Entrevistas

“Tres Luces”

Escrito por Pablo Chul

Es difícil imaginar una fortuna mayor para un relato que ser elegido por Richard Ford como el mejor entre miles, salir publicado en el New Yorker y terminar como un libro autónomo que los lectores y las críticas ya colocan en la estela de esas historias de cierta extensión que parecen, por su precisión y limpieza, haberse escrito solas, como “Bola de sebo”, de Maupassant o “La dama del perrito”, de Chéjov. Charlamos con Claire Keegan acerca de la publicación de su relato Tres luces en castellano, de la escritura como oficio meticuloso y de la tradición literaria.

Ámbito Cultural: Señora Keegan, nos gustaría aprovechar esta conversación para hablar tanto de su relato Tres luces como de su labor como profesora de escritura de ficción. ¿Dónde enseña? ¿Cómo trabaja con sus alumnos?

Claire Keegan: Enseño ocasionalmente. He dado clases en Toronto, en Philadelpia y en Dublín, entre otros sitios, pero lo que más hago son fines de semana intensivos de ficción. Cada alumno envía su texto diez días antes, y trabajamos a lo largo del fin de semana. Es difícil y concienzudo, pero también, espero, útil.

A.C.: ¿Cuáles son las dificultades habituales con las que sus alumnos se encuentran?

C.K.: Las dificultades están más bien en lo que no encuentran, en lo que no ven. Lo más común es que olvidan que la ficción es un arte temporal, y esto quiere decir sin más eso, basado en el tiempo. Un error habitual al escribir es pensar en la trama cuando se debería pensar en elegir un fragmento temporal en el cual concentrarse: una tarde, una mañana, un día, y encontrar la clave y el tono para un relato a partir de ese fragmento. Hay tantas maneras de hacerlo como de errar al hacerlo…

Otro punto fundamental es el movimiento. Hay que lograr que la historia se mueva, que no sea estática, que no se explique, que no se enuncie, y que no haya nada interpuesto entre el lector y el texto porque cualquier cosa que interfiera entre el lector y el texto es una intrusión innecesaria. Y hay que confiar en el lector. Creo que los escritores, en general, confían poco en la inteligencia del lector, y así es imposible lograr nada interesante. Hay que mantener el listón muy alto.

A.C: ¿Son estas también sus dificultades?

C.K.: Exactamente las mismas, por supuesto. Pero supongo que haber tenido más experiencia y más dificultades lidiando con precisamente esas dificultades hace que me resulte más fácil detectar los peligros que otras personas no ven en sus textos; supongo que por eso me pagan. Pero no es sólo la experiencia lo que me hace ser cuidadosa en el análisis de los textos sino un interés profundísimo en el acto de escrutarlos, de estudiarlos… Eso no me aburre nunca, jamás; a veces me enfurece, claro, sobre todo si veo que el autor ha dedicado menos tiempo a escribir su texto del que yo estoy empleando en la revisión, y me pregunto por qué hago lo que hago. Pero en general puedo decir que disfruto de dedicarme al trabajo de mis alumnos de esta manera, que es productiva y significativa pues profundiza en la esencia del ser humano.

A.C.: ¿Entienden bien sus alumnos que el texto sólo puede mejorar con dedicación y fidelidad?

C.K.: Creo que en muchos talleres de escritura los alumnos, e incluso los profesores, piensan que lo más importante es estimular la autoexpresión, y no hay nada más aburrido que eso. Es indulgente, es inefectivo, y se basa en la asunción de que el lector está interesado de antemano en el autor como persona, pero mi experiencia es que el interés del lector hay que ganarlo con mucho esfuerzo, a pulso, y nunca, nunca, nunca debe presuponerse. El lector podría estar haciendo muchísimas otras cosas, o leyendo cualquier otro libro muy bien escrito. Así que hay que ganarse al lector con esfuerzo. Es, y debería ser, así.

A.C.: ¿Cómo y cuándo empezó a escribir?

C.K.: Empecé a escribir sola. Hice un máster en Cardiff, en el que aprendí muy poco. Pero fue entonces cuando la escritura y la lectura empezaron a ocupar el centro de mi vida, y gracias a la respuesta que obtuve cuando entonces pensé que tenía algún tipo de talento para eso. Pero soy principalmente autodidacta.

A.C.: ¿Y a publicar?

