiempo que le deja la intensa promoción de Miguel Ángel, que en las primeras semanas de vida de Entre malvados ha presentado el libro en diferentes ciudades del país. Una vez con el café por delante, empezamos nuestra entrevista:

 

Carmen Herrera: Entre malvados, tu nuevo libro de relatos, a diferencia de los anteriores, gira en torno a un mismo tema: la violencia. ¿Cómo se produjo este cambio a la hora de abordar la escritura?

Miguel Ángel Muñoz: A los pocos días del atentado del 11-M escribí dos de los cuentos que aparecen en el libro, en los que intentaba narrar lo ocurrido desde el punto de vista de las víctimas. En ese momento yo todavía no había publicado mi primer libro, El síndrome Chéjov (2006), pero conforme iba escribiendo una serie de cuentos, como Los hijos de Manson, que son pequeñas biografías en las que se intenta contar la vida de malvados de muchos tipos, vi que se iba formando un proyecto en torno a un tema unitario. Aunque este libro tampoco es completamente cerrado, en el sentido en que los cuentos no tienen estilos parecidos, aunque sí la temática.

Entonces, me fui dando cuenta de que tenía algo interesante que contar sobre las formas en que se encarna la maldad, desde perspectivas muy distintas, como el cuento policíaco o el último cuento [Donde el Borgión se esconda], que para mí fue el más laborioso porque intenté recoger en él todo lo que había contado en los anteriores cuentos.

Y cuando escribí el último, sobre el secuestro de un periodista en Siria [Intenta decir Rosebud], de alguna manera me pareció que el círculo se había cerrado. El primero lo había escrito en el 2004 y el último en el 2015, y vi que la realidad se había filtrado dentro del libro. Partes de los temas, de todo lo que ha ido pasando en este tiempo, está aquí. Me parece que ahora hay temas tan convulsos alrededor, tan apetecibles, que no quiero encerrarme en ideas abstractas o genéricas. Ahora es probablemente una época muy mala para casi todo, pero a la vez para el arte es una fascinante, porque es una época de crisis y en las épocas como esta, de convulsiones, es cuando puedes hablar de montones de temas.

C. H.: Dices que Donde el Borgión se esconda fue el cuento más laborioso y como lectora me parece un contrapunto final muy interesante: por un lado, es un homenaje evidente (desde el título mismo) a la literatura de Borges y también a la literatura tradicional mítica o legendaria. Pero, sobre todo, porque trata de un tipo de violencia cotidiana que comienza en la educación y que se basa en aspectos como la manipulación y el miedo. Cuéntame un poco más sobre adónde querías llegar con él.

M. A. M.: A mí me gustan muchísimo, en la literatura y en el cine, las historias de iniciación. Y veía este cuento en ese sentido, de crecimiento, que yo quería que fuera una distopía y que se desarrollara en un mundo extraño, muy mítico, pero a la vez muy rural y mistérico, apegado a las cosas más telúricas. Ese cuento es fundamental para entender el libro y efectivamente el tema que recorre todo el libro no es solo la maldad sino el miedo, cómo nos educan desde pequeños para que temamos; porque parece que para que seamos buenos y que todo funcione, necesitamos que nos asusten con una idea, con un ser legendario que puede existir o no. Y resulta una paradoja, porque a veces tenemos miedo de cosas que existen, pero no porque existan, sino porque de alguna manera la educación se basa en el miedo, en la tortura, en la doma.

Para mí también es muy importante hablar del tema de la Ilustración, de cómo ese proyecto de liberación a través de la cultura y el progreso que supuso para Europa y el mundo ha saltado por los aires, con la crisis que arrastramos desde la Segunda Guerra Mundial y el nazismo. Como si nos hubieran dicho que no hay vuelta atrás, que eso se ha estropeado y nadie confía en eso, más allá de la crisis económica, que se ha convertido en una excusa, para decir que ahora todo se ha derrumbado. Pero yo creo que venía derrumbándose desde hacía mucho tiempo.

