Columnas

Otra historia de América.

Creo que mi generación está hambrienta de momentos históricos. Llama “momento histórico” a casi todo: las pasadas elecciones en España, las segundas pasadas elecciones en España, la visión de las terceras o el día aciago del Brexit. Hay algo postapocalíptico en esos días tras un suceso importante, un aroma a napalm que lo cubre todo y con el que desayunamos. Es este deseo postapocalíptico algo que viene de criarnos bajo la sombra de Chernóbil, se me ocurre. O quizás venga sencillamente de que parece que todo lo que ocurre, ocurre después del Apocalipsis, como si aquello ya hubiera sido y todo cuanto vemos y pasa en nuestro presente esté pasando después, en ese pequeño espacio que ocupa el prefijo post.

Así era un poco la sensación el otro día por la mañana tras las elecciones de Estados Unidos y el ataque al poder del showman Trump. Un aire raro dominaba las primeras horas del día y el mundo se iba al garete y en directo en las pantallas de televisión; los analistas corrían sin comprender por los platós y hasta en las calles las personas parecían vagar sonámbulas, como lo hacen las víctimas tras un terremoto. Puede que algo menos: mi generación también tiende al sobrepeso.

El postapocalipsis este en el que a menudo no logramos comprender qué ocurre ni por qué, en el que los números de las encuestas políticas salen disparados por el lado erróneo de las previsibles escopetas y te revientan en el careto… tiene algo de distopía, de sociedad futura que ya se nos escapó de las manos, a la que no prestamos la atención debida y que se formuló al margen de nuestros algodones y nuestras torres de cristal. De distopías sabe la realidad de Estados Unidos tanto como su literatura. La conjura contra América, de Philip Roth o El hombre en el castillo, de K. Dick, son distopías o ucronías que hablan de una América dominada por maniáticos antisistema o líderes autoritarios, con el telón de los nazis de fondo. El terror también tiene su espacio en la lectura del presente y, hace unos días, Stephen King publicaba en sus redes sociales, “Mi nueva historia de terror: había una vez un hombre que se llamaba Donald Trump y que quiso ser presidente. Algunas personas querían que él ganara”. Al parecer no eran algunas sino muchas.

Por eso, entre la presión de un presente que parece ocurrir ya después del Apocalipsis, la visión de un futuro fatalista y el arrinconamiento de un pasado que está lleno de sangrientas repeticiones y pronósticos, uno agradece lecturas como la de Una historia de Nueva York, de Washingotn Irving, que poco antes del verano publicó Nórdica Libros. A mí de Washintong Irving todo el mundo me había hablado de sus Cuentos de la Alhambra, y casi todo el mundo me había hablado mal, como de algo romántico y tedioso. Nada más lejos de Una historia de Nueva York, un libro aparentemente narrado como la crónica de un historiador y que comienza nada menos que con la creación del mundo, para centrarse después en las peripecias y avatares que se dieron desde el nacimiento de Nueva Ámsterdan por parte de los neerlandeses hasta que los británicos se la arrebatan y le dan el nombre que hoy tiene. Lo mágico del texto es su sentido del humor, un humor caricaturesco y sardónico que va pasando sobre los diferentes gobernadores de Nueva Ámsterdam, acabando una y otra vez tanto con los títeres como con sus cabezas: gordos sonrojados que prefieren dormir a mandar, flacos obsesionados con las leyes que intentan acabar con los británicos a base de soflamas y generales rectos que se dedican a formar tropas y hacerlas desfilar una y otra vez en el intento de que el despliegue de gala aterre al enemigo. Una novela que habla de los imperdonables robos de ganado por parte de los británicos, las atrocidades de la guerra: esos ojos morados y esas épicas batallas a patatazos y toques de trompeta que te dejan sordo, o ese eterno insulto a la gran Holanda al hacerse con un fuerte a la hora de la siesta y no permitir la gloria de sus empedernidos y épicos soldados rebosantes de col y cólera. Una revisión del nacimiento de Nueva York escrita unos ciento cincuenta años después de la pérdida de la colonia y que Washingon Irving publicó en 1809.

Un artefacto que entre carcajadas nos habla de cómo releer y revisitar la historia con sentido del humor, dulcificarla para poder acercarse a ella de otro modo. Un pequeño oasis entre tantos terrores diarios, ansiedades futuras y sangrientos pasados, y cuya caterva de gobernadores rubicundos, de buen comer y fumar y aspecto idiotizado y más idiotizada idea, nos pueden recordar al también neoyorkino Trump, sus bravatas y payasadas de escenario. Solo queda esperar que basten cuatro años y no ciento cincuenta para poder reescribir la historia de América con sentido del humor y así se pueda olvidar rápido este pasado martes de elecciones: no sabemos qué está por venir y posiblemente no sea tan oscuro como parece, pero lo que sí es seguro es que dará para una sátira inteligente. Porque con la historia, ya que no se puede cambiar, lo mejor es hacer las paces a base de soltar mandíbula. Que remedio.


Una historia de Nueva York

Una historia de Nueva York
Autor: Washington Irving
Editorial: Nórdica Libros
Páginas: 440
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Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por “Electrónica para Clara” (2010) y autor de “Leonardo” (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. “El cielo que nos tienes prometido” es su tercera novela.

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