Entrevistas

Una jornada particular con Eloy Tizón en la Librería Alberti.

Eloy Tizón
Escrito por Maria José Codes

A las siete de la tarde entramos en el santuario literario de Lola Larumbe, la emblemática Librería Alberti de Madrid, un día señalado, el 29N, Día de las Librerías. Aunque afuera hace frío, dentro el ambiente está caldeado por el gozoso encuentro anterior del público con Ángel Gabilondo. Poca gente se mueve de su asiento, la mayoría se queda a la segunda parte de esa sesión literaria continua con la que la librería ha querido festejar la ocasión. Hay una atmósfera conspirativa que se presta a la charla sobre literatura.

Lola, con su habitual hospitalidad y afecto, presenta brevemente el libro de Eloy Tizón, antes de dar paso a nuestro diálogo. Sus palabras no pueden ser mejor preámbulo:

“Eloy y yo no nos conocíamos. Ha sido un asalto con nocturnidad. Leí el libro porque me lo envió el editor de Páginas de espuma, Juan Casamayor. Empecé a leerlo como ocurre a veces con esos libros que te llegan, que te caen en las manos sin haberlos elegido, casi sin curiosidad. A veces uno abre un libro sin querer nada, sin buscar nada en él. La sensación que tuve al leer las primeras páginas fue tan perturbadora que cuando terminé el último relato volví a empezar con el primero. Hay algo que Eloy Tizón ha hecho así, entiendo que hay una especie de misterio que empieza a narrarse al principio, un misterio que se va arrastrando a lo largo de todos los cuentos hasta el final. Técnicas de iluminación es un libro con una enorme capacidad de evocación de imágenes. A mí, como lectora, me ha recordado a la película de Terrence Malik, El árbol de la vida. Hay algo táctil en el libro y también olores, sonidos. Un libro extraordinario que recomiendo”.

Lola termina su presentación con una feliz conjetura: “Me parece que va a ser una tarde redonda”.

Comienzo, como Lola, por transmitir mi primera impresión al leer Técnicas de iluminación. Conozco los anteriores libros de relatos de Eloy Tizón y disiento de cierta crítica que situabaParpadeos en un nivel inferior a Velocidad de los jardines. Si en Velocidad de los jardines(Anagrama, 1992), Tizón construía sus originales tramas bajo la influencia de Cortázar y Medardo Fraile, en Parpadeos (Anagrama, 2006) había mayor audacia en digresiones y discursos metafóricos de personajes que se mueven en escenarios irreales (“Pájaro llanto”, “Teoría del hueco”…). El riesgo literario da un paso más en Técnicas de iluminación, donde la mirada del autor persuade por el pathos de los personajes y el amplio registro emocional de las voces narrativas, que oscilan bruscamente, como en un polígrafo febril, de la ironía al drama.

María José Codes: Me pregunto cómo es posible no rebasar los límites para que la ironía no se convierta en sarcasmo o para que el drama no llegue a tragedia paródica. ¿Es algo intuitivo?
Eloy Tizón: Supongo que sí, que hay una parte de intuición, pero también hay otra de trabajo, dos elementos con los que uno cuenta a la hora de escribir.
He buscado equilibrar las situaciones, es algo que me pide el texto. Cuando hay una situación de oscuridad, necesito cambiar de registro. Además, el humor a veces intensifica el drama. Se trata de sacudir un poco el texto para que no quede todo con la misma textura. Pero cuando introduzco el humor, no persigo el chiste ni hacer gracia durante todo el relato, sino atravesar el texto por diferentes luces, sombras y colores, algo que para mí tiene una riqueza que va más allá de lo literario, es un trabajo desde la emocionalidad, como has dicho antes. El problema es conseguir que no se te vaya de las manos, no caer en el sentimentalismo, pero esa es la cuerda floja en la que me muevo cuando escribo. No tengo esa seguridad que me presupones al escribir, al contrario, soy bastante inseguro, pruebo cosas, las descarto, hasta que encuentro un equilibrio aceptable en el relato de humor, drama, poesía, ternura… Es decir, cuando pienso que los colores de la paleta están ajustados es cuando puedo considerar la pieza terminada.

