Relatos

Adopte un pueblo, de Marta del Riego

Marta del Riego
Escrito por Marta del Riego

Cuando tenía siete y hasta los 16 años los sábados eran así: trayecto en autocar desde mi pueblo hasta la ciudad de León para ir al Conservatorio. Nevara, lloviera o cayera la cencellada. 48 kilómetros en vehículos renqueantes, peste a combustible y a cigarrillos sin filtro. Los sábados se abría el Conservatorio para “los de los pueblos”, los de fuera de León. Las salas estaban vacías y las luces de los pasillos, apagadas. No ponían la calefacción. Las profesoras, viejas cascarrabias con maneras de posguerra, nos trataban con desprecio. “A ver, ¡los de los pueblos!”, exclamaban para tomarnos la lección de piano. Había niños de toda la provincia, de la montaña, del páramo, del Bierzo. Cuando las profesoras pasaban lista con ese desprecio, tú, de dónde eres, de la Robla, de Villablino, de Cistierna, decían las vocecillas infantiles y a mí se me quedaban los nombres de los pueblos grabados. En realidad, allí no teníamos nombre propio, éramos eso: el de La Robla, la de Villablino, el de Cistierna, los de La Bañeza.

Allí me di cuenta por primera vez de que yo era de pueblo. Y de que ser de pueblo era una especia de estigma. Desde niña me inculcaron que si quería hacer algo de provecho en la vida, debía irme del pueblo. “Esto está muerto, no hay trabajo”. Esa era la frase que flotaba en el aire. Así que a los 17 años me fui. Primero a Salamanca, después a Madrid, a Londres, a Berlín, y vuelta a Madrid. Me fui lo más lejos posible de esa frase, “esto está muerto”.

Aunque a veces me sentía como un árbol trasplantado: se lleva en sus raíces algo de tierra, pero nunca es suficiente. Y esa nostalgia está en todas mis novelas, creo que de ahí parte mi escritura: de la necesidad de completarme, de cerrar algo que se quedó a medias.

Cuando tenía treintaytantos, mis sábados empezaron a ser así: puestos de manzanas del Bierzo, pimientos que se venden por decenas, aromas a queso, cecina, bacalao. Mercadillo callejero, y alguien que toca la gaita y la dulzaina. Y después, larguísimos paseos por la ribera o por la montaña, el mastín leonés al trote, con su cola alzada. El mirlo canta y se esconde.

Porque he ido volviendo al pueblo, he ido regresando. He ido construyendo y reconstruyendo las relaciones que tenía allí. Me he involucrado en los medios locales, en recitales, ferias de libro, romerías culturales y eventos varios. Y la frase ha pasado de “esto está muerto” a “quiero volver”.

Cuando declararon el estado de alarma hice lo siguiente: cogí mi maleta roja y a mi niño de siete años y marché al pueblo. No lo pensé mucho. Fue un acto instintivo. Pensé: llega una pandemia, una hecatombe, y tengo que volver al pueblo. Al lugar donde están mis raíces. Armé un pequeño huerto en el patio de la casa familiar, un aula para mi hijo en el salón, convertí el despacho de mi padre, con sus tomos de la enciclopedia Espasa y los volúmenes ordenados de la colección Austral, en mi oficina, la cochera en campo de fútbol y aprendí de nuevo a medir las distancias en pasos y no en paradas de metro. Allí pasé seis meses y ni un solo día eché de menos lo que había dejado atrás en Madrid. Y allí terminé mi última novela, que acabo de publicar ahora. Una novela premonitoria: la historia de una mujer que regresa al pueblo a trabajar las viñas de su familia. Una vuelta escrita dentro de otra vuelta: como una muñeca rusa.

Cuando este septiembre se reanudaron las clases en los colegios hice lo siguiente: regresé a Madrid. Pero sabiendo que en cualquier momento, puedo volver. Que ahora que todo lo que no es virtual parece no existir, lo rural, el campo, hundir las manos en la tierra, es cada vez más esencial. Y que es posible vivir allí porque el teletrabajo ha tendido un puente que no existía. Ser de pueblo ya no es un estigma. Ahora todo el mundo quiere tener un pueblo como refugio. A veces, en sueños, escucho la voz de una de aquellas profesoras que me aterrorizaban, “¡a ver, los de los pueblos!”. Y levanto la mano y digo con ese tonillo infantil: yo tengo un pueblo y usted no. Y le saco la lengua. Algo así.


Pájaro del Noroeste

Pájaro del Noroeste
Autor: Marta del Riego
Serie: ADN
Editorial: Alianza Editorial
Páginas: 560
Comprar

 

Valora la calidad de este artículo

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (50 votos, promedio: 4,50 de 5)
Loading...

Sobre el autor

Marta del Riego

Marta del Riego

Marta del Riego Anta es escritor y periodista y acaba de publicar “Pájaro del Noroeste” (AdN).

Escribe tu comentario

Send this to a friend