Columnas

La más larga noche, Philip

Son terribles los noches previas al Nobel, Philip, esas noches cubiertas de ansiedad en las que despiertan los fantasmas.

Te lo dije, querido Philip. Te lo dije cuando te soltaron el Príncipe de Asturias. Te lo dije cuando ese otro galardón dorado, que es susurro y fiebre, recayó sobre la tal Alice Munro. Te lo dije, Philip cuando se lo soltaron al Mo Yan ese. Pero tú, viejo cabezota, estaca de las letras, chopo despeinado, erre que erre. Tú no quisiste escucharme y miraste hacia otra parte: hacia las profundas aguas de tu intelecto.

¡Oh, Philip! Qué larga es la noche de tu prosa, qué dura y aciaga resulta en el insomnio la letra impresa. Han sido dos noches en vela; dos, no una. La primera, cuando esos suecos del demonio decidieron retrasar el fallo porque en lo único en lo que dos suecos no se pueden poner de acuerdo es en el Nobel de Literatura. Y es que ¿qué son esos suecos? Casi tan raros como los suizos. ¿Qué son? No son judíos, Philip, no son alemanes, no son italianos ni franceses ni británicos ni rusos ni polacos. ¿Qué son? ¿Cómo saber qué pueden pensar en los albores del día? ¿Qué extrañas cábalas habitarán su cabeza cuando echen a rodar todas las quinielas? Fue una noche larga la del pasado jueves, Philip. Otra noche pensando en el Dibuk, en los fantasmas de las pasadas noches en vela, en ese Murakami que es suspiro de pétalos, velocidad de corredor de fondo, nadería plana y cristalina; en el sin rostro de Pynchon, en su eterna mascarada, su broma más infinita que la del Wallace; en el terrible McCarthy montado en su toro mecánico, alzándose con el premio del maíz en el concurso de glotones del Mardi Gras. Dita sea, Philip, fue una noche de pesares oscuros como el grumo del Hudson, de dolores tanto o más agudos que tu prosa. Y luego nada. Esos suecos indecisos, una semana más. Un tiempo tanto más infinito que la desgracia de los judíos.

Es por eso que ayer decidiste pasar la noche en compañía. No más, Philip. No más noches de áspera lija y de sábana sudada, no más medallas del Nobel que miran desde las sombras de las baldas. Y allá que llegaron errantes, a tu cabaña perdida en Connecticut esos vuelaplumas indefensos, tan perdedores como tú, ¡qué!, más perdedores que tú, Philip, porque ellos nunca bregaron con Zuckerman, nunca se asomaron al insondable vacío del hombre para chillar allá adentro con rabia, ver si el insondable vacío acaso tenía algún eco con el que responder. Esa tarea…, Philip… esa que es la tarea de tu prosa. Allá que llegó por el río Murakami, flotando en un bombín del revés, hasta el cuello de perfume y mascando una ciruela. Así llegó hasta tu cabaña el primero, porque ese llega como corre y como escribe las novelas, siempre a tiempo y como sin peso. Luego, a eso de las doce y cuando la lechuza mascaba la tragedia, llegó McCarthy. Ese cowboy, ese chiflado derrapando por los caminos de tierra en su camioneta tatuada de banderas sureñas, haciendo el ruido de mil caballos mal errados, con el whisky en una mano y las cartas de póker en la otra. A Pynchon no le visteis llegar, no le escuchasteis abrir la puerta de madera, su crujido. Siquiera el fino oído del japonés (que dice estar afinado en el Re de esos jazzes inútiles que habitan sus novelas sin músculo) consiguió sentir los pasos del sin rostro sobre los tablones. Porque Pynchon ya estaba en tu cabaña, Philip, allí metido desde horas antes, disfrazado de mesa de madera, y luego de cocina de cuatro fogones, y después de cama sin sueño.

