Entrevistas

“La misma ciudad”

"La misma ciudad" supone el regreso de Luisgé Martín a territorios habitados por personajes de identidad equívoca.

La misma ciudad (Anagrama) supone el regreso de Luisgé Martín (Madrid, 1962) a territorios habitados por personajes de identidad equívoca. El autor de La mujer de sombra(2012) utiliza los atentados del 11 de septiembre de 2001 como sustento real para una ficción que reflexiona sobre la imposibilidad de hacer realidad los sueños perdidos.

Gonzalo Izquierdo: ‘La misma ciudad’ se abre con una cita de Horacio que entronca con el poema de Kavafis ‘La ciudad’, en el que el protagonista encuentra un reflejo de su periplo vital. ¿En qué medida la literatura es el mejor instrumento para profundizar en el conocimiento del alma humana?

Luisgé Martín: Al igual que me ha sucedido con determinadas personas, de las que he conseguido adivinar más cómo eran a través de su obra literaria que de sus conversaciones, creo que es posible averiguar más de mí a través de mis libros. Desde luego, la literatura me ha servido para conocer, hasta donde se puede, los enigmas de la vida, aunque el problema de la condición humana es irresoluble. Por eso creo que escribo y por eso, sobre todo, no podría dejar de leer.

G.I.: Una de las primeras sensaciones que provoca la novela es la duda acerca de la veracidad de lo que se nos está contando. ¿Cómo te has manejado en ese territorio híbrido entre la realidad y la ficción?

L.M.: Creo que bien, es algo que me divierte y una de las cosas que reaparece con cierta frecuencia en toda mi obra. Aunque a estas alturas resulta una obviedad, pienso que aquellas cosas que recordamos e interpretamos de la realidad tienen muchas caras y dependen de nuestro estado de animo, del tiempo que haya transcurrido o con qué lo estemos relacionando. Por lo tanto, esa realidad pura y cerrada no existe.

En La misma ciudad, Brandon Moy simplemente vive las cosas de distinta forma a medida que pasa el tiempo y éste lo ha ido poniendo en contacto con el resto de su vida.

G.I.: ¿Qué te ofrece como narrador ese personaje y cómo lo has abordado para que trascienda su condición de sujeto individual a una especie de símbolo?

L.M.: La novela es claramente una parábola, una pequeña fábula, y como tal tiene una “moraleja” o enseñanza que está presente en el poema de Kavafis, en la cita de Horacio y en la propia vida de Moy. Da igual dónde vayas o dónde te escondas porque al final aquello que arrastras, lo bueno y lo malo, va a ir contigo y volverá a aparecer tarde o temprano. También quería que hubiera una reflexión complementaria sobre la edad y el momento en el que hay que afrontar determinadas cosas: los trenes pasan y cuando han pasado es mejor no intentar cogerlos porque ya no tiene sentido.

G.I.: ¿Y al final solo nos queda resignarnos con lo que hemos logrado? ¿Es imposible recuperar los sueños perdidos?

L.M.: La clave está en el verbo que se usa. Resignarse tiene muchas connotaciones, incluso religiosas. Si se usa ese verbo, parece que es algo lamentable. No creo que sea tanto resignación como comprensión de la realidad, de lo que ocurre, de la propia naturaleza de uno y de sus expectativas. Lo que le sucede a Brandon Moy, y a los seres humanos en general, es casi una ley de la naturaleza, no se puede huir de ella y no se puede evitar. No diría que es resignación, sino abordar sin falsas expectativas lo que va a venir.

G.I.: El azar cumple una función importante en la vida y en la novela…

L.M.: El azar juega un papel fundamental en nuestra vida y es algo que me fascina literariamente. Me encanta poner en marcha una y otra vez en todos mis libros la famosa teoría del caos según la cual una mariposa mueve las alas a un lado del planeta y su movimiento se transmite al otro. Creo que es absolutamente cierta. Que las pequeñas decisiones puedan cambiar el curso de nuestra vida me parece algo por un lado trágico y por otro maravilloso. Este tipo de actos mínimos da mucho juego en la ficción.

G.I.: Entonces, ¿hasta qué punto somos dueños de nuestro destino?

L.M.: Aunque creo que nunca somos dueños de nuestro destino, también tomamos decisiones meditadas que a su vez influyen en la vida de los demás. A una determinada edad, parafraseando a Lincoln, nuestras decisiones también han ido construyendo nuestro rostro y lo que somos, lo cual no quiere decir que hayamos sido en ningún momento libres del todo para tomarlas. Por lo menos debemos de tener esa sensación, por ficticia que sea, de que hay un margen de acción en el que sí somos capaces de decir “vamos a ir por este camino y llevar este tipo de vida”.

G.I.: La identidad es otro de los asuntos fundamentales de ‘La misma ciudad’. ¿Crees que es un elemento moldeable?

L.M.: Es un tema que me fascina y que seguirá estando presente en mis siguientes libros: gente que cambia de identidad, que decide casi arrancar de cero, como el caso de Brandon Moy. La cuestión de la identidad (que en el fondo tiene que ver con la manera en que podemos forjar nuestro destino), es algo que me apasiona y que acaba saliendo siempre en mis cuentos y novelas.

Pero no creo que sea un elemento moldeable. A partir de los diecimuchos o veintipocos ya está cerrado lo que somos. Hay cosas que se pueden mejorar o empeorar pero lo esencial, las reacciones de temperamento, el carácter o las ambiciones, por mucho que uno se ponga libreta en mano a hacer un planning de vida, es algo que no cambia.

Considero que la verdadera madurez consiste en saber aceptar y manejar lo mejor posible lo que somos y dejar de lamentarnos por lo que nos gustaría ser.

G.I.: Estableces un paralelismo entre el talento del protagonista para recrear ante los demás situaciones extraordinarias con la capacidad de imaginación del escritor. ¿Es la mentira un material básico del trabajo de los autores?

L.M.: La mentira es un elemento fundamental para poder vivir, no solo para el escritor. En función del lugar en el que tracemos la línea roja, la mentira puede llegar a tener un componente de delito, de pecado, de falta ética. En el sentido del autoengaño y de la bondadosa ficción que podemos ofrecer a los demás, me parece que es necesaria para sobrevivir. Para un escritor con un poco de ambición es imprescindible contar con ella.


Luisgé Martín

Madrid, 1962) Licenciado en Filología Hispánica y Máster en Gerencia de Empresas. Ha sido editor de Ediciones del Prado, es colaborador del diario El País y otras publicaciones periódicas, y desde el año 2010 publica el blog "El infierno son los otros".

La Misma Ciudad

La Misma Ciudad
Autor: Luisgé Martín
Comprar

 

Sobre el autor

Redacción de Ámbito Cultural

Redacción de Ámbito Cultural

Escribe tu comentario