MJC: Al hilo de cuándo considerar una pieza terminada, en una ocasión que hablábamos de novela me comentaste que no eras de esos escritores de “mapa” que trazaban de antemano la estructura de lo que iban a escribir y por tanto podían anticipar casi hasta el número de páginas que tendría su novela. Entonces me dijiste que tú escribías hasta que habías dicho lo que tenías que decir. Tengo la impresión de que con los relatos te ocurre lo mismo, que empiezas y te dejas llevar.
ET: Sí, esa es más o menos la idea. No planifico nada. Ya he dicho otras veces que para mí el elemento más importante es encontrar y sintonizar la voz lo más claramente posible. Es un trabajo que me lleva mucho tiempo hasta que entiendo cómo funciona. Porque entender este funcionamiento de la voz es mucho más que aprender una forma de hablar, es entrar en la conciencia de alguien, saber cómo funciona esa mente humana que no es exactamente la tuya y ver el mundo desde ese lugar concreto. Cuando lo consigo estoy tranquilo porque entiendo que eso va a llevarme a algún lugar de interés. Técnicas de iluminación está escrito desde la conciencia del personaje, lo podemos llamar introspectivo. Yo me coloco en ese lugar, que para mí es un lugar muy rico porque me permite ver desde un ángulo que no es el mío habitual, y ahí conecto con una parte que tiene que ver con la locura del personaje. Ese punto me gusta mucho, cuando noto que he conectado con esa locura, que seguramente es mi propia locura -considero que nos parecemos bastante unos a otros-. Pienso que las locuras que me pasan por la cabeza son las que se nos pasan a casi todos, no me considero nadie especial. En ese sentido puede haber una cierta universalidad en lo que cuento, hablo desde la mirada profundamente subjetiva de un personaje determinado, en la confianza de que eso desborde la situación concreta del personaje y hable de algo que nos pueda afectar a todos, a mí el primero, y a los lectores también. Pero no tengo ningún esquema o guión cuando empiezo a escribir. Funciono más por intuiciones. No sé cómo van a terminar los relatos cuando empiezo… Es como ir de viaje sin tener muy claro cuál es el punto de destino, algo que te sitúa en un lugar incómodo, porque no tienes certezas, pero produce un vértigo que me hace sentir mucha intensidad a la hora de escribir. Me parece que cuando uno escribe debe arriesgarse a que todo salga fatal, a que todo termine en un desastre. Si no fuera así, qué sentido tendría escribir, sería como contar una película o un sueño, la cosa más aburrida del mundo. Lo que tiene más riqueza de la expresión literaria son esas sorpresas que uno se lleva cuando está escribiendo. De repente aparecen cosas que no tenía planificadas y esos son momentos, para mí, de mucha felicidad. Te preguntas ¿y esto de dónde sale? ¿por qué ocurre esto? ¿por qué este giro? Que la historia empiece en un espacio y termine en otro distinto, que el personaje empiece en una situación mental determinada y al final eso se haya convertido en otra cosa, me gusta mucho, la verdad.

MJC: Todo esto suena muy bien, sin embargo en los talleres de escritura se enseña justo todo lo contrario (risas).
ET: Por favor, si hay alumnos aquí, que salgan de la sala un momento o que se tapen los oídos (más risas).

MJC: Enseñamos a planificar, a visualizar el punto de destino desde el comienzo, a estructurar… Me pregunto cómo concilias tu tarea de profesor y la teoría narrativa con tu experiencia como escritor.
ET: Bueno, yo en las clases que doy animo a mis alumnos -hay aquí algunos que me pueden corroborar o disentir- a que prueben cosas, a que se extravíen. No puedo decir que hay que escribir con un guion si yo no lo hago, me parecería una falta de honradez. Les animo a que busquen su propia voz. Para mí una de las claves y una de las dificultades, y los secretos, es encontrar esa música en la que tú te reconoces. Les digo que escriban con lo que son, si uno tiene una mirada poética, que la ponga, si uno tiene sentido del humor, que lo ponga, si uno tiene mala leche, que la ponga. Al final el texto es una radiografía bastante fiel de lo que uno es, con sus virtudes y sus defectos, y creo que eso a veces es justamente lo que nos coarta a la hora de escribir, no necesariamente la dificultad técnica que podemos encontrar. La mayoría de las veces no es con un obstáculo técnico con lo que se tropieza, a la hora de escribir, sino con una autocensura o con un pudor por el cual te da cierta vergüenza enseñar lo que has escrito porque ahí estás tú al desnudo. Si quieres tener una carrera literaria, si quieres publicar, tienes que vencer eso o dejar tus textos en el cajón, no hay otra. Creo que asumir ese riesgo y esa responsabilidad es parte de nuestro trabajo y debemos animar a los alumnos a que hagan esto, no a que mientan o se disfracen o se pongan protectores, para que “no se vea mucho quién soy yo”, porque eso al final produce textos muy correctos, muy académicos y muy muertos. Uno tiene que atreverse a decir: “esto soy yo”.