C.K.: Creo que el primer texto que publiqué fue en una antología compilada por David Marcus, un editor que reunió más de cincuenta antologías de relatos irlandeses a lo largo de su carrera. Debió de ser hacia 1990, y seguí a partir de ahí.

A.C.: Su primer libro publicado fue “Antártida”. ¿Se trata de una colección de relatos unidos por un sentido común? ¿Hay algún elemento de cohesión o se siente más libre escribiendo los relatos como piezas autónomas?

C.K.: Para empezar, aclaremos que no creo que escribir bien tenga que ver en absoluto con la libertad. Escribir bien es una cuestión de constricción y limitaciones, y para mí sentir que estoy usando toda mi libertad en un relato significaría estar trabajando mal. Cuando escribo una historia no tengo ni necesidad ni deseo de escribir otra que la complete o la profundice. Si esto sucediera y yo viera que quiero escribir otra historia más adelante que esté relacionada con algún aspecto o con algún personaje relacionado con la primera, o incluso con un personaje relacionado con otro personaje, lo haría sin ninguna duda, pero escribo relatos porque se puede decir mucho en un solo relato, sin más, en uno solo. Este deseo moderno de hacer que las historias de un libro estén más o menos conectadas para que el conjunto parezca algo así como una novela es una decisión comercial que no me interesa en absoluto.

A.C.: ¿Escribe a diario?

C.K.: Escribo a rachas. No escribí ayer, ni hoy, ni el otro día porque estoy de promoción. Gran parte del trabajo de un escritor es estar lejos del escritorio, y en general no escribo casi nada cuando estoy por ahí, lejos de casa. He hecho mucha publicidad y he asistido a varios festivales últimamente, y no puedo ser disciplinada en esas circunstancias. Pero en casa trabajo con ahínco, fuerza y dedicación, sólo concentrada en la escritura.

Y no necesito ningún ritual ni lugar concreto. Basta con no tener distracciones ni vida social, aunque no soy muy sociable en cualquier caso. Me gusta trabajar con gente, pero no lo paso bien cuando estoy acompañada sin hacer nada, sólo tomando algo…siento que pierdo el tiempo.

A.C.: ¿Dónde vive ahora? ¿Es un sitio suficientemente aislado?

C.K.: En un sitio rural apartado, en la casa de los guardeses de un castillo. Pero no sé si existe el lugar perfecto para escribir, y creo que no se puede culpar al lugar porque el autor no escriba: suele ser culpa del autor.

A.C.: Hablemos de “Tres luces”, su último libro publicado en castellano. Es un relato largo en un solo volumen. ¿Es el mismo texto que ya publicó el New Yorker?

C.K.: Yo escribí esta historia y la envié al concurso Davy Byrnes, que entonces, con su dotación de veinticinco mil euros, era el más jugoso del mundo para un solo relato. El juez era Richard Ford, y él eligió mi relato. Después, el New Yorker se interesó por la historia y quiso publicarla en versión ligeramente reducida. Y después de publicarlo, lo envió a una selección de mejores relatos publicados en la prensa estadounidense, donde quedó entre los cinco finalistas. La editorial Faber quiso publicar el texto original en un solo volumen porque vieron su potencial de ventas, ya que el relato se había hecho relativamente famoso.

A.C.: ¿En qué difiere de la versión publicada en el New Yorker? ¿Cómo editó una historia que ya había dado por terminada?

C.K.: Yo ya había abreviado la historia al máximo para su versión original, pero entendí que había que cortar aún más para que se pudiera publicar en el New Yorker, y eso hice. No me satisface completamente lo que se publicó, pero entendí que era la manera de llegar a muchos más lectores, y aunque idealmente me habría gustado que la publicaran entera, Deborah Treisman, la editora de ficción en la revista, fue directo y claro: querían cambiar entiendo que era muy larga. No hubo problemas a la hora de editar, y mi trabajo con algunas frases por otras que ningún niño irlandés nunca habría dicho, pero yo les pedí que respetaran mi texto y así lo hicieron. Eliminé algunos hilos que no dañaron la historia demasiado, y se publicó así, ajustada a la extensión que la revista requería.

A.C.: Tres luces está disfrutando de críticas extraordinarias, sólo reservadas a las obras literarias que huelen a clásico. ¿Tiene la sensación de que los lectores leen sus textos como los lee y entiende usted?

