Columnas

SIEMPRE TÚ, PHILIP

Han sido muchas las largas noches, Philip. Muchas también las mañanas de descender a esa mina oscura de las letras y picar la piedra en la que la condición humana se hace cuarzo y cristaliza. Muchas las tardes de regresar de la tarea agotado, con los materiales extraídos embozándote las manos (ese barro primigenio que se revuelve en el fondo del río Hudson); y escribir, Philip, escribir después y pasarlos a página: esa tarea ingrata, esa entrega dolorosa.

Han sido muchas las noches y sólo una importante: esta larga noche de la existencia, ésta que hoy amanece y acaba, o que quizá acabó cuando decidiste que la escritura ya te había arrebatado suficiente vida, que no deseabas ser esclavo de sus estrictas exigencias y que era hora de frenar en seco. Esos años últimos en los que te sorprendía el estar vivo, Philip, andar, levantarte y que tu espalda se alzara contigo, contigo y tu eterno aspecto de chopo elevado al cielo. ¿Y qué era al final todo? ¿Qué, la vida? Ese breve periodo de tiempo durante el que estamos vivos, que no sabes si acaso es un proceso descendente, que no sabes en absoluto de qué se trata.

Estás en un hospital de Manhattan y es de noche, Philip, esa noche larga. Estás rodeado de familiares, de amigos y allegados (como siempre presuponen los titulares) en algo que tiene un eco de liturgia, de esa despreciable religión que se hunde en los ritos del día a día hasta agotarlos y hacerlos suyos. Estás ahí, envuelto en la mortaja blanca de la senectud, de esa vejez que no es una batalla, que resulta ser una masacre, y te dices (mirando a tus allegados, tus familiares, tus amigos), que el placer no estriba en poseer a la persona, que el placer es esto, tener a otro contendiente en la habitación contigo.

Y es que sabes que todos son enemigos, Philip, lo sabes porque has visto más allá, has visto en la soledad en la que el hombre se confunde y se engaña, se equivoca con palabras amables y se cree cercano a los suyos, siendo como es siempre enemigo, primero y último de sí mismo.

Sabes que eso es algo que sucede con la muerte: la discusión desaparece y personas tan llenas de defectos mientras respiraban que a veces eran casi insoportables, se muestran entonces de la manera más encantadora, y lo que menos te gustaba anteayer se convierte, en la limusina detrás del coche fúnebre, en una causa no sólo de regocijo solidario sino incluso de admiración.

Eso harán, porque el mundo no es más que un engaño, Philip, y tú lo sabes: has cartografiado el mapa del fraude, conoces sus fronteras.

Dicen que es el corazón, Philip, lo que te falla, ese músculo mínimo y simbólico que ha llenado con sus latidos tantas páginas de mala literatura. Al menos no es el pene, lo que te lleva a la tumba, la entrepierna y sus deseos desatados, porque tú sabes que el sexo es un juego muy arriesgado, que uno tendría dos tercios de los problemas que tiene si no corriera al albur de la jodienda. Tú sabes, Philip, que el sexo es aquello que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas, pero no lo que te lleva a la tumba, no, a la tumba te lleva el insano músculo de los supuestos amantes ingenuos y sentimentales.

Y ahí, aún en tu cama de hospital, te llevas, temblorosa la mano (la mano como un gusano de lo subconsciente bajo las sábanas blancas) al objeto que te dio placer y te dio gloria, porque sabes que eres una marca, sabes que siempre serás Phlip Roth, el judío que se masturbaba con un trozo de hígado, como los Rice Krispies son los cereales para el desayuno que hacen “snap-crackle-pop”.

Y así, con la mano en el blando objeto que es motivo y vergüenza de esa América tuya doble y confundida, Philip, así te recuerdas: recuerdas lo que fuiste antes de ser tan sólo literatura, y los recuerdos del pasado no son recuerdos de los hechos, no, sino recuerdos de tu imaginación de los hechos, que alumbran tenues en el fondo de tu dolencia, de ese tú que ya sólo parece ser un gigantesco pecho alarmante y alarmado.