MJC: ¿Pero no crees que hay que pasar antes por esas técnicas que hemos mencionado para saltar por encima de ellas?
ET: Creo que hay que conocer la existencia de los elementos con los que nosotros podemos trabajar, pero no hay que seguirlos ciegamente, porque como te he dicho antes eso da lugar a cuentos correctos pero poco vivos. Está bien saber que existen los conflictos, los puntos de giro…, pero me parece que hay un amplio margen para que probemos. No digo que rompamos las estructuras, eso suena un poco pretencioso, pero que las enrarezcamos hasta cierto punto o veamos qué pasa si quitamos cierto elemento que supuestamente es imprescindible a la hora de escribir un relato, qué pasa si intentamos escribir un cuento sin conflicto, sin final sorprendente, aunque eso por suerte se ve cada vez menos. Hubo una época en que era esencial que los cuentos tuvieran un final sorprendente, cosa que me parece absolutamente escolar. No creo que haya un modelo general de relato ni que escribir consista en parecerse a ese modelo, tampoco creo que haya una estructura que aplicar, que haya elementos necesarios. De hecho tú has citado dos de mis cuentos en Parpadeos: “Pájaro llanto” y “Teoría del hueco”, que son dos no-cuentos, realmente. Porque ahí mi reto fue decirme: qué ocurre si yo quito los elementos que consideramos clásicos del cuento. Son cuentos donde en principio no se cuenta nada.

MJC: Lo que comentas sobre la experimentación técnica, haciendo desaparecer elementos narrativos como el conflicto, me ha recordado la última novela de Mario Levrero, El discurso vacío, que precisamente sostiene una teoría parecida. El protagonista se propone seguir una terapia caligráfica para lo que no desea contar nada, porque escribir es el pretexto para perfeccionar la forma de la escritura. Pero al final parece clara la conclusión de que todo texto acaba teniendo algún sentido real o metafórico.
ET: No creo que se pueda sostener la teoría de no hablar de nada más allá de unas cuantas páginas. De hecho, Levrero en ese libro acaba hablando sobre el comportamiento de su mascota. Realmente eso no es hablar de nada sino hablar de algo que no tiene importancia. Por eso, el libro de Levrero, en mi opinión, se acaba convirtiendo en una especie de blog, algo que no es lo que yo busco. Por ejemplo, Teoría del hueco es para mí la representación de un vacío, ese no-cuento donde prácticamente no hay personaje ni conflicto. Pero hay una voz como las que pueden aparecer, salvando todas las distancias, en determinados textos de Beckett, una voz que surge y que termina en un lugar donde nosotros no vemos. ¿Qué se está narrando ahí? A veces narrar es precisamente poner en tela de juicio los convencionalismos que hay sobre el arte de narrar, es muy interesante en la literatura no seguir unas pautas fijas sino ponerlas a prueba, llevar la contraria. Ahí corres el riesgo de despeñarte pero también tienes la posibilidad de transitar por un terreno menos visitado. Yo no le veo ningún sentido a escribir cuentos “a la manera de” Carver, Cortázar, Sheppard, Cheever… Si ya lo han hecho, no lo vamos a hacer mejor. Lo que tenemos que hacer es descubrir nuestro propio terreno, aunque sea infinitamente menos valioso que el que hayan agotado estos monstruos, pero al menos es nuestro.

