Columnas

Otra noche más antes del Nobel

Ha sido otra noche mala, Philip, otra de esas noches de pensar en el Peso y la Gravedad, la Existencia y el Vacío...

Ha sido otra noche mala, Philip, otra de esas noches de pensar en el Peso y la Gravedad, la Existencia y el Vacío. Otra de esas noches anteriores al premio Nobel. Te habías distanciado de los primeros candidatos, lo sabías. ¿Pero por qué razón en la lógica sueca no iban a señalarte? ¿Qué son los suecos? Casi tan raros como los suizos. ¿Qué son? No son judíos, Philip, no son alemanes, no son italianos ni franceses ni británicos ni rusos ni polacos. ¿Qué son? ¿Cómo saber qué pueden pensar en los albores del día? ¿Qué extrañas cábalas habitarán su cabeza cuándo echen a rodar todas las quinielas?


Es por eso que has pasado la noche en vela intentando comprender: soñabas con Pynchon, volvías a soñar con Murakami. Te decías: será alguno de los dos. Será Murakami, Philip. Otra vez él. Esa sombra de locales de jazz, martinis con aceitunas y mujeres japonesas acodadas como lotos al fondo de una barra. Lo alzarán porque es como un maldito haiku, tan lleno de vacío y de espacio entre las letras. O será ese Pynchon, ese eterno interrogante, esa aleación de verborrea y supuesta genialidad que sólo resplandece en lo incomprensible. Será por su silueta vaga, por su demencia.

Te levantas de la cama, Philip. El teléfono debe de estar por ahí, entre las telas de tu desfallecimiento, en el centro exacto de tu fiebre. En algún lugar en tu escritorio debe estar el número de ese escapista, de ese condenado al anonimato.

El teléfono suena.

-¿Sí?

No debes esperar a que añada más.

-¿Pyyyynchoooon? ¿Eres tú? ¿Eeeeeeereeees tú?

Esa voz, pon esa voz de Dibuk, Philip, esa voz de relato judío de terror.

-¿Quién habla? ¿Quién es?

-No te lo van a dar, Pynchon. Pyyyyynchoooon. No es para ti. Mi tesoooooro.

-Contesta. ¿Quién es? ¿Eres tú otra vez, Zuckerman?

-No se lo darán a alguien sin rostro. Noooooo. ¿Cómo irías a recogerlo? ¿Eh? Todo el mundo sabe que eres Dan Brown, Pyyyyynchooon.

-Dita sea, Zuckerman. ¡Son las tres de la mañana!

No te mientas, Tomy. Tú tampoco duermes. ¿Cómo conciliar el sueño en una noche así? Has encendido todas las antorchas del fondo de tu cueva, has alimentado tres veces a tus cocodrilos. Te has mirado en el espejo una y otra vez, y una y otra vez has intentado peinarte el rebelde punto del signo de interrogación. ¿Serás Dan Brown? ¿Y si lo fueras como dicen las leyendas urbanas? ¿Qué pensarían de eso los suecos? Te entran ganas de reír. Ésa sí que sería una broma infinita y no como la del trabalenguas DFW o WFD, o como sea. Tú eres el chiste constante, Tomy. La desvirtuación de la literatura, el músculo de la hilaridad. Y los has engañado durante años… ¿Qué importaría si además fueras Dan Brown? Ésa y no otra sería la gran carcajada. Zuckerman, ese Zuckerman maltratador y encadenado a sus diminutas obsesiones. Esa molesta rapaz turbia de mal presagio.

Recorres los pasillos de tus alcantarillas, Tomy, chapoteando en las sombras hasta el gran mapamundi en donde has analizado todos los premios Nobel de la historia. Está lleno de símbolos y de banderas, raídos hilos lo cruzan como cicatrices de oruga. En los últimos meses has intentado en vano cartografiar una fórmula matemática que explique las decisiones de los suecos (una corriente). Pero después (¡ay, Pynchon!), después te pasó lo de siempre, después empezaste a añadirle ideas, continentes nuevos, conceptos, costas, dibujaste barcos en el Atlántico, sumaste posibilidades, retruécanos y florituras. En algún momento dado apareció un mecánico asomado sobre Rusia, un pulpo gigante emergió en el Pacífico. Y ahora nada se entiende en ese mapa. Nada que pueda explicar qué pasará en el siguiente capítulo, sobre quién caerá el maldito galardón.

Tus pasos resuenan de nuevo sobre los charcos de las galerías de tu batcueva. Descuelgas tu teléfono negro. Quizás el falso japonés sepa algo. Él sí. Él debe de tener esa capacidad ancestral de leer las hojas de té que se arrumban en el fondo de los vasos.

El teléfono suena. Al fin, su voz aflautada:

-¿Sí?

-Aquí el Gran Interrogante. ¿Te llamó Zuckerman?

Pasan unos segundos.

-¿Pynchon? ¿Por qué no habláis con vuestros nombres?

No te dejes, Tomy. No caigas en esa falsa apariencia de sencillez que el japonés le pone a todo cuanto toca.

-Estaba corriendo en la cinta métrica, Pynchon. ¿Qué quieres?