Y te ves de niño, cuando tenías cuatro años y medio y creías ser el presidente de la General Motors, con aquella imponente cabellera, una laberíntica y ondeante guirnalda de espirales y bucles ensortijados lo bastante grandes para servir como adornos navideños, esa cabellera irreversible con la que podías fregar cazos sin que se alterase más que si la hubieran cosechado en las oscuras profundidades marinas; un organismo que creciera en los arrecifes, un denso ónice vivo, híbrido de coral y arbusto, tal vez poseedor de propiedades medicinales. Niños y hombres, Philip, deudas y dolores.

Y ahí sigues entre tanto, teñido de fiebre. Y te dices que no has escuchado a nadie desde que tenías esos cuatro años, desde que te fuiste del jardín de infantes a conquistar el mundo, un mundo que llenaste de páginas y de páginas hasta que llegó aquel instante, en tal estado de amparo y confusión, en el que no lograste comprender por qué hacías lo que hacías, por qué vivías donde vivías, por qué compartías tu vida con quien la compartías.

Y sólo te consuela un poco ser el último de tantos púgiles judíos y tan grandes: Mailer y su terrible obsesión por la masculinidad, Malamud y sus exiguos ecos de fantasmas mágicos europeos, Bellow y su decadente burguesía media, Updike y su alter ego judío de Henry Bech, sus ataques de ansiedad de clase. Philip, tantos muertos en el camino y sólo la sombra, ¡ah! La sombra viva de ese tal Talesse, que aún resiste al embate de los años, que sigue vistiendo como si acaso acabara de salir de una sastrería.

No como tú, Philip, que sabes que de esta habitación de hospital saldrás con los pies por delante, desnudo y muerto, con la sola vestimenta de tu leyenda, una que se ha cobrado tantos años, tanto esfuerzo, sudor y lágrimas.

Y piensas en el Nobel, Philip, en ese premio esquivo. Y te dices que existe un alegre empate en que no se entregue y que no se celebre justo el mismo año en el que tú te vas, como si así se declarara obtusamente tuyo, al fin tuyo, siempre tuyo. Un alegre empate en que esos suecos cetrinos den marcha atrás por sus escándalos de abusos, en que sea justamente el sexo, tu herramienta predilecta, la que los arrastre a silencio: el sexo, aquello que desordena las vidas de los suecos, tan aparentemente ordenadas.

Y así te vas poco a poco apagando y contigo se apaga una literatura entera, te vas con esa idea gustosa en la cabeza. Y te preguntas si ese será el fin de la eternidad: rumiar una y otra vez las nimiedades de una vida: ¿quién podría haber imaginado que uno tendría que recordar constantemente cada momento hasta en su más minúsculo componente?

O acaso este más allá sea tan solo el tuyo y, de la misma manera que cada vida es única, así también lo sea la otra vida, cada una de ellas una huella dactilar imperecedera de un más allá distinto al de cualquier otro.

Porque tú sabes que no sólo estás encadenado a tu vida mientras la vives, sino que sigues atado a ella cuando te has ido. Lo sabes y te consuela saber también que todo el peso de tus frases ya no será tan sólo tuyo (esa carga de piedras a la espalda), que una vez rebañada la carne de tus últimos huesos, quedará tu legado para el uso del resto de la humanidad.

Esa enseñanza de Chuanzg Tzu, Philip, que no sabía si acaso era un hombre soñando que era una mariposa o una mariposa soñando que era un hombre. Chuanzg Tzu y tú, Philip, Chuanzg Tzu que si acaso hubiera llevado un diario del dolor su única anotación hubiera sido una palabra: yo.

O en este caso tú, Philip. Siempre tú. Erre que erre tú.

 


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Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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