Entrevistas

“Rojo aceituna. Un viaje a la sombra del comunismo”.

Nos desplazamos hasta la casa de Ronaldo Menéndez en Malasaña para hablar un poco de "Rojo aceituna", un libro de viajes que es también literatura.

Ronaldo Menéndez

Ya nos hemos acabado las croquetas de Casa Julio y apurado las cervezas y nos desplazamos hasta la casa de Ronaldo Menéndez en Malasaña para hablar un poco de Rojo aceituna, su novedad en Páginas de Espuma, un libro de viajes que es también literatura. La sala de Ronaldo está tranquila y ordenada. Sobre una estantería cuelga una pizarra grande con anotaciones de pequeñas cosas que debe hacer: “Enviar factura a…”, “Escribir a alumnos de…”, un objeto de orden que nos habla de plazos y de responsabilidades y que quizás resuma lo que es el retorno a la civilización tras el viaje que, durante un año, Ronaldo emprendió por el mundo y que cristaliza en este libro, Rojo aceituna. Un viaje a la sombra del comunismo. Nos sentamos en los sofás, comienza el recorrido.

Guillermo Aguirre: El germen del viaje del libro se encuentra en un viaje anterior, un viaje a China. Éste es tu primer libro de viajes. ¿Te considerabas ya un viajero antes o todo ocurre tras ese viaje a China?

Ronaldo Menéndez: Me consideraba ya un viajero. He hecho viajes relativamente largos para lo que hace la gente, viajes de tres meses, de cuatro… Lo que ocurre es que cuando fui a China había ya una predisposición a hacer un viaje de fondo, un viaje largo, desconectar de un montón de cosas y dejar de trabajar durante un año por lo menos. El viaje a China me da el último empujón y me pone ante la perspectiva de que si no lo haces ahora no lo haces nunca. Ya era un viajero pero no un viajero de fondo.

G.A.: Aparte de China utilizas la crisis como elemento de partida. ¿Es la crisis aquí una excusa para el viaje o es una razón real para huir? Tanto en tu caso personal como general.

R.M.: En mi caso particular tiene un porcentaje de excusa pero en definitiva creo que no es más de un 50%. Así que también es un elemento real que me empuja. Hay algo muy simple y es que después de viajar a China y de estar un año en España (y más nosotros que nos dedicamos a esto de los cursos), después de ver que cada vez se matricula menos gente, que cada vez te llaman para menos cosas como escritor, a dar menos conferencias, que cada vez te encargan menos textos para revistas… entonces te das cuenta de que al final la razón de ser y de estar en un lugar donde gastas mucho dinero en el día a día es muy débil, haces cuentas y te das cuenta de que por Asia vas a gastar mucho menos de lo que gastas día a día en Madrid. Así que es un elemento real, y más allá de lo personal, en el viaje hice tramos -que se cuentan en el libro- con mochileros, y todos estaban en una situación parecida, una situación de precariedad o de disgusto o de cabreo total en sus países, y con unos simples ahorros preferían pasar la tormenta lejos, viajando. Así que la crisis fue otro elemento real para mí y para casi todo el mundo con el que me crucé viajando.

G.A.: Entonces el viaje es una huida. ¿Es también, como muchas veces se presupone, un viaje interior, un camino de descubrimiento?

R.M.: Yo tengo un problema con el viaje como viaje interior, el viaje sólo es viaje interior para aquél que tiene un mundo interior y no todo el mundo tiene un mundo interior por más que diga que lo tiene, sobre todo los mochileros dicen que tienen grandes mundos interiores pero al final la gente lo que está haciendo es viajar, beber, conocer a otra gente. Creo que se ha magnificado mucho esto del viaje interior. Yo nunca me propuse el viaje con la idea de que iba a crecer o a descubrir cosas de mí mismo, de hecho me propuse el viaje para pasarlo bien, vivir una serie de experiencias lo más intensamente posible y en esas experiencias, por supuesto, si tienes mundo interior, el viaje también se convierte en algo con lo que revisar una serie de cosas. Pero creo que básicamente las cosas que uno aprende en el viaje son muy externas: aprender a vivir con lo mínimo, solucionar problemas límite en un periodo de tiempo muy corto y enfrentarte a la incertidumbre de no saber qué va a ocurrir mañana: la aventura. Y la aventura, en la literatura y en la vida, siempre ha sido externa, siempre ha sido la confrontación del sujeto con la realidad. Eso es lo que te da un viaje. Lo interior es cosa del momento de la vida de cada cual y de la psicología de cada cual.