MJC: Dices que no crees en la teoría de imitar a otros escritores, pero me gustaría que puntualizases esa idea, porque en el caso de “Fotosíntesis” (el primer relato de Técnicas de iluminación), encuentro cierto parecido con las Vidas imaginarias de Marcel Schwob en el modo de concebir la historia. Tengo la impresión de que has hecho una especie de performance literaria de El Paseo de Walser por la montaña nevada donde murió en Herisau.
ET: Dicho así suena bien (risas). Sobre todo yo no quería imitar a Walser, me parecería ridículo imitar la voz de otro escritor, pero quería recoger su respiración o su espíritu, su aura, no sé cómo llamarlo. Lo que quería transmitir es la experiencia que a mí me produce la lectura de Walser. Yo me imaginaba ser alguien que va como seis metros por detrás de Walser, que le veía un poco el hombro y el sombrero, le seguía y me llegaba algo del eco de lo que podía haber alrededor de ese personaje. Pero te diría que no solo tuve en cuenta a Walser sino también a Chaplin. Para mí es un cuento bastante chaplinesco por su vagabundeo, su dar vueltas en torno a nada y por esa figura, entre cómica y dramática, que está en ese lugar de desposesión en el que lo que importa es seguir adelante, seguir caminando, y donde, como en sus películas, el relato termina con un fotograma en el que el personaje se va. Ese es un fotograma que he tenido muy en cuenta en este libro. Creo que todos los relatos que lo componen terminan de alguna forma con ese último fotograma. A los personajes les han ocurrido cosas, han sufrido pérdidas, han pasado por circunstancias difíciles, pero el camino sigue y el vagabundeo les va a llevar a otro lugar donde les van a ocurrir más cosas. Hay que seguir, seguir, seguir… no importa lo que pase. Es el espíritu del que necesito empaparme y que deseo transmitir a los demás, quizá por las circunstancias difíciles en las que vivimos. Es el momento de salir y caminar.

MJC: Es cierto que en la mayoría de los relatos de este libro está presente el camino, la idea del viaje de forma más explícita. En “Ciudad dormitorio” hay desplazamientos, en “Merecía ser domingo”, viaje, en “Fotosíntesis”, paseo, en “La calidad del aire”, vagabundeo…
ET: Hay ganas de irse de casa, sobre todo (risas). De la casa entendida como lugar confortable, donde tienes tu seguridad. Son cuentos donde se sale de esa seguridad para ver qué pasa a la intemperie. También yo, como escritor, he salido de mi casa en este libro, de mi lugar seguro, me he arriesgado a meter la pata o a encontrar algo valioso. En todo caso, he abandonado el terreno conocido para mí. Salgo un poco a la aventura, sin plan previo, como dije antes. Y cuando sales a la aventura tienes que estar abierto a lo que puedas encontrar. Es un libro que defiende esa idea y sería raro si hubiese trabajado en él con parámetros clásicos o directrices conocidas. Sería totalmente contradictorio y falso, y confío en que el libro no lo sea. Tengo la esperanza de haber conseguido que el lector sienta que, con mejor o peor resultado, estoy trabajando con la verdad, que no estoy vendiendo ninguna moto rara ni confundiendo o mintiendo. Lo que yo soy en este momento de mi vida está en ese libro, eso es lo que me gustaría que le llegara al lector.

MJC: Quizá el relato que, en mi opinión, define mejor lo que acabas de mencionar sea “La calidad del aire”. Me refiero a esas ganas no solo de salir de casa sino de tirar las llaves, la billetera y de quedarse medio desnudo en la calle, sin ataduras.
ET: Claro, pero eso es lo que hago yo como escritor: tiro las llaves metafóricamente. Tiro las llaves, la billetera y mis seguridades, a ver qué pasa…

MJC: …pasa que surgen imágenes surrealistas en muchos relatos. Me llaman la atención particularmente dos: una, el bosque donde aparece una orquesta, y la otra, la mujer que coloca su bolso sobre la mesa y saca de él un huevo. Diría que esta última es casi un cuadro surrealista del que me atrevería a decir hasta el autor.
ET: ¿Magritte?

MJC: Remedios Varo. Veo la imagen -quizá sea una impresión muy subjetiva- como un cuadro de interior, donde el surrealismo no es freudiano ni daliniano, sino ese primitivo surrealismo que tiene que ver más con lo mágico, con el trance.
ET: Ese tipo de imágenes surrealistas las utilizo para subvertir la lógica. Cuando empiezas a narrar una historia, a veces tiende a organizarse demasiado bien, de una manera muy racional. Esas pequeñas rupturas de la racionalidad permiten romper un poco el relato para que no se convierta en algo demasiado plácido, demasiado asentado, incluso demasiado previsible. Son como pequeñas sacudidas para mí. Sobre todo quería que los cuentos fueran imperfectos, y cuando parecía que iban a quedar perfectos trataba de romperlos por algún lado, introduciendo digresiones -hay muchas en los relatos-, porque me molesta un poco la imagen tópica del cuento esférico, cerrado, al que no sobra ni falta nada, no sé por qué esa manía de que tenga que ser todo tan medido. Me parece bien que los cuentos no sean tan perfectos, es algo que les da aire, libertad. Este es un libro que he tardado mucho en escribir, es un libro escrito con paciencia de relojero, pero no para colocar las piezas sino para desordenarlas, que lleva mucho más trabajo que ordenarlas, aunque pueda parecer lo contrario. Lo que a mí me surge con naturalidad es que todo encaje muy bien y escribir el cuento cerrado, pero lucho contra esa tendencia mía porque creo que eso conduce a cuentos de vitrina. Introducir cierto caos en el orden me parece saludable.

