Entrevistas

“Todos los buenos soldados”

Entrevistamos a David Torres con motivo de la publicación de su novela "Todos los buenos soldados".

Los buenos soldados

Hace tres semanas que pedí el último libro de David Torres, Todos los buenos soldados y sé que esta tarde vendrá a dar una clase a Hotel Kafka. Le debo una entrevista. También lo sé y aunque ya me he leído el libro existe un problema: agitado por la necesidad de descubrir quién era el asesino (éste es un libro con un muerto al principio y muchos asesinos al final), he leído a toda velocidad los últimos capítulos, saltando, buscando al “malo”. Por ello me siento en la obligación de volver a leerlos con más atención antes de lanzar preguntas. David Torres llega antes de su clase, hoy con un sombrero negro de ala ancha. Lo veo asomar por la escalera de entrada, nos damos la mano y me da unas palmadas en el brazo. Se lo hago saber, le digo: “Oye, se lee muy bien esta novela. Se traga como el agua, en serio, tanto que, te seré sincero, me tengo que volver a leer el final porque tenía tantas ganas de saber quién era el malo y tantas hipótesis que me salté párrafos y eso…”. David se descojona, me dice que nunca había pensado que fuera a pasar. Tiene una risa ancha, de esas de sobremesa, café y puro, de esas que se contagian con facilidad. “Pues entonces menos mal que no dejé bien claro quién era el asesino desde el principio, porque estuve a punto de hacerlo”, acaba por responderme entre risas.

Una semana más tarde y con los deberes hechos, estamos en disposición de lanzar preguntas. Todos los buenos soldados: polvo, sudor y sangre en Sidi Ifni.

Guillermo Aguirre: Gila y Carmen Sevilla, la Nochevieja de 1957. Ambos junto con otros artistas acuden a animar a las tropas en Sidi Ifni. Ése es el punto de partida de Todos los buenos soldados y casi resulta imposible no recordar aquella escena de Apocalypse Nowen la que América mandaba a sus chicas playboy a animar a las tropas en Vietnam. ¿Es la guerra acaso también un gigantesco show?

David Torres: No lo dudes. La anécdota de Carmen Sevilla y Gila es real, como también lo fueron el cargamento de putas que trajeron los generales de Canarias, el turrón, el mazapán, el coñac, etcétera. Pero recuerda que los saharauis y los marroquíes, al igual que los charlies, no hacen surf.

G.A.: En tu novela sí hay quien lo hace, recuerdo, pero no, no es un marroquí. La anécdota de Gila es real, y además viene de una propuesta que te lanzó Fernando Marías. ¿Se trató de una apuesta? ¿De ser así bajo que términos?

D.T.: Bueno, Fernando es el escritor más generoso que conozco y uno de los mejores del panorama actual. No me puso ninguna condición, me regaló el argumento porque descubrió cierta veta de humor absurdo en mi anterior novela, Punto de fisión, y pensaba que podía salir algo parecido. Al final, sin embargo, la historia se impuso al absurdo y el horror al humor.

G.A.: Y mientras Gila se encuentra en Sidi Ifni se comete un crimen, un crimen que tendrá que ser resuelto dentro del ejército y que mantendrá allí al humorista. Y, sin embargo, enTodos los buenos soldados no hay un bueno establecido como ocurre en las novelas negras. Su hacer es más coral, subiendo y bajando por los estratos de la Legión. ¿Quizás estamos hablando de la imposibilidad de buenos y malos? ¿De una novela en la que todos los personajes son los “vencidos” y no existen “vencedores”?

D.T.: Me resultó curioso al terminar la novela ver que, en efecto, no había ningún protagonista único, que era una historia coral donde seis o siete personajes van pasando el testigo de la acción. Yo creo que sí hay buenos y malos, lo que pasa es que, como se ve en los personajes de Ochoa y Fox, el bien y el mal no son químicamente puros. En cuanto a lo de vencedores y vencidos, en España, por desgracia, siempre los hubo y parece que siempre los habrá.

G.A.: Te resultó curioso al acabar la novela ver que no había un personaje único, dices. Parece que tu proceso de escritura es entonces más de búsqueda y sorpresa que de escaleta y guión. ¿Cómo fue la composición? ¿Cómo se sienta a escribir David Torres?

D.T.: Con las novelas nunca uso una escaleta ni un guión previo, tengo unas cuantas ideas, unas cuantas imágenes y voy descubriendo la novela a medida que la escribo. La escritura va generando su propio orden, sus armónicos y resonancias. Por ejemplo, el personaje de Adela, tal vez el más complejo de la novela, fue gestándose a medida que lo escribía y al final sólo tuve que añadirle el detalle de la muñeca.

