Entrevistas

“Inventario de invertebrados”

Entrevista a Sergio C. Fanjul

Quedo con mi querido Txe Peligro (ahora Ché Peligro, aunque también conocido como Sergio C. Fanjul) en las instalaciones de Hotel Kafka para hablar de su último libro, Inventario de invertebrados (Premio “Pablo García Baena” de Poesía), un libro que bebe de muy diversas fuentes con naturalidad e intuición y en el que se cruzan la ironía, la reflexión y, sobre todo, los monstruos y los fantasmas de la reflexión. Aves oscuras, aviones ardiendo, sabios orientales, gatos muertos, hormigas o dragones pueblan unos poemas que, sin embargo, acontecen en la ciudad y en las habitaciones donde los ciudadanos alimentan sus pequeñas existencias. Una poesía que va de la anécdota a la lírica sin resultar hermética, mojándose las faldas en los momentos justos. En realidad una coartada genial para comer con Txe Peligro y tomar unas cervezas. Todo lo que sigue es su excusa.

Guillermo Aguirre: Sergio C. Fanjul, periodista, poeta y amigo (porque no vamos a engañar a nadie a estas alturas). Cuando te conocí, y de eso hace ya un siglo, generalmente escribías cosas que tenían más el aroma de tu otro libro Genio del extrarradio, microrrelatos o relatos breves, pero no poesía, ¿cómo sobrevino el cambio?

Sergio C. Fanjul: Bueno, nunca pensé en ser poeta, me vino dado (risas). Yo escribía en mi blog mis cosas, un blog que ya está de capa caída porque ese mundo ya no se frecuenta y la verdad es que muchos poemas del primer libro (Otros demonios) salieron de posts del blog ya que convertía pequeños textos del blog en poemas dándole al enter, ya sabes.

G.A.: Así que tu querencia hacia lo breve fue cada vez yendo hacia lo más breve.

S.C.F.: Sí, porque yo no soy capaz de escribir nada largo, alguna vez lo intenté y me falta disciplina y coraje. Entonces presenté una colección de poemas rescatada in extremis del blog tras ver que existía el premio Asturias de Poesía Joven y lo llevé allí, a la consejería de Asturias, y ganó… Así que dije: “Bueno… pues soy poeta”. Pero no era mi intención, fue sin querer (risas).

G.A.: Has dicho que no te atreves a escribir cosas largas porque no tienes la disciplina adecuada… ¿De algún modo estás diciendo que la escritura de poesía tiene menos disciplina que la novela?

S.C.F.: Yo creo que eso es evidente. Estando en el Cosmopoética, en una charla en la que hablaba Almudena Grandes, decía: “Es que lo de Luis es la hostia, porque yo tengo que estar en casa escribiendo con mucha disciplina y él va juntando cosas en una libreta…”. Yo sí que creo que la poesía es como el rayo, se te ocurre algo chispeante que luego tienes que desarrollar o corregir, pero no es la disciplina del escritor, que se sienta unas horas al día conscientemente. Quizá se trate de otro tipo de disciplina.

G.A.: Y ese desarrollo, esa corrección ¿son más largas que el propio rayo?

S.C.F.: En mi caso lo que hago es mirar los poemas una vez y otra, y nunca estoy más de un cuarto de hora revisándolos. Vas mirando, cambiando, se te ocurre algo por la calle… A mí se me ocurren muchas cosas por la calle.

G.A.: Eso le pasaba a Claudio Rodríguez o quizá a Octavio Paz (no recuerdo bien ahora), que venía a decir que el ritmo del paseante era el ritmo lógico de la poesía y que a él no se le ocurriría escribir poesía en casa.

S.C.F.: Yo, de hecho, no creo que nadie se siente y se diga: “Oye, voy a escribir poesía durante tres horas”. Eso llega y si estás lúcido, lo apuntas, y si estas borracho, no.

G.A.: Y, pese a todo, al final tus libros tienen cierta coherencia unitaria: el primero, Otros demonios, que ganó el premio Joven de Asturias, era más lírico, más trágico, más dañado, posiblemente porque tú eras más joven. El segundo, La Crisis. Econopoemas, era mucho más chistoso, con mayor conciencia social y acidez, y este último que junta aspectos de los dos: una poesía más reflexiva aunque también con cierres irónicos, que trabaja en lo social pero más desde lo particular y menos desde lo general. ¿Como, si los poemas surgen así esporádicamente del rayo o del trueno, los articulas después en un libro con coherencia?