Pertenezco a una generación en la que, al menos en la Transición, hubo una especie de consenso social de que necesitábamos formarnos porque veníamos de la incultura, de la dictadura. Y los niños de aquella época, que éramos muy niños, teníamos la oportunidad de ver la gran cultura, grandes entrevistas y debates en los que la gente no se peleaba, y hablaba de cosas interesantes, y eso nos dio un interés por ciertos modos de entender la cultura que ahora ha desaparecido. Ahora la política ha llegado de nuevo a la televisión pero en realidad con los modos violentos de cualquier programa de corazón.

Toda esa violencia que vamos tragando lentamente, no sabemos articularla en un proyecto general. Un nuevo proyecto de Ilustración, que yo evidentemente no tengo ni idea de por dónde va a ir la cosa, pero sí tengo la convicción de que esto ya no da más de sí , y si queremos que no pase todo lo que tememos, como que la ultraderecha se haga más fuerte en Europa… Sabemos que eso seguirá pasando a menos que rápidamente construyamos otro tipo de discurso en el que nos demos cuenta de que si queremos defender lo que tenemos, sobre todo culturalmente, tenemos que pelear por ello. Una especie de ética de la resistencia.

C. H.: Has tenido mucho tiempo para reflexionar sobre la violencia y se ve en el libro, porque tocas modos muy diferentes de entenderla: desde el punto de vista de la víctima y también del de los verdugos, todo lo que nos hace vulnerables e implacables al mismo tiempo… Pareces decirnos que todos ejercemos la violencia de alguna manera sobre los demás, ¿es así?

M. A. M.: Todos la ejercemos en algún momento o podemos ejercerla. He intentado que no fuera un libro maniqueo, en el sentido de que no se hablara de los “buenos” y de los “malos” ni de cómo vencemos a los “malos”, sino precisamente de poner a muchos personajes ante decisiones morales, ante dilemas y peleas con ellos mismos que hacen que, alternativamente, en el mismo cuento, estén en una posición y en la contraria. El cuento del Borgión, por ejemplo, en cierto modo te dice: ¿seríamos capaces de hacer pasar a nuestros hijos por este trago para domarlos hasta el punto de conseguir una sociedad feliz? Que es una sociedad orwelliana totalmente, pero en la que al fin y al cabo los conflictos desaparecerían. Y eso es un poco lo que nos han dicho, nos han vendido que ejerciendo la tortura, que saltándose los derechos humanos, que puteando al prójimo vamos a alcanzar la seguridad que necesitamos, porque si no vamos a ser presas del miedo.

C. H.: ¿Crees que es posible que desaparezca la violencia? ¿La necesitamos

M. A. M.: La violencia está implícita en el ser humano, creo que es invencible, porque es la manifestación de una pulsión, la que durante miles de años nos ha llevado a sobrevivir. Pero claro, la base del proyecto social, o cultural, era la transformación de la sociedad reprimiendo la violencia o a través de la violencia. La Ilustración al final se lleva a cabo a través de la violencia, de una violencia que puede ser más o menos legítima, pero que en algunos momentos era necesaria. Por tanto, la violencia tiene muchos frentes y es muy difícil decir que no deba existir. Hay quien dice, como Steven Pinker, que la violencia en todo el mundo ha disminuido. Es una de esas afirmaciones que suena extraña porque encendemos la televisión y lo que vemos es un continuo culto a la muerte.

C. H.: Pero la violencia también está muy presente en la literatura…

M. A. M.: Es verdad que la maldad es un tema clásico en la literatura y en el arte; pero me parece necesario entender que la literatura ha sido siempre la que ha sostenido esa condición transgresora, precisamente para meternos en las oscuridades que no teníamos por qué tener en nuestra vida cotidiana. La literatura que yo defiendo es la literatura que incomoda, que te lleva a hacerte preguntas, que no es complaciente. Por fortuna, hay muchas cosas complacientes que tenemos alrededor y yo creo que la literatura debe ir por otro camino.