G.A.: Y sin embargo, sé que hablas en ocasiones del “espíritu del viajero”, aunque nunca llegues a formar parte de ello del todo. ¿Es ésa la posición del escritor ante las cosas, esto es, el escritor puede pertenecer a las cosas o está obligado a observar siempre desde la periferia?

R.M.: La labor del escritor es dar testimonio de las cosas y yo creo que sí, que definitivamente yo soy escritor no sólo porque escribo libros, sino porque mi estructura mental se ha entrenado desde muy joven para conseguir la realidad relativa a mi escritura, la realidad siempre es aprovechable para lo que yo pueda escribir y en ese sentido yo no tengo que proponerme colocarme en la periferia, ya que de manera natural siempre que asisto a cualquier cosa en un viaje de esta envergadura, estoy en la periferia. Soy el observador, el testigo que busca el aprovechamiento literario de la experiencia. Yo creo que un escritor ya formado, de raza y de oficio, siempre está condenado a que entre ésa que llamamos realidad se alce una especie de lente de vidrio con el color con el que el escritor desea observarla.

G.A.: Que en este caso es esa realidad de los países comunistas o ese postcomunismo la razón por la que viajaste, el eje que articula el libro. Sin ser, por otro lado, un libro de viajes político, sino centrado en la acción, se da una idea: el texto plantea que en esos países comunistas quizás se esté dando un capitalismo de bajo fondo, un hambre de dinero mayor que en algunas democracias liberales, y que quizás sea más posible que el comunismo se haga efectivo como parte de una democracia liberal que en un país realmente comunista. Háblame de ello.

R.M.: Aquí hay dos cosas que quiero zanjar, la primera que tiene que ver con tu pregunta pero que no es exactamente la respuesta, y es que mi libro se está tomando por los medios como una especie de libro político: “Una mirada de un cubano exiliado”. Y lo que ocurre ahí es un truco deliberadamente literario. Yo no me sentiría contento con un libro que fuera un cajón de sastre y por ello la única idea aglutinadora que podía dar unidad a mi viaje y que tendría sentido por el lugar de donde vengo y de donde soy era hurgar e interpretar el comunismo en estos países que han tenido algo que ver con él. Entonces invento esa unidad para el libro pero ésa no es ni la motivación más profunda ni lo que da carácter al libro en el sentido político del término. Dicho esto sí hay una intención de observar y de tomar nota en retrospectiva sobre lo que ha pasado con el comunismo. En todo momento quise mirar a qué se parecía ese comunismo y todo lo que vi fue que cada comunismo se parecía mucho al capitalismo desaforado: el comunismo engendra una serie de necesidades dondequiera que se implante, una serie de carencias y un instinto muy materialista en la gente, que da lugar a un capitalismo salvaje. Genera un instinto plenamente capitalista, de ansiedades económicas y de negocios y mercachiflería que tiene más que ver con el capitalismo desaforado. Dicho esto, comparativamente y en retrospectiva, analizando los países capitalistas liberales que he recorrido y en los que existe una iniciativa comunista socialista, ésta funciona mejor que en los países pretendidamente socialistas. Una iniciativa que funciona como regulador ante los poderes duros económicos. Esto es, el capitalismo se da desaforadamente en países comunistas, y en los países liberales socializados se dan iniciativas socialistas muy necesarias que funcionan bien. Ésta es la paradoja que observé.

G.A.: Has hablado de diferentes tipos de comunismo y les has puesto diferentes adjetivos, pero hay uno que me parece que no has nombrado y que está en el libro. Tu primer destino es Cuba, que es también la parte del libro narrada con más sentimentalismo, con un hambre colorista. Allí se da un proceso en torno a tu casa que a mí me fascinó. Un proceso que da lugar a un comunismo esperpéntico, que roza lo inverosímil. Háblanos un poco de ello.

