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Para siempre, Leonard.

El cantautor y poeta Leonard Cohen ha fallecido hoy, 11 de noviembre, a los 82 años.

No hace ni un mes respondía que estaba preparado para morir. Era en la presentación de su último disco, en el que cantaba aquello de “Aquí estoy, estoy listo, Señor”. Pero como estaba hecho de contradicción, luego se desdecía como hacen los cangrejos y esas cosas que andan en direcciones extrañas: “Dije que estaba dispuesto a morir. Creo que estaba exagerando. Me propongo vivir para siempre”.

Cuentan que en su Bar Mitzvah se tuvo que subir a un taburete para ver por encima del púlpito, aunque no importaba la forma de colocarse frente a los fieles: su bisabuelo había construido la sinagoga. Por entonces ya le gustaban las chicas altas e inquietas, aunque la tradición dijera que los chicos bajos tenían que elegir chicas bajas. Luego se hizo poeta y se fue a Grecia a una isla llamada Hydra a pasear descalzo con los bajos del pantalón manchados de arena y tierra. Se enamoró de Marianne Ihlen, a la que su abuela le había avisado de que conocería a un hombre que hablaba con lengua de oro, y le escribió que ya era hora de que empezar a reírse y a llorar y llorar y llorar y reírse de todo. Por entonces iba por la vida con una gabardina azul, la guitarra y una Olivetti verde. Allí escribió canciones para su amiga Judy Collins: escribió que Suzanne te llevaba abajo y que estaba medio loca y que te alimentaba con té y naranjas que trajo desde la China, y escribió que las Hermanas de la Caridad no han salido ni se han ido, que estaban esperándole cuando pensaba que simplemente no podría continuar. Alguien le convenció de que grabara esas canciones con su propia voz y lo hizo a sus treinta y tres años, la edad en la que ese Jesús, que era también marinero porque andaba sobre las aguas, acabó colgando de la cruz. Decidió irse a Nueva York porque la poesía no pagaba las facturas y allí se hospedó en el Chelsea Hotel, que era como la isla de Hydra pero rodeada por el tráfico de la gran manzana. Dicen que allí se acostó con Janis Joplin, o quizás no. En realidad él había entrado en aquel ascensor esperando encontrarse a Brigitte Bardot. El resto de su vida es de sobra conocida, se hizo alto y cada vez más alto hasta que el púlpito le quedó pequeño y pequeña la sinagoga de su bisabuelo. Luego tomó Manhattan y después tomó Berlín. Hoy nos abandona a sus 82 años. Deja tras de sí un racimo de canciones que no se secarán nunca y un puñado de libros que aún continúan floreciendo.

En El juego favorito escribió que le gustaba la pintura de Henri Rousseau, su forma de detener el tiempo: “Siempre es la palabra que hay que utilizar, el león olfateará siempre el traje de la gitana dormida, pero no habrá ataque, no habrá despojos en la arena. El encuentro total está expresado. La luna, aunque condenada a moverse continuamente, nunca se extinguirá sobre esa escena. El laúd abandonado no reclamará una mano que lo toque. Está henchido de música y no necesita más”. Siempre es la palabra que hay que utilizar, dijo. Y ahora lo repetimos, siempre con nosotros, Leonard.


Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por "Electrónica para Clara" (2010) y autor de "Leonardo" (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. "El cielo que nos tienes prometido" es su tercera novela.

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