C. H.: ¿Crees que ese es el papel que debe ocupar la literatura?

M. A. M.: Creo que ese es su futuro, si quiere sobrevivir de alguna manera. Porque como puro entretenimiento un poco banal, la gente se cansa. Lo estamos viendo. Sin embargo, en la realidad estamos llenos de violencia por todos lados. Vivimos una adoración casi satánica hacia la muerte que nos va saliendo a través de la televisión, a través de montones de sitios, y realmente tenemos una percepción de la sociedad que probablemente no es la sociedad real.

C. H.: ¿Y cómo ves esa sociedad de ahora?

M. A. M.: Hay cosas violentísimas que están sucediendo ahora y pensamos que jamás habían sucedido, pero han ocurrido desde siempre. En la época medieval se era salvaje, y en el siglo XIX se era salvaje, y ahora se sigue siendo salvaje. No creo que haya que reprimir ese tipo de información, no quiero que se me entienda mal; lo que pasa es que yo sí creo que deberíamos empezar a rechazar los discursos que nos están vendiendo e intentar buscar aquellos que nos hablan de la gente que está aportando cosas verdaderamente importantes: nuevas ideas, nuevas formas de convivencia, nuevas ideas culturales. Hay gente que está llena de talento. Aquí en España mismo hay montones de gente que hace cosas interesantísimas, en todos los terrenos: en el literario, en el cinematográfico, en la ciencia, en la investigación, en los ensayos… y no les hacemos ningún caso, no dejamos que sus discursos nos lleguen. Eso para mí es algo fundamental, pero soy muy escéptico de que se pueda lograr. Pero ¿qué pasaría si pudiéramos ver telediarios en los que la mitad del tiempo se dedicara a todas esas noticias horrorosas y la otra mitad nos hablara de todas esas cosas que podemos empezar a hacer para intentar encontrar formas de salir de este atolladero. Ya sé que es un pensamiento ingenuo…

C. H.: Digamos que es un discurso que nos acaba atrapando, ¿no?

M. A. M.: Es que esos estímulos nos forman un discurso que se nos queda en el interior y que probablemente es un discurso falso, narrativo. A fuerza de verlo así, a fuerza de decirte que la realidad está ocurriendo de esta manera, acabas por creértelo y acabas cayendo en la creencia de que eso que no es más que una ficción, es la realidad. Y sin embargo yo creo que hay que volver a meter la ficción, digamos, en la caja de Pandora, ¿no? Meterla en su lugar. E intentar que esa violencia quede analizada y comentada.

C. H.: En Entre malvados también aparece en ocasiones el tema de la verdad. ¿Hasta qué punto la verdad nos importa?

M. A. M.: Tenemos necesidad de verdades y el problema es que creemos que las verdades tienen que ser absolutas. Pero las verdades tienen que estar siempre sometidas a la crítica y al cuestionamiento. Y esa es precisamente la parte del discurso que nos queda por hacer. Una sociedad que está quitando la filosofía de las aulas difícilmente va a cuestionar las verdades que nos están vendiendo como tales, es decir, evidentemente el ser humano aspira a la verdad, a una seguridad vital, a un entendimiento del mundo. Aristóteles precisamente decía que la verdad era el bien. Y al bien se llegaba a través del entendimiento. Y el entendimiento lo daba la prudencia, la sabiduría, las artes… Cuando cuestionas la realidad, no estás cuestionando lo que ocurre en la realidad, sino los discursos que te dicen. Y todos los grandes escritores han intentado hacer eso, con mayor o menor fortuna.

C. H.: Ya que hablamos de escritores, vamos a centrarnos un poco en tu labor narrativa. Tú has defendido siempre que cada género, tanto el relato corto como la novela, tiene un espacio propio. Pero en la actualidad la novela se está fragmentando y, en cambio, libros de relatos como Entre malvados, parece que contienen el universo propio que antes caracterizaba a la novela. ¿Hacia dónde crees que deriva cada género en la actualidad?

