Columnas

Gallardos y galardones

La pasada semana le soltaron uno de esos galardones a Eduardo Mendoza. El premio se trataba (y trata) del Franz Kafka, uno de esos que tienen cierto nombre allá por las estepas. Eduardo Mendoza lo aceptó, dio sus gracias y dijo que viajaría a la recepción y entrega del asunto, pero algunas voces hicieron notar que el escritor de las aceitunas y los laberintos debió denegar estatuilla y dineros por pura coherencia y debido a unas palabras antiguas en las que el autor señalaba que Kafka era un mal escritor porque se le había ocurrido comenzar una novela como se acaba. A saber: A Joseph K. lo condenaron y no sabía por qué

Yo tampoco sé muy bien por qué esto es un final y no un principio.

En cualquier caso hubieran sido esas razones válidas para mandar al carajo el galardón (si así se le hubiera puesto en los mismísimos al de Savolta), porque rechazar galardones está a la orden del día y viste mucho más que un traje de confección. Por lo general existen muchas razones para rechazar un premio y la más habitual es esa del rechazo a modo de protesta. En los últimos tiempos y en tierras cercanas hemos tenido varios casos, como el de Savall (enfadado desde el mismísimo Barroco y por los siglos de los siglos con la situación del Barroco mismo pero en la España moderna), o el de la fotógrafa Colita, que no quería pasar a la posteridad en una foto con el señor Wert de mochila y que decía no saber ni dónde estaba ni qué demonios era eso del Ministerio (que no misterio) de Cultura. Los hay que rechazan al Estado y los hay a los que el Estado les hace rechazar, como fue en su día el caso de Domark, al que la Gestapo le secuestró a la vieja enferma hasta que le dijera que no al Nobel de Medicina, o de Pasternak, al que la Rusia de entonces le dijo que de los suizos ni hablar y que con pinzas. Por haberlos los hay que rechazan por asuntos de la edad, como dijo Guardiola sobre el Príncipe de Asturias, alegando que a día de hoy la cosa no tenía demasiado sentido y que se lo guardaran para cuando tuviera sesenta palos, aunque sospechamos que lo del Príncipe de Asturias tampoco le alegraba demasiado la sardana. Las razones (más cercanas) del rechazo de Javier Marías al Nacional de Literatura fueron más éticas que políticas (otra de las modalidades de este deporte del rechazo). Marías rechazó el galardón porque no acepta cosas de estas brillantes que tengan carácter oficial o institucional otorgadas por Estado alguno, sea este del corte y la confección que sea. Brando (Marlon) mandó a una Siux a denegar el Oscar para denunciar la discriminación que sufrían los nativos americanos en el cine (aunque la historia dice que lo normal era pintar de rojo la jeta a los blancos y ponerles una lanza en la mano) y luego están los Grammy, esos premios musicales que no los quiere nadie ni en pintura y que se rechazan bajo la modalidad de “esto hace más daño de lo que ayuda” o “mata, que no engorda”.

Sartre le lazó al Nobel un guantazo porque a él no le iba eso de los clubes selectos y no quería que lo institucionalizaran. Vamos, porque no quería firmar “Juan Pablo Sartre, Premio Nobel” y a él le gustaba más eso de Juan Pablo a secas, que es como le llamaban las señoronas en las cafeterías. Un americano cuyo nombre no recordamos, le señaló entonces que alguien que rechaza dinero no es un hombre de verdad y, al final y con el tiempo, el propio Sartre cayó en la contradicción analizando que el mundo del dinero y sus relaciones era (es) siempre falso: Rechazo 26 millones y me lo reprochan, pero al mismo tiempo me explican que mis libros se venderán más porque la gente va a decirse: “¿Quién es este atropellado que escupe sobre semejante suma?”. Mi gesto va pues a reportarme dinero. Es absurdo pero no puedo hacer nada. La paradoja es que rechazando el premio no he hecho nada. Aceptándolo hubiera hecho algo”.

Y es que de dinero va la cosa cuando se habla de galardones y una de las dudas pertinaces cuando uno escucha que alguien rechaza un premio es aquella que nos hacemos los pobres de bolsillo: ¿a dónde demonios va la pasta?

Según parece, el dinero de las sociedades privadas rechazadas es reinvertido, aunque no se detalla muy bien en qué (no se lo detallaron al menos a Domark que pidió su Nobel treinta años más tarde, con la Gestapo de vacaciones, y sólo pudo llevarse la medalla). Sin embargo, las sumas de los Premios Nacionales (que han sido los más rechazados por estos lares en los últimos tiempos), salen de las arcas del Tesoro y a las arcas del Tesoro regresan cuando son despreciados. El problema radica en que el Ministerio de Cultura sólo ve el pelo de esas cuantías cuando las entrega al galardonado, por lo que es muy probable que al rechazar un premio el dinero acabe usándose para hormigonar algún parque o insertado en la magnifica cuenta de partidas de alguna estructura del ladrillo, que en España es también cultura, pero de la teja y el adoquín.

Es, sin embargo, esta del rechazo a galardones una costumbre más al uso en tiempos de crisis que en época de paz. No existe en ello contradicción ya que no se rechaza dinero cuando más lo necesita uno, sino cuando más lo necesitan los demás. Y es que aquellos sobre los que caen los galardones no parecen tener muchos problemas de liquidez (salvo Perelman, que tiro atrás la Medalla Fields porque estaba “decepcionado con los números”, aunque luego pareció descubrirse que el hombre no tenía dinero ni para el viaje en tren a la entrega del colgajo), y en toda medida se hacen necesarias las elevadas palabras que utilizó Mauriac sobre el Nobel de Sartre: “Yo hubiera utilizado el dinero para arreglar el baño y la verja de mi jardín”. Porque donde el sumidero no traga y la verja se cae a trozos se hace tanto más difícil sostener una moral, alguna ética, y ser coherente con posiciones ideológicas. Por todo ello me alegro del de Savolta y espero que use la cuantía del Kafka (10.000 dólares) en algo tan cultural como comprarse un sofá orejero de flores y muelles relumbrones. Quizá sentadito en él, Mendoza pueda leer a Kafka con algo más de acierto y tranquilidad. Y es que a esto de los premios les pasa un poco como al amor, que sólo se pueden permitir rechazar aquellos a los que les meten el morro con demasiada asiduidad. Y de vez en cuando (aunque seas la rubia del barrio) conviene saber que no todos los besos están envenenados.


Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por “Electrónica para Clara” (2010) y autor de “Leonardo” (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. “El cielo que nos tienes prometido” es su tercera novela.

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