Entrevistas

“La vida muerta”

La vida muerta (Alfabia, 2014) de Martín Sotelo comienza así: una mujer aparece de noche, en mitad de un bosque, para pedirle a un barquero que la ayude a cruzar el río. Desde el principio, Sotelo nos sumerge en una atmósfera onírica y nos invita a pisar el terreno de los sueños. Pero a medida que avanza, nos enseña otra vertiente de la novela, repleta de personajes oscuros que deambulan por una realidad que resulta ser (como todas las realidades) bastante fría y desoladora.


Almudena Sánchez: ¿Qué diferencias percibes entre la primera novela que publicaste Bailes de medio siglo y la que acabas de publicar, La vida muerta?
Martín Sotelo:
Hay varias diferencias. Bailes es una novela cerrada desde el principio; La vida muerta es una novela abierta hasta el final. Bailes se enmarca en una época histórica concreta de este país, medio siglo, desde el año 1955 hasta el 2005; La vida muerta está desligada de cualquier marco histórico. Bailes es una novela realista, basada en un caso real, y La vida muerta, onírica. Creo que estas diferencias se deben a que acabé tan exhausto y con tal sensación de opresión tras la escritura de Bailes, por su apego a la realidad y la necesidad de colocar cada pieza en su sitio, como en un puzzle, que cuando me puse a escribir la siguiente novela, La vida muerta, me quise liberar inconscientemente de todo esas cadenas y limitaciones y elegí el mundo de los sueños para echar a volar la imaginación. Otro motivo es que planteo cada novela de forma distinta, como si fuera lo primero y lo último que voy a escribir, y procuro escucharla, en base al material que sé que voy a manipular, para que ella misma me dé las claves de su propio funcionamiento. Pero más allá de esto, en ambas novelas se mantiene la estructura bronca y fragmentada, la incomunicación, la soledad y la desesperación de los personajes y las elipsis como una forma de que el lector rellene con su propia voz los silencios y se convierta en escritor de aquello que está leyendo.

A.S.: Por su tema de fondo y su constante pugna entre realidad y sueño, tu novela me recuerda a la siguiente frase de Fogwill: “Qué manía tiene la realidad con querer ser lo único que existe”.
M.S.:
Es una gran frase, pero si cambiáramos “realidad” por “mentira” también funcionaría. Y es que a veces parecen lo mismo. Nunca estuve de acuerdo con eso de que la realidad siempre supera a la ficción. Sólo hay que tener en cuenta la ficción bursátil, económica, burocrática, política y periodística en que vivimos para tomar conciencia de que la ficción siempre gana. Por no hablar de que llevamos más de dos mil años viviendo la ficción del cristianismo y sus valores cristianos. Creo que hay que respetar la realidad para no incurrir en la misma idealización fraudulenta que pretendemos combatir, y más siendo escritor, porque sobre sus cimientos siempre se levantaron las mejores novelas. En la realidad está todo, pero no como a uno le gustaría. Hay, pues, que retorcer, retocar y trampear esa realidad para hacerla verosímil dentro de un plano literario. No es extraño comprobar que cuanto más fiel eres a los hechos reales que pretendes narrar, menos creíbles parecen. Hay que ser más verdadero que la realidad. Todo consiste en eso, en tener la argucia y el talento necesarios para lograrlo. Asimismo, considero que los sueños y que todo aquello que no dijimos o no hicimos forman parte también de la realidad, de una realidad no consumada pero que, por eso mismo, nos define mucho mejor al cobrar a menudo una importancia mayor en nuestro pensamiento que la realidad que sí vivimos a diario.

A.S.: En La vida muerta encontramos a un grupo de personajes que se cruzan a través de una débil cortina de humo. Están viviendo en la misma atmósfera, intensa y opresiva, pero no se relacionan entre ellos. ¿Te interesan los personajes solitarios?
M.S.:
Todos estamos solos. Y muchas veces, cuanto más empeño ponemos en rodearnos de personas para escapar de la soledad, más nos hundimos en ella y más solos nos sentimos. La soledad no tiene que ver con los demás, con la cantidad de amigos que uno tenga, sino con uno mismo, con la manera en que cada uno de nosotros afronta su propia existencia en el mundo. Me interesan, por tanto, los personajes solitarios en la medida en que me interesa el individuo, ya que la soledad forma parte de su condición humana.

A.S.: Tu novela no está situada en ninguna época, no existe una delimitación concreta del tiempo.
M.S.:
Quise romper un poco las coordenadas espaciotemporales para potenciar esa atmósfera onírica de la novela, como si todo sucediera en un limbo donde todo fuera posible pero de una manera desconcertante. Quería que los paisajes se difuminaran unos con otros y mezclar distintos ambientes, como sucede en los sueños.