R.M.: Es algo curioso que yo creo fundamental para entender la literatura de Cuba. Si Kafka hubiese nacido en Cuba habría sido un escritor costumbrista. Yo una vez, intentando explicar la literatura cubana, inventé un término que era “neorrealismo mágico socialista”. O sea, existe en la literatura y el arte el realismo socialista y el realismo mágico, y esas dos cosas juntas te dan una cosa que es un “neorrealismo mágico socialista”. Este término implica una cosa que igualmente he descubierto también en la literatura de Europa del Este, en gente como Ana Blandiana, Imre Kertész, Agota Kristof o Herta Müller… Todos estos escritores que ahora tienen mucha relevancia en el campo socialista escriben obras que son esperpénticas y que se parecen a mis novelas como Las bestias o Río Quibú, carnavalescas e incluso inverosímiles en muchos casos y, sin embargo, están contando algo estrictamente real. Yo llego a Cuba y me encuentro con un custodio que era el custodio que había sido puesto por el Ministerio de Cultura para cuidar mi casa de allá, y que resulta que era también el borracho del barrio y el hombre había vivido y que murió dentro de la casa. Así que cuando sacan el cadáver de este hombre por una ventana, unos negros del barrio se meten a ocupar la casa. Esta situación uno la cuenta y da una historia de corte fantástico que sin embargo es real. El comunismo, por el grado de absurdo que provoca, sobre todo cuanto más actual es, más genera situaciones absurdas y eso, ligado a la miseria, genera un esperpento grotesco.

G.A.: La realidad te da esos materiales. Quizá por eso en Cuba se dé tanta gente que escribe. Con una realidad que impone una literatura casi parece imposible no ponerse a escribir.

R.M.: En todos estos países se da una cosa curiosa y es que mientras los regimenes comunistas tuvieron el poder, una de las primeras cosas que hicieron fue desarticular los medios de comunicación. No hay prensa de denuncia ni prensa que critique la realidad, lo que está pasando en los barrios, con las drogas, la prostitución. No hay prensa y el escritor entonces empieza a tener la función del periodista y comienza a contar las cosas que ocurren en relatos o novelas. Y lo que está contando es una necesidad de documentación de la realidad, aunque por el grado de absurdo parece la creación de un mundo fantástico.

G.A.: Dentro del viaje que realizáis tanto Natalia, tu compañera, como tú, empezáis a escribir cada uno una novela, ella juvenil y tú otra que funciona como leitmotiv dentro de la historia. No sólo os convertís en viajeros, sino que os convertís en viajeros que intentan escribir. ¿Qué ha sido de esas novelas? Y ¿dónde se escribe mejor: de viaje o en Madrid?

R.M.: Definitivamente se escribe mejor en el viaje. Bueno… ¿qué ha sido de esas novelas? La novela que yo trabajé es una novela gigantesca que no se termina todavía pero que ya va por 500 páginas, y avancé mucho en otra que se acaba de publicar en Edelvives, que es juvenil y que prácticamente empecé en el viaje y acabé en el viaje. Para escribir se necesita un espacio mental y no tanto un espacio físico o tiempo físico, y eso quiere decir que tu mente no esté ocupada por basura, trastos y escombros del día a día. Cuando estás viajando tu mente se formatea, se limpia, y tu cerebro se convierte en una habitación vacía totalmente habilitada para las sensaciones y experiencias. De pronto te das cuenta de que el tiempo no es un tiempo físico y en todo momento quieres escribir porque tienes ganas de escribir y no tanto porque tengas que pensar que debes cumplir con la tarea. El viaje da una higiene mental que produce la necesidad de escribir muy tranquilamente y a la vez, hace que escribas muy rápidamente.

G.A.: Y en qué lugares…

R.M.: Escribí en todos los lugares. Escribí en islas en una mesa de madera a diez metros del agua. En selvas amazónicas con monos que pasaban, y escribí en una habitación muy estrecha pegado a una ventana que daba a un barrio de Saigón lleno de motos, coches y trapicheos. Escribí en todas estas circunstancias y era increíble lo concentrado que podías escribir tanto en tranquilidad como en bullicio.

G.A.: En el libro, sobre cada país se teje una historia central que funciona un poco como un relato, con circularidad, con cierto efectismo narrativo, ¿cómo es el proceso de selección del material? Y dame una anécdota que se haya quedado fuera y que nos resulte interesante.