MJC: Y supongo que ese caos también incluye permitirse bromear con ciertas expresiones sobre estados de ánimo, como esa que la protagonista de “Ciudad dormitorio” repite como leitmotiv durante el cuento: “un escalofrío qué bien-qué mal”.
ET: (Risas) Sí. En ese mismo cuento hay otra en que la protagonista dice algo parecido a “leer libros de poesía no sirve para nada pero te deja el pelo muy suave”. En una entrevista alguien me preguntó si era cierto y dije que sí, naturalmente (más risas). Ese tipo de tonterías se me ocurren al escribir, me divierten y las coloco.

MJC: También se habla en algunos cuentos sobre el proceso de la escritura, de ese estado de ánimo de sobreexcitación anfetamínica desde el que se escribe.
ET: Hablan los personajes, no yo. Pero sí es cierto que a veces -no siempre- cuando escribo, el trabajo va bien y estoy en un buen momento, noto como si mi cerebro fuese a más revoluciones, con otra lógica. Es un estado que me gusta porque ahí funcionan muy bien las asociaciones locas, se te ocurren cosas que en un estado de ánimo cotidiano, más tranquilo, nunca se te ocurrirían. Llegar a ese punto -no es algo que ocurra con facilidad- es uno de los excitantes de la literatura, ese punto de drogadicción, de conciencia alterada sin sustancias químicas. Ese es el secreto. No sé si te habrá pasado.

MJC: Me ha pasado, sí. Además tu comentarlo me ha recordado a las descripciones que hace el protagonista de Hambre, de Knut Hamsum, ese exceso de hambre que lleva al mareo, a la sensación de hiperrealidad, no sé…
ET: Es una especie de éxtasis, de trance loco que no dura mucho, unos días nada más, probablemente porque es imposible mantenerlo. Pero en esos días es cuando uno escribe bien y cuando todo te remite a lo que estás escribiendo. Lees alguna noticia en el periódico y de repente entra en lo que estabas escribiendo.
Yo recuerdo que una vez en uno de estos estados salí a la calle y me crucé con un hombre que tenía dos bolas rojas de algodón metidas en la nariz, porque debía de sangrarle. Enseguida pensé que esa imagen tendría que incluirla en el relato que estaba escribiendo. A lo mejor otro día me cruzo con el mismo hombre y solo pienso “qué desagradable” y paso de largo. Hay momentos en que todo te habla, todo es música, te entra todo y hay que aprovechar porque dura poco, una semana como mucho, en mi caso. Es un colocón de literatura (risas). Luego vuelves a ser el tipo aburrido que siempre eres.

MJC: Finalmente me gustaría que nos hablases de tus lecturas. Sé que te gustan autores muy dispares, algunos poco conocidos como Francisco Tario, pero también lees a Walser, Viginia Woolf…
ET: Sí, me gusta ese tipo de literatura poética, introspectiva. Me siento bastante cómodo en ese terreno. También Clarice Lispector es otra escritora que me gusta mucho. Leo poesía, aunque ahora menos que antes. Leo un poco de todo, la verdad. Las citas que aparecen en el libro son pequeños homenajes a autores y autoras que me han marcado mucho, y nombrándolos intento devolver algo del placer que me han producido.

Se ha hecho tarde, pero el público quiere hablar, agradecer la sensación de libertad al escribir que ha transmitido Eloy Tizón. La luz indirecta de la sala donde nos encontramos acentúa la cercanía y la sensación de amistad o de causa común entre los presentes. Termina el día de las librerías, se acaba la larga jornada en Alberti y constatamos que Lola Larumbe tenía razón, ha sido una tarde redonda.


Eloy Tizón

Eloy Tizón está considerado como uno de los mejores narradores hispanos de los últimos tiempos. Ha escrito tres novelas, "Seda salvaje" (finalista del XIII Premio Herralde), "Labia" y "La voz cantante", y los libros de relatos "Velocidad de los jardines", "Parpadeos" y "Técnicas de iluminación".

Técnicas de Iluminación

Técnicas de Iluminación
Autor: Eloy Tizón
Comprar

 

Sobre el autor

Maria José Codes

Escribe tu comentario