Columnas

“Agosto, Octubre” de Andrés Barba

Ámbito Cultural

Como todavía no me he leído El hombre sin atributosde Robert Musil, frecuento pocas novelas de coetáneos, bastantes menos de las que quisiera. Empiezo una y enseguida me paralizan los remordimientos. ¿Qué hago leyendo a este autor y no a Musil, que ya ha pasado a la posteridad?

No había leído, por tanto, nada de Andrés Barba (Madrid, 1975).

Deambulaba por una librería, aburrido, y llamado por el fenómeno Granta, reparé en su novela Agosto, Octubre (Anagrama, 2010). Cuando me quise dar cuenta, había caído en la celada, y atrapado en la narración, no me quedó más remedio que pasar por caja para que la emoción perdurara en el salón de mi casa. La novela, lo digo ya, es excelente. Uno sale de ella mejor de lo que entró, como si la misma aspereza de lo que lee le hiciera más dichoso por arte de birlibirloque literario, y, tal vez, mejor persona. Aunque el texto propagandístico de la contraportada menciona al Cesare Pavese de El bello verano, Barba me recuerda a Coetzee. Se parecen en la voz narrativa, fría pero emocionante, en el color de la prosa -la de Barba, tal vez, más lírica pero igual de efectiva-, en la materia con la que trabajan -conflictos de clases o del mundo rural con el urbano-, sin que los condicionantes políticos de la sociedad, eso sí, salpiquen a Barba tanto como a Coetzee. La vivencia de un adolescente madrileño de buena familia en el pueblo costero donde veranea y su sombra traumática posterior durante el otoño, ya en Madrid, componen la narración de Barba. Ni más ni menos. La infancia del protagonista salta por los aires por culpa de varios acontecimientos que aceleran ese proceso natural: la enfermedad y muerte de un familiar, una acción muy violenta a la que asiste con impotencia y culpa, y la comezón del remordimiento, en octubre, durante la segunda parte de la novela, que somete al lector a una hipnosis que lo arrastra, con el corazón en un puño, hasta el emocionante final.

La capacidad de Barba para captar, o inventar, matices psicológicos y compaginar sentimientos aparentemente contrapuestos es notable. Su precisión como creador de personajes, sobresaliente: en apenas dos trazos construye secundarios que arropan perfectamente al complejo, a ratos antipático, a ratos amable, a ratos lastimoso y siempre ensimismado adolescente protagonista. Barba, además, tiene una relación curiosa con sus personajes, es decir, los trata sin mimos y con fría, incluso severa, distancia, pero de alguna manera inefable, puramente artística, tal vez galdosiana, los compadece, los quiere, los apadrina. No puedo comparar esta novela con otras suyas, no sé si el autor se repite o innova, si sigue una línea clara o ha cambiado de rumbo. Desconozco su obra anterior. Sé que esta novela evidencia una maestría poco común. Barba es un escritor que arriesga mucho, pero sin que se note: su prosa es fluida, parece natural. No estamos ante un escritor cuyo esfuerzo se refleje en el texto, acartonándolo, sino que desaparece para que la novela viva, y una sintaxis en ocasiones muy valiente es digerida por el lector sin dolor ni molestias gastrointestinales. Pese a que la novela es muy corta, 146 páginas, y nada complaciente con la vida, de ella se sale como de los grandes clásicos decimonónicos, rejuvenecido, con ganas de seguir, de pelear, de vivir. El autor, además, escribe desde abajo y no desde arriba. En ocasiones, los novelistas venden la piel del oso antes de cazarla, como si por un éxito de crítica o de ventas momentáneo enloquecieran de vanidad y se vieran a sí mismos desde una incomprensible posteridad y, entonces, se olvidan de que para escribir novelas hay que partir de ideas, imágenes o asuntos pedestres que, con mucho trabajo y algún talento, se eleven hasta convertirse en literatura. Cervantes no pensó en escribir la gran novela de la literatura española, o sí, pero cuando se puso a ello tuvo necesariamente que remangarse para empezar por los cimientos: la novela de un loco, sin más. Andrés Barba ha escrito una novela sobre la transformación de un niño en adulto; ha escrito una novela memorable.


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Sobre el autor

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Juan Aparicio Belmonte

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