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“Kanada” o una alternativa a la representación del horror extremo.

Juan Gómez Bárcena habla de su novela en el Foro Auzolan.

El Foro Auzolan de Pamplona, coordinado por el escritor y crítico Roberto Valencia, abrió su nueva temporada recibiendo a Juan Gómez Bárcena y su última novela, Kanada (Sexto Piso, 2017). En ella, el autor de la celebrada El cielo de Lima (Salto de Página,2014) nos propone una nueva forma de enfrentar la representación de uno de los mayores desastres conocidos por la humanidad.

 

Los pensadores Adorno y Horkheimer, en su Dialéctica de la Ilustración, escribieron la frase definitiva sobre el Holocausto, que todavía resuena cada vez que una nueva obra sobre este momento histórico ve la luz: “No se puede escribir poesía después de Auschwitz.” Según Gómez Bárcena, lo que estos autores proponían era que, con el Holocausto, “el proyecto material de la humanidad, con todo su progreso tanto espiritual como material, había fracasado. Porque el ser humano puso todo su conocimiento y tecnología al servicio de la destrucción. Pero al mismo tiempo, hablan de algo en lo que he basado mi novela: la dificultad para representar el horror extremo”. El autor se mostró consciente de que mucha gente podía considerar frívolo sacar el tema del Holocausto de nuevo a la palestra.

La solución que él halló a esta dificultad fue hablar de la tragedia sin representarla en ningún momento, lo que fue un reto a varios niveles. Según Valencia, la representación del Holocausto se ha vuelto cada vez más inocua, hasta dar la vuelta al planteamiento de Adorno y llegar al punto de hacer entretenimiento sobre el tema, como sería el caso de La lista de Schindler. Gómez Bárcena está en las antípodas porque, a diferencia de esta película y de muchas otras obras —donde se da una visión consoladora del Holocausto—, su novela no se centra en la monstruosa y a la vez magnética figura del nazi, sino en la víctima. Y, sobre todo, porque encuentra la forma de representar ese horror basándose no en la experiencia del campo de exterminio, sino en algo en apariencia tan banal como la vuelta a casa de los supervivientes.

 

Hungría, 1945

La idea para la novela surgió en 2010, cuando Gómez Bárcena recibió una beca para trabajar en Hungría. Era la primera vez que vivía solo, en un piso de Budapest ubicado en la judería, “lugar donde luego ambienté la novela. Notaba la desconfianza de los vecinos y empecé a sentirme encerrado. Me preguntaba: si yo fuera un superviviente y estuviera en esta situación, ¿qué pasaría si no pudiera salir de esta casa? Ese qué pasa después no lo veía yo en ningún lado”. Porque existían problemas vitales a la hora de volver: casas saqueadas u ocupadas por otra gente, imposibilidad de reclamarlas por falta de escrituras o de ir a otro lado por falta de medios, suspicacias con los vecinos… Situaciones sobre las que no habla mucho, como la de Israel, lugar al que “volver como superviviente era un baldón. Por dos razones: los reproches por no haber luchado como pudieron hacerlo, por ejemplo, en el gueto de Varsovia; y la pregunta terrible de qué había podido hacer esa persona para sobrevivir donde otros habían muerto. Cómo volver a un país donde se les odiaba por el simple hecho de regresar”. Todo esto se fundió para darle al autor el germen de la novela.

Ponerse en el lugar de la víctima requirió mucha investigación, y en el transcurso de la misma Gómez Bárcena dio con un concepto clave con el que construyó el personaje: la culpa. “Los nazis hacían algo más terrible que las matanzas sistemáticas. Al dar a los prisioneros novecientas calorías al día para alimentarse, los enfrentaban a una disyuntiva: o robo o muero. Jugaban con el sentimiento de culpa por haber sobrevivido”, lo que enlaza directamente con situaciones como la propuesta en la novela. “Los prisioneros no estaban unidos; los nazis les trasladaban su propia ideología racista. Al identificarlos poniéndoles estrellas amarillas, triángulos rojos o verdes, o solapas rosas para los homosexuales, no solo buscaban reconocerlos: buscaban fomentar las disensiones entre ellos.”

