Críticas

“República luminosa”, de Andrés Barba.

Daniel Baudot
Escrito por Daniel Baudot

En 1981, Gabriel García Márquez escribía: «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo». Veintiséis años después, Andrés Barba (Madrid, 1975), Premio Herralde de Novela, escribe su propia Crónica de una muerte anunciada, titulada República luminosa (Anagrama, 2017): «Cuando me preguntan por los treinta y dos niños que perdieron la vida en San Cristóbal mi respuesta varía según la edad de mi interlocutor».

Como una suerte de heredero del autor colombiano, Barba se sumerge en la historia de la irrupción de un grupo de niños en una pequeña población cercana a la selva y en cómo esto trastoca la vida de sus habitantes. Pero los «niños de la selva» no son los típicos prepubescentes.

Los treinta y dos niños de San Cristóbal emergen como una extensión de la propia selva tropical: brotes que arraigan lentamente en el suelo hasta el desconcierto de  preguntarse si han formado siempre parte del paisaje. Se pasean por los semáforos pidiendo, cometen actos violentos y, por supuesto (como no podía ser de otra manera), juegan. Juegan como niños, ¿no?

Esto incita a reflexionar en términos sociológicos en cuanto a qué dinámicas y por qué. Las comunidades siempre han estado formadas por adultos, pero estos niños están organizados de otra forma. «No me callo, tú no mandas, nadie manda», profiere uno de ellos bajo la mirada curiosa de la lugareña Teresa Otaño. Son una bandada de estorninos que en cuestión de segundos alza el vuelo formando una silueta gigantesca en la que el papel de cada uno de ellos está definido con una precisión escalofriante. Y no lo digo yo, lo dice el autor.

Los niños hablan su propio lenguaje. Su modo de vida es sucio y delictivo. Son criaturas sin esa luz que los adultos proyectan (me duele decirlo: proyectamos) sobre ellos constantemente como una antítesis de ellos (nosotros) mismos: la inocencia. La pureza, la blancura, la ignorancia y la dependencia de nosotros. Aquí está el quid de la obra: son niños, pero no representan el arquetipo desde nuestros ojos. Porque son muy violentos. Pero, ¿cómo van a ser violentos? ¡Son niños, por el amor de Dios! ¿Cómo vamos a usar la violencia contra ellos? La violencia es para los delincuentes, no para niños entre nueve y trece años.

Da la impresión de que estos niños son aquello en lo que se convertirían los niños perdidos si se rebelaran contra Peter Pan asesinándolo a él y todo lo que representa.

¿Cómo nos enfrentamos a una sociedad distinta? ¿Cómo encaramos algo sagrado y al mismo tiempo corrupto? ¿Qué ocurre si perdemos el mito de la infancia? ¿Pueden ser los niños buenos y malos sin saber qué es el bien y el mal? Pues bien, yo no tengo la respuesta pero sé dónde empezar a buscarla: en República luminosa.

Que no se sienta violento el lector si en medio de la lectura le asalta la frase “¡Pero son niños!”. Eso es solo una seña de cordura moral, del mismo modo que si pensara “¡Pero son asesinos!”. Aunque quizá esas palabras también sean símbolo de que él mismo ha dejado la infancia atrás hasta el extremo de distinguir con nitidez quién, al igual que él, ha dejado de ser un niño.


República luminosa

República luminosa
Autor: Andrés Barba.
Editorial: Anagrama
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Sobre el autor

Daniel Baudot

Daniel Baudot

(Madrid, 1992). Estudió Filosofía en la UAM y un Máster en Escritura Creativa en Hotel Kafka. Se ha formado también en corrección y elaboración de informes de lectura. Ha publicado en antologías de concursos literarios tanto de microrrelato como de relato y su poesía ha aparecido en varios medios impresos y online.

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