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Fallece Philip Roth, maestro de las letras estadounidenses.

Aunque el autor estaba retirado de su labor como escritor desde que en el año 2012 decidiera abandonar la escritura, Philip Roth no dejaba de ser el eterno candidato al Nobel de Literatura. Una candidatura que se acabó este martes por la noche, cuando una insuficiencia cardiaca se llevó al autor de El lamento de Portnoya sus 85 años, tal y como ayer confirmaba su agente, Andrew Wylie.

Galardonado con algunos de los más grandes premios del panorama, dosNational Book Award, dosNational Book Critics, tres Faulkner/Pen, el Pulitzer, el Man Booker o el Príncipe de Asturias de las Letras, el autor de Nueva Jersey era uno de los últimos grandes gigantes de las letras americanas del pasado siglo, que engrosaba esa lista de nombres muldialmente reconocidos en la que también se podía contar a Norman Mailer (1923-2007), Saul Bellow (1915-2005), Updike (1932-2009) o Bernard Malamud (1914-1986).

Philip Roth nos deja con nada menos que 31 obras en su haber entre novelas, ensayos y colecciones de cuentos. Pero aunque multifacético será la de novelista su vertiente más reconocida y recordada, ya que estamos hablando de uno de esos novelistas de raza, capaces de llenar páginas con facilidad y enorme solvencia: escritor de aliento y pulso largo, de luminosa introspección y de profundas ideas e ideales, que definía su literatura como la tensión entre el hambre de libertad personal y las fuerzas de inhibición.

Una carrera de 31 obras entre las que se podrían destacar muchas novelas desde que El lamento de Portnoy le lanzara a la fama allá por 1969. Anteriores a ésta y aunque menos exitosas cabría destacar Cuando ella era buena, donde relata la tormentosa relación entre dos jóvenes que se casan prematuramente; y de modo posterior uno tiene que nombrar inevitablemente su Trilogía americana -formada por Pastoral americanaMe casé con un comunista y La mancha humana– La visita al maestro, donde aparecería por primera vez el alter ego del autor y personaje principal Nathan Zuckerman, que fuera después central en tantas de sus otras obras.

Sus grandes obsesiones (y que resultaron constantes en su obra) eran también y en cierta medida compartidas por su generación de escritores, una generación que triunfó en una época en la que ventas y literatura no eran una contradicción.Temas como la familia judeo-americana (aunque él siempre rechazase el epíteto de escritor judío), la doble moral sobre el sexo, los ideales americanos o la apariencia de los ideales americanos, así como el fanatismo político y sus peligros, vertebraron un listado de títulos que es casi una obra viva, trazada de referencias entre sí, un tejido de novelas que pudieran casi ser una sola gran obra, quizás la gran novela americana esa., que tanto se busca, que tan poco se encuentra.

Cuando en el año 2012 Roth desveló en una entrevista al New York Times que había sacado lo mejor de su trabajo y que todo lo siguiente sería inferior, que ya no poseía la vitalidad mental, ni la energía verbal o la forma física necesaria para construir y mantener un largo ataque creativo, cuando desveló, en pocas palabras que abandonaba su labor dentro de la escritura, el autor también añadió que su pasión por contar se había visto doblegada por su pasión por leer (sobre todo obras de historia). Hoy el autor se convierte así en historia, una que será recordada por mucho tiempo, que aparecerá en los libros de texto, y que le traerá cierta inmortalidad en esos 31 libros que nos deja. Todo un legado.


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Redacción de Ámbito Cultural

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