C.K.: No me importa mucho. El texto es ahora del lector, y cómo lo lea es cosa suya. Yo no puedo ni quiero controlarlo. Me interesan las respuestas y comentarios que hablan del texto en sí, por supuesto, pero el lector lee el libro y el libro al lector, y cada uno de nosotros completa los libros que lee con su vida personal, con las cosas íntimas que nadie más conoce. Si el lector disfruta con “Tres luces”, me encanta saberlo, y si no lo hace, no creo que sea culpa del texto. Pienso que en general la gente lee muy deprisa, sin atención.

A.C.: ¿Puede identificar cuándo y cómo surge la historia de Tres luces? ¿De la voz, de la trama, de un personaje, de una imagen…?

C.K.: De una imagen, sin duda. Tenía en la cabeza la imagen de una mano que se extiende hacia un pozo, y de su reflejo en el agua. Escribí esta historia para que la imagen desapareciera y para entender por qué esa imagen en concreto me rondaba la cabeza, y al escribirla supe que la razón desu existencia es que Tres luces tenía que ser escrita. La imagen de la mano era el mensaje.

A.C.: ¿Vio también entonces el resto de decisiones relativas al texto? ¿Voz, espacio, punto de vista, tono?

C.K.: El lugar sí, desde el principio. Es una granja en la que estuve de pequeña, y la usé como uso muchos otros lugares, cosa que no hago con las personas. Vi ese espacio, y también la otra casa, y supe que todo tenía que empezar un día de verano. Empecé la historia a la salida de misa porque me gusta introducir al lector lentamente en la historia, sin exigirle un salto muy grande. Después supe cómo era el personaje de la madre, y supe que a Mrs. Kinsella no le gustaba nada el padre de la niña, y creé esa tensión. La primera persona era una decisión clara, y por supuesto tenía que ser una niña.

A.C.: No hay en Tres luces efectos formales muy visibles, y parece que la historia aspirase a desvelarse a sí misma, como sin dificultad. ¿Le interesa la experimentación formal como un fin en sí misma?

C.K.: No, no me interesa nada. Me interesa observar con mucho detenimiento un fragmento de tiempo y escuchar con cuidado la perspectiva física de la historia. Somos seres físicos en primer lugar… Tampoco me interesan las novelas que están llenas de ideas y resultan poco plausibles. Estamos pendientes de nuestro cuerpo la mayor parte del tiempo, comiendo, bebiendo, yendo a trabajar, vistiéndonos, y muchas grandes novelas están llenas de gente que come, bebe y duerme. Esa es, creo, mi primera obligación como escritora hacia mi personaje: tenerlo en cuenta como un ser físico, y seguirle con atención en su dimensión física. No me interesan los textos que revelan que el autor no se ha preocupado de los aspectos físicos de su personaje o del fragmento de tiempo en el que está inmerso. Me parece mala ficción, sin más.

A.C.: Pero, ¿valora como lectora otros estilos, otros enfoques, otras concepciones de la literatura distintas a la suya?

C.K.: Admiro estilos y periodos y usos distintos de la imaginación, por supuesto, y muchas veces lo que más admiro es lo que yo no podría hacer nunca. Pero es esencial, insisto, si se quiere que la ficción sea un arte que trata del ser humano, considerar los aspectos físicos y temporales del personaje, porque el ser humano es un ser físico situado en un fragmento de tiempo. Sólo de esa manera podemos llegar a transmitir qué significa estar vivo en un momento determinado. La ficción que no atiende a esos aspectos no llega a ser literatura de valor porque no es específica, no está ceñida, no está delimitada ni definida… es demasiado general, y lo general en ficción no interesa. Aunque en la vida lo personal, lo particular pueda ser demasiado íntimo para que pueda comunicarse, en ficción es lo particular lo que interesa, y sólo lo particular.


Claire Keegan

(1968, Irlanda).Traducida al francés, italiano, alemán, checo, chino, japonés y esloveno, Claire Keegan es ya considerada una de las narradoras magistrales del mundo de habla inglesa. Su cuento “Foster” ("Tres Luces") aparecido en “The New Yorker” fue seleccionado por Richard Ford como ganador del Davy Byrnes Irish Writing Award en 2009.

Tres luces

Autor: Claire Keegan
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Pablo Chul

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