Columnas

La noche antes de Philip Roth

Philip Roth

Te lo dije querido Philip. Te lo dije cuando te soltaron el Grammy de las letras, el Bafta de los plumíferos. Te lo dije cuando te concedieron el Príncipe de Asturias, pero tú, erre que erre, no quisiste escucharme y miraste hacía otra parte: hacia las profundas aguas de tu intelecto.

Es por eso que has pasado la noche en vela intentando comprender: soñabas con Cormac McCarthy y con Murakami. Te decías: será alguno de los dos. Será Murakami, Philip. Lo alzarán porque es como un maldito haiku, tan lleno de vacío y de espacio entre las letras. No es como tú, él se lee de un tirón y tú no, Philip. Él es como el agua, y como el agua es incoloro, insípido, cristalino. Corre rápida su prosa y siempre deja ganas de beber más y más; no embriaga, no pesa, pero pasa y pasa sin problema. ¿Y qué eres tú? ¡Oh, Philip! Tú eres como el lodo que se arrumba en el Hudson, pura fibra oscura de la culpa y el deseo y la innombrable sexualidad de los reprimidos; un urbanita, un producto de la ciudad sin cabida alguna en el Nobel. Se lo darán a Murakami. Lo imaginas ya con la medalla del nobel, vestido como sale él a correr con sus mallas azules, escuchando ese jazz de fondo que aparece en todas sus novelas, sentado en un butacón, soplando la medalla que cuelga de sus frágiles dedos como si fuera una mariposa y musitando aquello de:

“cuco”, “cuco”,
durante toda la noche,
¡al fin la Aurora! ”

Se lo darán a ese Murakami, te dices entre sueños. Se lo darán porque representa la absoluta capacidad de Japón para fagocitar la cultura occidental y escribir páginas y páginas con eso, jazz, enfermedad y mujeres frágiles y guapas. Se lo darán por eso, porque es suave como una flor de loto.

O quizá se lo den a Cormac McCarthy. Ese McCarthy, Philip. Ese espíritu agresivo del viento que es America pura. Ese Sam Peckinpah de la pluma. No como tú, Philip, que eres la contradicción, el judío fagocitado, la prosa en la que se revuelve la conciencia de Zuckerman encadenado. Sin duda será McCarthy el elegido. Él es la libertad, él monta a caballo del revés, desayuna cordero, bebe café sólo en un cuenco de metal y extrae con sus propias manos el petróleo de la raíz de la tierra, el movimiento y la maquinaria de América. Él representa valores concretos, no como tú Philip, que eres inmoral, que tú único valor es la pérdida de los valores. Él se mueve, sus personajes viajan hacía el sol poniente cargados de heridas y tú, tú Philip eres un dinosaurio sedentario, el último de una estirpe magna y te piensas más que te mueves y te repites más que cabalgas y giras y giras en torno a la Idea. Sin duda será él. Es como si lo vieras. Cogerá la medalla del nobel y se liará a martillazos con ella (ese Cormac McCarthy). La golpeará contra el yunque hasta forjarse un barco de metal con el que bajar el Misisipi cantando country con los calzones en la cabeza. Se la darán a ese vaquero porque él es:

“just a country boy
A good ol’ country boy.”

Pero…¿Qué harías tu con la medalla, Philip? Te interrogas y te enzarzas en tus sábanas. Sin duda sólo podrías mirarla y mirarla y preguntarte por qué a ti. Te asaltaría la culpa en el centro exacto de la noche por los idos y los vencidos, por todos esos otros que no se la llevaron. ¿Acaso merece un judío vivir después del Holocausto? ¿Acaso merece las medallas? ¿Esos iconos falsos y aburridos? Ese objeto resplandeciente te miraría desde las baldas del salón como un Dibuk, con sus ojos de fuego y de fantasma y sería toda noche como la noche de Valpurgis.

No. No será a ti, Philip. No te ocurrirá a ti, te repites mientras asoma la mañana. Será a ese Cormac McCarthy del demonio, será al ángel perfecto de Murakami. Ni por un instante te imaginas que será Mo Yan, alguien cuyo nombre suena como alguna parte blanda de la carne de la vaca: Moyan, Molla. ¿Qué más da? Alguien así que emerge ¿de qué? ¿De cuáles sombras literarias? Y es que tienes que decírtelo ya, Philip, debes comprenderlo: la Academia Sueca se ha vuelto de un exotismo impresentable, y tú, tú Philip, que te has duplicado, encontrado con tus dobles por Israel, que has recorrido y vagado por la conciencia entera de tu pueblo entero con el entero peso del cielo en la espalda, tú que tienes esa alta pinta de chopo desramado, tú, no se puede decir que seas exótico, exactamente…
… Amanecerá Philip. Del alambre espino crecerá un nuevo día. Y siempre te quedará el Grammy ese de las letras, ese Príncipe de Asturias. ¡Oh, Philip! Que larga es la noche de tu prosa, que solitario el sufrimiento de los artistas.

 


Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por “Electrónica para Clara” (2010) y autor de “Leonardo” (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. “El cielo que nos tienes prometido” es su tercera novela.

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