S.C.F.: Es verdad lo que dices. Aunque no fuera buscado, el primer libro era muy de postadolescente y los tres son un poco como lo de Hegel: la tesis, antítesis y la síntesis que junta las anteriores y las supera. Por ello este último libro sí que tiene algo de mezcla. El primero era así muy ansioso, de tragedia. El segundo, todo lo contrario, porque la gente me decía “deja de escribir de ti mismo”, y qué mejor oportunidad que la crisis, aunque parezca oportunista. Cuando llegó la crisis todo el mundo comenzó a escribir de ella. Yo mismo en el periodismo, cuando comencé: aunque hicieras cultura o ciencia, escribías de la crisis; si era de ciencia, de los recortes, si era de literatura, de lo mal que iba el negocio. Así que con la crisis parecía natural escribir sobre ella. También la evolución de los libros es un correlato de la historia de España en cierto modo. Con mi primer libro vivíamos en el boom y era todo, incluso la música indie, muy intimista, muy metida en uno mismo. Después, cuando llegó la crisis, todo el mundo se pasó a lo social. Y este tercer libro quizá sea la síntesis de esos dos aspectos porque también parece que andamos en un momento en el que no sé si la crisis se va a acabar, pero al menos estamos más acostumbrados a ella. Nos hemos dado cuenta de que tampoco podemos estar llorando y quejándonos todo el rato, por salud mental, aunque sea.

G.A.: Entiendo entonces que no tenemos en este libro ningún poema anterior a cierta época tuya: no hay aquí ningún poema de la época del Premio Joven de Asturias, por lo que hay algo que tiene que ver con tu relación con el mundo dentro de un espacio determinado de años, cuatro o cinco. Igual que con la edad nos hacemos más cínicos, supongo que también con la edad aprendemos a reflexionar sobre ese cinismo, que es algo que tiene este libro, un mantenerse en esa línea fronteriza entre en cínico devastador y aquel que aprende. Del libro, al leerlo, me gustaría que reflexionaras sobre ese constante de personas metidas en casas, despertándose en su cuarto, en la cama, y esa idea repetida de conceptos metidos en otros conceptos, la estatua llena de pájaros, etcétera.

S.C.F.: De ese tema de conceptos dentro de conceptos o cosas dentro de cosas creo que se dio cuenta Mercedes Cebrián (que era jurado del premio): esto dentro de aquello dentro de lo otro…

G.A.: Sí, yo estoy dentro de la cama y dentro de mi hay un cerebro y dentro del cerebro un laberinto blando…

S.C.F.: No sé, lo de estar dentro de casa supongo que es porque trabajo en casa (risas) y entonces estoy siempre ahí dentro y además de un modo curioso, ya que el freelancer de periodismo está en casa hablando de lo que ocurre fuera. Quizá eso se dé en estos poemas: estar como desde tu cueva emitiendo.

G.A.: La mayoría se desarrollan dentro de casas pero todas ellas están en una ciudad. Existe aquí una clara vinculación a la urbe que contrasta con la aparición del mundo animal o vegetal, esa constante de animales invertebrados que a veces son demonios, a veces pensamientos. También se da una clara vinculación con la ciencia, que estudiaste. ¿Cómo asimilas ambos campos, el poético y el científico?

S.C.F.: De manera natural. Yo estudié Astrofísica, como sabes, y cuando estudiaba Física me decían que más que aprender el corpus teórico de la física aquello servía para ver el mundo de una manera específica, volverte la cabeza como un físico. Por eso muchos físicos tienen otros trabajos después. La ciencia es una cosa muy poética aunque no se tenga en cuenta, porque las teorías científicas siempre están ilustradas por modelos y metáforas, “imagina que”… O el típico chiste de que cuando un físico hace un problema con un pollo lo primero que tiene que hacer es suponer que el pollo es esférico. Yo además soy un fiel defensor de que se conozca la ciencia y la cultura científica porque es importante para todas las facetas de la vida.

G.A.: Y esa relación entre lo poético y lo científico, la literatura y la ciencia, ¿deberían mirarse más a menudo la una a la otra y dejar quietos sus ombligos? ¿Eliminarse las barreras psicológicas?

S.C.F.: Sí, claro. Hay quien dice por ahí que la ciencia también es cultura. Yo, por ejemplo, soy un periodista cultural pero escribo también sobre ciencia. Y tampoco me gusta cuando la literatura se vuelve demasiado científica. Hay poetas, por ejemplo, que utilizan mucho la ciencia y me parece que en algunas ocasiones resulta demasiado forzado: a mí me gusta que sea más natural, que se entrevere con otras cuestiones, que esté pero en su medida apropiada.

