Críticas

“Invasiones”, de Ismael Martínez Biurrun.

Ismael Martínez Biurrun acojona. Acojona incluso cuando simula no hacerlo. Podemos decirlo sin paliativos ni ambages porque las invasiones que propone tampoco tienen vergüenza, y las únicas fronteras que tienen son espaciales. Martínez Biurrun es tan literario como cinematográfico, tan perverso como inteligente. Se ve la mano de King, pero también una mirada más cercana a lo grotesco, a esa oreja llena de hormigas de Terciopelo azul de Lynch o los salpicaderos salpicados de semen de Ballard en Crash, por citar dos referencias que comparten núcleo e intenciones. Y lo consigue con una maniobra que parece fácil y antigua y que él renueva y engorda: someter al ser humano a una amenaza exterior (por pura decencia nos guardaremos los detalles de cada una de ellas) para que emerja lo peor de él. Lo que está escondido. Lo que se guarda bajo llave. Y lo hace estirando casi al infinito la capacidad acumulativa que tiene el horror, capa sobre capa, hasta llevar cada una de las historias a la locura, al paroxismo, a ese punto donde los personajes no pueden creer lo que están viendo ―tampoco el lector. A esa zona que incluso al autor de It y El Resplandor, en ocasiones, le da apuro pisar.

Los personajes están, como indica el título, invadidos, y cada relato encara la invasión de una forma diferente, aunque en todos subyace el esquema de la pareja que colapsa. Todo viene de fuera, pero se desarrolla dentro, en lo que Martínez Biurrun mejor maneja: el espacio. Sea un piso de lujo en Madrid o una urbanización a las afueras, el espacio es un personaje más que separa, que incomunica, que derrota. Que corta los puntos de vista para aumentar, si cabe, la intensidad del horror. Ejemplo, y que Ismael me perdone si revelo mucho: el adolescente de Coronación, que vive recluido en su habitación y que se relaciona con el mundo (también con la catástrofe que está ocurriendo fuera) a través de las redes sociales. Porque en las casas y sus habitaciones, en esos lugares privados (y eso lo saben bien los habitantes de la urbanización Arenal Nord de El color de la tierra, el segundo relato), podemos quitarnos la máscara que vestimos a lo largo del día, dar rienda suelta al buen salvaje que mencionaba Rousseau ―nuestras víctimas, como es sabido, somos nosotros mismos.

La mente, en las historias de Martínez Biurrun, es lo primero en caer (pensad, insensatos, en el cerebro consumido del protagonista de Nebulosa, y temblad), y arrastra al cuerpo, que termina exhausto, demolido, enfrentado a los demás cuerpos, que reflejan su estado ruinoso. Porque la mente es la que debe hacer frente a la enormidad de la invasión (que siempre supera la capacidad de comprensión del ser humano, en eso radica su fuerza) y, gracias al cuerpo, a sus rasguños y cardenales, podemos ver que los intentos de entender qué coño está pasando han fallado. No hay escapatoria para los personajes porque, tanto por dentro como por fuera, están encerrados.

Las invasiones que propone Ismael Martínez Biurrun son pura naturaleza desatada, libre. El ser humano, como respuesta ante ellas, se encierra en su pequeño mundo, entre sus paredes, en la corteza de su mente. La única salida es la expiación, que en estos textos nunca es pacífica.

Y las situaciones devienen aquí grand guinol, un teatro macabro sin marcas en el suelo, sin referencias para los actores: solo la dirección que les marca su propio terror. Nadie sabe qué hacer, y lo único que queda es responder a la ruptura. El autor pamplonica, a base de esquemas clásicos, acumula el horror en espirales y, a pesar de todo, funciona en las coordenadas del realismo ―si exceptuamos el germen de las historias, la invasión que tiene lugar en cada uno de los textos. La prosa crea su propio engranaje para alumbrar escenas de pesadilla que son, en realidad, la clave de los relatos (parece, incluso, que los cuentos hayan surgido a partir de ellas y no al revés) y que en manos de un autor menos comprometido con su material podrían haber derivado hacia el esperpento o, directamente, hacia malabarismos vacíos de significado. Para quien quiera saber cómo se hace.

La metáfora de qué significa leer estas Invasiones la encontramos en el protagonista del mencionado El color de la tierra, el encargado de mantenimiento de una exclusiva urbanización: avanzamos por las calles casi en penumbra, con artilugios (linternas, llaves inglesas, un taladro) que en situaciones normales sirven para arreglarlo todo, pero que demuestran su inutilidad una vez aparece el primer horror. Los conocimientos de cómo funcionan las cosas se olvidan o quedan relegados a favor del pulso atávico de la supervivencia. No podemos fiarnos de la naturaleza porque es la que trae el desastre. Pero, sobre todo, no podemos fiarnos de nuestra reacción ante lo que, en principio, son fuerzas que nada tienen que ver con nosotros ―¿o sí?

Preparaos todos, seres asustadizos y ahora endémicos, para la invasión.


Invasiones

Invasiones
Autor: Ismael Martínez Biurrun
Editorial: Valdemar
Páginas: 384
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Sobre el autor

Mikel Rey Fernández

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