A.S.: Desde que he abierto la primera página de tu obra (y hasta el final), se puede observar un estilo cuidado y bastante lírico. ¿Te interesa crear un efecto estético, además de ahondar en la construcción de la propia historia?
M.S.:
Uno lee novelas por puro placer estético, en busca de emociones y sensaciones. Cuando leemos un beso bien descrito, somos nosotros los que besamos. O sentimos que es nuestro brazo el brazo del personaje que abraza. O nos emocionamos contemplando el mismo cielo que contempla el personaje. O nos gustaría ser el rufián que conduce la moto, con la rubia detrás, abrazada a nosotros. O no nos gustaría estar en el pellejo de un personaje que va a morir asesinado, pero nos quedamos para asistir a su muerte, para saber qué se puede sentir. Si todos estos pasajes están descritos con viveza y autenticidad, la belleza o placer estético surgen por sí solos. Pero no soporto la sensiblería, ni en la vida real ni en los libros. Me gusta el lirismo crudo de Rulfo, de Marsé, de Faulkner, de Onetti, ese realismo poético que sólo está al alcance de los más grandes.

A.S.: El río que aparece al comienzo de la novela y que, desde mi punto de vista, interviene como un personaje más, está cargando de simbolismo. ¿Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río?
M.S.:
Me interesaba el río como hilo conductor de vidas y muertes. La simbología viene de antiguo, de antes de Heráclito incluso. Los ríos nos comunican y nos separan, nos acercan y nos alejan, nos permiten volver y huir, y deseaba sacarle todo el jugo literario a tantos destinos opuestos pero confluyentes. Por otro lado, no me interesan los paisajes por sí mismos, despegados del personaje que los contempla, y de ahí que tratara de humanizar al río como si fuera un personaje más.

A.S.: Eres muy joven, apenas rondas los treinta años, y ya has recibido elogiosas críticas de Juan Marsé y has sido galardonado con el premio Nuevo Talento FNAC. ¿Cómo ves el futuro de los jóvenes narradores españoles? ¿Crees que hay talento detrás de sus libros?
M.S.:
Sería injusto por mi parte dar una opinión al respecto, dado que apenas leo a escritores de mi generación, y sería por tanto una respuesta basada en mi completa ignorancia. Hace unos años, sí, quise leer a algunos escritores jóvenes (que ya no son tan jóvenes), por si me estaba perdiendo algo, pero al comprobar que no me perdía nada volví a refugiarme en mis escritores favoritos, casi todos muertos, cuyas obras releo sin descanso.

A.S.: ¿Cómo es tu relación con Juan Marsé? ¿Cómo lo conociste? ¿Te sientes cercano a su escritura?
M.S.:
Hace más de diez años le escribí una larga carta, hablándole de su obra y dándole las gracias por tantas horas felices y provechosas de lectura con sus libros. Envié la carta a su editorial y fue su hija Berta quien se la llevó hasta su casa de verano. Y Juan Marsé tuvo la amabilidad de contestarme. La correspondencia continuó hasta hoy, y en octubre del año pasado, al tener que ir a Barcelona a presentar La vida muerta, pude conocerlo en persona. Me gusta de él algo innato, que no se puede aprender ni educar: siempre está con quien se ha de estar, como escritor y como persona. No tiene ni una frase injusta o fraudulenta en sus libros. Me gustan sus personajes de barrio, putas, delincuentes, ex-presidarios, inspectores asqueados, locos, niños sin padre; no son filósofos ni literatos ni catedráticos de Oxford; no son, en fin, personajes cultos ni relamidos, como los de Javier Marías, por ejemplo. Considero a Marsé el mejor escritor español vivo, a bastante distancia del resto, y algunas de sus novelas están a la altura de enormes escritores como Faulkner o Rulfo. En Barcelona no saben ni lo que tienen.


Martín Sotelo

Martín Sotelo (Toledo, 1982) estudió Filología Hispánica. Actualmente trabaja como corrector y profesor. Con su primera novela, "Bailes de medio siglo" (2012), quedó finalista del premio Roman de Chambéry. Con "La vida muerta" ha sido seleccionado como Nuevo Talento Fnac 2014.

La vida muerta

La vida muerta
Autor: Martín Sotelo
Editorial: Alfabia
Páginas: 237
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Sobre el autor

Almudena Sánchez

Almudena Sánchez

(Palma de Mallorca, 1985) es licenciada en periodismo. Colabora habitualmente en medios culturales realizando reseñas y entrevistas. En 2013, fue seleccionada en Bajo treinta. Antología de nueva narrativa española. (Salto de Página). La acústica de los iglús (Caballo de Troya, 2016) es su primer libro.

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