G.A.: Y es cierto que en Inventario de invertebrados se entrevera, aparece y desaparece como algo más, pero no como algo central. Decía antes que en todos lo poemas había cierto aire urbano pero sin embargo existe también un paisaje, aunque la vegetación siempre aparezca aquí como algo que ocurre en la cabeza del sujeto poético, como un elemento soñado más que real o cierto. Ocurre tanto con las apariciones de los animales como con la naturaleza, como si los señalaras como objetos imposibles en el presente. ¿No queda Machado ni Castilla en el siglo XXI?

S.C.F.: Lo cierto es que es curioso cómo la poesía echa mano de la naturaleza cuando en realidad apenas la vemos… Vemos los árboles en la calle pero no la naturaleza en sí, o no al menos aquellos que vivimos en la ciudad. Todos sabemos lo que es un pollo pero yo habré visto cinco pollos vivos en mi vida y habré visto miles de pollos en el supermercado en bandejas de plástico. Entonces la naturaleza es ya como una idea platónica… Es curioso porque cuando te enseñan los animales te enseñan el león y el elefante, que son animales vivos pero además animales de otras latitudes. Así que desde niño existe una iconografía muy fuerte de la naturaleza que luego jamás conoceremos realmente. Y respecto a la ciudad a mí me gusta mucho porque soy un urbanita convencido, no como a ti que te gusta el campo, pero pese a eso (y aunque me guste leerla), tampoco me gusta hacer una poesía completamente urbana, hablando todo el rato del bar y ese rollo canalla. Me gusta que los poemas tengan un poco más de vuelo.

G.A.: Esa es otra de las cualidades de Inventario. Porque sí que es cierto que tienes cierta inercia a la poesía de la experiencia (que la tienes), no dejas que esta domine el centro del poema, es como una poesía de la experiencia soñada.

S.C.F.: Me gustan mucho los poemas de Bukowski o de Carver pero no quisiera quedarme ahí. Por ejemplo, me gusta mucho el ritmo poético de Claudio Rodríguez, su aliento, pero sin embargo sus poemas me resultan muy campestres. Me gusta mucho Luis Rosales, que es rabiosamente moderno, pero muy urbanita y al tiempo muy poético.

G.A.: En este libro existe cierto retorno a la prosa. Tienes aquí varios poemas en prosa que trabajan el aliento más a través de las comas que de los versos o sus encabalgamientos, es algo que no pasaba en Otros demonios o en losEconopoemas.

S.C.F.: No es totalmente consciente… Muchos poemas de otros libros nacieron primero en prosa. Siempre me nacen poemas en prosa. Yo tengo un oído bastante bueno para el ritmo y entonces a veces los dejo en prosa o en verso. Recuerdo que cuando estaba en el cole un profesor nos leyó unos poemas y nos preguntó cuáles estaban en prosa y cuáles en verso, y no creas que acertamos. Supongo que al final es una cuestión estética.

G.A.: Supongo que el verso es un parón más agresivo que el de una coma.

S.C.F.: A mí me cuesta mucho escribir en verso directamente por el flujo mental, ya que cuando cambio de verso o de renglón se me recorta la idea.

G.A.: Entonces ¿consideras que el verso está anticuado a la lógica de los tiempos? Un tiempo, una época más veloz, más atiborrante como Internet, una época más llena de datos.

S.C.F.: Puede ser, pero creo que es personal, en este caso. Yo suelo escribir en prosa y después le doy al enter, como si hiciera chorizos (risas). Lo hablábamos antes cuando hablábamos de los poemas tan prosaicos de Bukowski o de Carver, esos poemas podrían ser en prosa perfectamente: tú mismo me lo has dicho alguna vez, que aquello de que cambiar de verso creaba algún tipo de incertidumbre.

G.A.: O de recuerdo dentro del poema. El verso sirve para generar un tipo de recuerdo interno, tanto rítmico como visual. Supongo que es un modo de ordenar, también.

S.C.F.: Aquí hay poemas que he escrito en verso directamente y se nota. Los poemas más herméticos los he escrito directamente en verso. Pero los más legibles están en prosa, algo que a mí me gusta: escribir y que se entienda. Muchas veces los poetas tenemos la tentación de usar adjetivos raros o de oscurecer la escritura. No sé si era Claudio Rodríguez (otra vez) quién decía que en todos los poemas tenía que haber un verso que no se entendiera. Que no lo entendiera ni el poeta. Me parece guay por lo que pueda descubrirle al lector, para que saque sus propias conclusiones. Un equilibrio entre lo currao y lo muy prosaico.