G.A.: Una novela de hombres, de soldados. Y sin embargo todo el drama gira en torno a ese personaje que nombras y que es femenino. Adela, la hija del coronel, una mujer que vive psicológicamente enferma, como una niña pero a edad adulta, y que acabará por componer las piezas del puzzle. ¿Es la mujer la gran perdedora en todo proceso de violencia?

D.T.: Sin duda alguna. En la guerra de Ifni, en la Guerra Civil y en todas las guerras. Yo creo que Homero puso en el medio a Helena de Troya sólo como una carta marcada. Mientras escribía la novela comprendí que al final todo giraba en torno a Adela, que representa de algún modo a todas las mujeres de la época. Gila también vio muy bien eso en su famoso monólogo de la solterona, predestinada desde el nacimiento a la soledad: “No es niño ni niña, ha tenido usted una solterona”.

G.A.: Pese al drama de la guerra y sus heridas, existe también un humor negro, chusco de puro delirante y doloroso, que se dispara en la locura que supone estar en Sidi Ifni. Un humor que recuerda a aquellas Historias de la puta mili, un humor de penuria, sudor y sangre, que nos acerca a España. ¿Te has preguntado como sería la novela con otro ejército? ¿Por ejemplo el británico?

D.T.: Sería otra novela, me imagino, con otro tipo de humor, más suave, más inglés. El humor de la novela es el de Gila, que a su vez es la quintaesencia del humor español: basto, crudo y descarnado, una risa que se ríe incluso de la muerte. Gila venía de la Guerra Civil, donde le fusilaron mal, y en Ifni se encontró con que su número cómico se repetía como en una pesadilla. Ese humor suyo era también una crítica y una denuncia, tal vez la única posibilidad de decir la verdad.

G.A.: ¿Es nuestra Legión reflejo de lo que también es España? ¿Corrupción, tristeza, violencia, penuria, sudor y sangre?

D.T.: En la Legión hay de todo, como en botica. Yo creo que es Sidi Ifni la que resulta una maqueta de la España de la época: acogotada, humillada, silenciada y corrupta.

G.A.: ¿Se te ocurrió viajar allá, a ti que eres viajero, durante el proceso de escritura?

D.T.: Sí, pero soy muy vago y al final decidí no ir. Me conformé con los libros, con Internet y con Google Earth. En Internet encontré cosas que difícilmente hubiera encontrado hoy día, como el zoológico cutre o una foto con una plaga de langostas que yo trasladé al final de la novela.

G.A.: La novela acaba por señalar que resulta imposible escapar a las consecuencias de la Historia, que los asuntos pendientes se saldan. Sidi Ifni se convierte, como ya has señalado, en “una especie de metástasis de la Guerra Civil”. ¿Y hoy? ¿Están aquellas heridas cerradas? ¿Es posible, como decía Cioran, que España sea un país psicológicamente enfermo de sí mismo y que no sea tanto su historia particular, sino su “locura particular, inconfundible, propia de España” lo que nos lleve una y otra vez al enfrentamiento?

D.T.: No están cerradas porque no se pueden olvidar las heridas que no se recuerdan. No sabemos dónde están enterradas las víctimas, no sabemos lo que les ocurrió, no sabemos los nombres de los asesinos. Esa ignorancia es una especie de pus psicológico que más tarde o más temprano acaba por salir. No creo en una especie de maldición o de destino histórico. Es, simplemente, que aquí el fascismo triunfó y que siguen gobernando sus hijos.

G.A.: ¿Qué propuesta lanzarías para cerrar esas heridas?

D.T.: Lo que se hizo en Sudáfrica, lo mismo que se le pide a ETA: decir la verdad, contar las salvajadas que hicieron, pedir perdón públicamente, arrepentirse. Señalar las tumbas, descubrir los nombres de los muertos. Bastaría con eso, no se trata de venganza sino de justicia.

G.A.: Una catarsis, entonces. ¿Y si las víctimas se negaran a aceptar la petición de perdón de los otros?

D.T.: Entonces seguiríamos en las mismas, en el código de Hammurabi, por los siglos de los siglos.

G.A.: Te encuentras a gusto en el ejército, entre sus legionarios, y eres capaz de dar una sensación de realidad a ese espacio con pocas y precisas pinceladas. Hay más personajes así en tus novelas, perdedores y vencidos por las circunstancias. Pienso en el Inspector de Punto de fisión o en Roberto Esteban, el boxeador retirado de El gran silencio. Hay violencia en tus novelas. ¿Cuál es su uso narrativo? ¿Qué te permite la violencia que no te permiten otras cosa?s

D.T.: La hay, por desgracia, porque la violencia es el caldo narrativo por excelencia, desde la Ilíada, desde la epopeya de Gigamesh, desde que el primer neanderthal le atizó a un compadre con un garrote y luego fue a la cueva a contarlo. No somos más que chimpancés con ínfulas, y ya se sabe que los chimpances tienen muy mala leche. Ojala tuviéramos más en común con el gorila o con el orangután, pero somos caníbales, ése es nuestro legado. Y no hemos hecho mucho desde entonces para sustituirlo por otra cosa.