No sabe nada. Murakami está como vosotros, pasando su noche sobre la cinta métrica de sus esfuerzos. Repasando su vida y su obra con los ojos abiertos como un personaje de un cómic manga. Sudando tinta, con sus diminutos músculos en tensión.

-¿Sabes algo, Murakami?

-No.

-¿Te llamó Zuckerman?

-No.

-¿Sabes al menos que eres el favorito en las quinielas?

-No.

Dejas que pasen unos segundos. Hablar con Murakami es como hacerlo con una nevera vacía.

-¿Sabes, Murakami? A veces los chicos nos preguntamos si puedes o no hacer una frase subordinada.

Al otro lado la línea se interrumpe, el teléfono se oscurece con el color de la soledad. Intentas llamar a McCarthy, quizás él… Su teléfono está apagado o fuera de cobertura. Ha huido, el cowboy ha huido con una manta y un caballo, a pasar su noche de ansiedad en una planicie torturada, con una pajita de plástico con la que extraer el petróleo de la tierra a pulmón vivo.

Estas solo en tu cueva, Tomy. Y las antorchas están temblando y los cocodrilos tienen hambre.

Te ha vencido el cansancio, Philip. Han podido contigo los sudores de la noche, la brea de sueño que habita el fondo del Hudson. En algún lugar el teléfono está lanzando exclamaciones. Revuelves insensatamente la cama. La luz en la ventana perfila el contorno de las cosas. ¿Cómo te has podido quedar dormido? ¿Será tu agente? ¿Serán los suecos? No piensas pagar una llamada intercontinental. No, eso no. Descuelgas. Algo en tu pulso te recuerda el miedo congénito de tu pueblo.

-¡Dime! Di algo, di lo que sea.

-Soy yo, Zuckerman. ¡Enhorabuena!

El corazón te da un vuelco, el sudor frío cicatriza.

-¿Qué?

-Que noooo, que es broma.

Ese maldito Pynchon, esas bromas suyas de suicida.

-Se lo han dado a la Alice Munro. ¿Te lo puedes creer? Y escribe relatos, Zuckerman, ¡Relatos! A veces me pregunto para qué tanto desgaste escribiendo….

No le dejes acabar. No dejes que prosiga. ¿Alice Munro? ¿Cuántos años tiene? Sólo esperas que no sea más joven que tú, que no se cometa ese delito.

-Me llaman por la otra línea, Gran Interrogante. Oye… esto…

-Murakami al habla.

-Zuckerman. Soy Zuckerman. El jodido encadenado.

-Una mujer. Se lo han dado a una mujer. ¿Desde cuándo las mujeres pueden ser algo más que personajes de novela?

Su voz es la de alguien que tiene una katana cerca y que ni siente ni padece.

-Tengo al Gran Interrogante al otro lado, Murakami… ¿Pudiera ser que…?

-No.

Pero sin embargo pulsas.

-¿Zuckerman? ¿Sigues ahí? Vaya broma, muchacho. Y yo con un mapa. ¡Canadá! ¿Te lo puedes creer? ¿Pero no lo habíamos invadido hace años?

Cuelga, Philip. Tienes que colgar. Dejarles hablando solos, anudándose y desanudándose otra vez sus ombligos.

¡Alice Munro! Se lo han dado a esa escritorzuela de relatos. ¡Ese Chéjov con faldas al otro lado de la frontera! Seguro que ha pasado la noche haciendo pasteles y ahora está saludando a sus vecinos mientras trota a sus ochenta años calle abajo. “Hola, Peter, ¿sabes que me han dado un Nobel?”. Y Peter, gorra en mano, chillará desde su tractor: “¿Qué es un Nobel, Alice?”. Y ella agitará su cesta de mimbre: “¡Oh! Nada del otro mundo. ¿Bien la cosecha, Peter?”. Algo así estará ocurriendo, algo de una alegría histérica, rústica y rural de pasteles puestos a enfriar en las reprisas de las ventanas.

¡Qué suerte, Philip! ¡Bien! Lo has vuelto a lograr. Otra vez vuelves a sortear ese galardón maldito, escapas con cabriolas de sus cuernos puntiagudos. Ríes, Philip, ríes y corres por tu cuarto en calzoncillos mientras bailas. ¿Es qué ese Murakami no se ha dado cuenta? ¿Es que el gran interrogante de Pynchon no ha resuelto esa pregunta? ¿Que acaso el cazador de búfalos de McCarthy no sabe la verdad?

Fíjate en Coetzee, mira lo que escribe ahora, Philip. Mira lo que escribe Vargas Llosa. No, Philip. Tú lo sabes bien, ese galardón es como la criptonita de los autores, la maldición de Superman. Ese galardón, ese Nobel sueco que acaba con la Literatura.

Con cuidado abres el cajón de tu escritorio. Sacas la interminable lista. Buscas por la M hasta dar con la Munro. Recoges tu pluma y tachas suavemente su nombre. Bien, Philip. Bien. Cada vez queda menos competencia. Unos cuantos premios Nobel más y serás el único. Ya no quedará nadie sin premiar. Caerán uno a uno. ¡Serás al fin el último, Philip! ¡El último gran dinosaurio de las letras!


Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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