G.A.: En este Inventario encontramos también una intención de desvirtuar la lírica a través de una ironía final. Por ejemplo aquí, en Apología del sol… ¿Es esa una posición moral?

S.C.F.: Puede ser. De hecho hay un poema, el último, del que Carlos Pardo me dijo que había veces que parecía que me daba vergüenza a mí mismo porque me ponía muy lírico y luego con una última ironía lo negaba. Me dijo que tendría que quitar el último verso y mantenerme en mi posición, firme en mis convicciones y no disculparme al final.

G.A.: Yo prefiero la ironía final, ya que conociéndote me parece acorde contigo.

S.C.F.: Igual por eso no la quité (risas). Sí, esa ironía me gusta pero también es verdad que te sale algo como muy lírico, como muy cursi, y entonces dices “Joder, qué vergüenza, pues voy a hacer un chiste al final”. Aunque si salió así hay que asumirlo y dar la cara. Otra cosa que pensé el otro día es que los poetas siempre quitan de sus libros los poemas que no les gustan a ellos, pero como la poesía se hace con el lector, se me ocurrió que deberíamos publicar libros con los poemas descartados. Eso sería más democrático porque del otro modo es un asunto ególatra: en plan “Pongo solo los que me gustan a mí”. Pero… ¿y si dejas solo los que no te gustan pero que le pueden gustar al lector? Siempre pasa, cuando escribes algo, que a veces no te gusta a ti pero le gusta más al resto. Es algo que podemos ver en las redes sociales al momento: tú pones allí el gran chiste y nadie te hace caso y pones una bobada y todo el mundo pincha me gusta. Yo creo que esta idea es muy novedosa…

G.A.: Pero tú no lo has hecho aquí, ¿no?

S.C.F.: No, no… en mi próximo proyecto (risas). No, aquí lo que hice con las galeradas fue quitar poemas que no me gustaban, lo normal. El libro tenía como dos poemas más, uno era muy largo y tenía cuatro páginas y no pegaba en el conjunto así que le dije a Elena Medel “Oye, este me lo quitas”. Curiosamente ella me dijo que quitara otros dos pero yo quité un tercero que ella no había dicho que quitara. También hubo gente que me dijo que había un par de ellos muy sentimentales, pero tras pensarlo llegué a la conclusión de que recuperar un poco de sentimentalidad tampoco estaba mal. A mí eso de la ironía posmoderna… O sea, en la adolescencia es el drama, en la postadolescencia, la ironía… pero es un tanto asqueroso también ser irónico todo el rato, ¿no?

G.A.: Supongo que sí, que si lo eres todo el tiempo al final acabas cayendo en tu propia trampa, vamos, acabas siendo irónico con todo menos contigo mismo. En otro orden de cosas, en los últimos poemas aparece la palabra lamer repetidas veces. ¿Qué te ocurre con esa palabra?

S.C.F.: Estaré en la fase oral de Freud (risas).

G.A.: Aparece en el del sol y en el de los pezones (cómo no) y en…

S.C.F.: …y en el poema de autoayuda. Por ejemplo, a mí ese poema no me gustaba nada, pero a la gente luego le ha gustado. ¿Y no vamos a hablar del poema que va sobre ti?

G.A.: ¿Cuál? ¿El de Los catedráticos del tedio?

S.C.F.: No, ese va sobre Isaac y sobre ti. El del porno…

G.A.: ¡Ah! El del porno y nuestra teoría del pixel… pero mejor que lo lean los interesados. El gran masturbador, se llama, ¿no? ¿En qué lugar me deja eso? A mí, personalmente, el que más me ha gustado es el de El justo medio de las cosas.

S.C.F.: A Carlos Pardo también.

G.A.: Me resulta un gran hallazgo esa idea de descubrir lo total en sus mitades, como si en las mitades residieran los absolutos y no en los absolutos mismos. Un gran acierto.

S.C.F.: Sí, ese poema va un poco también de la intoxicación… ese tema al que regreso a menudo: esta idea que dice que hemos perdido la capacidad de atención, que ya no podemos leer libros muy gordos. La idea de que si invirtiéramos la mitad del tiempo en las cosas, la vida también duraría el doble porque tendríamos el doble de tiempo.

G.A.: Para tu profesión, sin embargo, tienes que estar constantemente conectado, no puedes prescindir de, por ejemplo, la distracción de Internet. Tu profesión, además, es contraria a lo poético ¿no? Más exponer y contar que manejar formulas expresivas. ¿Cómo se ordenan esas dos facetas?

