Columnas

Esta memoria 3.0

Dali

Ocurrió hace un tiempo imposible de determinar que un par de hombres armados entraron en la redacción de un periódico satírico para liarse a tiros con unos caricaturistas porque habían dibujado la jeta de su profeta con una boina (de boino) que le quedaba de espanto. Ocurrió y hubo doce muertos y París dejó de ser una fiesta y el tinglado alcanzó esas proporciones bíblicas que sólo el horror conoce, todas, muchas y la mayoría oscuras. Ocurrió y durante dos días ese horror salpicó las redes sociales y los informativos y en medio de aquel infierno desatado algunos afirmaron que se trataba de un montaje, una de esas conspiranoias que juntan a Israel con América con Occidente y la velocidad con el tocino y las barbacoas.

Hubo vídeos que sacaron ciudadanos desde sus teléfonos, amparados en la cobertura de diversas azoteas: uno podía ver los disparos de los terroristas allá en la calle, abriéndose camino hasta su coche, y los móviles grababan asomados por los muros y temblaban las imágenes bajo los susurros de sus dueños. Las imágenes saltaron a Internet y luego a las noticias (o quizá al revés) con algo que era difícil de identificar: ¿se trataba de ciudadanos intentando ayudar a la ley? ¿En busca y captura de la imagen más terrible? ¿Acaso convencidos de traerse entre manos un vídeo de visitas masivas? ¿Algo que alimentara la profunda hambre de espanto? ¿Una irrefutable prueba del “yo estuve allí”, de pie en medio de la historia?

En fin, ocurrió hace un tiempo imposible de determinar y no fue extraño que algunos dijeran que se trataba de un montaje, porque los espíritus débiles a menudo buscan en la negación de lo cierto la seguridad que otorgan las construcciones de ficción. Un artefacto de ficción es siempre un lugar seguro, con una hoja de ruta planeada (no siempre por Israel) y actores que intervienen en un espejismo de realidad. A diferencia, la realidad es un sitio inseguro, sin hoja alguna ni papel con que limpiarse el culo, que interviene sin espejismo y a machete sobre todos sus actores. Realidad y ficción son así partes de una misma cosa y cuando uno pone lo primero en algún lugar parece imposible no poner lo otro justo al lado.

Pero realidad y ficción parecían tener importancia (la una sobre la otra, las dos en su conjunto) cuando lo segundo (se decía) era capaz de otorgarle al hombre inmortalidad sobre lo primero. Alcanzar la inmortalidad en la realidad a través de la ficción (o el arte) ha sido una de esas ideas obsesivas de ciertos autores y artistas a la desesperada. Por supuesto no era aquél (escribir En busca del tiempo perdido o pintarLas meninas) el único modo de alcanzar la inmortalidad soñada. Existían otros procedimientos: descubrir Troya, levantar en armas a Europa para arreglar según qué riñas con tu tía abuela y, en resumidas cuentas, infligirle a la historia un golpe tan maestro que ésta cosiera el nombre de uno en alguno de los pliegues de sus múltiples enaguas; pero la sociedad parecía estar de acuerdo en que nada como el “arte” trascendía sobre el tiempo, tanto a sí mismo como al artista y su gigantesco apetito de apellidos. Pero eso era antes, cuando era sencillo determinar el tiempo en el que pasaban las cosas: hace un mes, hace tres, allá por el año sesenta y seis.

En aquello de París también hubo artistas, pero fueron los muertos. Y sin embargo, no cuesta imaginar, en los terroristas, también el sueño de alguna clase de inmortalidad (sus nombres a fuego entre sus mártires) más aún teniendo en cuenta que su paraíso es unbuffet libre de vírgenes enlutadas. Sin embargo también fallaron en esa pretensión (como en la de infundir un miedo duradero, pues el miedo no dura ya el tiempo suficiente para serlo). Ocurrió, parece ahora, hace mucho tiempo, y aquella locura duró algo así como seis días. Luego las redes sociales volvieron a su cauce y otros unicornios electorales, más muertos recientes, ciertos atardeceres dorados, otras marchas azules, rojas o amarillas, arcas, diluvios partidistas, y otros asuntos de estado (de Facebook o no) coparon la escena del día a día.

Y es que quizás, en su justa medida 3.0, siga siendo cierto aquello de la ficción como vehículo de inmortalidad: lo de Charlie Hebdo, siendo cierto, duró seis días, pero la ficción tiene mejor suerte, aún dura tres meses en la balda de una librería. Y sea esa (toda ella) la triste pauta de lo inmortal en estos tiempos, la de cómo está el patio de nuestra memoria y la de no saber quién lo limpia. Quién demonios lo limpia tanto. Y tan rápido.


Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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