Columnas

Un mundo menos terrorífico

UN MUNDO MENOS TERRORIFICO
Ángela Medina
Escrito por Ángela Medina

Cuentan que durante el rodaje de El retorno del Rey, Peter Jackson pidió a Christopher Lee que imaginase cómo actuaría un hombre al que acabaran de apuñalar por la espalda, a lo que Lee contestó que no le hacía falta imaginarlo, que ya lo sabía. La única persona de todo el equipo que había hablado en persona con el mismísimo Tolkien afirmó desde lo alto de sus 196 centímetros de estatura, y nadie se atrevió a preguntar si aquello había sucedido durante su servicio en inteligencia en la segunda Guerra Mundial, época en la que ayudó a cazar nazis e inspiró a su primo Ian Fleming para escribir alguna que otra novela.

Al actor británico la vida le cundió mucho delante y detrás de la cámara. Ya había conocido a Félix Yusúpov, uno de los futuros asesinos de Rasputín, y asistido a la última ejecución pública de un hombre en Francia en 1939 cuando, a los 26 años, se paseó con su lanza por detrás de un plano abierto delHamlet de Olivier. Ni siquiera apareció en los créditos, pero alguien de la Hammer debió de haber sido testigo de su imponente presencia en alguna de sus pequeñas apariciones en la radio y en el teatro y decidió llamarle para su primer papel en una película de terror. Así Lee, antes que Drácula, fue Frankenstein. Y después de Drácula, fue Sherlock Holmes, la Momia, Dr Jekyll a ratos y en otros Mr Hyde, conde Dooku, el mago Saruman, actor al que Tim Burton llamó en tres ocasiones (qué hubiera pasado con Johnny Depp si Christopher hubiera sido de su misma quinta…) e incluso fue la muerte en la adaptación de la novela de Terry Pratchett El color de la magia. Pero aunque quede por añadir un largo etcétera, ha sido inevitable que estos días todo el mundo hable de la versión de Lee con colmillos.

Lo primero que Christopher Lee aportó a la humanidad con su Drácula fue un disgusto a su mujer, que después de ver la película decidió que esa noche no dormirían juntos. Al resto nos ofreció por primera vez un conde sofisticado y sexual, envuelto en una atmósfera gótica de sangre chillona y música estridente. Lo que se aportó a sí mismo, después de una decena de películas, se resume en el trono del terror de la serie B y un gran empacho.

Tras años de representar con escrupulosa exactitud su papel (a veces más callado de lo normal por no estar de acuerdo con el diálogo), el británico se desprendió de su particular prótesis dental y, en vez de abandonar el género o querer reinventarse, siguió haciendo este mundo un poco más terrorífico, sin importarle nunca el presupuesto de la producción ni el medio. Como un niño pequeño que pide al adulto entre risas que le vuelva a asustar, el público siempre esperó de él que le arrastrara a la oscuridad y al espanto, y que la escena siempre acabase con su destrucción.

Y es a lo que se dedicó en los ratos libres de su dilatada vida. Sus centenares de películas solo eran historias de miedo, de fantasía, de ciencia ficción, de acción, en definitiva, de buenos y malos, que le brindaron la seguridad de poder pasar siempre por caja.

Le concedieron 92 años. Tuvo esa suerte. Y parece que no desperdició ninguno de ellos. Le gustaban los Montecristo nº 1 y en los últimos tiempos temblaba cada vez que llegaba a la página de los obituarios.

Es uno de los pocos actores que sabía de primera mano que el aliento se expulsa de los pulmones como un grito ahogado cuando te apuñalan por la espalda.

Y hoy el mundo parece un lugar menos terrorífico.


Sobre el autor

Ángela Medina

Ángela Medina

(Cádiz, 1981) es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas, máster en Escritura Creativa y máster en Edición Profesional de Libros. Trabaja en varios proyectos relacionados con la creatividad: es copywriter online para diversas agencias y estudios de publicidad, profesora en Hotel Kafka, colaboradora en Ámbito Cultural y editora en 120 Pies. Es autora de las novelas Pañales y cerveza (Demipage, 2011) y En frío (Ediciones La Palma, 2015), y del libro 742 ideas para escribir (Kitsune Books, 2016).

Escribe tu comentario