Valencia apuntó que Kanada nace donde lo dejó Imre Kertész en su novela Sin destino: ese último capítulo donde el personaje vuelve de Auschwitz y no entiende nada. Gómez Bárcena añadió que era el despego de Kertész al narrar lo que “hace tan terrible la vuelta a casa. Aunque mi personaje está más tocado que el suyo, ambos se preguntan lo mismo. Un personaje que sabe que las tiendas siguen abriendo por la mañana, los niños van al parque y los cines de barrio son un maquillaje, porque detrás está el infierno”.

Un infierno para el que las estrategias habituales de representación no sirven: “Lo que plantea Adorno es que sin la Ilustración no hubiera sido posible Auschwitz. Sin el culto a la razón que supuestamente nos iba a librar de la barbarie no habríamos llegado a la máquina de muerte. Hemos llegado a esto por un exceso de razón. ¿Cómo podemos entenderlo racionalmente? No podemos”.

 

Trasladar la dislocación

El autor de Los que duermen (Salto de Página, 2012) admite la dificultad de ponerse en la piel de “un personaje afectado por algo como el síndrome de estrés postraumático: el tiempo no es lineal, su trauma es vivir como eterno presente lo que es pasado, no saber en qué lugar está. ¿Cómo puede llevarse esto a una narración? Se trataría de hacer que la novela asuma esa dislocación”. Quizá el hallazgo más arriesgado de la novela sea la herramienta “elegida” por Gómez Bárcena para hacer que el texto asumiera esas quiebras: utilizar la segunda persona como voz narrativa.

Al contrario de lo que podría parecer, el escritor admite que utilizó la segunda persona “porque quería una ausencia de artificio. No podía narrar las cosas con normalidad porque no es así como las ve el personaje. Empecé la novela en primera persona, pero preguntarse por los motivos que llevan a una persona traumatizada a hablar de su experiencia le daba un baño de racionalidad que no cuadraba. Luego pensé: lo voy a cambiar todo a tercera. Entonces se dio una distancia que era absurda”. La voz elegida es el personaje hablándose a sí mismo y, según el autor, “también es la voz de las órdenes que recibía en Auschwitz”. En este punto, Roberto Valencia destacó el hecho de que en Kanada no hay conciencia porque no hay recuerdo, lo que convierte la experiencia del personaje en algo angustioso: es la visión de un niño, o en palabras de Gómez Bárcena, “de quien ve las cosas tal y como son, pero no sabe interpretarlas. Aunque, al mismo tiempo, es capaz de ver realidades que los demás no vemos”.

Existe otro ámbito en la novela que la configura desde sus mismas entrañas: el hecho de no mencionar el Holocausto, de representarlo sin mostrarlo, hizo que el proceso de escritura fuera de vaciamiento, de ocultación. Valencia quiso saber con qué elementos había construido Gómez Bárcena la novela: “Con ecos de la realidad. Durante dos dos primeros tercios de la novela, al personaje le obsesionan varios elementos que están en la realidad: el ruido de una locomotora, una forma piramidal que se repite o el interés por numerar cosas. En el último tercio de la novela llega la compresión, y con ella todos los recuerdos que remiten a esos elementos que hasta el momento parecían gratuitos. Si he hecho bien mi trabajo, el lector entenderá esta relación. Y, con ella, de dónde nace la angustia del personaje”. Porque hubo un momento, anterior a la escritura de la novela, en que el personaje —esa víctima— empezó a cobrar más importancia en la mente del autor que los verdugos. Porque Kanada se extiende desde ese paisaje: los traumas de alguien que ha estado en el infierno y ha vuelto para contarlo.


Kanada

Kanada
Autor: Juan Gómez Bárcena
Editorial: Sexto Piso España
Páginas: 196
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Sobre el autor

Mikel Rey Fernández

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