M. A. M.: Creo que los géneros se están fundiendo, no solo la novela y el cuento, sino el ensayo con la novela, la autoficción, que no deja de ser una mezcla de reflexiones literarias y autobiografía, en cierto modo, con las claves de la ficción. Cuando saqué mi última novela [La canción de Brenda Lee] mucha gente me dijo: “Se te nota que te gusta el cuento, porque son novelas muy de cuento”. Nadie duda de que Vila-Matas sea un novelista, ni que Foster-Wallace, o Bolaño o Sebald lo sean. Muchas de las novelas que se están haciendo son como colecciones de cuento. Sin ir más lejos, Georges Perec hacía colecciones de cuentos, no solo en La vida: instrucciones de uso. Sin embargo nosotros nos empeñamos en que son novelas porque tienen aspecto de novela.

Estos cuentos de Entre malvados tienen algo de la arquitectura de la novela, porque me parecía que estaba bien que hubiera algo que fuera completamente unitario, pero a la vez yo estaba muy interesado en que no dejaran de ser cuentos, que cada uno tuviera el planteamiento y el rigor de un cuento. Los relatos dentro del libro están organizados de una forma muy de novela, es decir, que es mejor leerlos del principio al final porque están ahí por unos determinados motivos, sobre todo el primero y el último. Y me parece que la arquitectura del libro de cuentos es lo que le da sentido. Aunque el libro de relatos no tiene por qué tener una lógica interna.

C. H.: Hablando de los aspectos novelísticos de Entre malvados, tus personajes también tienen una gran profundidad psicológica, pese a la brevedad de los textos. ¿Cómo te planteas la voz de cada personaje cuando estás pensando en la historia?

M. A. M.: Me alegra que pienses eso porque para mí es algo fundamental. Yo creo que una de las formas de ponernos en el lugar del otro es intentando ver cómo piensa. Y yo creo que en la literatura es fantástico poder meterte en la voz de un personaje y que vaya desenredando la madeja de sus pensamientos con la aspiración de llegar a entender al personaje. Entonces, si has conseguido que te pongas en su lugar, es cuando te planteas las cosas y empiezas a pensar: “¿Qué habría yo hecho, por ejemplo, en el cuento del policía?”. Porque yo creo que los juicios morales tienen que quedar fuera del papel del escritor, por lo menos en este tipo de cuentos. A mí me aburren muchísimo esos cuentos en los que el lector está de figura pasiva.

C. H.: Además, los relatos son muy diferentes unos de otros. ¿Lo haces conscientemente o el cambio te lo va pidiendo cada historia?

M. A. M.: Me lo va pidiendo cada historia. Cuando se me ocurre una idea para un cuento, lo que me gusta es pensar: “¿Esto por dónde va?”. Pero nunca me ha sorprendido si de un cuento que yo pensaba que iba a tener ocho páginas al final me salían treinta.

C. H.: Por último, aunque siempre hablamos de los libros que buscan los lectores, como escritor, ¿qué esperas de tus lectores?

M. A. M.: Yo espero que intenten descubrir el discurso que contienen. En un libro de cuentos, si no eres un amante del género, es muy fácil abrirlo en la librería, echar un vistazo y pensar que ese cuento significa todo lo que hay en el libro.


Miguel Ángel Muñoz

(Almería, 1970). Ha publicado en Páginas de Espuma los libros de relatos El síndrome Chéjov (2006), Quédate donde estás (2009) y Entre malvados (2016), y el libro de entrevistas La familia del aire (2011), en el que reunió una treintena de entrevistas que habían ido apareciendo en su blog, a los principales escritores de relatos del panorama español. Sus dos novelas son La canción de Brenda Lee (2012), que recibió el Premio Sintagma y el Premio de los Libreros de Almería y El corazón de los caballos (2009).

Entre malvados

Entre malvados
Autor: Miguel Ángel Muñoz
Editorial: Páginas de Espuma
Páginas: 152
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Sobre el autor

Carmen Herrera

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