G.A.: Y sin embargo, al final Gila (pese a su genialidad) se convierte en la imagen del ciudadano común, alguien que intenta pasar por el hueco que le dejan los unos y los otros y que soslaya el enfrentamiento directo, que sólo quiere “no estar allí” y seguir con su vida… ¿es el humor la única arma que le queda al ciudadano?

D.T.: No. Al ciudadano siempre le quedará la calle. Tomar la Bastilla, tomar la plaza de Kiev, tomar el barrio de Gamonal, ése es el único camino y el único lenguaje que el poder entiende. El humor es sólo una pomada y un consuelo durante la larga noche de los tiranos.

G.A.: En tal caso menos mal que tenemos a Gila. La guerra de Ifni sigue siendo una desconocida y para una novela de estas características habrás necesitado cierta documentación, ¿podrías darnos algunos títulos de libros o páginas donde los indocumentados podamos saciar nuestra curiosidad?

D.T.: Sobre la guerra de Ifni no hay mucha bibliografía, por desgracia. Recientemente se ha publicado Breve historia de la guerra de Ifni-Sahara, de Carlos Canales y Miguel del Rey, lleno de datos y detalles. Está el clásico de Lorenzo M. Vidal Guardiola, Ifni, la prensa y la guerra que nunca existió, sobre la manipulación del conflicto en la prensa del Régimen. Conseguí más información en diversas revistas y publicaciones militares y casi había terminado la novela cuando se reeditó el libro sobre la fundación de Sidi Ifni que escribió el gran Chaves Nogales. La única novela que yo conozco sobre la guerra la publicó el año pasado Rosa Huertas, Los héroes son mentira, y es un hermoso recuerdo que cuenta la historia personal de su padre en el frente.

G.A.: Poco a poco tus novelas han ido adquiriendo tintes y preocupaciones más sociales, desde la más lírica El mar en ruinas a la más biográfica Niños de tiza, a la esperpéntica y ya más social Punto de fisión hasta ésta, Todos los buenos soldados. ¿Es posible que tenga que ver en ello tu faceta de periodista? ¿O es simplemente la edad que nos hace preocuparnos más por la historia y menos por nosotros?

D.T.: Muy buena pregunta. Es muy posible que sea la edad y que también sea el oficio. Todo junto. A medida que uno envejece se da cuenta de que no está solo y que su desgracia o su alegría es sólo una mínima parte del conjunto general, una gota en el océano. Este libro me ha servido para ponerme en la piel de una generación, la de nuestros padres, que no tuvo nuestras oportunidades, que sufrió una dictadura lerda y asquerosa, y a la que nunca le dejaron levantar cabeza. Todos esos buenos soldados que siempre sufren la maldad y la estupidez de sus oficiales. La historia de España ya está escrita en un verso del Cid: “qué buen vasallo si hubiese buen señor”.

La entrevista se apaga y no nos despedimos, ya que debido a mi tardanza, la realizamos por Internet, intercambiando preguntas y respuestas por correo. Me queda en la boca ese regusto envidioso de saber que David Torres ha escrito una novela de esas en la que uno desea llegar al final, descubrir qué ocurrió, conocer la solución al crimen aunque la verdadera incógnita, en realidad, quizás sea saber quiénes somos y por qué podemos convertirnos en monstruos.


David Torres

(Madrid, 1966) Es autor de las novelas "El mar en ruinas", "El gran silencio", "Nanga parbat", "Niños de Tiza", "Punto de Fisión" y "Todos los buenos soldados", y de los libros de cuentos "Cuidado con el perro" y "Donde no irán los navegantes".

Todos los buenos soldados

Todos los buenos soldados
Autor: David Torres
Editorial: Planeta
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Sobre el autor

Guillermo Aguirre (Hotel Kafka)

(Bilbao, 1984). Ganador del Premio Lengua de Trapo de Novela por “Electrónica para Clara” (2010) y autor de “Leonardo” (2013) ha trabajado en diversas editoriales y ha publicado sus relatos en diversas antologías. Actualmente es coordinador de cursos de Hotel Kafka. “El cielo que nos tienes prometido” es su tercera novela.

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