S.C.F.: Bueno, dentro del periodismo, el cultural es el que más permite lo expresivo. Yo soy más reportero de tropa, pero fíjate por ejemplo en Antonio Lucas o en Umbral. Ahí sí que entra lo literario. A Antonio Lucas le escuché una vez decir que al principio tenía muchos problemas porque él hacía un periodismo más poético y le decían “no”, pero al final se hizo un hueco haciendo eso.

G.A.: Pero tú, cuando te presentas, ¿qué dices: “Soy Sergio C., periodista” o “Sergio C., poeta” (risas)?

S.C.F.: Periodista, periodista… Pero de todo se saca algo y además la actualidad también puede ayudar a lo poético.

G.A.: Para lo “comprometido” que eres tú socialmente hablando (entre comillas que te conozco), ¿cuál crees que tiene que ser el compromiso de la poesía con respecto al mundo? Si lo tiene, vamos…

S.C.F.: Bueno, ahora hay un movimiento muy grande de poesía social…

G.A.: Y de novela…

S.C.F.: Sí, y de novela. Me parece que tiene que ser justo, pero lo que no se puede hacer es renunciar a metas estéticas o sentimentales solo por reflejar lo social. Considero que lo social debe estar como está en la vida misma, como una parte de ella, en el mismo porcentaje en el que está. Por ejemplo, cuando apareció la crisis y lo social cobró más sentido en nuestra existencia, uno debía reflejarlo, pero no creo que deba ocuparlo todo.

G.A.: Aunque algo de crítica social aún tenemos en este Inventario de invertebrados. Por aquí tenemos algún poema sobre el freelancismo y su crítica, que es una de tus obsesiones; tenemos seres alienados y hombres taladro… Tú en las redes sociales abogas por ciertos temas de interés social, pero ¿el freelancismo, los potitos y el Carrefour de Lavapiés son temas de interés social? Relación con tu poética (risas).

S.C.F.: Son cosas que crean marca. Lo del Carrefour es porque conozco a gente de la cultura y muchos viven en Lavapiés y claro, uno se los encuentra haciendo la compra. Así que tengo una serie de fotos de creadores comprando en el Carrefour con algunas preguntas sobre el barrio. Ya tengo como 30 publicados (tú entre ellos) y ahora comienza la segunda temporada… Y los potitos… ¡es que me gusta comer potitos! Pero, más que en lo poético, le saco rentabilidad en lo periodístico: de los potitos, por ejemplo, ya he escrito algún artículo.

G.A.: Y para finalizar y poder irnos todos a comer potitos, si tuvieras que leernos un poema, ¿cuál elegirías?

S.C.F.: Bueno, el primero. El que da título al libro, que para eso le da título.

Inventario de Invertebrados

La febril escolopendra, las cuarenta y dos patas del ciempiés, las lombrices, los trematodos y los nematelmintos, los duros pelos de la reina Tarántula, las larvas, las larvas, las larvas y las babas de la babosa infame, todos estaban a mis pies, entre las sábanas al fondo de la cama. Eran aberraciones del mundo, la herencia biológica de una Naturaleza enferma, el diseño inteligente del Demonio. ¿Dónde estaba Dios el día que poblaron los lodos de la Tierra?

Cada día los veía en un gran libro titulado Invertebrados, el número 8 de una colección infantil sobre animales, cuya portada no me atrevía ni a tocar: me daba asco. Cada noche me encogía para que esos bichos vomitivos y hambrientos no alcanzasen las puntas de cristal de mis dos pequeños pies.

A mí me gustaba el libro de las aves, su elegancia ingrávida hilvanada en el viento fuerte de la tarde, pero no había aves volando en el cielo gris marengo de mis sábanas.

Tenía miedo a los invertebrados, al monstruo del pasillo que solía susurrarme, al que se escondía en el armario o debajo de la cama, a caminar en cuartos oscuros donde no veía los abismos, a que cualquier noche mamá no regresara para cogerme de la mano, y al gran ciervo volante: el Rey del Bosque.

 


Sergio C. Fanjul

Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) ha publicado tres poemarios: "Otros demonios" (2009, Premio Asturias Joven), "La crisis, econopoemas" (2013) y este "Inventario de invertebrados" (2015). Ejerce como periodista de cultura y ciencia en medios como El País, Buensalvaje o Vice.

Inventario de invertebrados

Inventario de invertebrados
Autor: Sergio C. Fanjul
Editorial: LA BELLA VARSOVIA
Páginas: 64
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Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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