Columnas

La adicción es la clave del éxito.

De entre los misterios que aportan las redes sociales y los nuevos trabajos (como youtuber, influencer, etcétera) que han surgido durante esta extraña segunda década del siglo XXI, una reflexión me abordó mientras me encontraba en un evento. Hoy día, asistimos a eventos como antes íbamos a los recreativos, a los bares o al fútbol. Al menos los treintañeros que vivimos en las capitales y a los que nos va el rollo de la cultura. Algo que nunca ha estado de moda, pero ha encontrado por fin su gueto, su beautiful people. En todo evento hay un influencer. Se les distingue porque visten mejor que tú, están a la última de todo, parecen más felices que tú, todo el mundo les saluda y no se despegan del smartphone ni un segundo. Si algo merece la pena, se tuitea.

Si no está en Instagram, no existe.

Algunos quieren imitarlos; algunos quieren convertirse en referentes de las redes sociales. Da una patada y saldrán cientos de cuentas que te enseñan cómo ganar seguidores. Cómo cambiar la tendencia. Cómo convertirte en alguien en la red. Una suerte de parodia de la obra de Dale Carnegie. Imagina que un tweet tuyo vale dinero. Seguro que ya serías rico. Imagina que cuando te das de alta de autónomo tienes que explicar que tus ingresos vienen de Google y empresas a las que los mortales les echamos nuestro dinero a la cara. Es un chollo, ¿no? Algo que aprendí hace ya tiempo y que trato de no olvidar nunca es: si algo es demasiado bueno para ser cierto, no lo es.

Volviendo a la narración, si se me permite emular a Hunter S. Thompson, me sentí bastante gonzo. Les observaba como se observa a un extraño fenómeno de la naturaleza. ¿Qué tiene, me preguntaba, la gente que se convierte en estrella? Entiendo el proceso que puede llevar a un profesional constante a destacar en su área y convertirse en un referente. Pero cuando esa área no es más que la vida, ¿qué tienen los que la convierten en un juego y ganan más puntos que nadie? Los que se convierten en influencers, aquellos que mueven las tendencias, que llegan a tener a grandes empresas a sus pies suplicando por un poco de atención digital. Sus miles de seguidores comprarán lo que ellos digan que compren, prestarán atención a los que ellos presten atención y encumbrarán o denostarán según sus movimientos y opiniones. ¿Cuál es la clave? ¿Existe una clave?

Si les preguntas a ellos, todo parecerá cuestión de suerte.

Sin embargo, empiezo a pensar que la adicción es la clave del éxito. Y me explico. Todo lo que se hace con genuina pasión, con verdadera adicción, no se puede considerar un trabajo. La gente que trabaja en lo que ama es más afortunada que nadie, asúmelo. Pero resulta que también son mejores en lo que hacen. Aceptemos, pues, influencer como trabajo. Alguien que se dedica a tener un perfil visible en redes sociales y promocionar marcas. Hablar de temas. Tener seguidores. En definitiva, se ganan la vida siendo ellos mismos. Sea eso lo que sea. Lo que pude observar en este evento al que no voy a ponerle nombre por razones obvias, lleno de influencers a los que voy a referirme con el nombre común y huyendo de propios, es que son genuinamente adictos a las redes sociales. No se separan de sus smartphones y, cuando lo hacen, lo pasan mal. ¿Dónde he dejado mi móvil? ¿Cuál es la clave del wifi?

Pero claro, ¿quién no es adicto a nuestros modernos amigos planos de pantalla táctil? Yo también podría denominarme adicto. O, al menos, dependiente. Pero en mi caso (como en el de la mayoría) lo uso para consumir información. Soy un yonki moderno. Soy un adicto a la información: necesito que me la den sobre todos los temas, verificada y pasada por filtros, que me la den ya. Como muchos otros, necesito saber cuál es la tendencia, pero tengo la sensación de que los minutos que paso desconectado me pierdo esa tendencia. Me quedo obsoleto. A estas alturas es algo que he asumido y por lo que no pienso hacer nada. Estoy condenado a perderme los últimos momentos porque me empeño en vivir. Pero hay otros que no son adictos a la información sino a la opinión. Y no a recibirla, sino a darla. Tienen tantas cosas que decir y tantas opiniones dentro que han visto en las redes sociales un muro en blanco sobre el que pintar sus opiniones. Sean las que sean, jodan a quien jodan. Ellos son así. Esta es su opinión y no tienes por qué compartirla.

Pero esa declaración les hace ser más auténticos.

Ganar más seguidores.

No quiero que se me malinterprete y se piense que me opongo a esta moderna corriente laboral. Sé que yo no valdría para ser uno de ellos, pero no les quito el mérito. Se ganan la vida como pueden, como hacemos todos. Me da igual si su vida es real o falsa; si sus redes son postureo o genuina perfección. He aprendido que nada es perfecto. Que solo hacemos fotos de los momentos alegres. Pero la revelación que me lleva a firmar esta crónica es que solo cuando eres adicto a lo que haces, destacas. No es pasión, no, es adicción. Es no poder vivir sin lo que haces. Es definirte con una profesión, con una tendencia, con una forma de vida. Sea la que sea. Los influencers son importantes en redes sociales porque son adictos a ellas: se pasan el día tuiteando, opinando, retuiteando y contando los likes. Midiendo los que da. A veces se miden en euros, mejor para ellos. Mi adicción es escribir, y aquí me tenéis. Para otros, su adicción es pasar dieciséis horas al día en un despacho de abogados. Apenas dormir, olvidarse de la vida social. Los que son adictos al trabajo rentabilizan su adicción. Que esa adicción es la clave del éxito en este extraño siglo se está convirtiendo en una verdad. Que esa adicción pueda acabar contigo es otro tema. Como dijo Bukoswki: «Encuentra lo que amas y deja que te mate».


Sobre el autor

Francisco Miguel Espinosa

Francisco Miguel Espinosa

de madre suiza y adoptado por Madrid, es autor de las novelas Encerrado (Lektu), XXI (Ediciones B), Cabeza de Ciervo (Dolmen Editorial) Infernorama (Dolmen Editorial) y Reyes del Cielo (Dolmen Editorial). Ha publicado relatos en antologías tales como Una utopía, por favor (Salto de Página), Retrofuturismos (Nevsky Prospects), Ignota (Palabras de Agua) y The Best of Spanish Steampunk (Marian & James Womack Edition). Combina su creación literaria con la labor periodística en El Pais, Zona Negativa y Ambito Cultural, además de en el sector videojuegos como lead writer en Bytecore y de profesor en Hotel Kafka.

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