Críticas

“Albert de Adelaida”, de Howard L. Anderson

ALBERT DE ADELAIDA

La historia de un pequeño ornitorrinco que se fuga del zoo australiano de Adelaida en busca de una legendaria tierra prometida en la que poder vivir en paz y libertad.

Empezando por el principio: un ornitorrinco (animal acuático)se fuga del zoo de Adelaida ―o lo que es lo mismo: la cárcel― y se interna en el desierto del macizo central de Australia buscando un hogar. Ahí hace ciertos amigos que casi todo el mundo, menos ellos, consideraría malas compañías. Amiguetes de esos que beben, disparan a otros animales para robarles o queman edificios para huir. Animales, todo hay que decirlo, en su mayor parte marsupiales: canguros, uómbats, demonios de tasmania, etc…Albert, el ornitorrinco ―recuérdenlo: acuático y venenoso. Dotado de un pico como un patoque en verdad no es pico sino hocico―, comienza a meterse en líos en medio del desierto, se emborracha y aprende el musical silencio propio de las acampadas de los westerns. Simple. Albert, el ornitorrinco, se convierte en doblemente fugitivo y en medio de esa búsqueda se encuentra a sí mismo a través de sus enemigos, (perfectamente malvados) y de sus amigos, del genus entrañable más allá de toda moral. Quizá demasiado simple. Pero a veces lo simple gusta el doble y se lee en la mitad de tiempo.

Albert de Adelaida es un libro efectivo. Al igual que esa máxima de mercadillo: bueno, bonito y barato, busca ser un producto de entretenimieno hábil. Sus hallazgos no le son propios: se trata de estilismos importados. A medio camino entre la fábula, la novela de aprendizaje y el western, la novela de Anderson parece más una colcha de retales que el nórdico «emplumado» al que estamos ultimamente tan acostumbrados. Aún siendo más abominación que parto, el libro no desmerece en equilibrio y aquella máxima que se propuso la cumple a la perfección.

Varios son los aciertos mestizos que el libro alcanza. Entre ellos el más importante es trasladar el espacio mítico del western al de una fábula. El western es un mundo, por definición, dicotómico. De un lado una realidad imposible de evitar: dura y cruel. Por otro, el mundo absoluto de los sueños que nunca llegan a alcanzarse. Un espacio que queda plasmado en los horizontes infinitamiente abiertos que uno sólo puede tratar, en vano, de asir con la mirada. En cada western el espacio mítico debe ser configurado: una vez elegido será el hilo tractor de toda la trama. La libertad, la familia o el orden ciudadano, son algunos ejemplos clásicos.

Para Albert, el ornitorrinco, su motor mítico es el hogar del que fue arrancado por la mano de un cazador. Ahí exactamente se encuentra el acierto de Anderson: el mundo animal, por antonomasia lo salvaje, ya no representa nada para el ser humano excepto, irónicamente, el mundo perdido del paraíso ―y no me refiero al de Milton, sino a uno mucho más palpable…―. En ese juego engrana Anderson a su ornitorrinco: los animales ya no son animales salvajes perfectamente integrados en el presente de su entorno. No son más que humanoides que buscan en su horizonte aquella antigua charca de la que nacieron. La vida animal es así un western, atrapados éstos en un lugar agresivo miran al horizonte buscando aquel antiguo vergel que se imaginan siempre un poco más allá de esa cordillera. Y tras darse cuenta de que detrás de esa cordillera unicamente hay otro polvoriento bar hacen lo que todo bicho viviente haría en esas circustancias: tragarse un whiskey y a correr.

La fábula dota al libro del sentido del humor y de la bajeza suficiente como para que el lector se sienta cómodo. El hierro al rojo del western se desdibuja entre la sintonía de los looney toons, y la muerte feroz de bambi. El mundo animal estalla bajo la mena de la naturaleza inmisericorde y las canciones de los cuervos de Dumbo. A los animales se les quiere y se les llora infinitamente más que a cualquier otro personaje pero, he aquí la desgracia, se les castiga también con mucha más facilidad. A Albert, de Adelaida, se le toma cariño desde la primera página y se le sigue con reverencia infantil a través del libro mientras el lunático mundo australiano se despliega ante nuestros ojos. La fábula aporta al libro su más pueril faceta: la empatía.

Creo haber dado ya a entender que este libro no les vestirá la casa ni sus bellas estanterías ni tampoco les sacará de pobres o de tontos. Este libro te entretiene y te suspende a través de una nueva combinación de sabores que conquista por lo extraño de la mezcla y no por su gusto aristocrático. Al fin y al cabo poco más se debe decir: se trata de un libro bueno, bonito y barato.


Albert de Adelaida

Albert de Adelaida
Autor: Howard L.Anderson
Editorial: RBA
Páginas: 240
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Redacción de Ámbito Cultural

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