R.M.: Voy a empezar por lo último. Una anécdota interesante que siempre me quedé con ganas de contar fue mi paso por el desierto de Rajistán, con un chófer que se llamaba Sardarí, así como se pronuncia, y que era un indio que conducía el 4X4 con el que nos movimos. Eso era estar a solas con tu enemigo, tener un hombre que todo el tiempo te quería estafar, que mentía y que estaba constantemente con trapicheos. Esa aventura de Rajistán en la India fue algo que se quedó fuera del libro. ¿Por qué se quedaron muchas cosas? Yo recorrí unos doce países y el libro, a nivel de crónica, precisa unos siete países, o sea, que estamos hablando de que al menos unos cuatro o cinco países se quedaron fuera por el criterio de selección sobre el comunismo. A partir de esto, el segundo criterio de selección es buscar las anécdotas que tengan la unidad suficiente para producir un relato. Éste no es un libro de viajes al uso, no es la bitácora de viaje y no parte de la experiencia del viaje sino de la estrategia narrativa. La selección se basa en esta estrategia narrativa sobre la forma del relato; yo me detengo en esas cosas que son susceptibles de ser convertidas en crónicas, y convierto después esas crónicas en una especie de relato: deben ser circulares y cerradas.

G.A.: ¿En realidad, en cuantos países estuviste?

R.M.: Cuba, Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile, Brasil… (ya tenemos seis en Latinoamérica y en libro hablo de tres o cuatro), y después en Asia estaban China -que pertenece al viaje previo-, Vietnam, Laos, Camboya, Malasia -de la que no hablo- y la India, que sólo aparece en el epílogo.

G.A.: Estás a punto de perder la vida en una carretera de Bolivia, casi una condición narrativa. ¿Se puede dar un viaje sin una experiencia cercana a la muerte?

R.M.: Es una suerte tener una experiencia que te haga pensar en la muerte pero de manera real, no de modo romántico o poético. Y eso es lo que pasa con la crónica de la carretera de la muerte, en la que realmente comprendí que las probabilidades de tener un accidente fatal eran altísimas. La tradición de la aventura de viajes tiene que ver con la tradición del explorador y absolutamente todos los exploradores que cuentan sus victorias, desde los descubridores o buscadores de la fuentes del Nilo hasta las Crónicas de India, todos tienen experiencias límite. Por eso digo que es una suerte, porque confiere un aspecto épico al libro que, sin edulcorarlo, yo creo que queda mejor. Igualmente, creo que es inevitable cuando uno es viajero low cost, o cuando uno viaja a la aventura. En una calle oscura, o en una carretera, o en un vuelo, se tenga una experiencia complicada que te haga pensar que puedes palmarla: los peligros están ahí.

G.A.: De hecho, desde una lectura occidental, se da una constante que es la extrañeza del tiempo. A lo largo del volumen no sabes muy bien si cualquier cosa pequeña puede convertirse en un problema, desde coger un hotel hasta un autobús…

R.M.: En el viaje conocí a una amiga que venía de Mongolia y que fue a uno de esos pueblos nómadas de la periferia con intención de estar tres o cuatro días y al final estuvo quince días, quince días al borde de una carretera esperando que alguien pasara a llevarla, y lo más desesperante era que por allí no pasaba nadie. La primera lección que tiene un viajero occidental es la percepción del tiempo, todo tiene una relación con el tiempo que no se parece en nada a la nuestra. Nosotros vivimos sumergidos en un tiempo lineal y objetivo que nos supera y en el que navegamos como si fuese un río donde las cosas son inmediatas y sucesivas y lineales. Y, sin embargo, los tiempos en estos territorios extraños de Asia, o en el Caribe, no son esos tiempos objetivos occidentales, marcados por la eficacia de las cosas, los tiempos en esos lugares tienen que ver con el azar, con el sujeto. Las personas viven o no una cosa y pierde el sentido preguntar “¿Cuándo va a ser esta reunión en esta aldea?” porque la reunión será “Cuando esté la gente en la aldea”… Es decir, el tiempo de la reunión no existe fuera de la gente. Cuando viajas no comprendes eso y al inicio te desesperas y después te empiezas a dejar llevar. El tercer paso es controlarlo.

G.A.: Ahora que has hablado de un río, se da en el libro una progresión hacia lo salvaje, desde el comunismo en los países sudamericanos hasta las grandes selvas de Camboya o de Vietnam, algo que recuerda a El corazón de las tinieblas. ¿Qué diferencias fundamentales hay entre esa primera parte del postcomunismo sudamericano y el postcomunismo oriental?

