Críticas

“El niño perdido” de Thomas wolfe

Almudena Sánchez
Escrito por Almudena Sánchez

“El niño perdido” es una novela corta que gira en torno a nuestro mecanismo de memoria; la capacidad que tiene el ser humano para olvidar y para recuperar lo olvidado, cuando se trata de una necesidad vital, de rememorar momentos, recomponer escenas, después de la muerte de un niño que va a estar por siempre perdido.

Los recuerdos como destellos que se encienden, que se apagan: “La luz vino y se fue y vino de nuevo”. La vuelta a la infancia. El cambio que se produce después de experimentar una pérdida: “Aquí está la Plaza, aquí la permanencia y aquí el tiempo, y todo esto sigue siendo como siempre ha sido, excepto yo”. El desorden temporal. La muerte de un hermano, las sombras. El eco que pronuncia su nombre, Grover. Las imágenes que quedan del hermano fallecido. Y lo que habita en el mundo en su lugar, en su ausencia: “Tanta crueldad, tanto rastrojo seco, tantos pinos, tanto lodo a su alrededor, encima de él”.

El niño perdido es una novela corta que gira en torno a nuestro mecanismo de memoria; la capacidad que tiene el ser humano para olvidar y para recuperar lo olvidado, cuando se trata de una necesidad vital, de rememorar momentos, recomponer escenas, después de la muerte de un niño que va a estar por siempre perdido.

Thomas Wolfe (Asheville, octubre de 1900 -Baltimore, septiembre de 1938) cuenta una historia autobiográfica, la de su hermano Grover, que falleció a los doce años de edad. Lejos de narrar la biografía de su hermano con todo detalle y pegada por completo a su contexto histórico (la nouvelle se sitúa en el año 1904 en Saint Louis, época en la que se celebró la Exposición Universal), el autor centra todas sus energías en entender, profundizar mediante la experiencia personal, en el misterio de la muerte.

Wolfe investiga el modo de evocar con imágenes una pérdida que le provoca tanto dolor. Así, va filtrando sus recuerdos a través de una prosa cargada delirismo poético, a la vez que va dejando explosionar a su paso toda la nostalgia posible. El resultado: unos pasajes cargados de emoción, de ternura, que no ralentizan el ritmo narrativo de la trama y que elevan la obra hasta lo más alto, consiguiendo que la historia sólo fluya como música de fondo, como suave murmullo.

Una nouvelle de atmósferas, de ambientes, de impresiones, en la que, como lector, se tiene una ligera percepción de lo que está pasando, una duda de lo que podría ser, una sensación extraña, por estar leyendo algo que no puede ser explicado con palabras: una muerte, un hermano, un niño que desaparece por siempre, que nunca jamás va a volver.

El niño perdido está dividido en cuatro partes y narrado desde cuatro perspectivas distintas. Lo componen un narrador en tercera persona y tres más en primera persona (la madre de Grover y dos hermanos) que, desde la lejanía, van reconstruyendo la vida de Grover. Un niño que una vez fue “Alguien”, que estuvo en el mundo, que existió tan sólo durante una docena de años: “Por un momento esperé a que surgiera una palabra, que una puerta se abriera, que se acercara un niño. Esperé, pero no hubo palabras y nadie apareció”.

Las cuatro voces que narran, tanto el narrador más distanciado de la primera parte, como la madre y los dos hermanos, son titubeantes, indecisas. Toda la narración se sustenta en el ejercicio de la memoria, de la incertidumbre. Una memoria incompleta después de una muerte. Una mente más incapaz que nunca a la hora de recordar. Un pensamiento roto. “(…)¿Recuerdas cómo era?… Me refiero a la marca de nacimiento, los ojos negros, la piel aceituna… Bueno, supongo que eras muy joven…El otro día estuve mirando esa fotografía… ¿Sabes a cuál me refiero? (…) ¿Te acuerdas de cómo te enfurecías cuando te decíamos que no eras más que una simple bayeta caída del Cielo?…”

Cuidando la precisión de las palabras, arriesgando en cuanto a forma, en cuanto a perspectiva, acentuando las imágenes con su sensibilidad poética, Thomas Wolfe consigue adentrar al lector en su universo: el niño que una vez él perdió, y el niño que se va perdiendo, sin darnos cuenta, dentro de nosotros, con el paso del tiempo.

Una lección de buena literatura, tanto en la estructura, como en el estilo moderno, innovador, que nos da a conocer un autor poco conocido actualmente, pero que brilló con luz propia en su momento. Tanto fue así, que escritores de la talla de William Faulkner lo reconocieron como el mejor escritor de su generación, y que ahora vuelve, regresa necesariamente, de la mano de un niño que una vez y por siempre perdió.


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Sobre el autor

Almudena Sánchez

Almudena Sánchez

(Palma de Mallorca, 1985) es licenciada en periodismo. Colabora habitualmente en medios culturales realizando reseñas y entrevistas. En 2013, fue seleccionada en Bajo treinta. Antología de nueva narrativa española. (Salto de Página). La acústica de los iglús (Caballo de Troya, 2016) es su primer libro.

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