Y así pasasteis la noche, Philip. Casi peor el remedio que la enfermedad, la mala compañía que la furibunda soledad del héroe incomprendido que eres. McCarthy entonando el Dixie Land o el Bonnie Blue Flag, una de esas incordiantes tonadas del interior (porque esas canciones confederadas solo puede distinguirlas alguien que se haya casado con su prima). No como tú, Philip, que ya no piensas en las faldas porque las faldas distraen la mente y embeben la claridad y no siempre vienen con premio. Tú ansías el premio, Philip. Tú ERES el premio. Ese McCarthy empeñado en enseñarte a jugar al póker cuando ya sabes jugar al póker, Philip. Cuando tú inventaste el póker, porque los nacidos en New Jersey inventáis lo que se os antoja cuando se os antoja. Y luego el tal Murakami, Philip, toda la noche corriendo de una esquina de la casa a otra, empeñado en colocar los muebles en su posición zen, irrumpiendo constantemente por el borde de los vasos en los que los hombres beben, con sus charadas sobre mujeres hermosas y delicadas y de ojos rasgados que sufren de un vacío interior más plano que una tabla de planchar. ¡Oh, Philip! Qué noche la de ayer, qué infamia, qué terribles pálpitos compartidos alrededor de ese Pynchon disfrazado de mesa de madera, con tus náufragos de las quinielas: McCarthy y Murakami mal iluminados por el farolillo de petróleo del porche, ese que es como la luz tenue que habita la esperanza.

Pero ya se sabe que toda noche tiene su fin, Philip. Y el momento terrible llega a través de la radio a eso de las 13.00 horas del día después, cuando la resaca es dura como la obsesión. Y McCarthy escupe al escuchar el nombre del galardonado en la escupitera de latón. Escupe como un hombre, que es todo insondable y mangas de camisa y parece que no le duelen ni las malas críticas. Y Murakami que se retuerce de espanto y sopla dentro de una bolsa de papel y comienza a realizar extraños ejercicios de relajación que más parecen los ataques de una parturienta. Y hasta Pynchon, por un momento, abandona su disfraz de mesa y asoma bajo el tapete de póker, y se quita la máscara y bajo el disfraz aparece Travolta, que luego no es Travolta, que es Nicolas Cage, que luego no es Nicolas, que es finalmente Dan Brown, y da lo mismo quién sea, porque cada una de las caras con las que se va disfrazando lleva pintado el mismo espanto, la misma sorpresa, el mismo horror indescriptible.

Bob Dylan, Philip. ¡Quién es ese Bob Dylan! ¿En qué ruleta juegan los suecos con sus nombres? Un advenedizo que tiene que cantar lo que no sabe escribir, amigo de los borrachos beatniks, niño mimado de la música que sólo sabe cruzar dos palabras si hay mucho humo y alcohol y todo eso que los músicos necesitan para escribir letras previsibles. ¡Oh, Philip! Es el fin, el fin de toda prosa, el sonado fin de la novela, de la literatura misma que, abatida desde dentro, desde el propio engranaje que pone en movimiento la maquinaria de la pluma, cae como pájaro enfermo. ¡Bob Dylan, Philip! El usurpador de Dylan Thomas. Ese intruso que no es ni bardo ni juglar, que ni la goma de la suela de tus zapatos huele. ¿Qué ocurrencia? ¿Qué chiste malhumorado?

Y es entonces que McCarthy dice eso de:

— Bueno, al menos es un cowboy, ¿no? Lleva sombrero.

Y tú, tú, Philip, debes de reconocerlo y respondes que eres todo rechinar:

— Y judío. Quiera o no, también es judío.

Y entonces Murakami sale dando portazos porque lo que está claro es que Bob Dylan puede ser todas las cosas que quiera o que le digan que es, pero japonés, no.

Y mascando ese odio por la Academia ves la luz, Philip. Es una epifanía que llega desde lo más profundo, desde el lugar en el que se agita el verbo y late el adjetivo. Lo ves claro y cristalino como los arroyos que fluían por Manhattan eran antes de que la isla fuera cárcel de hormigón y cristales. Lo ves que es una luz que alumbra la cabaña entera como Lucifer alumbra. Vas a poner a trabajar a tu agente y a tu editor, a tus amigos en las altas esferas de la política, los vas a poner a sudar tinta porque nadie entona como tú, Philip: nadie canta en la ducha con voz más grave ni toca mejor el piano que tú, animal furibundo, profesor Kepesh interpretando las sonatas de Beethoven. Lo ves claro, Philip, todos los tuyos deben ponerse a trabajar porque si ese Bob Dylan puede meterse donde no le llaman, más puedes meterte tú dónde nadie escucha. Sí, Philip. Está claro, los premios Grammy al mejor álbum del 2017 deben ser tuyos.


Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

Escribe tu comentario