R.M.: Hay una diferencia fundamental y es que las sociedades sudamericanas que han tenido comunismo son sociedades que tienen un instinto laboral mucho más débil que las sociedades asiáticas. Las sociedades asiáticas son famosas por la relación con el trabajo, son sociedades sumamente laboriosas. El contraste es tremendo. El comunismo en Cuba genera vagancia. Esto es, si no puedes ganar el suficiente dinero con el trabajo, pues te dedicas a perder el tiempo. Pero las sociedades asiáticas no han perdido el instinto laboral y lo que no ganas con la mitad del esfuerzo buscas ganarlo con el doble de esfuerzo. Eso se puede notar en su recuperación económica.

G.A.: Desde el inicio del libro se lanza la propuesta sobre cómo se va a trabajar durante el viaje, que no os vais a dejar llevar por las guías ni por los recorridos hechos. ¿Crees que al viajero se le intentan poner barreras para que no vea lo que no debe ver? ¿Que lo llevan como al ganado para que no salga de ciertos recorridos?

R.M.: A los países que han tenido que ver con el comunismo (y China podría ser un gran ejemplo) les encantan las visitas guiadas, los tours organizados. El viajero puede ser dos cosas: la primera, una persona que se mueva por un escenario preconcebido, sin tener influencia en el lugareño, un viajero tranquilo y feliz que entra en el circuito oficial que está montado para que el viajero no interactúe con el lugareño. Y está el otro tipo de viajero, el que sale de ese escenario y entra tras las bambalinas, que se mueve por una calle y que acaba en una esquina, ese viajero que pregunta, opina, se opone a un criterio estereotipado. Ése es un viajero que enriquece a la gente y a los circuitos de poder centralizados no les interesa, ya que no les interesa que los demás piensen.

G.A.: Háblanos del regreso, ¿cómo has encontrado España?

R.M.: El regreso era mi terror y el terror era mi regreso. Tres meses antes de regresar ya empecé a ponerme en contacto con mis amigos y todos me decían que no regresara aunque yo (después de ocho meses de viaje) ya estaba cansado. Cansado de la mochila, de moverme durante días en autobuses, trenes, barcos… Al volver a España me pasó algo curioso y es que a mí, de un tiempo a esta parte, las cosas políticas no me interesaban, tenía una conducta bastante cínica con la política y después de regresar me he tirado un año entero cabreado, poniendo cosas en Facebook, cabreado con los ministros, con el Gobierno. Repentinamente pensé que me había convertido en un ser político, como lo fui a los veinte años. Ése fue el síndrome de abstinencia del viaje, aunque en realidad no es que estuviera cabreado con la política, sino con el regreso. Uno regresa y es frustrante la sensación de que al cabo de más de un año las cosas están aún peor que cuando las dejaste.

G.A.: Y sin embargo has tenido uno de los años más fructíferos en publicaciones…

R.M.: Eso es algo curioso que hasta casi me avergüenza. He publicado cinco libros en los últimos diez meses, uno en Francia y otros cuatro aquí, y me he dado cuenta de que eso tiene que ver sobre todo con dos cosas. Una es la confabulación del trabajo y el azar: de esos libros al menos hay tres que salen del viaje, no se escribieron durante este pero salen del viaje. La novela juvenil se escribió durante el viaje, otro al final del viaje y muy ligado a éste y un último lo contraté estando de viaje. Así que regresamos otra vez al asunto de la mente limpia… Cuando uno está aquí acaba por culpar siempre al mercado literario o a los agentes o a los editores, pero también las cosas tienen que ver con el trabajo, no sólo con la crisis. Yo, como he trabajado tanto durante el viaje, dio la casualidad de que empecé a mover las cosas y las cosas fueron respondiendo.

G.A.: Entonces llegamos a la conclusión de que el viaje es enriquecedor en todos sus frentes.

R.M.: No hay manera de que un viajes así te disminuya, es imposible, a no ser que tengas un accidente irreversible o que te mueras. No hay modo de que una experiencia vital trabajada y vivida al límite de sus intensidades y de sus diversidades te disminuya: el viaje es sumamente enriquecedor. Probablemente, yo no volvería a viajar catorce meses. He reducido mi listón. Volvería a viajar seis meses. Pero volvería y volveré.


Ronaldo Menéndez

Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970) es licenciado en Historia del Arte y autor de los libros de relatos "Alguien se va lamiendo todo", "El derecho al pataleo de los ahorcados", "De modo que esto es la muerte" y de la novela "La piel de Inesa".

Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por “Electrónica para Clara” (2010) y autor de “Leonardo” (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. “El cielo que nos tienes prometido” es su tercera novela.

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