Columnas

Juego de espías

juego de espias

Dicen que el voto es secreto, pero la apreciación parece quedarse desnutrida cuando uno se asoma estos días a las redes sociales en donde se ha desencadenado una operación de campaña tal que uno se pregunta si pensantes e intelectuales no debieran acaso cobrar por semejante festín de prensa electoral. Se trata de una operación que bombardea con toda clase de posiciones y que parece incluso responder a algún pistoletazo de salida dado en una esfera más elevada, algún tipo de maquinación.

Sabemos que no es así (no así del todo), pero la idea resulta atractiva porque las maquinaciones y lo orquestado satisfacen lo narrativo. De maquinaciones y de “orquestas” está el mundo del espionaje lleno y quizá por esa misma satisfacción de trama o entramado (lo oculto y lo nombrado) sea ese (el de los espías) uno de mis géneros literarios preferidos, a cuyas lecturas ahora debo añadir un ensayo recientemente publicado por la editorial Crítica. Un ensayo que versa sobre las delincuencias, travesuras y semblanzas de un tal Philby (Kim para los “amigos”), centro de uno de los mayores escándalos del MI6 y del mundo de la información. A saber, posiblemente el topo o agente doble más famoso de la Guerra Fría y que trabajaba para tres: los rusos, los británicos, y su yo más mismo.

El ensayo lleva por título Un espía entre amigos y por autor firma un tal Ben Macintyre, al que me alegro de conocer. La historia va, por supuesto, del tal Philby, de sus treinta años al servicio de los rusos dentro del espionaje británico y de cómo se fue alzando en el MI6 a base de amistad, colegueo a lacollege británico y mucha bebida y mucho chisme de bareto. Está escrito con ese arte tan del Reino Unido de contar de plano y no meterse en camisa de once varas y de entre todo cuanto se puede extraer del volumen (curiosidades aparte), se perfilan perfectamente algunas ideas que vienen a alicatar lo que considero rasgos del género: los espías pertenecen a la clase media alta. Los espías son personas normales que juegan con decisiones complejas, pero ojo, juegan. El espionaje se realiza en los bares a base de chismes, de información útil e inútil que se va encajando en un puzzle de hipótesis. Los espías beben mucho y participaban los unos de los otros como si lo suyo fuera más un club selecto que todo un aparato del estado. Los espías creen rendir ante una causa pero generalmente tan sólo están rindiendo ante su hambre. Los espías son mentirosos, pero no tanto con los otros, a menudo más consigo mismos; son leales, pero a su persona. Los espías sienten la maniaca necesidad de saber, no tanto de comprender. Los espías necesitan pertenecer a un grupo más amplio y, al tiempo, mantener cierta individualidad dentro del grupo. Los espías sudan, son gordos o flacos, altos o bajos y sus disputas las solucionan hablando y en familia (que es donde se airean los trapos sucios). Al fin, en un ochenta por ciento de las ocasiones, el espionaje no sólo se revela bastante incapaz de dar un palo al agua, sino en todo modo inútil: secretismo e inutilidad, un poco como le pasa a eso del voto.

Con esas características no es extraño que al leer sobre espiócratas todos nos sintamos en alguna forma cercanos a ellos: hambre, engaño y mentira son constantes aquí y allá, trabaje uno de auxiliar administrativo o de estibador en el Gran Puerto de Bilbao. Todos solemos manejar nuestros asuntos hablando y “en familia”. Todos (los más, los menos) gustamos del chisme, el cotilleo, de cualquier información que sepa un poco a poder, aunque sea tan sólo sobre la triste infidelidad de la vecina. Necesitamos pertenecer a un grupo, lo voceamos en las redes aunque mantenemos cierta individualidad después, cuando cenamos en nuestra casa. Y todos tenemos dos o más caras, topos de algún modo, trabajando para unos y al tiempo para nosotros mismos (o en contra de nosotros mismos), repitiéndonos que nuestras fidelidades son con esto o con aquello cuando muchas veces lo son con lo otro o con lo de más allá, más ávidos de saber que de entender.

Y todo ello (la velocidad y el tocino) me lleva a preguntarme hasta qué punto este despliegue electoral de redes sociales es cierto, este bombo y platillo de afinidades y pertenencias, y hasta qué punto, el próximo domingo el ciudadano no irá con su gabardina al colegio electoral, tapado hasta las orejas, periódico en mano y con la mirada huidiza y (pese a su anunciada intención) votará a quien le salga del mismísimo, posiblemente a los de siempre, en la oscuridad de su cabina, bajo el ala del sombrero. O al revés, quizá sea en Facebook donde se lleve el sombrero y la gabardina y a votar se vaya con el calzón en la cabeza y unas castañuelas. Esos pequeños placeres, esos callados, diminutos e inútiles juegos de espías.


Un espía entre amigos

Un espía entre amigos
Autor: Ben Macintyre
Editorial: CRITICA
Páginas: 480
Comprar

 

Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

Escribe tu comentario