Críticas

“Lo llamaré frontera”, de María José Beltrán.

Lo llamaré frontera es el primer libro de María José Beltrán (Xert, 1961) y el décimo título publicado por Relee, editorial que, bajo la supervisión de Eloy Tizón e Isabel Cañelles, publica obras de escritores formados en distintos talleres literarios.

 

En su poema La belleza, Antonio Gamoneda escribe «(…) su / perfección es el vértigo. / La belleza no es / lugar donde van / a parar los cobardes». Los versos del poeta tienen mucho que ver y ayudan a definir lo que la autora ha conseguido con su primer libro: una propuesta narrativa arriesgada que mediante elementos poéticos alcanza cotas originalmente bellas.

Tras la lectura de los diecinueve cuentos, se tiene la sensación de que la protagonista del primero de ellos, una mujer que yace bajo las copas de los árboles y que adolece de cierta propensión a las caídas, es quien guía a lector durante el resto del libro. Ese mismo personaje cambiará de nombre y escenario, a su alrededor girarán distintos paisajes en los que, sin embargo, una luz similar alumbrará las atmósferas de cada cuento. De esta forma, Beltrán confiere a su obra un carácter unitario, aunque se trate de una unidad fragmentada.

En estas páginas hay relojes de arena y maniquíes, escultores junto a las olas, pétalos ardiendo y grietas que arrastran a quienes persiguen el calor de la bola de fuego. También ropas húmedas y tumbleweeds, ciudades que se descaman y un mar que regurgita praderas de posidonia. Los contrastes hacen vibrar al texto como vibran las notas de jazz en Posiblemente violeta, cuento en el que una pareja contempla el fósil de un caracol milenario mientras un tren se pierde en la oscuridad del túnel. Todas esas piezas componen un puzle vivo, la polifonía botánica de un mundo extraño pero reconocible.

«No sé a dónde me llevará esta escena», dice la narradora de Mi árbol se llama arce y la escritura, segunda historia del libro y pieza fundamental dentro del conjunto. La frase funciona como guiño y trasunto de la prosa lírica de María José Beltrán: un laberinto de imágenes misteriosas y tacto de corteza, de bosques enmarañados y cielos impredecibles. En el citado cuento, el vértigo creativo de la protagonista contagia al lector, le transmite algo de aturdimiento y hace que, por momentos, ambos parezcan andar en un mismo nivel de desorientación. Y eso resulta excitante.

Hay relatos –como Voz de amapola, donde el narrador genera auténtico desasosiego, o Toalla de Superman, en el que hallamos un elemento ya aparecido anteriormente– que quizás se aproximan a una forma narrativa menos original. Sin embargo, nunca desaparece ese aliento poético que invita a la relectura y a la búsqueda de nuevos matices en la gama cromática de cada cuento.

No es casual que las historias delirantes de Peking by night, de Svetislav Basara, se cuelen en los apuntes de Un largo fin de semana en la playa, ni que Gombrowicz y su Cosmos aparezcan citados en Cierto grado de humedad. Asimismo, en el genial prólogo que acompaña a los diecinueve textos, Jordi Doce hace referencia a una reflexión de Borges: «Todas las metáforas son variaciones de un puñado de metáforas esenciales». Esta idea nos lleva a pensar de nuevo en la unidad de la obra, un todo separado por fronteras transparentes, límites poco claros entre realidad y sueño, cielos y mares, recuerdos e imaginación. Fue Borges también quien se refirió a los sueños como la actividad estética más antigua. Lo llamaré frontera es sin duda un ejemplo del valor artístico que esconde una mirada valiente y onírica del mundo, un lugar imposible para los cobardes a los que aludía Gamoneda.


Lo llamaré frontera

Autor: María José Beltrán
Editorial: Relee

 

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Redacción de Ámbito Cultural

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