Críticas

“Pinches jipis”, de Jordi Soler.

Manuel Álvarez
Escrito por Manuel Álvarez

«Si uno tiene un poco de sentido común, lo que debe hacer es cerrar la ventana y subir el volumen del televisor, o apretar el acelerador y alejarse. Permanecer fuera de las dificultades y líos de otra gente. Porque todo lo que uno puede sacar es ensuciarse», dice Marlowe, el gran detective norteamericano, en El largo adiós, la novela indestructible de Chandler. Se lo dice a su amigo el oficial Bernie Ohls, y entre líneas se lee su mensaje: en esto nadie sale limpio. Son palabras que, con algún insulto de por medio, tranquilamente podría haber pronunciado el comandante Conejero a su fiel subalterno La Vacota. ¡Pinche La Vacota!

El comandante Conejero es el protagonista de Pinches Jipis (Malpaso, 2016), un policial negro y adictivo escrito con humor y acidez por Jordi Soler (Veracruz, 1963). Y si decimos policial, es que hay un caso. Y si decimos negro, es que es oscuro. Y si decimos adictivo, bueno, es que no se puede soltar.

El caso: en Ciudad de México hay un asesino en serie que estrangula a sus víctimas con medias de nailon azules. No solo las asesina, sino que también les saca los ojos una vez muertas y se los mete en la boca. Como detalle, como marca personal, deja la cuchara con la que sacó esos ojos al lado del cuerpo. Una propuesta artística, diría Conejero.

La cuestión es que es en el comandante en quien recae la investigación del caso. Un caso que toma relevancia pública no solo por la estética del asesino, sino porque las víctimas están relacionadas con Tito Brito, uno de los principales conductores radiales mexicanos, que ve cómo aumenta su rating cuando habla del caso. El asesino primero mata a la mejor amiga de su mujer y después a un conductor que trabajaba para él. Esto a Conejero le huele mal, pero dejémoslo ahí.

Hay en la novela un homenaje a los policiales norteamericanos de la serie pulp, esos que salieron de la revista Black Mask y vinieron a quebrar con la razón pura de los policiales clásicos donde el detective resolvía el enigma casi sin moverse. Acá lo que pesa es la experiencia. Conejero (como Marlowe, como Spade) sale con su gabardina al encuentro de los hechos, se deja llevar por su obsesión y la investigación se entorpece, se traba, a medida que avanza. Pero lo que en los policiales norteamericanos era narración pausada, acá, con la prosa ágil y desenfrenada de Soler, es máxima velocidad.

No es esa la única diferencia con los norteamericanos. Quizá la mayor sea que si bien estos presentaban un mundo en decadencia, había en sus detectives, en algún punto, una cierta incorruptibilidad, podía ser el dinero o la moral, pero a algo se aferraban. En Pinches Jipis, en cambio, no parece haber nada a lo que Conejero pueda aferrarse, hace rato que está en el barro y da igual meterse hasta el fondo que intentar limpiarse cuando las manchas ya no salen. A fin de cuentas, todo está corrompido y la ciudad es una jungla.

Soler da una descripción cínica y precisa de un mundo sin salida. Bajo el aire espeso del DF el derrumbe es continuo, un lugar en el que se exalta la violencia, donde los asesinatos son moneda corriente, donde, literalmente, se sacan los ojos. «Un cuerpo sin ojos es como una casa sin luz», dice el narrador, y uno se puede imaginar esa ciudad que vive a oscuras.

En medio de ese mundo está el comandante, empinando su petaca de whisky para paliar la realidad, para aplacar el dragón que lleva dentro. Conejero cumple con el perfil del detective norteamericano: rudo, mujeriego, alcohólico, perdido. El policía infeliz que toma y trata mal a su hijo, que se destruye. Es como un personaje de Al Pacino haciendo de policía, uno espera lo que ve y está bien que así sea. ¿Quién quiere ver a Al Pacino feliz?

«La mayoría de la gente pasa por la vida gastando la mitad de las energías de que dispone en tratar de proteger una dignidad que nunca ha poseído», dice también Marlowe. Y el eco de sus palabras vuelve a sonar a Conejero, al pinche Conejero, que ya está grande y cansado.

Ahora le tocan tiempos de entrar a Twitter para seguir las noticias del caso en tiempo real. De ver cómo la música suena en iPods que no entiende. Claro que está cansado. Y resiste. Con lo que tiene a mano, resiste. Y esa resistencia se mantiene con un ritual: cada vez que Conejero sube a su vetusto Galaxy saca un cassette de la guantera y lo pone sin saber qué va a tocar. Puede salir Santana, pero también Bon Jovi, y entonces está jodido. A eso le llama el oráculo, ahí están todas las respuestas.

Pinches Jipis es una novela eléctrica, llena de ritmo y fuerza bruta, como una canción de Iggy Pop. Sí, leerla es como que salga el cassette de Raw Power de la guantera.


Pinches jipis

Pinches jipis
Autor: Jordi Soler
Editorial: Malpaso Ediciones
Páginas: 160
Comprar

 

Valora la calidad de este artículo

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (Ninguna valoración todavía)
Loading...

Sobre el autor

Manuel Álvarez

Manuel Álvarez

Manuel Álvarez (Buenos Aires, 1986) ya de pequeño heredó de su padre el fanatismo por los libros. Podría decirse que la escritura en él es una consecuencia lógica de la lectura. De chico un profesor le dijo que leer es oír escribir y él, que siempre quiso que lo escuchen, se puso a escribir.

Escribe tu comentario

Send this to a friend